© Sergi Alcázar

LOS INCENDIOS VITALES (Y LITERARIOS) DE CARLOTA GURT

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Me encuentro con Carlota Gurt (Barcelona, 1976) en la cafetería del hotel Siete Islas en Madrid y, al verla, siento que estoy viendo un cuadro de Hopper: en un bar vacío, una mujer vestida de negro y naranja a juego con las luces, con las fotos en blanco y negro de actores y actrices bostezando alrededor y hasta con la rodaja de naranja seca que adorna el vermut. Va a juego, también, con la portada de su último libro, Biografía del fuego, un conjunto de cuentos publicado por Libros del Asteroide que son fantasía, sueños, incertidumbre, realidad e incendios. Si me apuras, Carlota, el azul de sus ojos y el naranja que nos rodea van a juego, también, con la llama de un fuego. Y es que estos relatos nacen a la lumbre de un incendio vital que ya se anticipaba en su anterior novela, Sola (Libros del Asteroide, 2021). Coincidimos ambas en vestir jersey negro de cuello alto y Carlota repara en ello, diciendo que es cosa de la edad: «como dice Nora Ephron, a cierta edad solo puedes ya con los cuellos altos». Carlota, de hecho, tradujo al catalán No me gusta mi cuello, el emblemático recopilatorio de artículos de Ephron (editado en catalán por L’altra editorial y en español por Libros del Asteroide).

Biografía del fuego es un libro que su autora invita a leer con instrucciones: se debe respetar el orden de los cuentos y no leer más de dos seguidos. De esta manera y no de otra será posible asimilar todo lo que pasa en una sola historia y ser consciente de que los hilos que quedan pendientes tras coser ese retal serán los mismos con el que se tejerá otra pieza más adelante. Estos cuentos hablan de incertidumbres, de rupturas, de deseo, de ansiedad, de nieve, de fuego y de catástrofes. Todos tienen algo en común:  la posibilidad de la reconstrucción cuando el suelo que, hasta entonces, se pisaba, se abre bajo nuestros pies.

Carlota es una mujer rotunda y que habla sin miedos ni remilgos: igual que escribe. Madre de tres hijos de 15, 13 y 10 años —la mediana es una niña—, hablamos con ella sobre maternidad, literatura y metáforas.

¿Qué es, para ti, lo mejor y lo peor de la maternidad?

Lo mejor es que se aprenden muchas cosas: de la vida, de uno mismo, de la propia familia, de tus padres… abres una puerta que es como un espejo, y eso es muy nutritivo espiritualmente. De golpe, ser madre te permite entender la vida de una manera más completa, más compleja. Está muy bien no tener hijos: es otra opción y tiene sus ventajas, no es que yo defienda que hay que ser madre. Es como ponerse unas gafas y ver cosas que, de otra manera, no verías.

Lo peor es el sacrificio de tu tiempo y la sensación de nunca ser suficientemente buena madre, de estar siempre fallando. Hay días que lo haces mejor y días que lo haces peor. Pero la idea de no estar siempre a la altura de lo que quisieras es algo complicado.

¿Cómo era tu trabajo antes de ser madre? ¿Y después? ¿Sufrió cambios significativos?

En una vida anterior, era jefa de producción de artes escénicas. He trabajado para La Fura dels Baus, por ejemplo. Cuando tuve a mi primer hijo estaba trabajando como jefa de producción en el festival Temporada Alta. El festival duraba tres meses en los que muchas noches trabajaba y no tenía fines de semana libres. Dejé este trabajo y comencé a estudiar traducción: necesitaba estar más tranquila. Al ser traductora, podía trabajar desde casa.

 

En las mesas vecinas, los mismos que ayer: unos amigos de toda la vida (dos hombres y dos mujeres) que bromean y brindan con una copa de cava, una mujer sola leyendo, la parejita sufrida con el niño raro que, a pesar de su inocencia, se ha cargado su amor, su convivencia, su alegría, su sexo. La escena se repite: mismo decorado, mismos protagonistas.

 

La dedicatoria de tu libro dice «A mis padres, que tuvieron que morir para que yo pudiera escribir».

La muerte de los padres es una tragedia y es una liberación. Mi madre está viva, pero es como si estuviera muerta: tiene Alzheimer. A veces, sin querer, hablo de ella como si estuviera muerta, porque así lo está dentro de mi cabeza. La persona que corre por el mundo con una especie de aspecto similar a mi madre no es mi madre porque dentro no hay nada: está vacío, es un humano-cáscara.

Si mis padres estuvieran vivos y pudieran leer lo que escribo y las entrevistas que hago, seguramente no podría escribir lo que escribo ni hacer las entrevistas que hago. Tendría ese miedo muy pueril a decepcionarlos. Siempre he tenido presente la idea de decepcionar a los padres, sobre todo porque siempre he pensado que yo fui una especie de decepción o, más que decepción, es que no fui la hija que tenía que ser, así que solo faltaba ya continuar abonando esa idea. El hecho de que no estén para juzgarme, me libera.

La literatura también es el lugar en el que decides qué parte de tu vida es ficción o realidad. 

Es que ahí la gente también se confunde mucho. La literatura es una manera de digerir la vida. Escribir es mi manera de procesar lo que me sucede.

 

Tú te habías pasado nueve meses dentro de su tripa, pero la mayoría de los incendios se gestan en segundos. También los hay que puede tardar días, años, lustros, en declararse. O más de cuatro décadas, como el tuyo.

 

Hablas de tus sueños como el germen de esta Biografía del fuego.

Sueño cada día y cada día recuerdo lo que he soñado, sobre todo, desde 2015. A veces tengo sueños recurrentes que no son siempre el mismo sueño, pero que giran en torno a una temática similar. Ahora, por ejemplo, estoy soñando mucho con el agua. En un momento dado, comencé a soñar con vehículos: un taxi, una hormigonera… cada día, durante meses, soñé con vehículos. Me despertaba, no podía ser que cada noche soñara con lo mismo, y pensé que me estaba diciendo algo a mí misma. Entonces, me paré a preguntarme qué estaba pasando. Fue justo después de mi divorcio y me di cuenta de que no sabía hacia dónde iba, ni con quién, ni cómo, ni a dónde quería llegar, esa especie de “la vida es un viaje”. Y me pareció interesante escribir cuentos con vehículos, ya que estaban tan omnipresentes en mis sueños. Pensé que si lo agotaba, un poco como la cosa homeopática, que no tienes que luchar contra ello, sino lanzarte, lo superaría.

En todos los cuentos aparecen pájaros.

Así como los vehículos fueron una decisión voluntaria, los pájaros empezaron a salir solos en los cuentos. A mí los pájaros no me gustan ni me disgustan particularmente, pero pensé que, como casi todos los cuentos giran en torno a esta idea de que en la vida hay unas cuantas catástrofes e incendios vitales, y cómo nos dejan en un estado de desamparo y fragilidad, el pájaro era una buena imagen para eso. Los pájaros son cuatro huesecillos, seres frágiles que, al final, pueden volar. Cuando has quemado todo el mapa de tu vida, puedes montarte otro. Puse un pájaro en todos los cuentos. A veces, salen solos de pasada, porque también me gusta la idea de que un libro de cuentos sean 14 cuentos juntados porque sí, sino que, entre todos ellos, conforman un universo, un libro. La idea de que haya elementos que se repitan literalmente o a nivel conceptual en varios cuentos ayuda a crear ese universo propio en el libro.

 

Ahora sí, sacas la tarjeta y pagas el peaje. Siempre peajes. Pecuniarios. Profesionales. Familiares. Sexuales. Existenciales. Lo que sea. La vida, jódete.

 

Es un libro de cuentos con instrucciones: no deben leerse más de dos cuentos seguidos.

La gente se empacha con los cuentos: te pones a leer como lees una novela y claro, si lees cinco cuentos seguidos, al día siguiente no puedes distinguirlos. Los cuentos exigen un espacio mayor de tiempo para ser digeridos, igual que para escribirlos. La novela es un tobogán: tienes que subir la escalera de la planificación, de pensarlo todo. Pero una vez has planificado, solo tienes que deslizarte y escribir. Es fácil: conoces el tono, lo que va a ocurrir a cada personaje. Los cuentos son como un columpio: cada cuento es volver a empezar. Quién lo cuenta, qué le pasa, cómo es el tono… ese esfuerzo que tú haces al escribir lo hace también el lector al decodificar.

Los cuentos hay que leerlos en orden. En los clubes de lectura me he dado cuenta de que la gente no lee en orden. Pero el libro de cuentos también tiene una concepción. Igual que no empiezas una novela por el último capítulo, ¿por qué vas a empezar un libro de cuentos por el último cuento? Es como un disco: hay un orden que busca un contraste de texturas, un recorrido desde el principio hasta el final. Los cuentos están ordenados así por un motivo y, si quieres disfrutar de la lectura en todo lo que se supone que debería dar, es mejor leerlos en orden.

 

¿De dónde salen los cuentos?, me preguntan a menudo. De una obsesión, de una grieta, de un camión que no pude adelantar porque había demasiadas curvas: para deshacerme de las briznas de paja podría haberme matado, y no valía la pena.

 

También juegas a entrelazar personajes y paisajes en tus cuentos.

Sí: por eso, también, conviene leerlos en orden.

Hablamos de vehículos y pájaros, pero hay elementos relacionados con el fuego en cada cuento, también: una cerilla, una chispa, un incendio…

La idea, más que incendios, que también, es la catástrofe: hay aludes, Chernóbil —que aparece mencionado en varios cuentos—… un libro de cuentos es una especie de habitación en la que entras y lo escudriñas todo, pero estás siempre en la misma habitación.

El título del libro, a veces, cuesta. ¿Qué título pones para que represente a todos los cuentos? No me gusta titular un libro con el título de un cuento, porque es como indicar al lector cuál es el cuento mejor. El título tiene que englobar el espíritu emocional de los cuentos. Este es un libro que no es autoficción, pero trata sobre mis incendios: mi divorcio, mi enamoramiento… sobre las cosas que cambian mi mapa de vida.

Biografía del fuego, el título, se refleja claramente en el cuento titulado Todavía queda oxígeno.

Es que ese cuento, antes, se llamaba Biografía del fuego. Tuve que cambiarle el nombre porque antes el libro se llamaba Y, raramente, la muerte. Cuando cambié el título porque nos parecía que no comunicaba bien, pensé en quitar el título a ese cuento, porque no quería te tuviese el mismo título.

Eres la reina de las metáforas.

Siempre digo que las metáforas me persiguen. Me preguntan cómo las busco, pero es que vienen a mí, me buscan a mí. Voy por la calle y me asedian.

En Twitter, hace años, hiciste tu #MeToo particular. ¿Crees que las mujeres pagamos peajes más altos por serlo?

Tenemos al enemigo dentro, ese es el problema. Hay parte de las mujeres que son el enemigo porque continúan fomentando estereotipos de género y una manera de entender la vida que, a mi juicio, son totalmente erróneas. Cuando veo por la calle todos estos tenderetes de uñas me pongo enferma: ¿por qué hay tantas mujeres a diario perdiendo tiempo en ponerse y quitarse uñas y pestañas? Hay algo averiado ahí. Me apetecía escribir un libro con un tipo que se somete a todas las humillaciones femeninas para ver lo que son: uñas, pestañas, depilación, tintes…

Para mí también es contradictorio, yo también me depilo. Cuando mi hijo me pregunta, no tengo otra respuesta que darle: me depilo porque soy idiota. Es la única explicación racional que puedo darle. Tiene que haber un cambio que solo puede darse con el tiempo. Nos hemos educado como nos hemos educado y no podemos cambiar todas las estructuras de un día para otro.

Dentro de tu libro hay frases que definen el libro por sí mismas. Una de ellas es «la impotencia es inflamable».

Cuando te sientes impotente lo que quieres es salir a quemarlo todo. Otro título que podría haber sido es «todos llevamos un pirómano dentro», la última frase del libro.

El deseo también es un tema que atraviesa el libro, a la vez que la incertidumbre, la impotencia o la crisis vital.

El deseo sexual aparece de manera muy explícita. No he escrito un libro sobre sexo, pero está muy presente en mi libro porque está, también, muy presente en la vida, en mi vida. Escribir fingiendo que no es así es absurdo. El deseo femenino, para mí, está expresado de una manera natural, no con las convenciones típicas. Parece que, al escribir, hay un robot de las convenciones que se nos mete en la cabeza. Yo escribo el deseo como lo vivo, como lo entiendo. Para mí, debe estar presente.

En este momento literario, además, tenemos la necesidad de reivindicarlo.

Estamos hartas de ser escritas desde la mirada del hombre. Todo el relato sobre la sexualidad femenina ha sido desde la visión del hombre. Hay un discurso sobre la omnipotencia sexual de los hombres y la frigidez de las mujeres que a mí me parece falso. Es un relato muy manipulador y tergiversado sobre la sexualidad de las mujeres.

Dices en tus cuentos, también, que los finales no te interesan. Pero al decir eso, creo que estás regalándonos la oportunidad de decidir el final de cada cuento.

Estamos un poco obsesionados con los finales aristotélicos, con la idea de planteamiento-nudo-desenlace. Nos obsesiona de una manera que es anti-verosímil. En la vida real, los desenlaces no son aristotélicamente redondos. Los personajes de un cuento o una novela, cuando la historia termina, continúan. Los finales me interesan mucho, pero los que son de otro tipo. Los finales de los cuentos siempre son muy medidos, contundentes y rotundos, pero, a veces, la trama se queda un poco en el aire. Lo que importa no es lo que pasará, sino lo que sucede en este momento. Lo que pasará tampoco lo sabes en la vida, ni importa mucho.

En este libro hay mucha metaliteratura, en el sentido de que la gente me pregunta si soy yo o no, o por los finales. Ese ruido que te van vomitando encima está ahí también.

Has sido, además, la traductora de tu propio libro del catalán al español.

Yo escribo en catalán y me traduje al español. Pensé que quizá no lo hacía bien, porque mi lengua emocional es el catalán. El problema viene con las palabras: para mí, las palabras tienen unas burbujas emocionales. Cuando te dicen una palabra en la lengua en la que te has criado, esa burbuja es más grande porque tienes más experiencias con ella, la asocias a más vivencias. Con el español tengo vivencias más relativas, más pequeñas. Aparte, están la lengua pasiva y la lengua activa. Yo entiendo y leo perfectamente el español, pero una cosa es la lengua que tú comprendes —la pasiva— y otra es la lengua que tú eres capaz de poner en marcha —la activa—, que es distinta. Tú, por ejemplo, en inglés puedes entender muchas cosas, pero luego no las puedes decir.

Estuve tres meses, antes de ponerme a traducir, leyendo solo en español, para poner el marcha el canal léxico que tengo pasivamente en mí, pero que no uso activamente en mi día a día. Tenía dudas sobre si en español, cuando haces la cama, dices que metes la sábana o si se dice hacer un globo con el chicle. Son cosas muy pequeñas, pero es a través de la cosas pequeñas que creas el estado de ánimo en el texto. No es lo mismo decir “raro” que “estrambótico” o “extraño”, cada palabra tiene una dimensión distinta. Dominar esa dimensión es lo difícil cuando traduces cualquier lengua.

 

carlota gurt

Por las páginas de este libro desfilan héroes de la ansiedad y esclavos del amor, madres ausentes, parejas que empiezan o que se estrellan contra la incertidumbre y matrimonios a punto de derrumbarse. Los personajes de Gurt, que no saben adónde van ni cómo llegar a su destino, aterrados pero eufóricos ante las posibilidades que se abren ante ellos, a veces tienen la suerte de descubrir paisajes preciosos tras la destrucción.

Con un tono que oscila entre la ironía y la confesión íntima, Gurt construye un breve retablo de las relaciones humanas en el que caben desde el enamoramiento más fulgurante hasta el resentimiento más amargo. Tras Sola, su exitosa primera novela, la autora regresa a las librerías con Biografía del fuego, catorce relatos sobre la impermanencia que nos acecha, y despliega una vez más la fuerza arrolladora de su siempre sorprendente universo literario.

Traducción del catalán de la autora.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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