hombres que caminan solos
(c) Xavier Gauthier

HOMBRES QUE CAMINAN SOLOS

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Ocurre a veces que abres un libro y te enamoras. ¿Te ha pasado eso? A mí me está pasando con cierta frecuencia, me siento afortunada porque, en los últimos meses, me ha pasado con, al menos, tres. Pues bien: la última vez ha sido con Hombres que caminan solos, de José Ignacio Carnero.

Me interesé por él porque me interesa saber sobre las cosas que nos pasan pero de las que no hablamos. Por ejemplo, la depresión en un hombre. Abrí el libro y la primera frase me conquistó como una mirada furtiva desde la barra de un bar:

«Caminan solos alrededor de los contenedores y los barcos de los puertos de África. Hombres jóvenes que cubren sus rostros para protegerse de la humedad del mar y que recorren el muelle cuando el sol cae. Son hombres sin dinero y eso les hace parecer menos hombres«.

Pum.

Corrí a contar a un allegado que había comenzado a leer este libro, que me había enganchado a saco y que quería entrevistar a su autor. Me dijo que por qué me interesaba entrevistar al autor, si no era una mujer, ni una madre, ni un hombre hablando de feminismo. Y le respondí que pocas cosas me parecían más feministas que los mecanismos que permiten al hombre liberarse de su coraza y su condición de «machote». Le conté que Marta Giménez Dasí, nuestra psicóloga de cabecera en MaMagazine, había escrito un artículo titulado Vulnerabilidades masculinas en el que nos contaba que los datos de la encuesta de Salud Nacional en España de 2017 dicen que el 10,8% de la población tiene un problema de salud mental, pero estos problemas son el doble de frecuentes en las mujeres (14%) que en los hombres (7%). Esto mismo pasa con la depresión. Las mujeres sufren más del doble de depresión que los hombres (9,2% frente a 4%). Y las mismas cifras encontramos en ansiedad. Esto pasa en España y en casi todas partes. En España, también en 2017, murieron 10 personas al día por suicidio. Del total de los 3.600 fallecidos, 2.700 fueron hombres. Esta diferencia tan impresionante se mantiene en las cifras mundiales: las tres cuartas partes de las personas que se suicidan son varones. También la mayor parte de las personas que se suicidan presentan un problema de salud mental grave, generalmente depresión. ¿Cómo es posible? ¿No decíamos que la depresión es un asunto de mujeres?

Pues no: la depresión es un asunto universal. Y es un asunto muy de hombres que cuentan, además, con una desventaja respecto a las mujeres: que no tienen permitido hablar de sus debilidades. Que su éxito se mide por el dinero que ganan, por el éxito profesional que cosechan. Por su lista de amantes, por lo grandioso de sus coches. Y qué va… para mí, pocas cosas hay más liberadoras que permitir a los hombres abrir su alma sin miedos, lanzar a sus colegas un «¿qué te pasa?, ¿cómo te encuentras?» y que no sean preguntas retóricas, que tengan ganas de conocer la respuesta y asumirla, además.

Seguí leyendo el impecable libro de José Ignacio Carnero cuando, en la página 57, descubrí que hacía referencia al mismo estudio del que hablábamos en el artículo anteriormente citado. Otro hilo rojo entre este libro y yo. Y no era el único: me reconocí escuchando a Johnny Cash en Marruecos y fumando mal costo, aunque yo no sufriera un accidente de tráfico las veces que visité Tánger en verano. Me reconocí huyendo a Buenos Aires buscando un amor. Qué amores, los de Buenos Aires. Me reconocí en frases como: «la muerte de mi madre me había enseñado que el fin no llega de forma abrupta; que la muerte se toma su tiempo para conquistar y destruir los órganos sanos«. Me reconocí en un miedo: el de verme envuelta en una depresión, pánico que me lleva acechando unos años. He de decir en honor a la verdad, que todavía no me ha pillado, que le llevo la delantera. He sufrido episodios de inmensa tristeza, derivada de la pérdida de mis padres a raíz de sus enfermedades. Pero, aun en los días en los que me invade la tristeza, me siento capaz de reconocer momentos de alegría. La nube negra no me había cubierto del todo. Me deja ver la luz. Por eso me interesa este tema tan árido.

José Ignacio Carnero aceptó la invitación y he aquí el resultado. Hablamos de narradores, de voces. Encontramos reflexiones inesperadas. Hablamos de lo que se mete bajo la alfombra. Y barremos hacia afuera.

¿Qué compañía anhelan los hombres que caminan solos? ¿A qué mano les gustaría agarrarse?

Supongo que habrá quienes anhelen compañía y quienes no; quien vea en la compañía un lugar extraordinario y quien crea que es un infierno. 

En el título de la novela sólo describo algo, una imagen quizá, pero nada más, no hay una tesis sobre la soledad ni sobre la compañía. Cada uno de nosotros trata de hacer las cosas como puede y todos estamos continuamente improvisando. Quien traiga recetas universales es un charlatán. No existen soluciones. Y, desde luego, no hay gente, ni manos, que nos salven. Hay que ser muy egoísta para creer que alguien tiene que venir a salvarnos, porque se dejaría de lado que esa otra persona probablemente tenga algo que decir acerca de su sacrificio, y su vida, obviamente, vale lo mismo que la nuestra.          

 ¿Cuánto de AMA hay en esta novela?

Como mínimo, la voz del narrador que supongo que ya es mucho. El lugar desde el que narramos, la mirada, es gran parte de una novela y en ambos libros la voz es la misma, así que las coincidencias tienen que ser muchas. 

 ¿Y cuánto de autobiográfico? ¿Ha sido o es la escritura terapéutica para ti?

Toda escritura es autobiográfica. Quien escribe está poniendo pedazos suyos en cada personaje, en cada palabra. En mi caso, además, tomo mi voz y algunas de mis experiencias, y eso puede hacer creer que estemos ante una autobiografía pura, pero no es así. Hay una parte importante que sí y otra parte que no. El material del que me sirvo es heterogéneo y escribo con libertad. Dicho esto, creo que hay que dejar al lector margen para que piense qué puede ser cierto y qué no. El lector es inteligente y lo sabe. Quizá incluso tenga la certeza de que todo es real, y lo que digo aquí es sólo una máscara que me pongo por pudor. Quién sabe: hay tantas interpretaciones como lectores y todas son plenamente válidas. 

No diría que para mí la escritura es terapéutica. No exactamente. Perdona por ponerme melodramático, pero diría que para mí la escritura es necesaria, es una consecuencia más de estar vivo, algo que no puedo separar del hecho de existir, pues está dentro de mí. La terapia, sin embargo, es algo que viene de fuera y que pretende curar algo de dentro. Yo no pretendo curar nada escribiendo, si bien la cura puede acabar siendo una consecuencia involuntaria del hecho de escribir. Exagerando un poco, no puedo decir que la escritura es terapéutica, al igual que no puedo decir que respirar es terapéutico, aunque, si dejara de respirar, las cosas se complicarían bastante.    

Tanto en tu libro como en el artículo que mencionábamos antes, Vulnerabilidades Masculinas, hablamos de un altísimo porcentaje de hombres que se suicidan versus mujeres que lo hacen. Y hablamos de la depresión como una de las principales causas. ¿Por qué sigue siendo tan extraño -y tan dañino- que se niegue a los hombres hablar sobre sus emociones? ¿Cómo crees que se puede ir aligerando esa mochila cargada de piedras que lleva encima quien no comparte sus sentimientos?

Creo que una forma es hablarlo, escribirlo. Así se logra que los demás tengan la certeza de que lo que sienten es algo universal; que lo particular es universal y viceversa. La literatura sirve también para eso: para percibir que aquello que sentimos está también en los otros, que no estamos solos. 

Esas cifras me parecen escandalosas. Algo se tiene que estar haciendo mal. Supongo que tiene que ver con los roles de género tradicionales que arrastramos y que chocan frontalmente con una sociedad que ha cambiado, o está en proceso de cambio. La sociedad sigue premiando esa falsa invulnerabilidad del hombre, la seguridad, las certezas absolutas, y sigue estigmatizando a aquel que reconoce su debilidad. Es un comportamiento muy poco humano, basado en silencios, en sobreentendidos e ideas erróneas, que parece que trae sus consecuencias. Aunque este tipo de comportamiento afecta también a las mujeres, en general, creo que manejáis mejor esas situaciones.

También comentaba antes que pocas cosas me parecen más feministas que un hombre compartiendo sus emociones, liberándose de tantos condicionamientos tradicionales y asignados a su género. ¿Qué opinas respecto a si este ejercicio tuyo, escribiendo esta novela, es un acto de feminismo o no?

Creo que los que nos define no es la etiqueta que nos pongamos, sino nuestros actos. Todo lo que yo diga de mí mismo a este respecto sería un acto de propaganda. Dicho esto, ojalá que mi escritura sea vista como tú señalas, me alegraría profundamente. Tu posición frente a esa persona que te interpeló habla bien de ti y quiero pensar que el hecho de me entrevistes, los términos de tu pregunta y esta no-respuesta son más representativos de una idea que el hecho de que yo te responda diciendo que esta novela es también un acto de feminismo, algo que, sinceramente, no lo sé. 

¿Crees que hay síntomas de la depresión que podemos reconocer en nosotros mismos o que los demás pueden reconocer en nosotros?

Sería irresponsable respondiendo a cuestiones médicas de este tipo. Pero diría que normalmente nos damos cuenta cuando algo, un tobillo o nuestra cabeza, no funciona bien. La mala fama de la depresión, el silencio en torno a ella, sin embargo, creo que no facilita las cosas.  

¿Por qué crees que la depresión sigue teniendo ese estigma social y nos cuesta tanto reconocerla como una enfermedad clínica?

En primer lugar, porque no se ve y, en segundo, porque afecta a nuestra autoestima. Ante los ojos de la gente, hemos de estar bien, sonrientes, felices. Nuestra sociedad premia a la gente feliz y arrincona al depresivo. En la novela se me ocurrió decir que eso sucede, porque el depresivo, al dejar de producir (y de consumir), atenta contra el sistema. Y creo que algo de verdad hay en eso: el depresivo ni consume ni produce y eso es un gran pecado en el sistema capitalista.  

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HOMBRES QUE CAMINAN SOLOS, JOSÉ IGNACIO CARNERO

Si es cierto que las historias nos salvan, esta es la historia de alguien que se salvó contándola. Es el relato de una depresión, de un vacío repentino en la vida de un hombre que bajo la mirada del autor se convierte en un trasfondo luminoso para hablar de lo importante, de todo aquello que se siente y no se dice.

Este viaje al fondo de una enfermedad que aún se nombra en voz baja nos habla de un padre, de un hijo y de todos los que les rodean. Nos habla de un enamoramiento transatlántico, de una misteriosa mujer que calla su dolor, de madrugadas en Buenos Aires y días circulando por carreteras secundarias españolas, de un funeral desértico en Cádiz o de un vuelo alucinógeno desde la selva amazónica hasta los altos hornos de Vizcaya. Nos habla de la madre fallecida que nunca se ha ido y del padre que siempre está ahí, de lo frágil de la masculinidad, de sus trampas y sus máscaras.

Después de ama y con su segunda novela, Carnero se confirma como un autor capaz de construir un universo propio mezclando memoria y ficción, acercándonos a hombres que están solos en hospitales y en velatorios, en bares de carretera y en áticos de diseño; hombres que quieren pedir ayuda pero que no saben cómo.

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