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(c) Geraldine Leloutre

SONIA ENCINAS: “HEMOS ROMANTIZADO UN TIPO DE SEXUALIDAD IMPULSIVA INSOSTENIBLE EN EL TIEMPO”

Bienestar La realidad Maternidad Salud emocional Salud física Salud mental
Sara Martín

Sonia Encinas es comunicadora, sexóloga con perspectiva de género formadora y docente. Desde hace años viene haciendo una importante labor divulgativa mediante charlas y talleres en torno a la experiencia de lo femenino, poniendo el acento en el poder de  nuestra ciclicidad —”sabiduría menstrual” en palabras de Sonia—, en la importancia que tiene reivindicarnos como seres sexuales y cómo esa sexualidad, mucho más allá de una experiencia reducida a lo coital, tiene que ver con nuestra vivencia misma del cuerpo y del mundo que nos rodea y, para vivirla plenamente, es necesario desmontar la visión falocéntrica en la que se basan la mayoría de los relatos que de una u otra forma nos han colado desde niñas. 

Tras su reciente maternidad, esa investigación sobre el goce y el placer ha abarcado los terrenos del embarazo, parto y postparto, considerándolas como lo que son: una de las etapas más potentes de nuestra vida sexual. 

Aún queda mucho por hacer hasta reconquistar el espacio que necesitan nuestros cuerpos, librarlos de la culpa, de la exigencia que nos hace creer que deben estar siempre disponibles, supeditados a la necesidad del otro, que debemos domesticar el torbellino hormonal para encajar en un esquema social y productivo construido desde la mirada masculina. Miradas como la de Sonia nos ayudan a transitar estas cuestiones.

¿Cómo era tu trabajo antes de ser madre? ¿Sufrió cambios con tu maternidad?

La verdad es que sí. Yo ya me dedicaba a la sexología, pero tenía otros frentes abiertos y la ruptura brusca de uno de esos frentes profesionales supuso una revolución a nivel profesional que, aunque dolorosa, me dio la oportunidad de apostar por mi proyecto. Fue una etapa difícil en la que tuve que aceptar y navegar muchos cambios e incertidumbres —¿podría vivir bien dedicándome a lo que me gustaba hacer?—. Ese momento, que transité junto a mi pareja que fue mi gran apoyo, unido a que nuestra relación era hermosa y sólida y que él deseaba desde hacía tiempo ser padre, me llevó a plantearme por primera vez la posibilidad: quizá era el momento. En cosa de un par de meses o tres empezaron a crecer en mí las ganas, me fijaba en asuntos a los que nunca le había prestado atención, me preguntaba cuestiones que no me habían interesado y, aunque supongo que como muchas, me daba vértigo pensar en todo lo que la experiencia iba a cambiar de mi vida y tenía dudas sobre cómo podríamos organizarnos dos autónomos con jornadas laborales infinitas, quise confiar en que resolveríamos lo que se nos fuera poniendo delante en pareja. Porque pensarlo demasiado lo pintaba como inviable.

Podría decir que antes de la maternidad me dedicaba a lo que hago, aunque lo combinaba con otros proyectos que pensaba más seguros. Y la revolución maternal me catapultó de lleno a mi potencial y hacia el camino en el que ahora estoy. Incluso potenció mi proyecto y eso me trajo oportunidades que siempre había soñado, como escribir un libro (que verá la luz en unos meses).

¿Cuál es la huella de tu hijo en tu trabajo?

Me cuesta definirlo, pero sé que la huella de la maternidad en mi trabajo es brutal. Quizá no tanto de mi hijo como de la experiencia maternal en sí y cómo me ha atravesado y me atraviesa. Realmente, la maternidad fue un punto de inflexión. El embarazo subió el volumen a mi creatividad al mostrarme aspectos de la sexualidad (y de la feminidad) que nunca me había planteado. Es más, que incluso había llegado a rechazar o cuestionar (ingenua de mí). Empecé a escribir y compartir más y empezaron a llegar cada vez más mujeres a mi comunidad interesadas en lo que hacía. Desde que nació Noah, la transformación que he vivido ha sido una locura (digo locura porque es tan grande que jamás podrías imaginarlo). La experiencia cambió mi voz y la elevó. Me amplió. Y en ese sentido, los primeros meses fueron complicados para mí porque vivía constantemente una lucha interior entre deseos muy fuertes: estar con mi hijo o tener espacio para mí en el que poder crear y volcar lo que estaba viviendo. Siempre ese baile entre deseos persiguiéndome. Durante el primer año, la balanza se inclinó (por decisión propia) muchísimo hacia mi hijo. Pero siento que al cruzar la puerta del primer año, algo en mí empezó a cambiar y la balanza se fue igualando. Entonces necesité de forma urgente recuperar espacio propio. Y en esa recuperación fui volcando todo lo que había brotado desde mi (re)nacimiento como madre, como creadora, en esencia. El segundo año ha ido de “recuperar espacio”. A lo mejor no tiene sentido esto que voy a decir pero creo que, en concreto, esa dicotomía constante entre la necesidad de maternar y la necesidad de espacio propio para crear y producir desde donde ahora estoy es como el portal de donde nace mi fuerza y mi autenticidad. Justo en esa “lucha”. Es un tema muy interesante, este, el del conflicto que tantas vivimos con la llegada de la maternidad. 

¿Qué es, para, ti lo mejor y lo peor de la maternidad?

Lo mejor, aunque sea un cliché, es el amor. El vínculo con tu criatura, el amar de una forma que se derrama por el cuerpo. También la fuerza que te muestra. No es que la maternidad te de la fuerza. Yo creo que esa fuerza está ahí, pero la maternidad nos empuja obligatoriamente a verla. La despierta. A la vez, también siento como parte de “lo mejor” el contacto con una vulnerabilidad muy cruda. Porque la maternidad te desarma por completo. Y en ese desarmarte aparece una nueva posibilidad, una nueva tú con menos capas, que aprende, más humilde, más compasiva contigo y con otras. Es como si vieras el mundo a cámara lenta. La cagas, juzgas, te sientes culpable mil veces… pero de repente es como si pudieras verlo (que no evitarlo, somos humanas). Pero al verlo, simplemente te colocas ante el mundo en otro lugar que para mí es muy interesante. La maternidad me ha hecho mejor persona.

Lo peor de la maternidad es, sin duda, el sistema en el que maternamos. Vernos abocadas a una crianza individualista y solitaria dentro de un sistema capitalista antivida donde lo único que importa es la capacidad de producir capital económico es terrible. Nos lleva a maternar con muchos miedos, desamparadas a veces, desprotegidas, frustradas. Si habitásemos un sistema que pusiese la vida en el centro sin duda la maternidad y la crianza estarían protegidas, porque en ella reside el potencial futuro. Sería una sociedad mucho más saludable aquella en la que las mujeres tuvieran la oportunidad real de elegir cómo quieren maternar siendo cuidadas y protegidas a la vez que lo son también las criaturas. Un sistema de redes afectivas fuertes, donde lo comunitario fuera lo habitual, donde recuperásemos el poder de las vecinas, las tías, las primas… la familia extendida más allá, incluso, de lo sanguíneo, en vez de la familia nuclear. 

¿Por qué es tan necesario hoy en día un taller como el de sabiduría menstrual?

Porque es el origen de todo. Es decir, partiendo de un sistema que silencia y reprime la sexualidad de las mujeres, el ciclo menstrual es el tabú del tabú. El ciclo menstrual es parte de nuestra sexualidad durante unos cuarenta años de nuestra vida y aún lo percibimos como algo vergonzoso, incómodo, que molesta… arrastramos una mirada muy decimonónica, eso de que las mujeres somos unas histéricas por nuestros ritmos. Recuperar la sabiduría menstrual es fundamental para poder reconciliarnos con nuestras sexualidades porque nos permite entender, leer y escuchar nuestros cuerpos. En ese camino, para mí es fundamental colocarnos en un marco sociocultural concreto, aplicar la perspectiva de género y la mirada crítica (y política) que nos ayude a ver los hilos que mueven el sistema, por qué vivimos la sexualidad como la vivimos, quién ha narrado el mundo, de dónde salen los imaginarios sexuales que tenemos, quiénes ostentan el poder y qué repercusión tiene esto en nuestras vidas. Sabiduría Menstrual es un mix hermoso entre todo eso: Cómo funciona nuestro cuerpo, cómo podemos decolonizarlo, de qué forma aprender a leerlo, qué espacio ocupa en el sistema, etc. 

¿Por qué es importante entender embarazo, parto y lactancia como procesos sexuales? ¿La vivencia sexual cambia tras la maternidad?

Porque hay que romper con la idea de la sexualidad como una esfera estanca, que no cambia o que siempre debería ser igual. Ya solo por el hecho de que estos procesos forman parte de la reproducción humana, son parte de la sexualidad. Pero además, hay que mirar la sexualidad atravesada por lo bio-psico-social. Por tanto, estas etapas de la vida de la mujer tienen también una enorme influencia social y se ven influidas a la vez por ella. Para mí, lo más interesante a remarcar del embarazo, parto y lactancia como sexuales es reconocer la sexualidad como dinámica, como un movimiento y cambio constante que se manifestará y vivirá de forma diferente en distintas etapas de la vida. Además, en concreto “la maternidad” (englobando las tres experiencias por las que me preguntabas) es una etapa de mucha revolución sexual por la corporalidad, el placer, las emociones y los afectos. Pero no es la sexualidad que al sistema le importa (androcéntrica y con los placeres masculinos en el centro) ni interesa, por tanto, como no lo es, pasa a ser considerada asexual porque no concibe que haya otra sexualidad que no ponga el pene del hombre en el centro de todo. La maternidad sexual es, de hecho, subversiva en este aspecto.

El miedo a que nuestras relaciones sexo-afectivas se vean afectadas tras la maternidad es muy frecuente en las futuras madres  ¿Crees que hay cierta presión social al respecto? 

Creo que hay una anticipación del miedo que al confirmarse después en tantas ocasiones, refuerza la creencia. Para empezar, claro que las relaciones sexo-afectivas se van a ver afectadas. ¿Cómo no, si la ma-paternal es una de las transformaciones más brutales que vivimos y lo atraviesa todo? 

Lo que pasa es que anticipamos que nos afectará “para mal” y lo hacemos porque, por desgracia, en muchas ocasiones es así. Por varios motivos: 

Uno, que vivimos en una sociedad adultocéntrica que no concibe a las criaturas como personitas completas dignas de respeto, así que lo miramos todo con la lupa de la vida adulta en un sistema capitalista y machista donde los ritmos infantiles no encajan ni de lejos. Esto se traduce en frustraciones, conflictos…

Dos, no tenemos educación emocional ni afectiva y esto repercute a la hora de relacionarnos, porque no tenemos herramientas para hacerlo de forma saludable, con comunicación, asertividad… pasamos de un extremo a otro: o vivo para la otra persona —y me paso a mí por encima— o vivo solo para mí y mis intereses —pasándome por el forro los del resto—.

Tres, hemos romantizado un tipo de sexualidad impulsiva insostenible en el tiempo, la de los primeros meses de relación, y nos pasamos los años aspirando a recuperar aquello en vez de entender que “aquello” es una fase de la relación, pero que atravesaremos por muchas más porque la sexualidad es dinámica. En lo que respecta a la erótica, nos lo tenemos que currar y dejar de darla por hecho. Esta sexualidad impulsiva centrada en la pareja, se desdibuja en los primeros años de la maternidad. Nuestro cuerpo se centra en otro ser (alimentarlo, protegerlo, mimarlo, vincularnos y enamorarnos de él) y como entendemos la sexualidad como una vara de medir de forma cuantitativa la “buena relación” que tenemos con nuestra pareja, cuando se desdibuja, nos desubicamos, nos entra miedo, no sabemos qué pasa, nos preocupamos. Por eso es tan importante entender que la sexualidad es dinámica y conocer también la casuística concreta de la etapa que atravesamos durante los primeros años de crianza.

 

Conocer y hacernos dueñas de nuestra sexualidad es recuperar nuestro  poder creativo, una herramienta para situarnos física y políticamente en la sociedad en que vivimos, que nos coloca en el lugar necesario para vivir desde el goce, sin estigmatización ni culpas. En la web de Sonia puedes encontrar más información sobre los talleres, charlas y la posibilidad también de un acompañamiento individual o en pareja para seguir profundizando y dando valor a estas cuestiones que necesitan de una vez y colocarse en primer plano.

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