los días iguales de ana ribera

LOS DÍAS IGUALES DE ANA RIBERA

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Victoria Gabaldón
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La primera vez que supe de Ana Ribera fue hace relativamente poco tiempo, cuando mi querida Silvana Bonfante, gestora cultural llegada de Colombia, me envió un texto suyo. Silvana y yo compartíamos charla y mantel de cuadros un mediodía en una librería de Madrid; uno de los temas que tratamos fue la depresión. A Silvana, que ha sufrido una, le sorprendió que yo tuvieran tan claro que la depresión es una enfermedad como lo es una gastroenteritis. Y a mí me sorprendió que le sorprendiera. Pero sí, sorprende. Porque no hemos roto todavía con algunos tabúes sobre la salud mental. Porque mucha gente cree que contra la depresión puede uno solo, pero nadie se plantea poder solo contra una neumonía. Partir de la base de que la depresión es una enfermedad y como tal debe tratarse y curarse, que este mensaje que es más de verdad de las penas («true as hell», dirían los anglófonos), ayudaría y mucho a quitar los estigmas todavía cargados a las espaldas de las personas que padecen esta patología.

Ana Ribera, alias Molinos, es una madrileña nacida en 1973. Es madre de dos hijas, de 14 y 16 años. Estudió Geografía e Historia en la Complutense pero el destino la llevó a adentrarse en el terreno de la comunicación. Trabaja desde hace más de 20 años en la Televisión Autonómica de Castilla La Mancha, ocupando diversos puestos y responsabilidades a lo largo de este tiempo. En 2008 comenzó a escribir su blog, Cosas que (me) pasan, bitácora que sigue alimentando a día de hoy.

Es autora de un divertido libro, Cosas que le pasan a… una madre sin superpoderes, en el que cuenta cómo vive su día a día con dos hijas, un marido ingeniero y una abuela perfecta, mientras se pregunta cómo es posible que nadie haya contado nunca la verdadera realidad de tener churumbeles y convivir con ellos. También ha colaborado con el Festival Internacional de Ciencia Pint of Science en España y con los blogs de divulgación científica «Mujer con Ciencia», «Cuaderno de Cultura Científica» y la revista «Principia».

 

También es autora del texto que llamó la atención de Silvana primero y la mía después, Los días iguales. La historia que cuenta es la historia propia: la de una mujer que ha sufrido una depresión. Es la crónica de una depresión. La historia de los miedos, del frío, de la incomprensión, de la pérdida de fuerzas para afrontar un día más. Cuenta lo que siente cuando cualquiera, con la mejor intención del mundo, seguro, se acerca y le dice eso de que cómo alguien como ella va a estar deprimida: ese temido «Anímate, mujer». Visibilizar la enfermedad es una manera de combatirla, pues, como Ana desea con sus propias palabras: «Me gustaría que con mi texto y con las ilustraciones de @fromthetree todo aquel que esté sufriendo una depresión, se reconozca y se sienta de alguna manera acompañado, que  piense «ella también vio la serpiente» y que el que no la ha padecido nunca y no sabe cómo es, a partir de ahora sea capaz de verla». Las ilustraciones que pintan entra entrevista son las propias ilustraciones de @fromthetree.

Esta entrevista está hecha al alimón con Silvana Bonfante, gestora (es)cultural y caribeña existencialista que, como ella misma cuenta, de haber sabido que iba a perder la sabrosura, la capacidad de trabajo y hasta las ganas de levantarse de la cama, no se lo hubiera creído nunca. Hasta que le pasó.

*Las ilustraciones que pintan esta entrevista son las propias ilustraciones de @fromthetree para Los días iguales. Y son preciosas.

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MI TRABAJO ANTES DE SER MADRE

Llevo veinte años trabajando en la Televisión Autonómica de Castilla-La Mancha ocupando distintos puestos y con diferentes responsabilidades. Mi lugar de trabajo está en Toledo y vivo en Madrid así que eso supone conducir 200 km cada día y dos horas de trayecto en coche y siempre he tenido horario partido.

Antes de ser madre el horario me importaba bastante poco, me gusta mi trabajo y llegaba a mi despacho sin prisa por la mañana y me marchaba cuando había terminado que podían ser las siete o las ocho de la tarde con lo que llegaba a casa bastante tarde. Cuando nació mi primera hija me obligué a salir a las seis de la tarde de trabajar. Lo más curioso de todo esto es que antes de tener hijos o cuando son muy pequeños, crees que es importante que estés pronto en casa para estar con ellos, para jugar, para bañarles, para darles la cena y que según vayan creciendo ese “estar pronto en casa” no será tan fundamental. Con el tiempo te das cuenta de que es justo al revés, cualquiera puede bañar a tu bebé de dos años o darle la cena, con tu hija de catorce años solo puedes hablar tú.

Ahora que mis hijas son mayores es cuando más pronto llego a casa. Madrugo para estar muy temprano en el trabajo y procuro estar en casa a las cinco y media o las seis de la tarde. 

LO MEJOR Y LO PEOR DE MI MATERNIDAD

Lo mejor de mi experiencia maternal son ellas, el hecho de que estén presentes en mi vida y el darme cuenta de que cada día que paso con ellas es el mejor. Puede que ese día haya sido difícil, hayamos discutido, nos hayamos peleado, una de ellas o las dos hayan estado insoportable o quizás lo haya estado yo pero es el mejor. Lo mejor es darme cuenta de que ellas son personas completas sin mí y sin su padre, que son muy diferentes a nosotros, de que tienen cosas heredadas, cosas aprendidas y enseñadas por nosotros y otras que son únicas, que les pertenecen y que me admiran.

Lo peor es darme cuenta de que nunca acabas de aprender a ser madre. Siempre digo lo mismo: con tu primer hijo, con mi hija mayor, todo es siempre la primera vez y todo te pilla de nuevas y nada se parece a como lo habías imaginado y nada te prepara, ni siquiera quince años de maternidad, para la siguiente novedad. Lo peor es esa sensación de estar improvisando continuamente. 

MI EXPERIENCIA CON LA ENFERMEDAD EN PRIMERA PERSONA

Cuando nació mi hija María, en diciembre de 2003, al llegar a casa me di cuenta de que no estaba ni feliz, ni contenta, ni entusiasmada, estaba destrozada, tristísima y muerta de culpabilidad. No sabía como gestionar todo aquello pero en un momento de lucidez decidí que lo que no podía hacer era lidiar con toda aquella angustia y encima fingir, así que cuando la gente me llamaba o me visitaba para conocer a María y me preguntaba ¿Cómo estás? Yo decía: fatal, esto es horrible. Descubrí que contarlo, que expresarlo, hacia esa angustia un poco más pequeña.

Cuando tuve mi depresión decidí hacer lo mismo, no podía lidiar con la enfermedad que me estaba derruyendo y a la vez fingir, así que hablaba de ello abiertamente y descubrí que era mejor. No es que fuera contándolo a los cuatro vientos pero por ejemplo cuando me diagnosticaron y me dieron la baja laboral yo lo decía “Estoy de baja por depresión” y cuando alguien preguntaba porqué no había acudido a alguna reunión familiar o de amigos o lo que fuera, lo decía: estoy enferma, tengo depresión y no puedo ir.

LA MOTIVACIÓN PARA CONTARLO

Para escribir el libro mi motivación fue externa. Cuando llevaba más o menos ocho meses recuperada me escribió mi amigo Oihan, editor de Next Door Publishers y me dijo «Ana, tú cuentas las cosas muy bien, ¿por qué no escribes un libro sobre la depresión para que la gente sepa cómo es?». Él sabía que yo había estado enferma y había leído algunas cosas, muy pocas, que yo había escrito en mi blog, Cosas que (me) pasan, durante la depresión. Mi primera reacción fue “Ni de coña” pero luego, volviendo a casa ese día, se me ocurrió una manera de enfocarlo, asociando cada letra del abecedario a un concepto de la depresión. Llegué a casa, me senté y escribí una docena de páginas. Se lo envié y me dijo: adelante.

Escribirlo en primera persona era la única manera de contarlo. Quería que la gente supiera como se siente, cómo duele una depresión. Todos hemos leído listados de síntomas de la enfermedad y porcentajes y teorías pero ¿cómo duele? Porque la depresión duele y cansa y da frío… esas eran las cosas que yo quería contar, lo quería contar como enferma. 

LA AYUDA DE LOS CERCANOS

Sufrir una depresión es horrible, ver a alguien que quieres, un familiar, un amigo sufrir así y sentirte impotente es espantoso. En mi caso, toda mi familia se unió para darme apoyo. Al principio, como ocurre siempre por desconocimiento, me decían “anímate”, “tienes que esforzarte”, etc, etc; todas esas cosas que no hay que decir y que destrozan al enfermo pero cuando fui empeorando y vieron que lo que me pasaba era grave y que yo estaba sufriendo muchísimo me dijeron “Ana, no sabemos que te pasa, pero estamos asustados y vamos a estar contigo”.

En septiembre de 2014 cuando me rompí totalmente me acompañaron al médico y me obligaron a ir a terapia que yo no quería ir. Después, durante todo el proceso de la enfermedad tantos ellos, (mi madre, mis hermanos) como mis amigos me acompañaron dejándome espacio. Eso es lo fundamental, hacer ver al enfermo que sabes que está enfermo, que no finge, que no es un débil, que lo que le pasa es real y acompañarle sin forzar.

Esto no es fácil porque aunque la mayoría de las depresiones se curan, son procesos muy largos y muy lentos y los enfermos de depresión no son (somos) agradables ni agradecidos. Es una enfermedad muy dura de acompañar y muy agotadora.

SER MADRE Y ESTAR DEPRIMIDA

Cuando enfermé, mis hijas tenían once y nueve años.  El único esfuerzo que hice durante los peores meses de mi enfermedad fue para con ellas, para que lo notaran lo menos posible. Me preguntaban porqué estaba en casa, porqué no trabajaba y yo les decía que estaba enferma pero ellas me decían: “no estás enferma, solo estás triste”. Ellas lo vivieron como una época en que yo siempre estaba en casa cuando ellas volvían del colegio.

Ahora ya saben lo que me pasó y me vieron escribir el libro, fueron a la presentación y me han visto en entrevistas hablar de todo lo que pasó. Todavía no han leído el libro, lo harán cuando estén preparadas, cuando ellas quieran. Mi relación con ellas ahora es como la de toda madre con adolescentes, pasas de adorarlas a no soportarlas en cuestión de minutos, pero en general tenemos una relación muy buena, compartimos aficiones, viajes, amigos, chistes, sentido del humor dentro de lo diferentes que somos las tres. Ellas, además, se llevan muy bien entre ellas y para mí eso es un motivo de satisfacción porque sé que se tienen la una a la otra.

TRISTEZA, DEPRESIÓN Y ESTIGMAS

Desde mi experiencia personal, la tristeza es un sentimiento que viene y va, uno no está triste 24 horas al día aunque crea que sí. De la tristeza se escapa si alguien te distrae, cuando duermes, si de repente te encuentras enfrascado en tu trabajo, hablando con tus hijos o viendo una película.  El amor de los que te quieren hace más llevadera tu tristeza. Crees que no, pero por un tiempo te has escapado de ella. Estás triste, muy triste pero recuerdas como era reír, recuerdas como eras antes de estar tan triste y piensas que en algún momento, aunque sea dentro de mucho tiempo, dejarás de estarlo. Cuando estas triste no quieres morirte, solo quieres dejar de estar triste.

La depresión no es algo que tienes, es algo que eres, algo en lo que vives 24 horas al día. La depresión no te deja comer, ni dormir, ni hablar, no te acuerdas de como eras antes de estar enfermo y crees que vas a ser la persona que eres ahora para siempre y cuando a ratos pierdes por completo la esperanza de que el horror en el que vives se vaya a terminar nunca, quieres morirte. La depresión te aísla y pierdes por completo el contacto con tu vida, con las cosas que te gustaban y con la gente a la que quieres.

CONSEJOS PARA SITUACIÓN DE CONFINAMIENTO

Aferrarnos a lo que nos hace sentir un poco mejor. Minimizar al máximo el consumo de noticias, comentarios, vídeos y demás que no sirven para nada mas que para confundir y crear aún mayor ansiedad. Centrarse en lo que podemos controlar: tus horarios, tu rutinas, lo que comes, el ejercicio que haces ( o que no). Pensar en pequeño y manejar un futuro “de bolsillo”: ¿Qué voy a hacer esta tarde? ¿Qué peli voy a ver? ¿A quién voy a llamar esta tarde? Volver a pensar solo en lo más cercano: tu familia, tus amigos, tu casa centrarte en lo que puedes controlar, en lo que está en tu mano cuidar y proteger.

A mí me funcionan todas esas cosas y, además, no asustarme si un día me siento sobrepasada de ansiedad, tengo una ataque de llanto o no duermo. Es normal, lo anormal sería estar viviendo esta situación sin angustia, tristeza o miedo. 

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