© Jacobo Medrano

JUAN VILÁ: “ESTAMOS HECHOS PARA SOBREVIVIR”

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Es infinitamente mucho más fácil escribir sobre un libro cuando no conoces a quien lo ha escrito, sin duda. El no ponerle piel a quien escribe, en mi caso, hace que pluma o tecla, según el nivel de romanticismo con que quieras dotar a la escritura, corran más rápido y sin prejuicios. Cuando leí 1980 (Anagrama, 2021) nunca había leído nada de Juan Vilá, ni sabía que existía, ni nada. Me vine arriba, he de reconocerlo, y medí hasta dónde podía llegar con mis preguntas. Juan no me frenó y, finalmente, su libro inspiró una entrevista bidireccionalmente honesta y gratificante, además de sucesivos encuentros para hablar de libros, revistas y vidas. Esa lectura y esa entrevista, además, propiciaron que Juan escribiera un precioso texto, Nostalgia de la paternidad, publicado en El nuevo baby boom, el primer número de MaMagazine en papel. Por eso imagino lo que a Juan le ha costado escribir su nueva novela, Tan difícil como raro (2023, Anagrama). Por eso lo imagino peleándose con lo que se puede contar y lo que no para componer este libro. Y digo que imagino lo que le ha costado no porque sea un ejercicio difícil, sino porque hay mucha vida ahí dentro, tanta vida como muerte. Porque la historia de estos personajes nacidos en los setenta y que se encontraron en los pasillos de la facultad de Filosofía de la Complutense en los noventa sigue dando coletazos y quizá una forma de intentar contenerla sea meterla en un libro.

La lectura de Tan difícil como raro es como un cañón por el que se disparan la imaginación —la de la lectora— y la memoria —la del escritor—. Entonces, ante una primera parte del libro que se llama Los filósofos gilipollas no puedo sino imaginar a un Juan desgarbado, paseando por los pasillos de la Facultad con el gesto altivo de los estudiantes de Filosofía, arreglando el mundo conversación a conversación, lectura a lectura, con varios de los personajes que pueblan las páginas de este libro, quizá ensimismados y sin darse cuenta, hasta más tarde, de que el mundo no tiene remedio —¿o sí lo tiene?—. Imagino a un tipo que lee y que escribe porque calla. Eso lo imagino solo con el título del capítulo, pero el capítulo empieza con Gloria, un personaje de peso relativamente ligero en esta historia que trae a colación una intención manifiesta, y es que Juan pueda escribir que ha logrado lo que siempre quiso «escribo libros, y los publico, y hasta hay gente con mucho criterio que los lee y le gustan. Y sobre todo, ni me he vuelto loco ni me he tirado por la ventana». Y quizá en esa afirmación quepa todo este libro y sea la justificación de su escritura. Y Gloria, que pasa por ahí como un suspiro antes de que la pandemia la aleje de esta historia y se acaba pronto, también da pie a que Juan resuma, a las pocas páginas de empezar, la esencia de esta triste historia: «Si la salvación estuviera al alcance de la mano y pudiera conseguirse sin gran trabajo, ¿cómo podría suceder que casi todos la desdeñan? Pero todo lo excelso es tan difícil como raro». 

A partir de ahí, por las páginas de esta historia desfilan los muertos y también los vivos alrededor de los muertos. Y aunque otra de las excusas, quizá, sea rendir homenaje a Roberto, el amigo que acaba arrojándose por un noveno piso con las gafas puestas —«Un noveno piso. Llevaba las gafas puestas. No quiso perderse detalle»—, creo que esta historia es una historia de juventud, de amistad, de desencanto y, sobre todas las cosas, una historia de amor. Entonces, además de a Gloria, a Roberto y a Juan, conozco a Manuel, que sufrió abusos en su juventud; a Bea, novia de Roberto, desafiante y deseada; a Alejandra, que tiene problemas con el alcohol; a Carlos, el amigo discreto que, sin embargo, es una bomba de relojería y a Ana, el amor de Juan, torpedeada en su aparente equilibrio por la aparición de la enfermedad mental. Además de una puesta en contexto de la juventud exprimida y perdida, esta historia es, por un lado, una rendición de cuentas con Roberto, el amigo muerto y, por otro —imagino también—, una necesidad: la de dejar claro que el amor no es —no fue— suficiente. Ese amor de juventud que une a Juan y Ana y la imposibilidad de la salvación estallan, inevitablemente, como una historia dentro de la historia principal, tomando una relevancia posiblemente no proyectada en el germen de la narración.

Continúo mi lectura por esta historia que avanza y retrocede en el tiempo y llego a la segunda parte, que se llama Los años feroces y que comienza con una carta a Roberto, el amigo muerto, fechada el primer día del año 2020. Y me gusta leer que «la muerte es un eterno fastidio» y me gusta que el autor confiese que habla para los muertos. Pero, sobre todo, me gusta leer que «La muerte es la ausencia o el vacío de un no recuerdo, mucho más que la paz del olvido. La vida es en cambio memoria. Por eso a veces parece tramposa. Por eso nos da la impresión —qué imbéciles somos— de que la vida nos miente y por eso nos hace cargar con mil cosas que ni siquiera importan». Esta segunda parte del libro es como bajar corriendo por la ladera empinada de una montaña. «Han sido años feroces. Poco o nada quedó en pie. Miro a mi alrededor, cabrones, y no veo a nadie. Y mucho mejor así». Esta segunda parte es Ana.

Antes de entrevistarle, imaginé que le preguntaría a Juan de qué hablan los filósofos cuando hablan de amor y que el me respondería que él no es filósofo, sino estudiante de Filosofía. Imaginé que me diría “Victoria, ese no es el punto desde el que he escrito el libro” y yo, entonces, le diría, claro, que tiene razón. O quizá me diría que sí, que mi juicio es agudo, quién sabe. Porque Juan es una caja de sorpresas y nunca da la respuesta que imaginas, a veces para provocarte y a veces no, y acaso sea ese parte de su encanto y lo que más me gusta de hablar con él y de leer sus libros. El caso es que no le pregunté esto, sino otras cosas.

¿Cómo comenzaste a imaginar esta historia? ¿Hace falta tener un motivo para escribir?

Comencé en el año 2000, poco después de la muerte de Roberto. Sabía que en algún momento tendría que contar su historia. Los motivos son muchos: celebrar lo que vivimos juntos, reivindicar su figura, explicarle y explicarme algunas cosas… Lo que entonces no imaginaba es lo que iba a venir después. No solo tuve que escribir el libro que él no había podido escribir, sino también el de Ana.

¿Cómo fue el proceso de escritura?

Largo, complicado, lleno de dudas que aún persisten. La primera parte está escrita casi entera durante el confinamiento, mientras que la segunda la escribí un año después, en 2021. Luego hubo mil reescrituras, versiones distintas e intentos de que todo cuadrara. El final llegó durante una residencia artística de tres meses en Córdoba.

¿A cuál de los personajes te ha costado más escribir y por qué?

A Roberto. Es una de las personas más especiales que he conocido nunca: sociable, lleno de talento, divertidísimo, encantador… Pero detrás de todo eso se ocultaba algo mucho más complejo y oscuro. Había mil peligros: caer en la caricatura o en la hagiografía, dejarme llevar por la rabia que aún me produce su muerte. Me tranquilizó mucho cuando varias personas que estuvieron muy cerca de él me dijeron que le habían reconocido totalmente en el libro.

¿Y cuál ha sido el más grato?

Gloria, un personaje menor dentro de la novela y también la única de todos que se ha salvado. Aunque no creo que el motivo sea solo ese. Reencontrarme con ella después de más de veinte años sin vernos fue un revulsivo y lo que puso toda la historia en marcha. Las páginas que le dedico me salieron casi del tirón y aún hoy creo que es una de las partes que más me gustan del libro.

En tu libro aparecen dos personajes que terminan suicidándose, Ana sufre TLP… ¿Cómo se sobrevive a la visión y compañía de personas tan cercanas y sufriendo tanto?

Lo lógico y lo normal es seguir adelante. Estamos hechos para sobrevivir. No creo que tenga demasiado mérito en ese sentido. Son, de todas formas, procesos distintos. El suicidio llega de pronto. No lo esperas. Al menos en uno de los dos casos. La bofetada es tremenda. Sufres una conmoción y no paras de preguntarte por qué. Durante meses casi no puedes pensar en otra cosa, elaboras mil teorías… Yo tampoco pretendía olvidar o pasar página. Se trata más bien de aprender a vivir con ello. Hablo siempre de mí. No pretendo dar lecciones a nadie. No he escrito un libro de autoayuda —me espanta la idea—. Tampoco soy psicólogo o psiquiatra. Pero poco a poco lo consigues.

Escribes una carta a Roberto, “hablando para los muertos”. Dices que la vida es memoria y que sientes la necesidad de explicar y explicarte. Que han sido años feroces. ¿Qué ha sido lo más feroz de esos años sin Roberto?

La enfermedad de Ana, el otro gran personaje de la novela. Ver cómo su vida salta en pedazos, y de paso gran parte de la tuya. En este caso, el proceso fue distinto. Frente a ese suicidio que llega de golpe, lo otro ocurrió de forma muy lenta, gradual, casi sin darte cuenta. El efecto, en cierto sentido, es el mismo: esa persona que tanto querías ya no está, no existe más… Pero el camino que te ha llevado hasta allí no tiene nada que ver. En un primer momento, quizá parezca más fácil, pero al final puede resultar devastador. Como la rana esa que se cuece si poco a poco le vas subiendo la temperatura del agua.

 

 

 

Un retrato generacional de quienes nacieron en los setenta, disfrutaron del esplendor de los noventa y se desmoronaron con el nuevo siglo. «Si la salvación estuviera al alcance de la mano y pudiera conseguirse sin gran trabajo, ¿cómo podría suceder que casi todos la desdeñan? Pero todo lo excelso es tan difícil como raro», escribió Spinoza. En octubre de 1991 coinciden en la facultad de Filosofía los personajes de esta historia: la brillantísima Gloria, que no tardará en desencantarse de la universidad para entregar su inteligencia a la empresa privada; Manuel, que busca en la razón y los libros un freno a sus más oscuros impulsos; la caprichosa Bea, que acostumbra a provocar todo tipo de desgracias y salir siempre indemne de ellas; Roberto, un excéntrico aspirante a pintor; o Ana, que encierra dentro de sí misma toda la rabia y toda la dulzura del mundo. Son jóvenes y se divierten, conciben grandes planes o quizá delirios, hacen un montón de tonterías. Hasta que uno de ellos se suicida y la cosa se pone seria.

 

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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