LA VIDA EN COMÚN DESPUÉS DEL CORONAVIRUS
(c) Braulio Valderas

LA VIDA EN COMÚN DESPUÉS DEL CORONAVIRUS

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Llegar a la obra de Octavio Salazar es no volver a salir de ella, no querer salir de ella. Pocas plumas analizan, estudian y escriben sobre feminismo con tanta claridad y tan amablemente como él. Tengamos en cuenta que todavía muchos hombres se sienten amenazados cuando se sitúan delante del recorte de sus privilegios. Muchos hombres no quieren leer lo que Octavio tiene que decir, porque eso significaría, en la mayoría de los casos, asumir el desequilibrio. No es una suposición mía: cuando he puesto el último libro de Octavio, La vida en común (los hombres que deberíamos ser después del coronavirus), en manos de alguno (más de uno) de los hombres que me rodean, han hecho un juicio precipitado y a la defensiva solamente leyendo la contraportada, y han comentado cosas como «eso de las nuevas masculinidades significa que las mujeres son mejores que los hombres y eso no tiene nada que ver con la igualdad», entre otras perlas.

Pero al igual que muchos hombres se sienten atemorizados ante la posibilidad de revisitar y redefinir su posición respecto a las mujeres con las que conviven —sus madres, sus hijas, sus compañeras— hay otros tantos que se están quitando la coraza y están perdiendo el miedo. Hombres que van deshaciéndose de sus prejuicios, que se bajan de ese escalón desde el que creen que ven todo más claro y que caminan junto a nosotras.

Octavio es Catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Córdoba, miembro de la Red Feminista de Derecho Constitucional, escritor, hijo de Amparo y Rafael y padre de Abel. Como él mismo cuenta, ha podido observar desde un espacio relativamente cómodo cómo ha transcurrido la vida desde el confinamiento decretado a mediados de marzo del pasado año. Y lo que ha observado es esta situación ha desbordado a las encargadas de los cuidados: mayoritariamente, mujeres. Parece que el confinamiento nos ha puesto otra vez a las mujeres frente a la utopía de la conciliación. Muchas de nosotras nos vimos atrapadas en casa, teletrabajando, educando a nuestros hijos, asumiendo el papel de profesoras y, además, haciéndonos cargo de las tareas domésticas. Las redes se llenaron de testimonios de hartazgo y desolación por parte de las madres.

Los hombres, callaron. ¿Qué ocurrió con ellos durante la pandemia? ¿No tenían nada de lo que quejarse?

Octavio señala que este problema no se soluciona con las buenas intenciones y el trabajo de los individuos: necesitamos de protección social y política. Necesitamos soluciones desde arriba para que el trabajo que hacemos desde abajo llegue a alguna parte conveniente y justa para todas y todos. Hay muchas, muchas frases subrayadas en mi ejemplar de La vida en común. Y una de las que más me ha gustado son estas dos:

Si el machismo siempre mira hacia atrás, en una especie de bucle melancólico con respecto a un tiempo en el que nadie cuestionó nuestro dominio, el feminismo siempre lo hace hacia delante.
De alguna manera cuando tienes hijos o hijas tu mirada necesariamente se traslada hacia la vida que habrá de vivir ellos y ellas, hacia el futuro que les estamos construyendo. Todo cobra una dimensión hacia su porvenir, de manera que el presente pierde ese valor absoluto que tanto nos condiciona.

 

Octavio, una vez más, se ha prestado a resolver nuestras dudas. Te invitamos a leer sus maravillosas respuestas, llenas de conocimiento, argumento y esperanza.

¿Cómo deberían ser los hombres después del coronavirus?

Deberíamos haber aprendido algunas lecciones sobre qué debería ser lo prioritario en nuestras vidas, sobre la centralidad de los cuidados, sobre la necesidad de revisar los espacios y los tiempos que todavía hoy están articulados de acuerdo con nuestros intereses y deseos. Yo creo que este enorme paréntesis debiera servirnos para renegociar el pacto de convivencia, en lo más personal e íntimo, pero también en el plano social y político. Y eso pasaría por situar en el centro de nuestras vidas, y también en el centro de la política, todo lo que hace posible nuestro bienestar. Un bienestar que solo puede ser compartido, interdependiente. Es decir, nuestra felicidad solo puede ser política. Y todo este cambio de paradigma pasa necesariamente por desmontar una masculinidad que, como cultura, no solo nos coloca en un lugar de dominio sino que también nos obliga a ponernos máscaras para responder a las expectativas de género.Ojalá el virus nos sirviera para bajarnos del púlpito y para reconocernos en nuestra vulnerabilidad.

¿Esperábamos algo distinto cuando comenzó la pandemia? ¿Hemos perdido la oportunidad de variar las dinámicas, una vez todos estuvimos “dentro”?

Supongo que la situación de angustia, de miedo incluso, de tremenda vulnerabilidad que todos y todas hemos sentido en estos meses, ha pasado por distintas fases. Tal vez en algún momento, sobre todo en las fases iniciales, necesitamos agarrarnos a la esperanza de que de esta crisis saldríamos mejores. Yo nunca tuve esa percepción, por más que la pandemia haya dado lugar a actuaciones personales y hasta colectivas admirables, pero me temo que tenemos la memoria muy corta y que al final acabamos arrastrados por los imperativos de presente. También nos faltan referentes éticos que de alguna manera sostengan en el tiempo las acciones transformadoras. Y, por supuesto, si no hay cambios en lo colectivo, en lo político, de poco servirán las transformaciones individuales. Quizás el dejarnos llevar por la ola de lo inmediato, por la felicidad facilona de la supervivencia, no sea sino una manera de no querer descubrir en el espejo la verdad más absoluta que no es otra que nuestra fragilidad. Y esto cuesta admitirlo en una civilización que no deja de decirnos, sobre todo a nosotros, los hombres, que somos dioses.

¿De qué testimonios y experiencias te has valido para documentarte y escribir este libro?

Este libro nace de mi necesidad, egoísta incluso diría yo, de tratar de encontrar respuestas o un poco de calma al laberinto emocional que viví sobre todo en los primeros meses de confinamiento. Para mí fue una especie de terapia sentarme a escribir cada día, como si fuera un diario, en el que yo iba entrelazando lo que me bullía por dentro con todo lo que me llegaba de afuera. En este sentido, fui un observador de todo lo que se iba transmitiendo en las redes sociales, de lo que me llegaba a través de mensajes, de grupos de whatsapp, de conversaciones con familiares y con amistades, de los estudios que se fueron haciendo con urgencia sobre cuestiones como la conciliación o la violencia de género. Todo eso al tiempo que leía mucho sobre la incapacidad de las democracias para dar respuestas a los retos del siglo XXI o sobre el peligro de los fundamentalismos y de los populismos

¿Qué son, para ti, los cuidados?

Los cuidados son, de entrada, un trabajo. Más allá de que puedan sustentar una ética, o propiciar unos valores, son un trabajo que requiere esfuerzo, dedicación, que desgasta muchísimo, y en el que además hay una implicación emocional que no valoramos nunca lo suficiente. Son un trabajo esencial para el sostén de nuestras vidas y como tal deberían estar reconocidos social y económicamente como los más importantes. Deberían ser los trabajos mejor pagados, los que dieran más prestigio social, los que ocuparan la mayor atención en la agenda política. No defiendo una visión esencialista de los cuidados, ni romanticona, ni tampoco voluntarista. Creo que deben ser reconocidos y valorados como trabajo, al tiempo que los valores y las habilidades ligadas a ellos se trasladan a la ética compartida por todos y por todas. Hay que «desfeminizar» los cuidados y transformarlos en modo feminista. Y ello pasa por una revisión de las políticas económicas, de las relaciones laborales o de incluso la organización de los tiempos, o del mismo diseño de nuestras ciudades. Estas también deben ser ciudades de cuidados, pensadas para las vidas de las personas diversas que las habitamos, concebidas como ciudadanas, no como consumidoras o entes productivos.

¿Cómo podemos hacer para que los cuidados tomen la posición que merecen en las políticas públicas?

De entrada, tomar conciencia de su centralidad para la vida en común, para el sostén de las democracias y, diría más, para la propia sostenibilidad del planeta. Y desde esa concienciación tendríamos que asumir compromisos y pasar a la acción. Exigir transformaciones a nuestros representantes, ser exigentes con los programas que nos ofrecen los partidos, incorporar esos objetivos en el ámbito de actuación que cada uno tenga, en su ámbito personal, laboral, social. Todas y todos debemos convertirnos en agentes de igualdad y ser conscientes del poder que tenemos en cuanto ciudadanos y ciudadanas. Y ello implica, insisto, acción, vindicación, no adoptar una posición cómoda. Y tener memoria. En vez de tanto aplauso en los balcones, más compromiso activo en nuestro ejercicio responsable de ciudadanía.

¿Detectas avances desde que empezaste a escribir El hombre que no deberíamos ser?

Por una parte te diría que sí. No al nivel que me gustaría, claro, pero sí que en los últimos años se ha generado un interés por reflexionar sobre los hombres y la masculinidad que hace un tiempo era impensable. Cada vez se acercan más hombres, de todas las edades, también jóvenes, con curiosidad y con ganas de cambiar. Empieza a haber una línea de investigación, de trabajo y de compromiso. Y creo que esto ya es imparable y es fundamental que mujeres y hombres sumemos. Ahora más que nunca, porque también es cierto que estamos viviendo un momento de reacción patriarcal, de discursos reaccionarios, que calan con mucha facilidad y que nos demuestran como el patriarcado se reinventa y cómo el machismo es una cultura que siempre encuentra voceros que la justifican. Tenemos que estar muy atentos a esta amenaza global, que es una amenaza al corazón mismo de las democracias.

¿La corresponsabilidad es personal, es política o ambas?

Hay una dimensión que es personal, que tiene que ver con el pacto de convivencia que cada uno negocia – y renegocia constantemente – en su vida privada. Pero más allá de esa dimensión, yo creo que es esencial que las estructuras sociales, económicas y culturales apoyen y faciliten el ejercicio de esa corresponsabilidad. Y para eso hacen falta apuestas normativas, cambios en cómo nos organizamos como sociedad y, en definitiva, un cambio de paradigma que sitúe en el centro lo que seguimos colocando en los márgenes y dejando que sean las mujeres quienes lo asuman como una carga. Sin un cambio cultural y político, solo nos quedan los heroísmos particulares. Y una democracia no necesita héroes ni heroínas, necesita ciudadanos y ciudadanas que disfruten de un mismo estatus de derechos y responsabilidades.

En el capítulo Los hombres enrededados hablas de algo que no se me había pasado por la cabeza: que los jóvenes hayan sido los que mejor hayan tolerado la situación de confinamiento. ¿Por qué motivo?

Me refería a que los más jóvenes estaban ya habituados, o al menos más que nosotros, a una forma de comunicarse, de relacionarse, de estar en el mundo, a través de las pantallas, de las nuevas tecnologías, con todos sus pros y sus contras. Y en ese sentido yo creo que, de entrada, tenían incorporadas en su disco duro unas herramientas que muchos adultos no hemos tenido más remedio que ir aprendiendo forzados por la situación. Al menos eso es lo que yo percibí en los primeros meses. Después, creo que están absolutamente jodidos porque están perdiendo un tiempo que es esencial para que vivan a tope y aprendan equivocándose. Me duele mucho cuanto contemplo cómo han visto reducidas sus vidas mis alumnos y mis alumnas, o mi propio hijo.

¿Hay motivos para la esperanza?

Yo empiezo La vida en común con una cita de María Zambrano, una pensadora a la que hay que seguir reivindicando, porque compruebo cada año que mi alumnado, por ejemplo, nunca oyó hablar de ella, que apela a la esperanza. El feminismo lleva siglos apelando a la esperanza. La democracia, también. No tendría sentido reflexionar sobre la democracia que tenemos, o sobre la necesidad de transformarla mediante el feminismo, sin tener presente ese horizonte esperanzado. La ilustración, el feminismo, el constitucionalismo, son utopías que nos han ido cambiando a mejor. Hay que seguir creyendo en la fuerza transformadora de las utopías. De ahí que mi libro acabe con una invitación a la fiesta, al baile, a la celebración. Si queremos construir, tenemos que abandonar las trincheras y bailar de forma armónica, sin que seamos nosotros, como siempre hemos sido, los que marquemos el ritmo y los movimientos de quien baile con nosotros.

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LA VIDA EN COMÚN, OCTAVIO SALAZAR

La crisis social y económica generada por la COVID-19 ha puesto al descubierto muchas de las heridas de un pacto de convivencia en el que los hombres disfrutamos de una posición dominante. La pandemia no ha hecho sino prorrogar lo que la crisis de 2008 y la extensión de las políticas neoliberales ya estaban generando en un mundo cada vez más desigual. La experiencia física y emocional vivida durante el confinamiento que supuso el estado de alarma, y las medidas que en los meses posteriores han limitado nuestras libertades personales y nos han situado en un precipicio personal y político nos alertan de los principales retos a los que se enfrenta un mundo todavía regido por leyes patriarcales y por una cultura androcéntrica. De aquí que esta crisis, justo cuando el feminismo se ha convertido en la teoría y en el movimiento global con más capacidad de movilización transformadora, nos ofrezca a los hombres una magnífica oportunidad para superar los lastres de la masculinidad omnipotente y (re)construirnos desde la dimensión emancipadora de la igualdad. Una transformación que sin cambios estructurales en lo social y en lo político, en la misma definición de la vida que compartimos y en las prioridades de las instituciones que nos representan quedará reducida a una mística de las nuevas masculinidades. Porque el reto, personal y político, es construir un nuevo proyecto de humanidad más sostenible e igualitario, apoyado más en los bienes comunes que en los deseos individuales. Un nuevo contrato, en fin, basado en la vulnerabilidad compartida y en nuestra necesaria interdependencia.

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