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(c) Andrea Santos Fotografía

LACTANCIAS FEROCES

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Hace pocas semanas, con motivo de la celebración de la Semana Mundial de la Lactancia Materna, las redes sociales se llenaron de testimonios e imágenes de madres dando el pecho a sus hijos. De madres que habían dado el pecho algunos meses antes de reincorporarse a sus trabajos. De otras que seguían dando el pecho a sus hijos de 3, 4 o 5 años. O más. De madres que habían encontrado en el sacaleches a su mejor amigo. De otras que habían producido leche para hijos que no nacieron vivos. De algunas que donaban su leche materna a bancos de leche. De quienes se lamentaban por no haber conseguido una lactancia exitosa. De las que recurrían al biberón sin prejuicios.

Y es que, aunque pensemos que somos libres en las decisiones que tomamos, por ejemplo, respecto a la maternidad y la crianza, estamos totalmente condicionadas por el contexto y las tendencias. Por ejemplo, hace cincuenta años, la leche de fórmula ganaba la partida a la teta sin complejos: el contexto era el de mujeres que se incorporaban al mundo laboral y a las que vendieron la leche de fórmula como una liberación.

Cuando di a luz a mi primera hija, hace casi once años, no tenía ni idea, antes de su nacimiento, de qué iba a hacer para alimentarla. No recuerdo haberlo pensado en ningún momento antes de aquel precioso (y preciso) momento. No recuerdo haber pedido un sillón cómodo al lado de su cuna para darle el pecho tranquila y sin invitados al festín. No recuerdo haber comprado sujetadores de lactancia ni haber decidido el tiempo que iba a amamantarla. O si iba a hacerlo.

Pero el hecho fue que, cuando nació esa criatura enrojecida, de ojos vivos y boca curiosa, la matrona me la colocó al pecho y ahí se quedó. Pasamos un par de días y un par de noches en el hospital y aquello fue una fiesta: abuelas, tíos, amigas y cualquiera que quisiese acercarse a saludar con flores y bombones fueron bienvenidos. Quiero decir que por allí pasó MUCHA gente. Y yo, ni siquiera conscientemente, ni siquiera pensando en que decidía algo, no tenía problema alguno en sacar el pecho en presencia de cualquiera para amamantar a mi hija cada vez que pensaba que a ella le apetecía. Nuestra lactancia duró ocho meses y su final me atrevo a decir que fue decisión suya: la alimentación complementaria la saciaba y la leche se fue retirando de mi pecho sin prisas, sin traumas. Todavía recuerdo la última vez que se enganchó a mi pecho, ya seco: estábamos en la playa, debajo de una sombrilla, y tenía sueño. No hubo más después de eso.

Cuando di a luz a mi segundo hijo, hace poco más de seis años, sí tenía claro lo que la naturaleza había decidido por mí: que iba a amamantarlo el tiempo que él quisiera. Para mí era muy importante y ya había comprobado la absoluta comodidad que suponía llevar el alimento encima de una misma. Un biberón me parecía un trabajazo versus levantarse una camiseta o rebajar un escote. Esta experiencia se prolongó durante casi dos años y acabó a fuerza de pastillas y separación para cortar la leche. Sufrí tres mastitis en menos de un mes. Con la primera, me dijeron que no dejase de amamantar si no quería. Con la segunda, me preguntaron sin quería seguir. La tercera fue la definitiva: me desmayaba y estaba consumida por los antibióticos y la poca fuerza que me quedaba. Así que no fue una decisión consensuada: sé que mi hijo hubiera seguido mamando hasta el infinito. Fue una mierda, vamos: tuvimos que separarnos durante cuatro días, llorar mucho los dos (yo aullaba de dolor) y acostumbrarnos a una nueva relación con el pecho. Recuerdo que nos separamos un viernes por la mañana, momento en el que yo tomé la primera pastilla para ayudar a cortar la lactancia. Por la noche, salí a cenar con una buena amiga por Malasaña y me tomé mis primeras cervezas con alcohol. Continuamos la noche en uno de esos míticos garitos del barrio acompañadas por dos humoristas de postín. Eran humoristas de esos que parece que nunca dejan de serlo, ya sea en la tele, en el teatro o dando los buenos días a sus santas madres. Me hicieron reír tanto que tuve que retirarme antes de lo que me hubiera gustado: la leche no dejaba de subir, tenía el pecho a reventar y cada carcajada era un latigazo de dolor.

Mi pareja me encontró a la mañana siguiente en casa, rota de dolor en el sofá (no podía estar tumbada en la cama), entrando y saliendo de la ducha para aliviar el pecho. La leche seguía ahí y yo tenía que usar el extractor cada cierto tiempo para aliviarme. Pasaron varios días en los que se partía el alma, cuando me reencontré con mi hijo, cada vez que intentaba acercarse al pecho. Se lo expliqué y, milagrosamente, pareció entenderlo. Pero.

Mi madre siempre, desde el principio, me liberó de la presión. Siempre me decía: «si le das teta un mes, eso que se lleva por delante», «si le das teta cuatro meses, eso que se gana». Y así, sucesivamente, cada mes de mi lactancia, cada vez que yo compartía con ella mis inquietudes. Ella nos dio pecho a mí y a mi hermano durante su baja por maternidad. Al incorporarse a su trabajo de sanitaria no encontró más opciones que cortar la lactancia.

Tengo amigas que, antes de ver la cara a sus hijas, ya decidieron que iban a tomar la pastilla para cortar la lactancia porque dar el pecho no iba con ellas. Tengo amigas que hubieran dando su reino por poder dar el pecho, pero situaciones clínicas de emergencia —incluyendo UCI’s y Neonatos— hicieron imposible el enganche. Porque sí, esto también pasa. También pasa que hay mujeres que quieren dar el pecho y que no pueden. Conozco a alguna mujer que ha seguido dando el pecho a sus hijas para seguir manteniendo el tipo. Y a otra que sigue extrayéndose leche para donarla a Bancos de Leche.

Compartiendo mis experiencias en un día de calor extremo, con la segunda dosis de Pfizer puesta y habiendo recuperado algo de volumen en mi anterior planicie pectoral (¿será verdad eso de que la vacuna aumenta el volumen del pecho?), lo que quiero decir es que lactancias hay muchas y que lo mejor que nos puede pasar es conocer experiencias y más experiencias de otras mujeres. Sin juicios. Sin prejuicios. Solo teniendo información, la máxima posible y no siempre en la misma dirección de lo que queramos escuchar, seremos capaces de discriminar y decidir por nosotras mismas qué es lo que queremos hacer con nuestros cuerpos. Hablad con las mujeres de la Liga de la Leche para daros cuenta de que no son «talibanes de la lactancia» sino mujeres que resolverán vuestras dudas y respetarán vuestros deseos. Y, por favor, no os toméis vuestro chupito de culpa diario con este tema.

Porque la lactancia, como la maternidad, debe ser deseada.

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