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Lola álvarez sos adolescencia

LOLA ÁLVAREZ: ¡SOS, ADOLESCENCIA!

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Poco se habla de la adolescencia para todo lo que significa. Una etapa marcada por la construcción de una personalidad propia, por el desafío, por un deseo natural de desasirnos de las manos de nuestras madres y padres para colgarnos del brazo de nuestras amigas, amigos y colegas. Un cuerpo quizá más adelantado en su desarrollo que el cerebro, que, aunque ya desarrollado, entra en fase de maduración. Y las hormonas…

Yo estoy asustada, la verdad. Porque si miro hacia atrás, hacia los recuerdos de mi propia adolescencia, no puedo decir que fuera un camino de rosas. Pero tampoco lo fue de espinas. Recuerdo que mi madre me caía fatal porque no me ampliaba la hora límite de llegada a casa los fines de semana y eso me hacía sufrir. También recuerdo haberle pedido a mi padre que, por favor, dejara de acompañarme al bus cuando salía y que tampoco hacía falta que me esperase a la vuelta.

Ahora soy yo la que tiene que prepararse para que mi hija comience a mostrarse en desacuerdo conmigo. Tiene 10 años y veo que, poco a poco, necesita menos agarrase a mi mano. Y eso me gusta. Pero también me da miedo. Tengo que ser capaz de dotarla de armas para enfrentar el día a día. Y el día a día puede ser muy cruel. Por suerte, esta experiencia por la que yo voy a pasar es la misma por la que transitan muchos padres y madres alrededor mío y a quienes puedo observar desde la retaguardia, con quienes puedo comentar los miedos y los logros.

Y, además de ellos, hay expertas como la doctora Lola Álvarez, que acaba de publicar su primer libro con un título tan sencillo como bien elegido: Pero, ¿Qué te pasa?, donde nos ofrece las claves para la comprensión en positivo del temido periodo de la adolescencia. Hemos aprovechado esta ocasión para preguntarte nuestras dudas más acuciantes, con el ánimo de estar preparadas para lo que se aproxima y convertirnos en un buen soporte para nuestras y nuestros adolescentes en ciernes. Lola es  licenciada en Pedagogía por la UB y master de Estudios de Observación Psicoanalítica y formación doctoral de Psicoterapeuta de Niños y Adolescentes en la Clínica Tavistock, donde también ha trabajado como docente. Se ha formado como psicoterapeuta psicoanalítica de adultos y lleva treinta años proporcionando apoyo a niños y adolescentes. Es un placer que expertas como Lola compartan con nosotras su saber y experiencia. Sin duda, hay menos brumas en el camino tras hablar con ella.

¿Qué es, para ti, lo mejor y lo peor de la maternidad?

Lo mejor es el descubrimiento continuo de quién es la pequeña persona que ha aterrizado en la familia. Lo peor creo que es la fatiga y las preocupaciones que siempre forman parte del instinto protector.

¿Cuál es la huella de tus hijos en tu trabajo?

Los hijos ayudan a los padres a descubrir facetas de su mente y de su vida que hasta ese momento no habían salido a la luz, es casi un desdoblamiento de lo que era uno mismo.

¿Qué papel debemos adoptar los padres ante la llegada de la adolescencia de los hijos? 

Me gusta usar la metáfora de una pared de frontón. Los padres deben ser como esa pared inamovible, que es una estructura firme que está allí para recibir todo lo que le echen, miles de pelotazos, alterándose lo menos posible. Hay que elegir las batallas con cuidado, muchos de los conflictos entre padres e hijos son por nimiedades o diferencias de opinión sin mayor importancia debido a que el adolescente quiere manifestar su punto de vista con vehemencia. Si toma decisiones preocupantes de mayor envergadura, es posible que los padres quieran intentar disuadirlo, pero por cosas como su corte de pelo o su atuendo no vale la pena tener un conflicto.

¿Por qué tenemos tanto miedo si nosotros también hemos sido adolescentes? ¿Por qué nos cuesta tanto a los padres afrontar algo que ya hemos pasado?

Es cierto que, por mucho que los padres se vean preparados, a muchos todavía les coge por sorpresa la transformación radical que ocurre cuando los hijos llegan a la adolescencia. El paso del tiempo es inexorable y puede haber una resistencia a aceptar este hecho, no solo con relación al crecimiento de sus hijos, sino a su propio envejecimiento. Lo que ocurre es que la adolescencia conlleva un cambio físico muy repentino, por un lado externo y visible en su aspecto físico, pero también interno, a nivel hormonal y cerebral. Ello hace que ni siquiera el adolescente esté muy en control de su propio cuerpo ni entienda del todo lo que le está ocurriendo. 

Los padres, por su parte, están siguiendo su propio proceso. Muchos “recuerdan batallitas” de su propia adolescencia, pero han olvidado la sensación que debían tener al estar en un momento cambiante y confuso. Como padres, sienten que han perdido a su hijito dócil y en su lugar hay un individuo con el que les cuesta comunicarse. Esta situación crea sorpresa y ansiedad por ambas partes y entonces es muy fácil que se produzca un desencuentro, o tal vez un conflicto.

En tu libro hay un capítulo dedicado a familias monoparentales y reconstituidas. Esta situación, la de ser hijos de padres separados, tan común hoy en día, ¿la gestionamos bien? Ya no es un estigma social pero, ¿cómo crees que afrontan los adolescentes dos modelos de crianza que, en muchos casos, no coinciden e incluso pueden resultar contradictorios?

La familia monoparental suele requerir un esfuerzo mayor por parte de todos los implicados, tanto padres como hijos. La tarea de criar hijos sin poder presentar un frente unido requiere, sin duda, un mayor esfuerzo, todo ello sin tener en cuenta las repercusiones económicas para ambas partes. Cuando una pareja toma la decisión de separarse suele haber resentimientos y acusaciones, al menos al principio y es importante proteger a los hijos de todo ello, algo que no se consigue fácilmente. 

Los hijos (de todas las edades) se tiene que adaptar a ir de un lado a otro y vivir en dos domicilios diferentes, a veces teniendo que acatar normas distintas, tienen que aceptar las nuevas parejas de sus padres, esforzarse por mantener buenas relaciones con ambos padres incluso cuando uno ataca verbalmente al otro… Los hijos tienen, de repente, mucho más “trabajo emocional” debido a la cantidad de situaciones nuevas que tienen que gestionar. 

Si a todo esto le sumamos la profunda transformación que ya está viviendo el adolescente, es fácil ver cómo pueden sentirse sobrepasados por la situación y hacer lo que pueden, por lo que algunos “toman partido” mientras que otros se quieren mantener totalmente al margen. Los padres con frecuencia están sumidos en su propio proceso de adaptación o enfrentándose a nuevas batallas, por lo que pueden olvidar que para los adolescentes ésta es una situación sumamente delicada que debe gestionarse como tal.

¿Cómo podemos marcar límites con los adolescentes en un momento en el que solo quieren romperlos e ir más allá?

Los límites que imponen los padres son necesarios durante la crianza en todas las edades, no sólo al llegar a la adolescencia. Naturalmente, con frecuencia frustran las tendencias naturales que tienen los hijos cuando quieren hacer otras cosas y esto puede causar rabietas o conflictos. Estos pueden ocurrir de formas muy diversas, algunos se manifiestan abiertamente, por ejemplo, con enfrentamientos con la autoridad de padres o profesores, mientras que otros conflictos se manifiestan de forma más oculta, por ejemplo, con el consumo de alcohol o drogas, o teniendo conductas de riesgo.

Sea cual sea, todos ellos se han de abordar con la mayor serenidad posible, aunque es importante que los padres puedan distinguir una crisis transitoria de una situación crónica, para la que se necesita recurrir a la ayuda profesional.  Lo más importante es mantener una comunicación ágil entre padres e hijos, estar abiertos a lo que se pueda presentar sin hacer demasiados aspavientos y ayudarles a identificar y a gestionar las situaciones en las que pueden necesitar ayuda.

Mantener ese equilibrio no es fácil, ya que se trata de dar a los hijos suficiente independencia pero que a la vez hacer que esto ocurra dentro de unos límites claramente trazados, que mantengan al adolescente alejado de conductas riesgosas. 

Hablando de alcohol, drogas, la presión del grupo… ¿qué herramientas podemos dar a los adolescentes para vencer esa presión?

Una vez más, la clave está en los límites y en la comunicación entre padres e hijos.  Hay que poder conversar con ellos si se sospecha que puede estar consumiendo algún tipo de sustancia tóxica, pero eso es mucho más fácil si ya existe una buena comunicación entre ellos. Lo más importante es saber diferenciar la “experimentación” esporádica  que se puede dar a esta edad, del hábito que se puede estar creando con el uso frecuente. 

La edad es un factor muy importante en el consumo de alcohol o drogas y por regla general, cuanto más tarde se empiece, mejor, ya que el impacto neurológico será menor a medida que vayan creciendo. Lo cierto es que la inseguridad y la rebelión propia de la adolescencia propicia el uso de sustancias durante este periodo. Es importante que los adolescentes sepan que pueden acudir a sus padres si en alguna ocasión sienten que necesitan ayuda porque el consumo “se les ha ido de las manos”.

La normalización del uso de tabaco, alcohol y cannabis entre los adultos (padres de muchos adolescentes) también crea una incongruencia cuando se intenta educar a los jóvenes sobre sus posibles efectos nocivos, además de que para obtener la droga éstos pueden involucrarse en conductas poco deseable o delictivas. 

¿Cómo defendernos de esta afirmación tan extendida: la culpa es siempre de los padres?

La mayoría de los padres crean una familia queriéndolo hacer lo mejor posible. Es difícil aceptar el que las cosas se tuerzan, incluso por circunstancias fuera de su control, porque lo natural es que se sientan responsables de todo. Aunque los padres no den siempre en el clavo, es importante para los hijos el saber que están allí, dispuestos a echarles una mano.

Para los padres, cuanto más se conoce al hijo, menos sorpresas habrá y para los hijos, tener padres accesibles y dispuestos a escucharles es la mayor ayuda que pueden tener, por lo que lo importante es tener una buena comunicación desde la infancia. Hablar mientras se conduce, hablar en la mesa, hablar mientras miran una película juntos. Hablando de nada y de todo se van conociendo sus actitudes, sus puntos de vista, lo que le gusta y lo que no, sus planes de futuro, sus preocupaciones y todo ello facilitará la labor de los padres.

El vínculo entre padres e hijos es muy fuerte, si hay conflictos no hay que desanimarse porque siempre podrán crearse otras oportunidades para enderezar las cosas ¡nunca hay que rendirse!

¿QUIERES SABER MÁS?

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PERO, ¿QUÉ TE PASA?, LOLA ÁLVAREZ

Para muchos padres, la sola mención de la adolescencia parece englobar conceptos como rebeldía, incertidumbre…, ¡confusión! Cuando surge un problema con nuestro hijo adolescente, lo interpretamos como una bandera roja. Olvidamos que esa señal de alerta casi nunca se produce por una sola causa y, cuando esta aparece no suele ser sencilla. Lola Álvarez lleva treinta años trabajando como terapeuta con niños, adolescentes y familias. En este libro pone sobre la mesa algunos de los problemas más comunes que enfrentamos como padres ante el paso de nuestros hijos por la adolescencia y revela las claves que nos permiten vivir esta experiencia en positivo.

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