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25N
(c) Anete Lusina

25N: TODAS SOMOS VÍCTIMAS DE VIOLENCIA

Bienestar Salud emocional

Esta mañana, sobre las 8.30, mientras estaba cepillando el pelo de mi hija de 11 años antes de ir al colegio, ella me preguntaba por la diferencia entre el 8M (Día de la Mujer) y el 25N (Día de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer). Comencé a explicársela cuando, de repente, mirándome a los ojos desde el espejo, me preguntó: «mamá, ¿tú has sufrido violencia? ¿te ha pasado eso a ti?». Seguí peinándola, bajé la mirada y le dije: «ya hablaremos de eso».

Al irse al colegio mi hija, han empezado a pasar por mi cabeza y por mi corazón, estremeciendo a ambos, muchas imágenes, muchas conversaciones, muchas situaciones. Propias y ajenas.

He visto a esa joven a la que su novio arrebató el teléfono móvil para leer sus mensajes. Esa joven que se enfrentó a su novio para recuperar su teléfono y que recibió, a cambio, golpes que la obligaron a ponerse cuello alto durante varios días, a pasar la noche fuera de casa por miedo a nuevos golpes.

He visto a esa joven trabajando en sus primeras prácticas, con apenas 19 años, entrando al despacho de su jefe, que le contaba los polvos que había echado, sin condón, el fin de semana anterior en una fiesta con universitarias que él mismo organizaba.

He visto a esa mujer discutiendo con su marido a gritos, cruzando el pasillo hasta su dormitorio, con su hija muy pequeña detrás, sentada en la cama y protegiéndose la cara, y plantándola, diciéndole a su marido que, como le pusiera la mano encima, eso era lo último que iba a hacer delante de ella en toda su vida. He visto a esa niña mirando a esa madre mientras todo sucedía.

He visto a esa mujer, madre de cuatro hijos, a la que su marido escondía los libros con los que se preparaba una oposición para que no alcanzase su sueño, salir de su casa y vivir un tiempo lejos de sus hijos, con el propósito de sacar su oposición y no tener que depender de su marido, a la espera de que el divorcio fuera un derecho real.  A la espera de que sus hijos fueran sus hijos, su casa fuera su casa y el dinero que ella ganaba, su dinero.

He visto a esa mujer rellenando una encuesta sobre violencia obstétrica y llorando a la vez que era consciente de que había marcado un «sí» en un montón de preguntas: ¿han hablado de su plan de parto antes de llegar al paritorio?, ¿ha sufrido una episiotomía?, ¿le han puesto un gotero de oxitocina sintética?, ¿le han roto artificialmente la bolsa de líquido amniótico?, ¿le han hecho tactos vaginales durante el trabajo de parto?, ¿y la maniobra de Hamilton?, ¿le han informado o pedido consentimiento previo antes de procurarle alguna de las acciones descritas con anterioridad?

He visto a esa mujer, que se está separando de su marido, empotrada contra la pared de su salón y agarrada de las muñecas, llorando y suplicando: «no me pegues, por favor, no me pegues».

He visto a esa mujer encerrada en un cuarto de baño, poco antes de parir, escondida ahí porque era el único lugar de la casa con cerrojo, una puerta que hacía de muro entre la ira de su pareja, sus gritos y sus insultos, el cortafuegos para que no le llegara el aliento del odio desde su boca. Esa mujer que, pocas horas más tarde, estaba en el paritorio a punto de pedir que, por favor, no dejaran entrar a su pareja al parto. Esa mujer rindiéndose y aceptando el perdón de su pareja por no montarla en el hospital, con sus suegros y sus padres expectantes ante la llegada de su primer nieto en la sala de espera.

He visto a esa mujer a la que, poco a poco, han arrebatado su negocio y su creatividad, a la que han anulado hasta despojarla de valentía. La que, en medio de un proceso de divorcio con hijos por medio, ha tenido que escuchar: «te voy a aplastar como a una mosca».

He visto a esa mujer en un avanzado estado de gestación que acababa de descubrir que su marido le era infiel, y a él sacándola de casa, agarrándola del pelo y dejándola en el descansillo en pijama en mitad de la madrugada. Y con su hija pequeña en la habitación de al lado.

He visto a esa mujer que se casó con ese joven al que conocía desde que eran bebés, saliendo de su casa con 80 años porque las discusiones con su marido durante 60 la dejaban tirada en el suelo, con ataques de ansiedad y, en alguna ocasión, con la intervención de la Policía. Esa mujer muy creyente, para la que el divorcio no fue nunca una opción, dedicada al cuidado de sus hijos toda su vida y soportando vejaciones a la vez que su marido le procuraba todos los lujos y una asignación económica sin límites. ¿Es que poder viajar, ir a la peluquería y comprarse toda la ropa que quería no era tratarla lo suficientemente bien? ¿Qué más podía pedir?

He visto a todas esas mujeres a mi alrededor, y a muchas más, sufriendo violencia. Yo he sido una de ellas. Todas nosotras estamos en alguno o en varios de estos ejemplos que acabo de relatar. Y casi ninguna de estas mujeres ha denunciado nada. Por miedo a quedarse solas, por miedo al qué dirán las familias, por miedo a que ejerzan más violencia sobre ellas, o sobre sus criaturas. Porque no sabían que podían denunciar, también. También las he visto retirar denuncias una vez puestas.

Esas mujeres somos tú, yo, nuestras madres, las madres de nuestras amigas, nuestras tías, nuestras primas, nuestras vecinas. Y no somos mujeres dependientes económicamente de nuestros maridos, ni mujeres incultas, ni mujeres débiles, ni incapaces. Y ellos no son psicópatas (o sí, pero no todos), ni asesinos en serie: son hombres que se han educado en el machismo y en el patriarcado. En el falocentrismo y en el poder. Son hombres a los que la sociedad ha dicho que son mejores y más fuertes que las mujeres. Son hombres que han ejercido, y siguen ejerciendo, violencia sobre las mujeres porque el sistema, por la sociedad, no les ha explicado que lo que hacen es un delito. Seguramente, los hombres de mayor edad nunca serán conscientes de que han ejercido violencia sobre sus mujeres, sobre sus madres, sobre sus hijas o sobre sus empleadas o compañeras de trabajo: se han educado en un contexto de absoluta permisividad con la violencia, la dominación y el sometimiento. Los hombres más jóvenes de este relato se han criado con trazas de esos hombres de antaño, también. Siguen coleccionando privilegios, siguen sin reconocerlos, siguen ejerciéndolos por haber nacido con un falo entre las piernas.

¿Es que todas las mujeres somos víctimas de violencia? Sí, señores. Sí, señoras. Todas lo hemos sido. Ejercida en el seno de nuestras familias, por nuestras parejas, en nuestros trabajos, en la calle, en los bares, en los medios, en las redes, en las plazas de los pueblos. En los paritorios. Es estructural y está institucionalizada. Y por suerte, cada vez menos, permitida. Cosa bien distinta es que no queramos reconocerlo en nosotras, ni lucharnos. Entonces no solo permitimos que ejerzan violencia sobre nosotras, sino que, además, nos la procuramos nosotras mismas.

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