Hace algunas semanas tuve la suerte de asistir a uno de los primeros pases de Querer, la serie dirigida por la premiada Alauda Ruiz de Azúa y que, desde hoy, emite Movistar. Llevo varias semanas intentando asumir lo que vi, resumir lo que vi, transitar lo que sentí, reflexionar sobre esta historia que parece única, pero que trasciende a una realidad cada vez más visible: la de la violencia que no deja huellas en la piel, pero que no por eso deja de serlo. La que sucede de puertas para adentro, la que nadie ve, a la que nadie quiere mirar, la que tantas veces se ha negado.
La trama sigue a Miren, una mujer que, tras 30 años de matrimonio, denuncia a su esposo por violación continuada, desencadenando una crisis en su familia de consecuencias inesperadas. La ficción, contada desde un enfoque realista y profundamente humano, es una invitación a la reflexión sobre este tema incómodo que es el de abuso en el seno de la familia y las inevitables y dolorosísimas tensiones familiares que florecen cuando la verdad comienza a salir a la luz. El consentimiento sexual dentro del matrimonio quizá nunca haya sido tratado, en lo audiovisual, con la complejidad con la que Ruiz de Azúa lo hace en Querer. El elenco de la serie, liderado por Nagore Aranburu (Loreak, Patria) y Pedro Casablanc (Truman, Dolor y gloria) como el matrimonio roto, y Miguel Bernadeau e Iván Pellicer como sus hijos, ha sido elogiado por sus interpretaciones, especialmente por ser capaces de meterse en la piel de personajes con muchas capas, muy ambiguos, que provocaron, en mi caso, que la sombra de la duda no abandonase, apenas, mi percepción de lo que era verdad y lo que no.

En este pase, clandestino y del que no podía hablar hasta ahora, tuve la suerte de tener a mi lado en las butacas de la pequeña sala de cine a la periodista Isabel Cadenas Cañón. No fueron pocas las veces en las que nuestros cuerpos reaccionaron cogiéndonos de la mano, mirándonos y reconociéndonos, sorprendiéndonos o no sorprendiéndonos en absoluto ante la fractura de la estructura familiar, el proceso judicial, los desafíos emocionales, las tensiones crecientes y el desgaste. Desgraciadamente, la violencia ejercida sobre las mujeres con permiso de la sociedad sigue siendo una realidad. Desgraciadamente, el sistema judicial sigue sin estar a la altura de las víctimas. Desgraciadamente, el juicio de la sociedad no beneficia la credibilidad: en la mayoría de los casos, no existe la posibilidad de probar que la violencia sucede, lo que desanima a muchas mujeres cuando tienen que decidir si se enfrentan a un proceso de denuncia y a la bomba que estalla cuando esto sucede. Se pierde salud, se pierden amistades, se pierde dinero. Máxime, en una sociedad en la que, como dice una de las hermanas del marido denunciado: «todos los aitonas, entonces, deberían estar en la cárcel».

Que la violencia no se vea no significa que no exista. Que no haya marcas no significa que el maltrato no haya calado dentro. Que sigamos negando la existencia de la violencia machista sigue perpetuando la inmunidad del violento. Que haya series que, como Querer, nos ayuden a visibilizar, a dar argumentos, a sensibilizar es bien necesario. Por desgracia, pero bien necesario.






