© Mauela Uribe

UNA CONVERSACIÓN CON PILAR QUINTANA

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Mi primera aproximación a la escritura de la colombiana Pilar Quintana (Cali, 1972) fue a través de Los abismos, novela publicada en 2021 que recibió el Premio Alfaguara de novela en el mismo año. Tenía muchas ganas de llegar a La perra, una novela corta que se publicó por primera vez en 2017 y que Alfaguara acaba de editar en este 2023. Pilar, dueña de un estilo propio de escritura, nada complaciente y, a la vez, poético y crudo, se tomó su tiempo en escribir esta historia que tiene lugar en la costa del Pacífico colombiano, porque la historia empezó siendo una y terminó siendo otra muy distinta. En esta última Damaris, ya rebasados los cuarenta, no ha visto satisfecho su sueño de ser madre. Vive con Rogelio, su pareja desde hace más de veinte años, un día a día de precariedad al cuidado de una casa en lo alto de un acantilado. En un momento dado, Damaris decide adoptar una perrita que, lejos de colmar su instinto, la enfrentará a todos sus fantasmas. La perra, traducida a veinte idiomas, ganó el Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana, un English PEN Translates Award y el LiBeraturpreis en Alemania.

Esta edición alarga la vida de una historia que, como bien dice Pilar, «sigue tratándose como una novedad, no dejo de hablar de La perra». Poco más de 130 páginas nos enfrentan a la violencia, a lo salvaje, a los instintos y a la oscuridad de ciertos deseos en un escenario que escupe vida y que se la traga: la selva.

¿Cuál es el germen de La perra? ¿Cómo comenzaste esta imaginarte esta historia?

Mira que es una novela súper cortita, pero tardé muchos años en encontrarla. Yo viví en la selva, en el Pacífico colombiano, durante nueve años y durante ese periodo varios editores de revistas me contactaron para pedirme que escribiera textos sobre cómo era vivir en la selva o qué era la selva para mí, y yo siempre volvía a una imagen de cuando llevaba tres meses viviendo ahí: Yo vivía en un acantilado y el pueblo quedaba abajo, en la playa. Había un brazo de mar que nos separaba del pueblo. Con la marea alta se llenaba de agua y podíamos salir nadando, en canoa o en una lancha. Y cuando se vaciaba podías pasar caminando, pero siempre había agua en ese estero. Entonces, los perros y los gatos del pueblo no podían subir hasta el acantilado. En el acantilado había cuatro propiedades con perros. Pronto, los vecinos de arriba, del acantilado, nos conocimos porque estábamos muy aislados, y yo conocía a los perros y a los gatos del vecindario. Un día salí a caminar por la selva, me encontré con una perra que no pertenecía a ninguna de las casas y a mí me dio susto. Me pregunté de quién sería esa perra. Entonces la vi salir corriendo: la perra también se asustó y salió corriendo para otro lado. Al día siguiente, dos días después, no recuerdo exactamente, salí a caminar de nuevo y vi la perra tirada en el piso. Pensé que estaba teniendo un ataque de epilepsia. Al acercarme más, me di cuenta de que estaba muerta y que se movía por la cantidad de gusanos que se la estaban comiendo. Era un hervidero de gusanos y en los árboles apostados estaban los gallinazos —los buitres—. A los tres días, con un poco de curiosidad morbosa, volví para buscar el cuerpo, para ver en qué estado estaba y, cuando me acerque al lugar no había nada. Comencé a preguntarte quién podría haberse llevado el cuerpo, quién querría un cuerpo putrefacto. Cuando me acerqué más vi que sólo quedaban algunos huesos desperdigados y unos pelos. Estaba limpia toda la zona y yo me dije «esto es, esto es la selva». Es muy fuerte el contraste de la muerte y toda la vida que tiene la selva. La selva, al final, es pura vida, lo absorbe todo. Y entonces yo sentí cómo la selva está ahí, acechando, siempre queriendo tragarnos, convertirnos en abono.

Ahí comencé a pensar con mi mente de escritora. Me imaginaba que iba a escribir una historia sobre un crimen, una novela negra cuyo escenario era la selva: el escenario para el crimen perfecto. Solo que la protagonista se olvidaba de los gallinazos y por eso no era el crimen perfecto, porque en el pueblo iban a ver los gallinazos y a saber que ahí algo murió. Entonces, yo vivía con mi exmarido, peleaba con él y sentí que novela iba a tratar sobre una chiquita que asesinaba al marido y que solo tenía que esperar tres días a que la selva hiciera su trabajo para hacer desaparecer el cuerpo. Estuve con esa historia en la cabeza diez años. Después me divorcié, volví a casarme y quedé embarazada. Cuando estaba embarazada, hablaba con una amiga mía, a quien quiero mucho; una amiga que toda la vida quiso ser mamá y no lo consiguió. Se hizo muchos tratamientos de fertilidad, intentó adoptar en Colombia porque acá en España era muy difícil. En ese momento, las leyes colombianas de adopción se volvieron tan difíciles que no pudo conseguir adoptar. Yo nunca había querido tener bebés, pero de repente quise y quedé embarazada muy fácil. Tuve que hacer una llamada a mi amiga que fue muy difícil para contarle que estaba embarazada. Ella me dijo que estaba muy feliz por mí, pero que quería colgar porque también estaba triste por ella. La siguiente vez que nos llamamos, estaba en un tren porque iba a ir a recoger una perrita que había adoptado. Nos llamábamos por Skype y ella me mostraba a su perrita. Yo le mostraba mi embarazo y, más tarde, a mi hijo. Ahí me di cuenta de que iba a escribir sobre la perra, que no iba a escribir una novela negra, sino una novela sobre la maternidad y sí, también iba a contener un crimen, pero hasta ahí puedo decir…

Creo que me demoré 14 años en encontrar la novela que es La perra ahora.

Tras leer Los abismos y La perra, tengo la impresión de que eres una de esas escritoras que conciben la escritura como una necesidad fisiológica y no como un trámite o un trabajo. No puedes no escribir, ¿verdad?

Yo empecé a escribir a los siete años y no entiendo de dónde viene mi impulso por la escritura, porque es muy originario. Obviamente ningún niño nace queriendo escribir, porque la escritura es una invención. A los siete años, que es cuando nos enseñan a juntar palabras en primero de primaria en Colombia, ahí  empezó mi camino. A mí la escritura me salvó la vida. Si no hubiera tenido la escritura, me habría suicidado. Yo pertenezco a una sociedad, a una ciudad y a una familia en la que sentía que no cabía. Y en la escritura encontré el lugar donde sí cabía y donde yo podía ser yo libremente, sin ser juzgada, sin ser criticada. La escritura es un camino en el que yo encontré la salvación.

El Pacífico colombiano, la selva, son un protagonista más de tu historia además de Damaris, Rogelio, la perra, los vecinos, la familia, los que desaparecen también… Es muy potente observar su relación con el espacio que ocupan y cómo condiciona todas sus vidas ese acantilado, ese pueblo y ese entrante del mar.

Si te fijas en el origen de la novela, lo primero fue la selva. Es una historia que necesita pasar en la selva. Si no pasa en la selva, no se puede escribir. Es otra. Esta es una novela también sobre el llamado de lo salvaje, cómo la selva nos determina. Yo tuve mascotas en la selva y tuve mascotas en la ciudad. Y la diferencia es abismal entre criar un perro en la selva o en la ciudad. En la selva tenés que domesticarlo por métodos que quizás en la ciudad nos parecerían bárbaros. Allá yo fracasé varias veces. Yo veía que todos los vecinos amarraban a sus perros cuando eran chiquitos y yo decía no iba a hacer eso. Pero todos los perros se volvían unos salvajes que se iban a la selva a cazar y volvían de vez en cuando a que les diera alimentos o a guarecerse de la lluvia, pero nada más. El espíritu de la selva está fuera, pero también está dentro de todos nosotros.

Cuando hablamos de lo salvaje pensamos que nosotros aquí estamos por encima de la selva, de los perros, de los gatos y de la biología.

¡Y somos tan salvajes! Somos animales domesticados, pero somos animales. Y esta novela trata sobre ese animal que nos habita y sobre lo que tiene que pasar para que salga nuestro animal más agresivo, el animal que no queremos ver. Somos animales racionales, nos gusta esa racionalidad y nos gusta creernos civilizados, que lo somos. Pero al lado de eso también está ese lado salvaje que no nos gusta tanto explorar. No nos gusta mirar lo que tenemos de brutal y nos gusta pensar que los malos son los otros, los que están allá haciendo la guerra. Esos son los violentos, no nosotros.

Cuando viví en ese pueblo, ahí yo conocí cosas muy dramáticas. Era un pueblo muy pequeño y había un niño al que yo le daba clases. Su padre estaba en la cárcel porque había matado a su hermano con un machete en una pelea. Su mamá y el niño eran gente linda, entrañable para mí. En algún momento, el padre salió de la cárcel y volvió al pueblo. Fue a buscarme porque me quería agradecer por estar dando clases a su hijo y, conversando, nos hicimos cercanos. Entonces empecé a conocerlo: era un gran trabajador, un buen padre, un buen esposo, una buena persona. En últimas, había matado a su hermano con un machete, algo inconcebible de lo que yo, como ser humano, siento que estoy por encima. Sin embargo, cuando salíamos y él se tomaba unos tragos —la pelea que había tenido con el hermano había sido cuando tomado—, yo creía ver como la chispita del asesino en él y a mí me asustaba. Pero me asustaba no tanto porque yo pensara que él me iba a matar, sino porque esa chispita también estaba en mí.

Cuando yo peleaba con mi exmarido pensaba en mi historia, en mi novela negra de una chiquita que mata al marido y solo tenía que esperar tres días para que la selva lo hiciese desaparecer. Esa chispita que a este señor le salió, se quedó en mi imaginación. Y quizá la respuesta para que no emergiese en mí fue el privilegio. Vivo en una ciudad, tengo acceso a los servicios de salud y sí: mis traumas, que son muy grandes e incluso pueden ser cercanos a los de Damaris —menos del niño muerto, digamos—, los he procesado en terapia. Si yo no puedo tener un hijo, puedo ir a los servicios de salud y averiguar si la infertilidad es problema mío o de mi marido, puedo acceder a la adopción.

No tienes miedo, en esta historia, de hablar de la violencia que nos puebla. Tampoco de hablar de la posibilidad de la transgresión en la literatura, en el arte. 

Claro, ahí la hago yo: hago libros, no mato gente. En esa época en la que estaba trabajando en la novela sucedió el movimiento feminista en redes, que fue muy importante para mí, porque yo pertenezco a otra generación. La Generación X fue descreída de todo, incluso del feminismo, y muchas veces el feminismo era una palabra sucia para designar a unas mujeres que estaban amargadas y que odiaban a los hombres. Siendo yo feminista toda mi vida, porque mis ideas eran completamente feministas, ellas me reconciliaron, no con las aspiraciones del feminismo, sino con la idea de nombrarme como feminista. Y eso fue maravilloso. Fue maravilloso que las mujeres pudieran decidir no tener hijos. Pero ahí yo pensaba en esas mujeres que están tratando de tenerlos, que tienen ese deseo animal de ser madres, un deseo que no pasa por la razón, y no pueden: ¿quién está hablando por ellas? ¿Quién está nombrando ese dolor? Nadie. A nosotras nos permiten nombrar la maternidad cuando es exitosa y cuando es bella, pero no la fealdad que tiene.

En ese momento de yo convertirme en madre, quise poner ahí mis miedos maternos más terribles, que son dos: que mi hijo se muera —y ahí está el niño muerto— y que yo pudiera ser capaz maltratar a mi hijo. Esta perra le toca a Dámaris los traumas más profundos. Pero nuestros hijos hacen eso por nosotras: despiertan el monstruo que tenemos adentro. Yo tuve una mamá que fue una mamá terrible en algunos casos. Formó parte de una generación de mujeres que, en muchos sentidos, no supieron ser madres. Yo nunca quise tener hijos, pero cuando los quise tener me propuse no ser una mamá como mi mamá. Y una de las cosas más difíciles para mí siendo mamá ha sido descubrirme repitiendo cosas de mi mamá. Tenemos que nombrarlo porque, si no lo nombramos y no hablamos de ello, vamos a seguir estando solas con nuestra violencia vuelta hacia adentro y deprimidas. Y ese movimiento feminista también es muy vocal en nombrarnos como víctimas del patriarcado, pero también tenemos privilegios dentro del patriarcado.

Yo sufrí violencia doméstica por parte de mi exmarido, pero también seguramente he sido victimaria en otros aspectos de mi vida. En nosotros habita todo el animalidad, que es compleja porque la naturaleza es compleja: nos da la luz del sol y el agua que necesitamos, pero también un huracán que nos destruye en dos segundos o un terremoto que tumba todo lo que hemos construido. Nos da vida y nos mata.

 

En un pequeño pueblo del Pacífico, donde confluyen la perfección de la naturaleza y la violencia de la región, tiene lugar la historia de Damaris, una mujer de la zona entrada en la madurez que lleva muchos años viviendo con Rogelio. Su turbulenta relación ha estado marcada por la búsqueda infructuosa de un hijo: prueban todo lo posible, y aun así ella no consigue quedar embarazada. Perdida toda esperanza, Damaris encuentra una nueva ilusión cuando se le presenta la oportunidad de adoptar una perra. Este nuevo e intenso vínculo con el animal será para Damaris la experiencia que la obligará a reflexionar sobre el instinto y la maternidad.

La perra es una novela de afilada tensión sobre los deseos que no acaban de cumplirse, sobre la culpa y los vericuetos de la vida por los que se aparece el amor.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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