Edurne Portela los ojos cerrados

EDURNE PORTELA: LO QUE SE VE CON LOS OJOS CERRADOS

Bienestar Para leer

«Pedro cabecea unos segundos, la barbilla gacha. Ariadna quisiera ver sus ojos. Pedro parece leerle el pensamiento porque de repente, con un gesto brusco, levanta la cabeza y la mira.

—Pero ahora has vuelto tú.

—Sí, y  mi marido Eloy.

—No, él ha venido. Tú has vuelto.

—¿De dónde he vuelto, Pedro?

—Tú sabrás. Lo que pasa ahí fuera, yo no lo sé».

 

Empecé a leer Los ojos cerrados, el último libro de Edurne Portela (Santurce, 1974) sin hojear, siquiera, la contraportada. Sin resúmenes, sin opiniones. Lectura sorpresa. Es lo que habitualmente hago con muchos libros, sobre todo cuando vienen recomendados por alguien cuyas sugerencias nunca fallan. Es el encanto de lo inesperado.

Encontré una historia transversalmente atravesada por la violencia, pero también por los cuidados y por la solidaridad. Una historia que no me era ajena, pues creo que ninguna persona nacida antes del año 2000 es ajena a los relato de la Guerra Civil Española. Comentaba con una amiga que, aun sin haberla vivido, aun sin contar con testimonios salvajes de familiares perdidos y de dramáticas situaciones en el seno de mi familia (y tenía familia colocada en ambos bandos), la guerra, la nuestra, me duele constantemente. Es por eso que decidí no ver más películas sobre la guerra, pues cada imagen me recuerda a una herida que sigue supurando. Pero no solo sobre la nuestra: sobre ninguna. No tolero la violencia y eso hace que me pierda muchas cosas. Si acaso, tolero la violencia en las letras, pero rotundamente no, ya no, en las imágenes.

Aunque la violencia es uno de los temas de Los ojos cerrados, su lectura, aunque dolorosa, me ha resultado soportable e incluso placentera. Y creo que esto es porque los relatos de humanidad y cuidados se imponen ante los otros. Es esta una obra sobre la búsqueda de identidad y raíces, la de Ariadna. Una búsqueda que es personal e intransferible. Es también sobre la búsqueda de sentido, de silencios y de secretos de Pedro, un anciano vecino de Pueblo Chico marcado por la pérdida. Pueblo Chico es un lugar inventado pero muy real: es un lugar que, seguro, todos hemos visitado alguna vez, que no nos costará reconocer ni poner nombre a calles, paisajes y paisanajes.

Hemos hablado con Edurne Portela sobre violencias, cuidados, recuerdos y esperanzas, sobre su necesidad de escribir y sobre memorias perdidas.

¿Cuándo descubriste tu vocación literaria y cómo fue el paso de volver de EEUU a España para dedicarte a la escritura?

Siempre me ha gustado escribir, pero cuando trabajaba en la universidad en Estados Unidos nunca pensé que podría escribir ficción. Escribir, para mí, era una forma de investigación y de reflexión. Mi relación con la literatura tenía que ver con su análisis y estudio, no con la creación. El descubrimiento llegó al empezar a explorar ese terreno de la ficción y darme cuenta de que no sólo disfrutaba, sino que también seguía aprendiendo e investigando. La diferencia estaba en las herramientas. El paso de volver de Estados Unidos tiene que ver con un proceso personal que tuvo sus consecuencias en lo profesional. Era el paso que tenía que dar en el momento, lo tomé y me siento muy privilegiada de que haya salido bien.

¿Qué hace que la violencia, en sus múltiples facetas, atraviese transversalmente tu obra literaria hasta este último libro? ¿Qué es lo que más llama tu atención sobre las violencias?

Es parte de una indagación constante que comenzó con mi formación académica, que desarrollé durante casi dos décadas como investigadora y profesora y que ha continuado en mi trabajo de ficción. El ejercicio de la violencia es tan intrínseco al ser humano como el amor o la ternura, es inevitable. Negar su existencia y su posibilidad es un error y en mi caso intentar entender sus mecanismos y sus consecuencias es no sé si una obsesión o un compromiso. El caso es que no puedo evitar seguir pensando en la violencia, tal vez porque sigo buscando respuestas a las preguntas fundamentales que la rodean: el por qué, el para qué, qué consecuencias tiene, cómo nos marcan en el plano individual y en el colectivo. La ficción me permite indagar sobre ella a través de la imaginación y del lenguaje literario, los cuales abren un territorio creo que infinito.

¿Qué características tiene en tu novela esta violencia, que siempre está presente?

Es una violencia que entra en una pequeña comunidad y provoca un trauma podemos decir que fundacional en esa comunidad, sobre todo en Pedro que, cuando entra esa violencia, es solo un niño. También en otras personas marginales como Adela. Esa violencia se multiplica y tal vez por ser brutal provoca un silencio cómplice, un silencio acobardado, entre los vecinos. Los personajes viven rodeados de esos silencios y secretos, que son otras formas de violencia.

También me parece importante y precioso cómo el tema de los cuidados aparece en la novela, entre los vecinos de Pueblo Chico. ¿Existe la esperanza en la humanidad en tiempos de guerra?

La ternura y los cuidados están muy presentes en la novela y se dan, sobre todo, después de la guerra, cuando las personas del pueblo tienen que reaprender a convivir. Y es sobre todo entre los marginados, entre los vencidos, donde se crean lazos de solidaridad y de amor que van más allá de las convenciones sociales y la familia. Es importante recordar que hasta en los entornos más hostiles y duros hay personas que superan el egoísmo de la supervivencia y no pierden la empatía. Y eso se ve en la novela.

¿Qué lugar te ha servido de inspiración para el escenario de tu novela?

El lugar donde vivo desde hace más de un año, que tiene un entorno natural muy duro y al mismo tiempo muy bello. También, como señalo en los agradecimientos de la novela, la memoria de mi padre y del pequeño pueblo de las montañas de Lugo donde creció. Todo eso ayuda a crear ese Pueblo Chico que es, ante todo, ficción.

¿Qué recuerdos guardas de las experiencias que tus antecesores pudieran transmitirte sobre la Guerra Civil?

La novela en realidad no tiene nada que ver con las experiencias que mi familia pudo tener en la guerra, ni por parte de madre ni de padre. La familia de mi padre la vivió bastante aislada, salvo que a mi abuelo paterno lo reclutaron forzosamente los sublevados franquistas. Murió muy joven y mi padre siempre dice que nunca hablaba de la guerra. Por parte de mi madre, mi abuelo, que murió también joven, defendió a la República y tuvo que huir cuando los franquistas entraron en Bilbao, lo mismo que mi abuela. Ella fue la única, mi abuela materna, que compartió parte de ese trauma, pero tenía memorias muy segmentadas y repetitivas. Nunca se salía de cuatro o cinco anécdotas y, tras repetirlas, caía en un mutismo obstinado o cambiaba de tema. Por desgracia es una memoria que se ha perdido para siempre.

 

¿Por qué te recomendamos este libro?

Porque su historia, aunque dolorosa, rebosa esperanza y cuidados.

Porque es un relato adictivo: uno de esos libros que lees del tirón y cuyo final sabe más a punto y seguido que a punto final.

Por la dulzura de sus personajes y el toque poético de su composición literaria.

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LOS OJOS CERRADOS, EDURNE PORTELA

Los ojos cerrados es una novela de un solo lugar, un pueblo que podría tener cualquier nombre y que por eso se llama Pueblo Chico. Pueblo Chico está anclado en una sierra agreste que a veces se cubre de niebla, otras de nieve, una sierra en la que a veces se pierden los animales, desaparecen las personas. En el pueblo vive Pedro, el anciano protagonista de esta novela, depositario de secretos que rodean a la violencia que ha atravesado el lugar durante décadas. Cuando Ariadna llega a Pueblo Chico por motivos al principio poco claros, Pedro la observa y vigila, mientras Ariadna va desvelando su propia vinculación con la historia silenciada del lugar. El encuentro entre pasado y presente, entre Pedro y Ariadna, da pie a una novela en la que Edurne Portela indaga sobre una violencia que si bien trastoca para siempre la vida de los personajes, genera la posibilidad de crear un espacio de convivencia y solidaridad.

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