TAMBIÉN ES DE LA FAMILIA (AUNQUE NO ENCAJE DEL TODO)

Escrito por:

Hay algo que no se suele contar cuando haces una revista, y es ese momento casi íntimo —porque sucede en el salón de mi casa— y un poco solemne —porque casi siempre sucede rodeada de alguien del equipo— en el que abro las cajas recién salidas de la imprenta y me enfrento por primera vez al objeto ya terminado; cuando todo lo que ha sido decisión, duda, corrección y espera se convierte por fin en papel, en algo que puedes tocar, leer y colocar en una estantería junto a los números anteriores, como quien comprueba que la familia sigue completa y en su sitio.

Este número llegó, se llama Enredadas y es el volumen 16 de nuestra revista en papel, pero en realidad la historia había empezado unos días antes, cuando recibimos los ferros y, al ver la portada impresa en ese primer soporte, detecté que algo en el color no estaba en su sitio, que había un ligero viraje que no reconocía como propio de la imagen y, aunque lo señalé en ese momento, me dijeron que se debía al papel de esa prueba, que no reflejaba el resultado final y que en las pruebas de color que llegarían al día siguiente todo se vería correctamente, como debía ser. Al día siguiente llegaron esas pruebas, y el color estaba bien.

Confié en ese proceso, en que esa cadena de pasos que aprendes a respetar cuando trabajas con terceros estaba funcionando bien, en que lo que había visto el día anterior no era más que una distorsión puntual y que el resultado final se parecería a lo que tenía delante en ese momento, que sí se correspondía con lo que habíamos trabajado. Por eso, cuando abrimos las cajas y vi la portada ya impresa, lo que apareció no fue solo la sorpresa, sino también el desconcierto, porque la portada había perdido su temperatura original y se había ido hacia un verde que alteraba el color de la piel. No en ese sentido ambiguo en el que a veces se habla de ligeras variaciones o de matices que solo perciben quienes han estado demasiado tiempo mirando la misma imagen, sino de una forma evidente, incómoda, incluso fea. Aunque nos hablaron del plastificado, de cómo oscurece, de cómo modifica ligeramente los tonos —algo que sabemos bien porque llevamos años trabajando con cubiertas plastificadas—, aquí no se trataba de un oscurecimiento sino de un desplazamiento, de algo que se había ido hacia otro lugar.

Mientras miraba la revista, no pensaba solo en el color, sino en todo lo que había detrás de esa imagen que ya no era exactamente la que debía ser. Pensaba en Inés Garp, la autora de la imagen de la portada, en la delicadeza de su fotografía, en cómo había trabajado la luz, la piel, la temperatura, y en lo que supone ver cómo algo que estaba bien se altera en un proceso posterior que ya no depende de quien lo creó. Pensaba en la comercial de la imprenta, en ese lugar difícil que consiste en estar entre dos orillas, en tener que responder a una cliente que señala un problema mientras formas parte de la estructura que lo ha producido, en lo complejo que resulta reconocer una desviación cuando hacerlo implica asumir costes, tiempos y decisiones que no siempre son fáciles de encajar, y en esa tensión que no siempre se ve, pero que está ahí, atravesando cada conversación. Hubo insistencias, explicaciones que no terminaban de encajar con lo que teníamos delante, hasta que llegó un punto en el que ya no era posible considerarlo como algo dentro de lo esperado y se asumió que la portada no estaba bien, que había que reimprimirla, que había que intervenir sobre algo que, en teoría, ya estaba cerrado. Con gran dolor, porque sabía que esta decisión costaría, como mínimo, un retraso de diez días en el lanzamiento de las revistas, decidí devolver la tirada.

Cuando volvieron las revistas, apareció otro detalle que parecía menor: este número es más pequeño que sus hermanas, medio centímetro menos de altura que podría parecer irrelevante si no fuera porque, al colocarlo junto a los anteriores, rompe la línea, altera esa continuidad silenciosa que también forma parte del objeto, de su vocación de permanecer, de ser guardado. Ese medio centímetro ha hecho que, a nuestros ojos, el resultado no sea tan armónico como esperábamos. También sé que quienes han visto la revista —y que no somos ni Ana Oroz, la directora de arte, ni yo misma— le han quitado hierro al asunto, no sé si por intentar rebajar nuestro disgusto o porque, en realidad, no es para tanto.

Y ahí, en todo eso —el color desplazado, el tamaño alterado, el tiempo que ya no coincide con el calendario previsto— es donde me encontré yo, no tanto frente a un error puntual como frente a algo más difícil de señalar, que tiene que ver con la exigencia constante de quienes trabajamos en proyectos pequeños que no tienen detrás una estructura que absorba los fallos, que los diluya, que permita que algo salga mal sin que parezca que todo se tambalea.

En ese lugar, la excelencia deja de ser una aspiración y se convierte en una forma de defensa, en una manera de proteger el trabajo y de protegerse una misma, de evitar que cualquier desviación —aunque no dependa directamente de ti— se lea como falta de rigor, como descuido, como algo que pone en cuestión todo lo demás, y esa tensión, que a veces se confunde con compromiso o con amor por lo que haces, termina siendo también una carga que no siempre es fácil de manejar. Ser autónoma es, muchas veces, habitar ese filo sin demasiados amortiguadores, sabiendo que todo pasa por ti —lo que funciona y lo que falla—, que no hay un lugar al que desplazar la incomodidad ni una estructura que absorba el desgaste, y que incluso los errores ajenos acaban formando parte de lo que tú representas hacia fuera, de lo que tienes que explicar, acompañar y, en cierto modo, asumir. Y hay momentos —no necesariamente dramáticos, ni siquiera especialmente visibles— en los que la idea de abandonar aparece de forma silenciosa, casi razonable, como una posibilidad que se cuela mientras miras algo que no ha salido como esperabas y piensas en todo lo que tendría que alinearse siempre para que esto funcionara sin fisuras, en el esfuerzo continuo que implica mantener ese nivel, en la fragilidad real de todo lo que no tiene una red amplia que lo sustente.

He estado ahí, mirando este número desde ese lugar incómodo, preguntándome no solo si estaba a la altura de los anteriores, sino también si la vara con la que mido cada resultado es, en el fondo, una forma de exigencia que no siempre tiene en cuenta las condiciones reales en las que se trabaja, los márgenes estrechos, la dependencia de procesos que no controlas del todo. Y, sin embargo, lo que ha terminado por imponerse no ha sido la renuncia, sino una forma distinta de mirar lo que hacemos, que no pasa por rebajar la importancia de la calidad ni por conformarse con cualquier resultado, sino por aceptar que no todo puede salir siempre como estaba previsto y que, aun así, el proyecto no se invalida, no pierde su sentido, no deja de ser lo que es.

Quizá haya algo importante en poder mirarlo así, sin necesidad de justificarlo constantemente por no responder a una idea previa de perfección, sino reconociendo la inmensa cantidad de trabajo, cuidado, intención y calidad, y que, más allá de ese desplazamiento en el color, de ese medio centímetro que rompe la línea o de ese tiempo que no ha llegado cuando debía, este Enredadas es, esencialmente, un número hermoso, con una imagen de portada potente y con textos y protagonistas que siguen ahí, dando sentido a todo, como siempre. Este número no es como los otros, pero tampoco es menos, y defenderlo así es la única forma posible de seguir haciendo esta revista.

Escrito por:

Etiquetas:

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.

Relacionados

VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

Revista en papel