© Iván Giménez

La casa limón comienza con una niña metida debajo de una mesa de comedor como techo, a la que ha construido paredes con libros. En la cabeza de su autora, Corina Oproae (Transilvania, Rumanía, 1973), arranca cuando, en un viaje a su Rumanía natal con sus hijos, su hija pequeña le pregunta de dónde cayó el comunismo. Responder a esta pregunta la llevó a dar forma a la historia de esta niña que intenta comprender lo que acontece a su alrededor mientras su vida va cayendo como una hilera de piezas de dominó, de lo íntimo —la salud de su padre, su familia, su hogar— a lo colectivo —el derrumbe de la dictadura comunista en Rumanía.

Corina Oproae estudió Filología Inglesa e Hispánica en su país de origen, y en 1998 se estableció en Cataluña. Ha publicado los libros de poemas Mil y una muertes (2016), Intermitencias (2018) y Desde dónde amar (2021). En catalán ha escrito La mà que tremola (2020), un libro de reflexión poética sobre el hecho de escribir en una lengua que no es la materna, que pronto se publicará en español. Sus poemas han sido incluidos en diversas antologías publicadas en España y América Latina. Ha traducido al catalán y al castellano a autores como Marin Sorescu, Lucian Blaga, Gellu Naum, Ana Blandiana (Premio Jordi Domènech de traducción de poesía, 2015), Norman Manea, Tatiana Țîbuleac, Ioan Es. Pop, Angela Marinescu o Mary Oliver. Es autora y traductora de La poesía del siglo xx en Rumanía (2022). Madre de un hijo de 21 años y de una hija de 18, también ha conseguido, con esta mirada de una niña que ya deja de serlo, hacerse con el XX Premio Tusquets Editores de Novela 2024.

¿Cómo era tu trabajo antes de ser madre? ¿Y después? ¿Sufrió cambios significativos?

Llegué a España en 1997 y me establecí en Barcelona en 1998. Aunque venía de otra lengua, yo sabía español cuando llegué, fue la cuarta lengua que aprendí. Había empezado a escribir en Rumanía, donde la costumbre era empezar a publicar en revistas. Durante unos cuantos años, apenas escribí. Más tarde, comencé a escribir en español, algo que me costó asumir. Escribí cuatro libros de poemas que no publiqué —el primero, en 2016—.

La maternidad, para mí, en cuanto la escritura, es algo que puede hacer que crezcan raíces hacia el cielo. Así lo escribí en un poema incluido en La mà que tremola, un libro que reflexiona sobre el cambio de lengua, de vida y de escritura. Tener hijos es importante en este sentido, también, porque cambia la mirada. Tal vez La casa limón no sería como es si no fuera madre: escribiría otras cosas, no es necesario ser madre y también puedes sentirte madre sin realmente serlo. Yo misma, al ser profesora, he mirado en muchas ocasiones a mis alumnos como si fueran mis propios hijos.

En uno de nuestros viajes a Rumanía en familia, que no han sido muy frecuentes —puesto que mi familia emigró a Canadá y en vacaciones hemos viajado mucho más a Canadá que a Rumanía—, tuvimos muchas conversaciones con amigos sobre la caída del comunismo. Recuerdo que estábamos en el coche y mi hija, que tendría unos 7 u 8 años, dijo: «Me ha gustado mucho Rumanía, pero hay algo que no he entendido: ¿De dónde cayó el comunismo?». El comunismo, para ellos, solo es una palabra y seguirá siendo una palabra, aunque lo lean en un libro de historia. Mis hijos no podrían tener acceso a mi vida anterior, que no tenía nada que ver. Y de ahí viene este libro. No sé si he contestado a esa pregunta, pero, como mínimo, creo que mis hijos pueden seguir teniendo el interés de saber lo que pasó a las generaciones anteriores. Mi mirada es de madre y es de hija, y este libro tiene algo de mí en cómo construyo el personaje de la niña que cuenta la historia. También me reconozco en el de la madre.

Es un tópico decir esto, pero la relación con la madre es la más importante. La filósofa italiana Luisa Muraro habla de la madre como la donadora del lenguaje. Nacer en otra lengua es cortar el cordón umbilical por segunda vez. Mi madre murió cuando yo tenía 31 años, ahora tengo 51 y no hay día en mi vida en que no piense en ella y no dialogue con ella como si estuviera aquí.

Este libro, de alguna manera, es como un libro de duelos: la niña —más tarde, la joven— pierde a muchos de sus seres queridos, pierde su hogar, pierde parte de su infancia… ¿Cómo fue el proceso de escribir La casa limón?

Has leído, ciertamente, lo que se sacó del libro. En la primera escritura ya sale la voz de la niña: muy contundente, casi me coloniza. No podía sino escribir el libro desde su perspectiva. Tenía cierta necesidad de reflexionar: en el libro hay reflexión, pero antes la había de forma más explícita. Se alternaban la voz de la niña y mi voz de mujer adulta, reflexionando tanto sobre lo que sucedía políticamente en el país, como sobre lo que sucedía a la niña personalmente. Dejé esta escritura y, un año y medio más tarde, hice una segunda escritura en la que me di cuenta de que las reflexiones a las que había llegado no tenían verdadero interés literario, que habían sido para mí parte de un proceso casi de purificación, algo curativo en mi proceso personal. Dejé de mirarlo con esos ojos: quería que fuese un buen libro. Todas esas partes que dejé atrás podrían ser otro texto: quería contar las historias desde otro punto de vista. Cuando ves un libro de duelo es porque el libro está hecho de silencios y tabúes, pero también de esas partes que no aportaban nada al lector, pero que para mí habían sido necesarias.

La niña construye un refugio a base de libros, debajo de una mesa. Hay libros que construyen hogares metafóricos frente a las tragedias que sufre.

La voz de la niña consigue quitar el melodrama. La voz poética, lo onírico, consigue elevar y ver a través de sus ojos lo que es insoportablemente doloroso. El castillo de libros es una metáfora, pero también es real: yo nací con un libro bajo el brazo. Empecé a hablar y a leer muy pronto. Antes de leer, mi madre me leía poemas. Casi sin saber el significado, recitaba poemas de memoria. En el pasillo de entrada de mi casa teníamos una biblioteca que, cuando era pequeña, me parecía enorme. La parte de abajo de la biblioteca estaba cerrada y la de arriba tenía vitrinas. Yo solo llegaba a la parte de abajo. Iba acarreando libros cada día, los ponía debajo de la mesa del comedor, pero a diferencia de lo que sucede cuando entra en juego la ficción, los devolvía a su lugar cada día. Esta niña, lo que hace, es leer el mundo. Los libros son su salvación. Parte de algo natural y se convierte en un símbolo: en un país en el que no tiene libertad para poder mirar hacia afuera, los libros son ventanas abiertas al mundo.

En el lenguaje de la niña abunda la poesía, se filtra por todo el texto. Destacan su asombro y su falta de juicio al relatar ciertas tragedias que le acontecen.

Es como si el mundo se acabara de inventar. El lenguaje puede transformar algo horrendo en algo bello. Tengo un amigo, Bruce Weigl, un poeta americano que sobrevivió a la guerra de Vietnam, que tiene un verso que he hecho mi lema: «make it beautiful, no matter what» —«hazlo bonito, sea como sea»—. La literatura tiene el poder para hacer eso.

Es tan importante cómo la palabra puede crear un universo… la niña es una pequeña diosa que va creando el mundo, piensa que puede hacer tanto el bien como el mal. Cree que todo puede ir bien, que puede forzar las cosas que desea. La gente se equivoca cuando lee este libro, y es algo que me encanta, pues mi intención era que hubiese una barrera, casi una piel, muy fina entre lo que es ficción y lo que es real. Entonces, hay cosas que la gente piensa que están inventadas, pero son hechos reales y al revés. Hay episodios que parten de chispas de realidad. Ahí el recuerdo no consigue desplegarse para reconstruir las cosas y es cuando la imaginación hace su papel. También hay episodios que no me sucedieron a mí de forma directa, pero que yo viví a través de la percepción. Cuando algo te impacta muchísimo, el cerebro lo vive como si realmente sucediese en el propio cuerpo, y eso se transforma en tu biografía. Incluso los sueños nos transforman. Tengo cuadernos enteros de sueños, muy surrealistas, y siempre los he tenido en cuenta como material literario.

¿Cómo fue recibir esa llamada para comunicar que habías ganado el Premio Tusquets?

Estaba conduciendo y casi colgué, porque pensaba que era alguien que quería venderme algo. Me llamó el presidente del jurado, Antonio Orejudo, y yo solo podía decir «gracias». Cuando llegué a la última persona, que era Silvia Hidalgo, la anterior ganadora, le pedí que dijera al resto del jurado que sabía hablar, que había escrito yo la novela, que no solo sabía decir gracias —risas—.

Nunca me había presentado a premios literarios, y fue gracias a mi actual pareja, que leyó este libro y pensó que era especial, que me presenté. Yo había hecho Filología Hispánica en Rumanía, antes de llegar aquí. En 1997 pasé la Navidad con la familia de mi exmarido, y mi entonces suegro, con el que mantuve siempre una magnífica relación, me regaló un libro de Luis Landero, Juegos de la edad tardía, publicado por Tusquets. Cuando mi pareja actual me preguntó dónde enviaría el libro, lo primero que se me pasó por la cabeza fue enviarlo a Tusquets. Es curioso: tenía la sensación de que podría pasar algo con este libro, que no era descabellado. Para mí, que escribo en otra lengua, ha sido muy importante, pues siempre he tenido la sensación de estar en una especie de limbo como escritora extraterritorial. Los hijos me dieron raíces hacia arriba y este premio, la escritura, en definitiva, hace que me asiente.

 

 

corina oproae

 

Refugiada bajo la mesa y rodeada de libros en el comedor familiar, la niña protagonista de esta historia piensa que ha provocado la enfermedad de su padre sin querer. Él le había prometido que la libraría de cualquier dolor, porque conoce la magia de apropiárselos, y ella, que ha sufrido la picadura de una abeja en la nuca, cree que ha cumplido su promesa. Ahora el padre está convaleciente con sus tíos, porque la madre, que trabaja todo el día en el hospital, no puede cuidarlo, y la niña seguirá esperando noticias de él, incluso durante el verano que pasa con sus abuelos, en una Transilvania rural en la que perviven supersticiones y costumbres ancestrales. Tal vez todo se torció cuando la familia tuvo que trasladarse al nuevo bloque de viviendas y abandonar su casa limón. Entre restricciones y delaciones a la infame Securitate, ignoran que se acerca el fin de la dictadura en la Rumanía de los años ochenta.

La casa limón cuenta los años de descomposición del régimen de Ceaușescu desde los ojos de una niña que trata de entender lo que ocurre a su alrededor, una novela lírica y emocionante sobre una infancia en Rumanía y la experiencia de la caída del comunismo en el seno de una familia de clase media que hace frente a sucesivas catástrofes íntimas. Una novela extraordinaria y singular en la literatura española, por su escritura precisa y evocadora, cruda y onírica, y por el testimonio de vivencias históricas de la Europa del Este.

 

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3 respuestas

  1. Yo también sé muy bien lo que es cambiar de lengua y de horizonte: catalan, castellano, aleman, italiano, francés, profesor universitario, de un pais a otro y en la Comision Europea ( UE ) Bruselas y el Programa “Erasmus” desde su creacion … La lengua es como un circo con el trapecio entre la cabeza los pies y las manos… Uno se lanza al vacio, entre vueltas y piruetas y vuelve al principio y a otro circo en otra parte…Fui un curso profesor invitado en la universidad de Varsovia, Polonia, época del final del comunismo de Jaruzelsky y comienzo del Papa Woitila, Juan XXIII ; durante ese mismo curso,1979-1080 también visité la Univeridad de Corina Aproae, Cluj-Napoca,Rumania….Conozco algunos poemarios de Corina y soy sensible con lo que siente y comunica
    Si fuera posible me gustaria conocer el correo electronico, mail, de Corina para saludarla y cambiar impresiones…

  2. Como puedo contactsr con la autora, porque estoy con mi TDR sobre su novela, y me encantaria converssr sobre aspectos que no se reflejan en sus entrevistas.
    Muchas gracias.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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