UN DÍA NORMAL EN LA VIDA DE SILVIA

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Silvia se levanta todos los días a las seis y media de la mañana, se ducha, se seca el pelo, despierta a su hija Paula, que no se quiere despertar, prepara el desayuno, la ayuda a levantarse y asearse, le calienta la leche otra vez, se la sirve con cereales, discute un rato con ella qué se va a vestir mientras recoge la cocina, luego la viste, la peina y corre a arreglarse. Le enciende los dibujos mientras se abrocha la camisa y recuerda que hoy tiene una reunión importante en el trabajo. Mientras se está vistiendo, la pequeña Martina se despierta. Silvia le cambia el pañal, la viste y corre a la cocina a prepararle el biberón. Juan, su pareja, ya ha salido del baño y está ahí, haciendo café y tostadas. Silvia «le pide» que caliente la fórmula de la niña, que por favor deje la cocina «tal y como la encontró» y se apresura a seguir vistiéndose. Va fatal de tiempo. La pequeña está irritada porque tiene hambre. Silvia trata de tranquilizarla en sus brazos mientras «le pide» a Juan desde la habitación que se dé prisa. Unos minutos después, Juan aparece con el biberón. «Joder, se me están enfriando las tostadas», replica, mientras le da la toma a la niña. Silvia piensa para sí «Yo ni siquiera he podido tomarme un café frío», pero no lo dice en voz alta porque está harta de las movidas de siempre.

Silvia termina de vestirse, besa a Martina, que aún no tiene los siete meses, y se lleva al cole con prisas a la mayor, que acaba de cumplir cinco años. Hay mucho tráfico y llega tarde. Aparca en doble fila, baja con ella, espera verla entrar con el portero y acelera con prisas. Llega cuatro minutos tarde y el jefe le dice que desde que ha vuelto de la baja de maternidad, la ve un poco «distraída» y que eso «no puede ser». Que tiene que «ponerse las pilas». Silvia asiente porque no puede echarse a llorar allí mismo.

Sale del trabajo a las dos y a las dos y diez recoge a Paula. La niña está muy revolucionada con el disfraz de la obra de teatro de la semana que viene. Silvia acaba de darse cuenta de que se le ha olvidado encargarlo por amazon y de que, como tarde más, no lo va a recibir a tiempo para el ensayo general. Hace una nota mental, se pasa por el super, compra merluza y verduras para el sofrito, y luego tira para casa. Entra por la puerta a las tres.

En la cocina, la mantequilla está sobre la encimera bastante derretida, y el cuchillo y el plato de las tostadas de Juan en el fregadero. Suspira en voz alta, recoge y friega, abre el youtube y se pone a preparar la receta tan saludable que había visto de pasada el día anterior. Luego pone el pescado en el horno y de pronto suena la alarma del móvil que le recuerda que mañana Martina tiene cita con la pediatra. ¿Pero no era la semana siguiente? –piensa. Madre mía, ya no sabe ni en qué día está.

Termina de cocinar y cuando le sirve el plato, Paula protesta porque quiere pasta. Silvia le dice que hoy toca pescado y Paula no lo encaja bien y tiene una pataleta. Silvia le da un beso y le recuerda que el disfraz llegará mañana. La niña hace caso a regañadientes. Silvia pone una lavadora mientras come de pie.

Ya son las cuatro. Silvia desviste a Paula, que tiene la camisa manchada, y vuelve a vestirla con vaqueros y una chaquetita de algodón. Paula se enfada y le dice que todas las niñas llevarán el disfraz desde esa misma tarde. Silvia se arma de paciencia y contesta con un «Pues tú lo llevarás mañana, cariño, y no pasa nada». Paula se pone a llorar. Suena el teléfono. Es Juan. Dice que no puede recoger a Martina de la guarde hoy porque le toca hacer horas extra. Y la avisa ahora, que son las cuatro y veinte. Silvia, desesperada, llama a la chica que en casos excepcionales viene a cuidar a las niñas y le pide que recoja a Martina, pero la chica se disculpa diciendo que con tan poca anticipación no puede venir.

A Silvia le estalla la cabeza. Juan tira la bomba y es ella quien, como siempre, tiene que resolver lo que trae consigo las horas extra de su pareja. Lo que trae consigo todo lo relacionado con la casa y las niñas. Porque él no se hace cargo, él llama y avisa, y es a ella a quien le cae siempre la carga mental y organizativa, que no es ni un poquito menos abrumadora que la física. Paula no quiere ir a las actividades extraescolares sin su disfraz y toca hacer malabares. Son las tres y media. A Silvia no le queda otra que llamar a su madre –que la pobre no hace mucho que se operó de cadera– mientras se saca la leche, porque le van a explotar los pechos, para pedirle que por favor recoja a Martina a las cinco. Luego se cambia las medias, que se habían corrido, se retoca el maquillaje y lleva a la niña a las actividades extraescolares después de prometerle un helado al acabar. A Paula le gusta la idea. Una batalla menos, piensa.

La reunión no ha ido bien. El jefe, que es un machirulo de manual, insiste en su bajo rendimiento y, cuando Silvia le pide un par de horas para la cita con el pediatra, ofreciendo recuperarlas otro día, él contesta que ya ha tenido tiempo de “ajustarse” a su segunda maternidad –como si los bebés no enfermaran cuando se acaba la baja, piensa para sí misma, aunque no dice nada. El jefe lanza entonces un dardo venenoso: «Vete mañana, pero ponte las pilas, Silvia, como hacen todas las mujeres cuando son madres». Ese comentario solo hace que crezcan aún más sus inseguridades y el sentimiento de que no está a la altura.

Son las siete y media de la tarde y Silvia sale del trabajo y recoge a Paula. Se le olvida comprarle el helado antes de subirse al coche y el drama y la decepción son monumentales. Silvia aparca en un parque cercano y baja con la niña un ratito. Le compra el helado, la columpia y mientras tanto llama a su madre. «Paso a recoger a Martina en media hora, mamá». «Trae Apiretal contigo», le dice su madre, «parece que tiene algo de fiebre. Van a ser los dientes».

Silvia se pasa por la farmacia, que no le pilla de paso, y trae un analgésico para su bebé. Tras casi un cuarto de hora buscando aparcamiento, recoge a Martina de casa de su madre y vuelve a la suya. Son casi las nueve. Lleva en pie desde las seis y media, después de una noche horrible sin haber podido pegar ojo más de dos horas seguidas. Últimamente Martina se despierta mucho y no se duerme con facilidad después de la toma.

Cuando entra por la puerta, Juan está recostado en el sofá viendo el partido. Ha comido su porción de merluza y sofrito y el plato está encima de la mesa de centro, al lado de la cerveza. Silvia corre al baño, prepara la bañera para la niña y mientras tanto se va poniendo el pijama. «Le pide» a Juan que le cambie el pañal a Martina y Juan asiente con un “Vale, pero acabo de sentarme, que lo sepas”. Mientras tanto, Silvia mete a Paula en la bañera y se va a la cocina a preparar algo para cenar. La sartén del sofrito está vacía y grasienta encima de la vitrocerámica. Silvia «le pide» a Juan que traiga las cosas del comedor y que haga los tres platos mientras ella cocina. Juan refunfuña diciendo que no puede, que está con la niña, que ya lo hará «después». Diez minutos después, Silvia «le pide» que tienda la ropa. Juan aparece con mala cara en la cocina y se lleva la ropa de la lavadora para tenderla. Silvia termina de preparar el caldo de calabacín y empieza a sentir que los pechos van a explotarle. Paula grita desde el baño que ya está «arrugada». Silvia «le pide» a Juan que vaya a sacarla de la bañera, a secarle el pelo y a vestirle el pijama mientras juega un poquito con Martina. Su madre tenía razón. Está caliente. Le da el paracetamol como puede y la engancha a su teta. La niña muerde y Silvia ve las estrellas. Todavía no está curada totalmente de la mastitis. Pero es tan pequeñita… y tan rica. La mira y le da besitos y mimos. De pronto se acuerda que no ha encargado el disfraz de la niña, y se pone a llorar en voz baja mientras lo busca otra vez en amazon.

Minutos después, Paula aparece en el salón, con el pijama puesto y el pelo empapado. Silvia le echa en cara lo de siempre a Juan. Juan contesta también lo de siempre, «que no sea tan exagerada», «que ya se secará», que «tampoco hace tanto frío» y se sienta a hacer zapping. Silvia se apresura a secarle el pelo a la niña con secador para que no se resfríe y luego la parte de arriba del pijama, que está empapada, como siempre que la baña el padre. Cuando termina, le toca otra vez cambiar el pañal a Martina, le viste el pijama y la acuesta en su cunita. Martina vomita y mancha la sábana bajera y el protector del colchón. Silvia le lava la cara, le cambia el pijama y el body, retira el protector, cambia la sábana bajera y vuelve a acostar a Martina en su cunita. Le canta nanas hasta que cae rendida.

Después da de cenar a Paula, que le cuenta sobre los disfraces de sus amigas. Se ha hecho tardísimo, son casi las diez. La lleva a cepillarse los dientes, la acuesta, le lee un cuento, le da besitos y mimitos, y luego se va a la cocina porque aún no ha cenado. Los platos sucios y la sartén siguen ahí. «Le pide» por tercera vez a Juan que vaya a hacerlos, y Juan contesta que «en un rato, que ya te dije que estoy agotado».

Silvia está desbordada emocional y físicamente. Va al salón y le dice a Juan, con voz y tono desesperados: «Ya no puedo más. ¿Puedes venir a fregar los platos ahora, por favor?». Juan se levanta y la mira de refilón. «Hoy le di el biberón a Martina, le cambié el pañal, te la llevé a la guardería, te bañé a Paula y te tendí la ropa, pero nunca estás conforme. Además he tenido un día horrible en el trabajo y ni me has preguntado. Te he dicho que ya los haré». «¿Me? ¿Quieres que te enumere TODO lo que he hecho yo hoy, Juan?». «No, solo quiero paz en esta casa, que no es mucho pedir. Y una mujer que se preocupe más por mí y que se arregle para mí, que esto más que un matrimonio es un celibato». Silvia no da crédito. Juan quiere paz pero no da palo al agua y encima se queja de que «no se arregla para él». Lo dice todo de carrerilla y se queda tan ancho.

Es en ese momento, en ese preciso momento, cuando Silvia entiende que la conciliación era una trampa patriarcal. Que nunca habrá una conciliación real. Jamás, mientras sean las mujeres quienen gesten y paren y amamanten y sostengan la vida durante al menos los primeros tres años. Que las mujeres no podemos reproducir(nos) y producir por igual. Que eso es explotación patriarcal y capitalista.

Y que se acabó.

Que tal y como los trabajos de cuidados no son remunerados, nosotras no pagamos facturas. Y que carguen ellos con todos los gastos como medida compensatoria.

Silvia va a pedir una excedencia y quiere que todas las mamás del mundo sepan que no están solas. Que sus trabajos de cuidado son los que sostienen el mundo y la vida. Y que, por encima de todo, muy por encima de todo y de todos, lo están haciendo extraordinariamente bien, aunque casi nadie, y menos aún el Estado, reconozca su inconmensurable labor.

Porque si nosotras paramos, se para el mundo.

Agradecemos a Wadia N Duhni la cesión de estas palabras que, por desgracia, describen una situación tan común como injusta. Wadia es activista y una de las más reconocidas defensoras del feminismo árabe.

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VICTORIA GABALDÓN

“Mi experiencia se remonta a los años 80, cuando mis padres adivinaron que las letras y yo teníamos buena química y me apuntaron a un curso de mecanografía. Más tarde, estudié Periodismo y seguí escribiendo. Trabajé en una discográfica y seguí escribiendo. Trabajé en una agencia de marketing y seguí escribiendo. Trabajé en varias revistas y grupos editoriales, en eventos y publicidad, y seguí escribiendo. Bajo pseudónimo, pero seguí escribiendo. Soy madre de dos criaturas, Darío y Julieta. Y sigo escribiendo. En un año y medio online, al frente de MaMagazine, he escrito más de 400 artículos, he hecho más de 200 entrevistas y sigo sumando. En esta aventura no estoy sola: me acompañan poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad”.

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