SOBRE LA MATERNIDAD
Obra de Elías Castro

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SOBRE LA MATERNIDAD. Tengo treinta y pocos años, una edad que pone interrogaciones a la condición civil. A veces, algunas personas me dicen que parece que no llego a los veinticinco. Cuando es un hombre mayor quien se muestra sorprendido por ese aparente desfase, suelo ponerme muy roja, una reacción involuntaria y patética, y me convierto en la niña que no había sido hasta ese momento. Una pequeña parte de la incandescencia es una señal de alarma: mi edad reproductora óptima, según la biología de los homo sapiens tal como la evolución nos ha diseñado, ha caducado. Sin embargo, igual que los yogures, la fecha preferente puede ser ignorada, bajo mi entera responsabilidad la maternidad aún me puede engullir.

 Justamente, la sensación maternal se ha instalado en mí como el hambre, un anhelo doméstico intermitente, por oleadas. No es sin embargo una sensación física, pese a presentarse como una instrucción temporal con sentido. Lo que sucede en mi cuerpo es que celebra emocionado haber entendido algo por fin, sin saber muy bien el qué. A medida que interpreto ese mensaje encuentro cada vez más diferencias en mi deseo: no sé si lo que quiero es tener un bebé o lo que quiero es ser madre. Observo este nuevo súperpoder afectivo que he generado, capaz de poblar el mundo entero sólo con una personita, y no encuentro aún mucha respuesta. Por lo tanto y por ahora, la maternidad es para mí un escenario inabordable, una condición radical. Eso les pasa a otras.

 La semilla de la maternidad me debió de acompañar, como a las otras, desde los primeros momentos en los que podíamos crear ficciones, y se desarrolló entre carricoches que cojeaban y nenucos decapitados. No sé qué es lo que se puso por medio para perder el interés por el apasionante mundo del amamantamiento y la crianza artificial, quizá una barbie que entre otras cosas tenía una forma corporal incapaz de gestar ni un guisante. Creo que el abandono es mayor a medida que crecemos, llegando casi al imposible, convertirse en madre es igual de factible que convertirse en hombre. Me viene a la cabeza algo que me sucedió cuando tenía veinte años y cuidaba a unos niños de cinco o seis años. En una de tantas tardes en el parque me senté en un columpio mientras les vigilaba. Al verme balancear con bastante destreza, se fueron acercando a mí con el ceño fruncido, intrigados. Me acorralaron y me increparon: «¿Pero tú eres niña… o eres madre?». Mierda, resulta que no se puede ser las dos cosas a la vez.

 Y este debate agotador ha estallado como nunca en mis ambiguos treinta años. Por aquel entonces no habría sido capaz de deshacerme de la candidez para poder cuidarles. Y ahora me pregunto no sólo de cuántas cosas me tengo que deshacer, sino también cuántas cosas necesito.

 Por lo pronto, -en fin- una pareja. Necesito que sea un hombre con muchos sentimientos buenos, todos a la vez, atento y constante, necesito una condición económica próspera, una habitación propia, una sociedad amable, un pasado de experiencias narrables, estabilidad emocional, un útero fértil, un parto seguro, un posparto estético, abuelos sanos, un horario flexible, un contrato fijo, un futuro profesional posible, un gobierno favorable, una familia sabia y unas amigas en las mismas. La mujer que no conozco a la que aspiro a parecerme no se esclaviza con exigencias para poder perpetuar la especie, se transciende a sí misma y simplemente ignora todos los excipientes de la maternidad. Me gustaría preguntarle, eso sí, que qué significa para ella renunciar a la juventud. Y también, ya que estamos, que si es verdad eso de que la relación más compleja que jamás ha existido es la de una madre y una hija. (Necesito, por lo tanto, que sea niño.)

La palabra renuncia creo que aparece la cuarta cuando pienso en maternidad. En los tres primeros puestos está el miedo en diferentes expresiones. Desconfío de estar realmente preparada para tremendo cambio y de no conseguir criar a mis hijos para que se diviertan en la vida y se expresen bien, ya que creo que son las dos virtudes esenciales. Sospecho a veces incluso de la honestidad de mi deseo, puede ser que en lo más transparente de esa voluntad quiera crear un vínculo eterno para no estar sola nunca. La carga de miedos supera con creces el peso permitido para el viaje.

Con todo esto y sin ni un solo consejo sobre el tema que me haya calado, si pudiera volver a ese parque con esos desafiantes y desvalidos niños creo que no me habría bajado del columpio. Es en ese vaivén de las cosas, supongo, donde el miedo se despeja, donde los empujones de la vida —no podría decirlo de otro modo— son más fértiles. Puede ser, no sé, que la maternidad no dependa ni de la ingenuidad ni de la fortaleza que da la congoja, sino de un tácito compromiso de aceptación, sobre todo y ante todo de una misma. Eso les pasa a otras, o más bien a todas nos pasa lo mismo.

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