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JULIETA SANTOS: «MATERNAR NO TRATA SOLO SOBRE EL AMOR Y ESO SUELE MOLESTAR COMO IDEA»

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Ayer paseaba por Madrid con Elia Mervi, comadre, ilustradora y compañera en el diálogo y la vivencia de la maternidad en un paseo al calor, pero un paseo de esos en los que no te fijas en la gente que te rodea porque todo el mundo te sobra. Porque, de repente, la conversación entre ambas era la única y nada podía interferir. Porque, a veces, te confiesas con miedo, pero cuando encuentras la mirada de «por ahí también he pasado yo» es tan reconfortante que el diálogo se torna abrazo sin tacto.

Me hizo recordar a la lectura de Templanza (Irma), obra de la argentina Julieta Santos (Laferrere, 1982), que no es una lectura fácil porque hace que te sientas interpelada en demasiados momentos. Este librito habla de miedos en tres idiomas que son el mismo: la poesía, el diálogo teatral y la narración. No sigue esquemas ni mandatos, ni siquiera en las tipografías, que varían a lo largo del texto. Y esa valentía de vanguardia es de agradecer.

Después de Templanza (Irma) vino #Tripacorazón, un poemario atravesado, también, por las experiencias de la maternidad, la crianza y los apegos. Un lugar donde se confunden los úteros y los latidos entre las letras y los silencios. Hemos hablado con Julieta sobre creación, maternidad (tiene un hijo de cinco años) y sombras tras las luces.

¿Cómo era tu trabajo antes de ser madre? ¿Y después? ¿Sufrió cambios significativos?

Mi trabajo antes de ser madre era exhaustivo y después de serlo se multiplicó, considerando que a la jornada laboral se sumó el trabajo doméstico y de crianza. Las noches de mal sueño, las preocupaciones por pagar las cuentas, el costo de la inexperiencia en maternar, la lactancia a demanda, ¡hay muchas cosas que son trabajo real pero no tienen remuneración!

Las exigencias para las mujeres en este mundo globalizado, hiperconectado, hipercompetitivo, son infinitas. En mi caso pienso también en cierta autoexigencia por encontrar en ese maremagnum de cosas, además de todo eso, un espacio para cierto esparcimiento propio. Lo pienso a la distancia y me parece absurdo pero de alguna forma, encontré el impulso. Así surgió TEMPLANZA  (Irma), por ejemplo. Ahí la escritura vino a funcionar para mí como un salvoconducto, una manera de permanecer atada al mundo por algo más que pañales, tetas, óleo calcáreo y vacunas. Para convocar una imagen elocuente, te diría que escribir fue mi cordón umbilical a la vida más allá del pack «materno-infantil».

¿Qué es, para ti, lo mejor y lo peor de la maternidad?

Tengo una experiencia en la maternidad que se circunscribe a 5 años y 9 meses (contando la gestación), así que haré un pequeño balance en virtud de eso.  Seguramente, en un tiempo seré capaz de decir muchas otras cosas, como hace unos años tenía un panorama más acotado para hacerlo. Así que, ¡aquí voy!

Lo mejor de esta maternidad ha sido conocerme en dimensiones y expresiones a las que todavía no tenía acceso, como si hubiera descubierto cierto potencial desconocido. Y también que soy capaz de autoexplotarme mucho más de lo que imaginaba. Por otro lado, es bueno entender que en muchas circunstancias hacemos lo que podemos, no lo que queremos y mucho menos lo que creemos que deberíamos hacer. Es decir, lo mejor es aprender a perdonarme la «imperfección» pero lleva mucho tiempo y creo que, como proceso, no se detiene nunca. ¡O eso espero para seguir «fallando» cada vez con menos culpa!

Lo mejor, en un plano menos individual, es entender mejor una enorme cantidad de situaciones cotidianas en las mujeres que me rodean y en mí misma que se relacionan con tener hijos/as —demorarte para llegar al trabajo, distraerte viendo un dibujo animado, tener dolores desconocidos a una edad ridícula, sentir una congoja infinita si un niño llora en la plaza, sonreír en una reunión cuando la niñera te manda una foto de tu hijo, etc—.  Con esta experiencia cobró sentido una frase que me dijo cierta amiga una vez, «para mí, antes que por la política o el fútbol, el mundo se divide entre la gente que tiene hijos y la que no». Seguramente estemos de acuerdo en que tanto tener hijos como practicar un deporte (o poder hacerlo y tener recursos para ello) son hechos políticos, pero eso es otra discusión. El sentido primordial que encuentro en esa frase tiene que ver con asumir la maternidad como un elemento que requiere sororidad, fraternidad, entendimientos, aceptación, compañerismo, para sostener y sostenerse de una forma más saludable. O al menos, más practicable.

Lo peor de la maternidad es tanto su mecanización como su romantización. ¿Qué quiero decir con esto? Que reproducirse en este siglo XXI ya no puede concebirse como un hecho natural. Es un proceso cultural (digo a propósito «proceso» y no «hecho»), por eso debemos darnos la tarea de comprenderlo en toda su complejidad y matices. No se tienen hijos/as porque un cuerpo gestante sea la máquina biológica que lo permite; como tampoco maternar sea lo mejor que puede pasarle a una persona que trae un niño o niña al mundo.  Ni robots ni romances. Dura y compleja realidad. Lo peor de la maternidad es cuando el Estado está ausente y lo único que da pistas sobre qué hacer o cómo son los medios de comunicación, cuyo mensaje consumista, sexista y exitista conocemos de sobra.  

Lo peor de la maternidad es asumirla en soledad, sin información, sin una red de afectos, sin profesionales formados en el respecto a las personas gestantes y sus derechos que, además, puedan acompañarte sin juzgar tus decisiones. Lo peor es un sistema laboral que no cuida a las mujeres en los períodos de lactancia y por eso mismo destrata a las y los bebés, ni contempla con licencias razonables a los padres que desean acompañar los puerperios.

Dice Tamara Padrón en el prólogo de tu poemario: «Acá no hay lugares seguros donde pisar. El suelo es lava, todo quema”. ¿Cómo ha marcado la experiencia de la maternidad tu escritura?

El prólogo de Tamara es muy generoso. Ciertamente y ya que traés ese fragmento, creo que la maternidad es un lugar poco seguro por donde se lo mire. La sensación de falla, de peligro, de vulnerabilidad, es un afecto que acecha todo el tiempo. Digo eso pero simultáneamente sospecharía si me sintiera demasiado confiada de algo. Maternar es un proceso ambivalente por definición. El principio del tercero excluido no existe. Se siente todo junto y al mismo tiempo.

La escritura que decidí publicar hasta ahora está marcada fuertemente por la experiencia de la maternidad. Este proceso viene cooptando la centralidad y por el momento lo respeto, imaginate que tampoco puedo decidir mucho sobre qué escribir porque eso se me impone, tiene que ver con el método de cada una o cada uno. Yendo a tu pregunta, en ese sentido la marca de la maternidad en la escritura es indeleble.

En Templanza (Irma) se plantea que lo que nos une en la maternidad es el espanto y no el amor. ¿Cuál fue tu objetivo al escribir esta novela?

Esa referencia, «lo que nos une en la maternidad es el espanto y no el amor», que es parte del prólogo de Nadia Fink, intenta retratar que no hay nada rosa en la maternidad. No significa que sea espantosa literalmente, sino que las madres nos anoticiamos de qué se trata cuando estamos adentro, y eso no necesariamente significa tomarnos de las manos para celebrar lo maravilloso de la vida. Maternar no se trata del amor, o sólo de él, y eso suele molestar como idea. Sin embargo, creo que es una discusión que viene posicionándose muy fuerte en distintos ámbitos y eso sí que es algo para celebrar porque nos permite complejizar y matizar lo que nos pasa. Salir de la linealidad, cosa que ya la vuelve más interesante por el desafío que representa, subjetiva y socialmente. Al escribir Templaza (Irma), me propuse llevar esa discusión a algunos extremos. Me serví de la ironía, del humor, de cierta literalidad, de algunas groserías, entre otros recursos. Por ejemplo, convoqué las voces de 4 mujeres en una pequeña obra de teatro para ponerlas a conversar sobre cosas que nos pasan: el aborto, los partos, el puerperio, las pérdidas, la lactancia, los abortos espontáneos; en fin, el absurdo. Por supuesto no hay consensos, como en la vida misma.

Me parece que esta novela tiene por objetivo, como dijo Margarita Roncarolo -maestra poeta y performer argentina- en la presentación del libro: «Jugar. Jugar hasta el final».

¿Qué viene después?

Actualmente, estoy corrigiendo un poemario y trabajando sobre el guión de un documental que espero pueda ver la luz el próximo año. Mientras tanto, acompaño procesos de escritura de narradores/as y poetas de manera individual. Además, formo parte de Ediciones Las Guachas, un sello editorial independiente radicado en la Patagonia argentina. Estamos con algunos proyectos de publicación en ciernes.

–¿Crianza, qué…? ¡¿Qué apego ni apego?! La tenés encima todo el día por maricona, no te bancás dos minutos sin tocarla. Estás re loca. 

Recordó: “Ayudame”. 

Hay miles de formas de lastimar a la gente, todas las formas son igual de feas y cualquiera deja marcas, pero no todas se ven.

–Corrijo, la tenés encima todo el día para no coger conmigo. 

Los espectros no existen. Y los muertos, peor: solamente saben faltarnos. Y doler. Pero la soledad abruma a cualquier hora.

Recordó: “Me siento agotada. Alienada. Agotada. Consumida”. 

¿QUIERES SABER MÁS?

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#TRIPACORAZÓN

Del prólogo de Tamara Padrón:

Leer #TRIPACORAZÓN es hablar de nosotras con un lenguaje que no pretende colonizarnos, arriesgando un grado cero de las palabras, una con-ciencia de las roturas que llevamos a cuestas, un barajar de nuevo esas malditas cartas de tarot que una vez nos apalabraron.

TEMPLAZA (IRMA)

Del Prólogo de Nadia Fink:

“¿Quién compra poesía en tiempos de machos deconstruidos, vuelta a la mano dura e Instagram para todes?”, se pregunta Irma, la protagonista de estas páginas. Este libro ensaya la primera de cuatro historias sobre las mujeres que la componen: Irma inaugura la saga pero también se esbozan las vidas y miradas de Lorena, Alba y Eva, protagonistas de las tres próximas. Pero eso ahora no importa, porque Irma escribe para vivir. Y para mantenerse viva.

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