© Isabel Wagemann

KATYA ADAUI: “PASAMOS DE IDEALIZAR A LA MADRE A DEJARLA CAER”

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En la estela de libros sorprendentes y lecturas refrescantes es posible enmarcar Quiénes somos ahora (Random House, 2023) de la escritora peruana Katya Adaui (Lima, 1977). Con delicadeza, honestidad, humor y rabia, Adaui teje con retales de patchwork que son las experiencias y los recuerdos un texto que, magistralmente, cuenta la historia de una hija frente a “un accidente llamado familia”. Este relato comienza con la anécdota de la llegada, con tres meses de retraso sobre el plazo previsto, de la madre de la protagonista al aeropuerto, en 1986. La madre había viajado a Italia para el entierro de su primer marido y apareció, con su porte de actriz de Cinecittá, «con la misma sobredosis de encanto y horror, mi madre fascinaba en un mundo de hombres». Al poco de iniciarse el relato se presenta al padre, «un experto: idealizaba sus buenas intenciones para reparar, arruinando de forma irremediable cosas que no estaban del todo perdidas»— y también a la hermana. Así comienza una sucesión de recortes que pueden parecer deslavazados, pero que juntos ofrecen la visión certera de varias vidas. Tías, vecinas, una veterinaria, un medio hermano y amigas de la infancia entran y salen del relato entre la prosa y la poesía, dando saltos por el tiempo. «Este es el momento. Este es. Cuando éramos posibles».

Adaui ajusta cuentas con el establishment de la familia, dibuja imperfecciones sin pudor y reclama una reparación que hace propia. Esa que, si nadie te ofrece, tú te construyes. También es una novela sobre el duelo por la pérdida de los padres, que significa dolor y corte de raíces, pero también alas y liberación para emprender un nuevo vuelo sin lastres. Es, también, una novela sobre las violencias que sufre una mujer solo por serlo —«Irse: no dejar el cuerpo ahí al maltrato». Con ella hablamos sobre su escritura.

La protagonista de esta novela es una escritora peruana afincada en Buenos Aires. ¿Hasta dónde eres tú?

Cuando escribo muy pronto dejo de ser yo y a la vez soy yo. Sin escindirme, pero es como si otra hablara por mí: más callada, más elíptica, como si supiera hacer los silencios que en el cotidiano, no. Reconozco que no puedo contarlo todo. Amparada en el fragmento, ilumino y oscurezco pasajes y paisajes, en un retroceso que avanza. Quiero decir, releo y releo en voz alta hasta dar con el tono.

¿Hasta dónde se reconoce la verdad de los recuerdos?

Me interesa muchísimo el trabajo con los falsos recuerdos. Vivian Gornick sigue enojadísima con su madre porque le cortó un pedazo de su vestido de niña después de que discutieran y lo atizó en el aire diciéndole: «Aquí está tu corazón si tuvieras uno». Más de sesenta años después recién pudo reconocerle a su madre —y a nosotros, lectores, expuestos una y otra vez a esa anécdota— que ese recuerdo nunca existió. Pero ella nace a la escritura en esa herida de infancia.

¿Cómo has construido este libro? ¿Cuál es el germen?

Nació a partir de una frase amorosa y contingente que me fue dicha y atravesó mi escritura y mi vida. Llevé a mi perrita enferma, de dieciséis años, a su sacrificio. La veterinaria, Alicia, me dijo: «Voy a ponerla en la posición en que nació». Y me la devolvió todavía caliente, el bultito de pelo conocido. Volví a mi casa pensando que ojalá, a mi muerte, se me moldeara contra el cuerpo de un ser querido y se me enterrara en posición fetal, como se hacía antes en mi tierra. Y eso gatilló mi escritura y me trajo una piedad nueva.

 

“Mara estuvo. Desde mis veintiocho hasta mis cuarenta y tres. Por ella, varios amigos adoptaron perros.

Mi madre la cuidaba cuando yo viajaba. Mara se subía a la silla de mi padre.

Me acompañó a las tres casas a las que me mudé y a la definitiva.

Dormía contra mi espalda.

No quería a las mismas personas que yo no quería.

Conoció a mis amores y al definitivo”.

 

Es curioso el papel del coche, del Escarabajo como un personaje más. De hecho, se lleva a la portada. ¿Cuáles son tus mejores recuerdos dentro del coche familiar?

Los setentas, noventas y ochentas fueron el apogeo del Escarabajo en Lima. Si ves un tremendo documental del 93, Metal y Melancolía de Heddy Honigmann, el parque automotor limeño era básicamente Escarabajos en peor o mejor estado. Y mi padre tenía uno muy viejo y dos trabajos y dos hijas, y vivíamos a bordo de ese carro, a merced de su enojo y su alegría, tal como era la pista, la ciudad, el país, tan exacerbados. Yo adoraba el baúl de atrás, donde nadie nunca quería ir, podía ver el camino, pero también a mi familia y a mis perros y saberlo: Todo lo que amo está en este auto.

En el libro tratas a la familia imperfecta, a la familia a pesar de todo. ¿Es la relación con la madre, el amor de la madre, el más ambiguo de todos?

Esos primeros años formativos nos dan un espacio de crecimiento o de implosión. ¿Quién no desea una familia? Es el lugar de las primeras veces para todo. Pasamos de idealizar a la madre a dejarla caer, esa separación es dolorosa. Pero no por ser madre puedes ser impune. La crueldad materna cala en el alma muy hondo, así como su bondad y benevolencia.

 

“En el baño del segundo piso, me ayuda a terminar de desnudarme. Me mira el pecho:

Qué suerte tienes, son muy pequeños. Nunca se te van a caer.

Entro a la ducha, le doy la espalda.

No como a mí. Las amamanté y se me derrumbaron de un día ara otro como las Torres Gemelas.

Fue un atentado, mamá no un accidente.

Descuelga el grifo y me enjuaga la cabeza:

Bueno, en el caso de ustedes dos… son las dos cosas”.

 

También tratas el tema del abuso en un capítulo brillante en el que vas haciendo una descripción de abusos en los que podemos sentirnos muy reconocidas. ¿Crees que alguna mujer se ha librado de ello?

Desde muy pequeñas, ser mujer es vivir con miedo. No conozco a una sola que no haya padecido alguna forma de violencia, intrafamiliar o en la calle. Caminamos con la llave como puñal, miramos para todos lados, nos volteamos, esperando al próximo acosador. Es terrible no poder relajarse. Las microviolencias y las mayores, una detrás de otra. Gracias al feminismo, seguimos aprendiendo a cuidarnos entre nosotras.

 

“Una de las cosas buenas de envejecer, es un alivio decirlo, es que dejan de mirarte, gritarte, lanzarte, ofrecerte, tocarte. Pero lo que ya no te gritan a ti, que resististe y te has defendido, recae en otro cuerpo”.

 

El duelo es otro de los grandes temas. Has retratado el sentimiento de la orfandad con maestría. ¿Cómo te sientes ahora? ¿Quizá escribir sobre ello llene el vacío?

Para mí escribir pasa siempre por sostener una rabia, quizás una rabia más serena, una distancia que la da el tiempo, el olvido y el presente. Me parece un sentimiento adulto, digno, evitará que vuelva a ponerme o a entregarme a cierta situación. No quiero llenar ningún vacío, sino seguir en la vida con lo que hay. Escribir es estar del lado de la vida, aspirar al diálogo con un otro.

 

katya adaui

 

Una escritora peruana en Buenos Aires rememora la historia de un accidente llamado familia. Accidente que se prolonga durante años como una herida mal cicatrizada, signo de interrogación que hurga, interpela y desfonda. Compuesta de recuerdos finamente hilados al tiempo de la intimidad, la novela se revela como un ajuste de cuentas entre una mujer y sus padres: narrativa filial con la que la escritura aspira a disipar olvidos, esparcir cenizas y replantear distancias. Pero también, como una declaración de amor y de duelo que no excluye la memoria del maltrato ni la búsqueda de una independencia que autorice al personaje a dejar de ser hija.

Quiénes somos ahora ratifica la incomparable voz de Katya Adaui en el concierto de la narrativa peruana del siglo XXI. Sus notables virtudes técnicas, el refinado puntillismo de su prosa y la sensibilidad para hallar luz entre las sombras familiares hacen de esta novela un acontecimiento literario.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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