carta a un hombre

CARTA A UN HOMBRE

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A veces me imagino las cartas como una escalera que une los puntos inconexos entre las zarzas. Un acto deliberado en el que las palabras y la historia confabulan, toman una ruta conjunta y abren las puertas a aquello que después de haber sido perfilado y apuntalado en riguroso silencio ya no puede sostenerse más. Al menos no ahí.  Precisamente en esa intersección se ubica esta carta. Un punto de inflexión que abro para empezar a habitar, como madre, un mundo vasto y complejo.  

Hoy hemos podido ver más allá de las capas de mi piel para saber algo que determinará todos los futuros posibles que te esperan. Si algún día, ya cuando seas grande, buscas en esta carta esa intersección, ésta es: eres un niño. Entre las piernas tienes un pene, lo que implica muchísimas cosas que tampoco pretendo explicar del todo, creo que ahora mismo no sería capaz. Desgraciadamente, en esta sociedad que habitamos acompañarte será diferente dependiendo de qué manera se alinearon tus cromosomas el día que te concebimos: una sola letra cambia por completo el suelo y el techo. 

Para empezar papá y yo venimos de un lugar que tengo que explicarte para que entiendas el trasfondo de esta carta. Papá y yo crecimos en familias que nos besaron la frente y nos acariciaron el cabello hasta dormir, dos mamás y dos papás que se amaban y que aún hoy a su manera se aman; que tenían una casa caliente y un frigorífico y cosas de comer dentro. Respetar los tiempos de los seres para dejarlos florecer te parecerá ahora lo más lógico, pero pasa que no siempre es así.  Hay muchas familias en las que el límite no existe o existe tan fuerte que los cuerpos llegan a romperse. Para nosotros, papá y mamá han sido palabras redondas, círculos de protección que hacen que ahora nos resulte hermoso imaginarnos abarcando ese espacio.

Otro son nuestros rostros: papá y yo tenemos la tez blanca y nacimos en un país medianamente desarrollado y estable donde también nacerás tú. Por eso a los dos nos fue relativamente sencillo tomar muchos aviones, estudiar en la nieve, compartir las coordenadas de otros lugares. Por eso nos conocimos en un aeropuerto y nos enamoramos en esta urbe inmensa en la que ninguno encuentra cobijo. De ahí vienes: de un espacio entre dos personas que tuvieron las cosas fáciles para abrir puertas y recoger frutos. Pequeño, tengo que contarte que papá y mamá son unos privilegiados y que eso te convierte a ti en otro. Llevo algunos años obsesionada con la palabra privilegio. Me cuesta dar pasos en el lenguaje sin mencionarlo. Privilegiada como una categoría por la que transito entre la contienda y el laurel: en esta ruleta de mundo desigual voraz y raro yo sólo caí en una casilla de opresión, ser mujer. Digo sólo, aunque sea tanto, pero esto es otro hilo. Supongo que me cuesta escribir sobre el privilegio porque mi voz es huesuda, un síntoma de su magnitud. 

Ahora, contigo, hijo, en el vientre, vive dentro de mí la expresión del máximo privilegio: un varón blanco. Hijo varón, quiero hacerte entender tan pronto como el lenguaje atraviese la barrera de tu experiencia que nacer no siempre supone lo mismo y en esa escalera irregular y llena de zarzas tú estás arriba del todo. Quiero acompañarte para que uses ese lugar desde el que ahora creces para tender la mano, bajar un peldaño, ponerte en horizontal. Ayudar a amasar esa escalera y hacerla tan transitable como un valle.

Hijo varón, ya te amo pero no creo en ninguna deidad ni en lo absoluto e inalterable. Sé que contigo abriré un nuevo territorio de dimensiones: amor como certeza física. Mamá y amor van tomando espacio entre las clavículas y las costillas y se enraízan en este cuerpo como una constelación recién descubierta.

No obstante, amor, esta mamá que se va configurando no se olvida de los huecos que la marcaron antes, la revisión como constante. Mamá y amor con toda la emoción de conocerte, de acompañarte. También de poder tomar distancia en los días que me ahogue.  Mamá y amor con el anhelo de hacer justicia a las palabras para recordar quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde podemos ir para hacernos mejores. Mamá y amor con la mirada de la mujer antes de madre, de la humana que precede al nombre propio. Hijo varón, ya te amo pero creo que incluso a ti, amarte  seguirá necesitando de la resistencia de lo cotidiano. 

Amarte, más allá de la devoción que a partir de ahora se espera debería rendirte. 

 

ANDREA MONTELIO B.

Periodista especializada en Sociología y Estudios Globales y mamá de Gael. Escribo para cuestionar y construir(me). Me interesan las voces que hacen de puente en este mundo en constante movimiento. Materno, escribo y hago la comunicación de proyectos con enfoque social de manera independiente. Encuéntrame aquí.

 

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3 comentarios

  1. No se que decir.me has dejado sin palabras.
    Precioso se queda corto.
    Estoy abrumada de lo bien que escribes.

  2. Para estar arriba no basta con ser blanco y varón. Te olvidas de la discriminación de la pobreza y la discapacidad/enfermedad que sufren también los blancos varones.
    Por ser blanca yo no he viajado en avión ni he estudiado en la nieve. No tengo ni he tenido dinero para hacerlo, ni mi salud me he permitido mantener un empleo con el conseguir ese dinero.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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