mapaternidad auténtica

MAPATERNIDAD AUTÉNTICA, POR BÁRBARA BORI

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Bárbara Bori, pedagoga, especialista en Disciplina Positiva y madre, reflexiona sobre las maternidades y paternidades de cara a la galería y la realidad que sentimos por dentro. Porque quizá puedas engañar al resto, pero engañarse a una misma es tremendamente complicado…

 

Aborrezco vestirme de «mamá correcta». Saber estar, de pie, impoluta, e intercambiar comentarios sobre el tiempo, el coronavirus o las estufas de pelets. A veces, guardo silencio. Otras, participo y me visto de «mamá integrada» como queriendo ser aceptada por la comunidad normal. Al volver a casa, percibo algo en mi cuerpo que no encaja, que desentona. Como decepcionada conmigo misma, como si me hubiera mentido, como si hubiera jugado a representar un papel que no me divertía. Y me pregunto: ¿era yo? El problema nunca son los otros, sino cómo tu, o cómo yo, eliges, elijo estar en el mundo.

Admiro las mamás auténticas que, contando su relato de primer parto ,sueltan un «¡me cagué por la pata abajo!». Me enamoran aquellas que llegan con ojos tristes y tras un «¿cómo estás?» rompen a llorar. Esa honestidad salvaje, esa valentía de mostrarse tal y como son. Me encantan las madres que entonan el «Filomena, ¿cómo la puedes cagar tanto? » dirigiéndose a ellas mismas. Aquellas que no tienen vergüenza de subirse en la bici de su hijo. Me encanto yo cuando juego con los niños, sin pensar, volviendo a ser una niña.

Por otra parte, pienso en los padres que, quizás también auténticos, han hecho lo que han querido. Han guardado silencio, no han expresado sus emociones, se han proporcionado bienestar y tiempo para hacer lo que les gusta. Y conforme escribo esto, estoy pensando en una persona. Y confieso que no es admiración lo que siento, pero sí gratitud. Gratitud, porque me enseñó a detectarle en mí, en otras personas, para saber qué es lo que no quiero sostener.  Admiro las veces que ha hecho de su silencio un lugar de paz, detesto cuando ha decidido explosionar, o bien no ha sabido evitarlo. Me admiro y detesto a mí misma, por la misma razón. Admiro su valentía para rehacer su vida, con lo vulnerable que te deja amar a una persona. Admiro su determinación para dejar de fumar, de un día para otro y manteniendo siempre  un paquete de tabaco en su bolsillo. Admiro la capacidad que tiene de jugar como un niño. Admiro su autocontrol y respeto para cambiar sus reacciones conmigo. Me admiro a mí también por cambiar también los estímulos que le daba y alimentaban esas viejas reacciones. Abrazo los silencios, y el tiempo de ser y estar que compartimos. Me ha enseñado que hay muchas formas de querer, y un único sentimiento de sentirse apadrinado. ¡Cuántos padres quieren a sus hijos! ¿Todos? ¡Cuántas familias se quieren entre sí! En cambio, cuando te sientes apadrinado por una persona, no tiene nada que ver con la sangre que os une. Sentirse apadrinado es sentirse sostenido, aceptado, alentado. Sentir que el amor que te dedican transmuta en amor hacia ti mismo, en confianza en ti mismo, en validación de tu persona. Es sentir un «te veo», «te escucho», «eres valioso», «gracias por existir» por parte de la otra persona. A veces, apadrinar es que te regalen espárragos o te presten una gorra. Otras veces, apadrinar supone vencer una resistencia y callar haciendo del respeto tu bandera.

Quizás las personas que más necesiten apadrinamiento sean las que tengan un autoestima más baja. Sin embargo, todos lo necesitamos. Y yo soy de las que creen que la autoestima está en construcción cada día de nuestra vida, y cada día puedes poner ladrillos o quitárselos. Puedes elegir relacionarte con personas que son cemento para esos ladrillos, o gravilla entre ellos. Y eso depende de cada uno de nosotros, de nuestro propio comportamiento. Cada uno alimenta o fertiliza sus relaciones. Elegir con quién pasamos nuestro tiempo y elegir qué palabras usamos.

Si alguna vez te has topado con una persona que se muestra esquiva con los cumplidos, que no reacciona con las palabras bonitas, has de saber que a veces la guerra interior que llevan consigo mismas no les permite aceptar que ellos puedan tener algo bueno.

Por eso, mostrarse auténtico no es sólo una revolución y conquista interior de uno mismo, sino un acto de heroicidad para que otros también puedan mostrarse auténticos contigo, o marcharse sin mirar atrás.

Quizás estés leyendo esto porque tienes un hijo o una hija y lo quieras. Querer se da por hecho. Querer a veces no supone esfuerzo: te quiero porque soy tu madre/padre/hermano/tio y ya está. Te sugiero que lo quieras traspasando resistencias, apadrinándolo:

Escúchale en silencio hasta que termine de hablar. Nota cómo tu mente afaenada ensaya lo que dirás después. Permite que exprese sus emociones, como si te estuviera entregando el más valioso de los regalos. Sosténlo cuando cae sin destriparle la moraleja de la película, sin el «tendrías que haber hecho». Cambia las sentencias por preguntas, para conocerlo mejor. Y también para conocerte mejor.

Los ladrillos de su autoestima los pondrán nuestros hijos. Nosotros podemos ser ese adobe (si, esa mierda con barro) que abra paso a la vida. Nosotras los parimos, y ahora ellos se parirían a ellos mismos. Brotando desde dentro, y mostrándose auténticos para los ojos que tengan la sensibilidad para descubrirles. Y años después cuando sean mamás y papás auténticos, seguirán la cadena dejando como herencia un legado de autenticidad.

Y ahora, ¿te preguntas para qué ser auténtico?

día de la madre no trabajadora

BÁRBARA BORI
Es madre, Licenciada en Pedagogía, Máster en PNL en L’Escola de Vida, certificada como Educadora en Disciplina Positiva para Familias y coach acompañante de crianzas. En plena crisis del coronavirus, en marzo del 2020, lanzó su proyecto propio para acompañar a las familias en su proceso de evolución de forma online, y así contribuir a desarrollar niños capaces, respetuosos y responsables.

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