Mariana Salomão Carrara (São Paulo, 1982) ha llegado a Madrid con el calor. Me espera en un bar, en las inmediaciones de Tirso de Molina, pocas horas antes de la presentación de su novela Si no fuera por las sílabas del sábado (2025, Tránsito Editorial), primera de sus obras publicada en España. Es autora de Se deus me chamar não vou, finalista del prestigioso Premio Jabuti, y de otras novelas donde lo íntimo —ese espacio muchas veces ninguneado por la historia oficial— se vuelve el verdadero campo de batalla. Escritora y defensora pública, su literatura emerge del silencio cotidiano, de lo que parece mínimo y, sin embargo, sostiene el mundo: la amistad, el cuidado, el duelo o la culpa que nos acecha como una sombra vieja.
En ella, Ana —una mujer que ha perdido a su pareja en circunstancias trágicas— se convierte en madre sin haber podido abandonar del todo el lugar del duelo. Esa trágica circunstancia la une en el duelo a Madalena, su vecina, una profesora de gramática, y a Francisca, la cuidadora de su bebé, Catarina. Con estos mimbres, Salomão pone en marcha una historia que, más que avanzar, reverbera. No es esta una historia sobre pérdidas, sino sobre cómo tres mujeres se constituyen como un inesperado tríptico de resistencia emocional y sororidad.
¿Qué te impulsó a escribir Si no fuera por las sílabas del sábado?
Yo tenía un vecino que era médico, dependiente de la anestesia y que se automedicaba. Varias veces tuve que cerrar el gas en su casa, por ejemplo. A veces lo encontraba tirado en el suelo… Tenía miedo de que muriera, o de morir yo. Había una culpa compartida entre todos los vecinos: la culpa de no poder hacer nada. Y fue a partir de esa situación que me vino la idea: ¿y si la muerte de un vecino causara la muerte de otro? ¿Qué pasaría si un edificio entero compartiera una especie de culpa falsa, pero íntima?
Y ese duelo se encarna en Ana, una arquitecta que, embarazada, pierde a su marido, André, por un fatídico accidente en el vecindario. ¿Por qué esta combinación?
Imaginé a Ana como una mujer con un proyecto muy claro de maternidad, con el sueño romántico de ser madre junto a André, su pareja. Pero cuando ese proyecto fracasa, no consigue reconstruirse. Digo “proyecto”, justamente, porque ella es arquitecta, como si no pudiera dejar atrás los planos de su vida. Entra en una depresión propiciada por la imposibilidad de amar a ese hijo del modo en que había imaginado, y se pierde.
El vínculo entre Ana y Francisca, la cuidadora de Catarina, su bebé, es especialmente delicado. ¿Qué te interesaba explorar ahí?
Ahí hay una culpa social muy fuerte. Ana proyecta sobre Francisca esa culpa que sentimos muchas veces por la existencia misma de las cuidadoras, de las “babás”. Y al mismo tiempo, idealiza a Francisca. Eso pasa mucho en nuestra clase social más alta en Brasil: la cuidadora se convierte en una especie de diosa, de heroína. Yo quería retratar eso, pero sin caer en lo caricaturesco. Quería mostrar esa complejidad.
En tu obra hay una atmósfera de culpa que parece flotar sobre todo. ¿Es un tema que te atraviesa como escritora?
Sí, creo que las mujeres vivimos llenas de culpas. Culpa como madres, hijas, hermanas, cuidadoras… Incluso cuando no lo hemos vivido todo directamente. Yo no soy madre, no he pasado por un duelo como el de Ana, pero la escritura es también un ejercicio de empatía. Y me resulta muy placentero, como escritora y como lectora.
¿Tiene que ver también con tu profesión de defensora pública?
Mucho. En el trabajo con la justicia, la empatía debería ser fundamental. Es ponerse todo el tiempo en el lugar del otro, en su historia, en sus razones.
El título —Si no fuera por las sílabas del sábado— es muy sonoro. ¿De dónde nace?
Apareció al principio como una metáfora. Resume bien el clima del libro. Ella está presa en ese día que cambió sus vidas, en las sílabas que pronunció ese día. Si una sílaba hubiera sido distinta, André estaría vivo. Además, Madalena, su vecina y también viuda por el mismo incidente, es profesora de gramática, así que las sílabas están presentes de forma literal y simbólica. El ritmo del libro está muy marcado: hay pocas comas. Cuando ella está más nerviosa, por ejemplo, el ritmo se acelera.
El libro se publicó primero en Portugal. ¿Qué esperas de su llegada a España?
Sí, se publicó en Portugal en 2022. Es el mismo idioma, pero es diferente. Allí fue muy bien recibido. Tengo esperanzas con la edición española. En Portugal están descubriendo ahora a muchas autoras brasileñas que a veces ni siquiera son muy leídas en Brasil. Es emocionante.
¿Qué estabas leyendo mientras escribías este libro? ¿Alguna influencia en particular?
Es probable que estuviera leyendo a António Lobo Antunes. Y también, seguro, a Elvira Vigna, una escritora brasileña que adoro. Ella escribe con un ritmo algo más acelerado, con cierto cinismo. Me gusta mucho.

Un acontecimiento insólito quiebra un amor, una familia, pero tal vez de esa tragedia broten nuevas historias. Tras la muerte de André, Ana debe criar sola a su bebé, Catarina; lidiar con Francisca, una niñera que llega expandiendo sus tentáculos, y encajar la presencia de Madalena, su vecina, la viuda del otro hombre envuelto en el absurdo accidente que mató a André. En el ring al que han sido arrojadas estas mujeres hay desamparo, tensión, rabia, pena, un choque de soledades; es la ventana del duelo, que nos sitúa frente a un nuevo comienzo.
Asombrosa por su lucidez, Si no fuera por las sílabas del sábado parte de una trama mínima para lograr una hazaña máxima: Mariana Salomão Carrara escribe con delicadeza sobre una experiencia devastadora y le añade varias capas a una novela que nos habla de muerte, maternidad, amistad y, sobre todo, de las infinitas posibilidades de los afectos. Una novela audaz, poética y luminosa que consagra a su autora como una de las voces más singulares y urgentes de la literatura en lengua portuguesa.






