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MARÍA ZABALA: «PODEMOS QUERER A NUESTROS HIJOS CON UN ABRAZO O CON UN LIKE»

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Varias anécdotas antes de comenzar con la entrevista a María Zabala (Madrid, 1975).

-Cuando mi hija era un bebé (de esto hace 11 años), una noche de desvelo cogí el móvil para mirar cualquier cosa. Se me resbaló de las manos y le hice a mi hija un chichón en la frente. Entonces me escondía para usar el móvil. Para no molestarla con la luz, me ponía el edredón encima de la cabeza y ahí mira redes sociales, mails o lo que fuera.

-He hecho mil veces propósito de dejar el móvil aparcado en una bandeja al entrar a casa para dedicar a mis hijos, por las tardes, la atención que necesitan. No lo he conseguido más de una o dos veces.

-Mi hijo pequeño, esta misma semana, me ha dicho que no esté todo el rato con el móvil en la mano. Yo le he dicho que le había explicado varias veces que yo trabajaba con el móvil. Pero que lo sentía mucho y que lo iba a intentar. Y que, por favor, si se me olvidaba, que él no dejase de recordármelo.

-Mi hija y sus amigas conviven muchos fines de semana, en casa de unas o de otras. Siempre se llevan sus móviles o tablets y siempre hay algún momento en el que están todas juntas, pero no se miran… si no las paramos, pueden estar una al lado de la otra, pegadas a sus pantallas, sin apenas hablarse, durante horas.

Cuando pienso en cuál es la relación que los adultos tenemos con las pantallas que nos rodean y qué les pedimos a nuestros hijos en su relación con ellas, me siento hipócrita: ¿cómo enseñarles a actuar al contrario de lo que ven en casa? Durante la pandemia se acostumbraron a que toda su educación viniese de una pantalla, ya fuera de la televisión pública o de los libros digitales. Se acostumbraron a bailar al ritmo de los bailes de tiktok. A editar vídeos y a subirlos a sus redes. Mi hija de 11 años, en algunas redes, tiene más seguidores que yo tras años de trabajo en esta revista.

No sé tú, pero yo me siento perdida. No me siento voz autorizada, ni ejemplo. Por fortuna, siempre podré (podremos) escuchar o leer a expertas como María Zabala, periodista, consultora, divulgadora y madre, especialista en educación digital. Porque leerla nos quita miedos, nos libera de prejuicios y nos da pistas sobre el papel que ocupamos en esta sociedad digital e hiperconectada, cuál es nuestra influencia en ella y cómo guiar a nuestros hijos en este terreno lleno de ruido.

¿Cuántos hijos tienes y de qué edades?

Tengo tres hijos, dos chicos y una chica. Ahora mismo tienen 17, 14 y 11 años.

¿Cómo era tu trabajo antes de ser madre? ¿Y después? ¿Sufrió cambios significativos?

Durante más de veinticinco años he trabajado en Comunicación y Relaciones Públicas y este periodo incluyo los años previos a ser madre y los primeros diez siéndolo. No hubo cambios significativos en cuanto a la actividad cuando fueron llegando los niños, aunque sin duda sí en carga mental, en la aparición de muchos más retos para gestionar mi tiempo y para poder disfrutar tanto de la maternidad como de mi trabajo. Creo que mi mayor viaje en estos años tiene que ver con no aspirar a llegar a todo, con ser capaz de priorizar sin sentirme culpable. Sigo en ello, con altas dosis de imperfección.

¿Cuál es la huella de tus hijos en tu trabajo?

Mi enfoque profesional actual está intrínsecamente ligado a mis hijos. Sigo dedicándome a la Comunicación, pero ahora de forma autónoma, como consultora para terceros y generando también mis propias iniciativas. El 11 cumpleaños de mi hijo mayor coincidió con la creación de iWomanish: tres de las cosas que más me gustan —comunicar, la tecnología y mis hijos— se unieron para dar a luz a otra criatura, en este caso un proyecto relacionado con familia y sociedad digital, con la divulgación sobre el uso responsable de la tecnología.

¿Qué es, para ti, lo mejor y lo peor de la maternidad?

Cuando mis hijos eran pequeños, lo mejor eran los mimos de ida y vuelta, y lo peor era ir al parque… Hoy por hoy, que ya son más mayores y autónomos, lo peor son las dudas. Las mías. Sobre si soy la madre que necesitan, sobre si los conozco por lo que son o por lo que inconscientemente quiero que sean. Lo mejor, sin duda, las conversaciones. Me gusta mucho hablar con ellos, aprendo muchísimo con ellos.

Estamos hiperconectados. Los padres trabajamos atados a tablets, ordenadores, smartphones. Y nuestros hijos, máxime después del boom del teletrabajo, no dejan de observarnos. ¿Cómo podemos darles ejemplo o educarlos en la mesura digital cuando ven que nosotros vamos siempre con la pantalla por delante?

En primer lugar, asumiendo que la “mesura” no es una cifra idéntica para todo el mundo. Que una familia no pase más de dos horas a la semana delante de una pantalla no la convierte en mejor familia que otra que dedique mucho más tiempo a los dispositivos. Y viceversa. Tendemos a poner todo el foco en el tiempo, pero la realidad es que importan mucho más la intención, el propósito, la actividad, el contenido, la convivencia. Siempre digo que ‘no dar mal ejemplo no es lo mismo que dar buen ejemplo’. Es decir, está claro que los niños hacen lo que ven, y que no tiene sentido pedirles evitar las pantallas si nosotros las tenemos siempre a mano. Igual que no tiene sentido contar los minutos de pantalla de nuestros hijos sin incluir esos minutos en los que somos nosotros los que les invitamos a utilizarla porque nos viene bien. Más que evitar que nos vean pendientes de la tecnología, creo que el buen ejemplo de equilibrio pasa por compartir vida digital con ellos, por reconocer nosotros mismos que nos cuesta desconectar o que no somos conscientes de cómo la sociedad digital nos influye. Buscar con nuestros hijos actividades tecnológicas diferentes a las típicas, hablar en casa sobre para qué utilizamos móviles, tablets y ordenadores, comentar nuestras impresiones sobre nuestra propia presencia en redes sociales. Dar buen ejemplo digital pasa por, de hecho, formar parte de la sociedad digital, incluyendo los pros y contras de tanta tecnología en la convivencia y la conversación familiares. 

¿Estamos perdiendo capacidad de atención y concentración debido al uso de dispositivos móviles?

Estamos perdiendo, sobre todo, la capacidad personal de responsabilizarnos de nuestras decisiones. Es muy fácil distraerse y ‘perder el tiempo’ en Internet, pero los adultos deberíamos saber tomar decisiones, saber a qué dedicar nuestro tiempo, cuándo parar, por qué sentirnos culpables, etcétera. Lógicamente, las plataformas se aprovechan de la psicología humana para mantenernos distraídos, pero poner todo el foco en eso, en el algoritmo, el atracón de contenidos, la distracción y la supuesta ‘adicción’, nos roba la posibilidad de entender que nosotros podemos recuperar parte de ese poder de atención y concentración. La evidencia científica nos dice, ya desde los tiempos en los que solo había televisión, que los niños no aprenden más y mejor por estar delante de una pantalla. Pero tampoco van a terminar siendo tontos si de vez en cuando tienen vida digital. Y el adolescente no va a recibir por ciencia infusa una enorme dosis de responsabilidad que le ayude a ser capaz de estudiar en lugar de chatear con el móvil. Nuestros hijos nos necesitan para aprender a tomar decisiones en una sociedad que sí, se acomoda en la distracción. Sin duda, la tecnología digital juega un papel clave en la forma en que están creciendo las nuevas generaciones, tal y como ha sucedido en épocas anteriores con otros elementos de transformación social. El caso es que todo —y muchas otras cosas sobre ‘lo digital’ y nuestros hijos— nos preocupa. Y en general nos sentimos bastante solos en la lucha por gestionar esa inquietud. Las familias necesitamos más evidencia científica —más accesible y mejor explicada— sobre el impacto de la tecnología en infancia y adolescencia. Necesitamos más información, bien contada, práctica, realista y aplicable, sin sensacionalismos ni prejuicios. Necesitamos un mayor compromiso de las compañías tecnológicas, una mayor transparencia y mejores medidas para proteger los intereses de los menores de edad. Necesitamos mejores políticas y normativas, alineadas con el uso digital real, y necesitamos más herramientas para mejorar la cultura digital familiar, la ciberguridad de nuestros hogares y la equidad en el acceso a la tecnología. Necesitamos que dejen de considerar que todas las familias somos iguales y necesitamos que se nos vea como un entorno en el que, además de proteger de los peligros, se puede y debe preparar para la vida adulta.

¿Cuáles son las principales ventajas y desventajas de la creciente importancia del uso de tecnologías en nuestras vidas?

La desventaja principal, para mí, tiene que ver con la manera en que se ha establecido una relación algo tóxica entre usuarios y plataformas en términos de cuántos de nuestros datos personales se recogen y cómo se utilizan. No soy apocalíptica ni creo en teorías de la conspiración, pero sí es cierto que los usuarios apenas tenemos capacidad de decisión o acción para evitar convertirnos en datos. Otra desventaja, menos concreta pero para mí muy relevante, es que tenemos un chivo expiatorio, alguien a quien culpar de casi todo, para desmarcarnos de decisiones que tomamos nosotros. En general y con la excepción de algunos aspectos como la privacidad o la ciberseguridad, podemos hacer muchas cosas para luchar contra todos esos efectos negativos que decimos que la tecnología tiene sobre nuestras vidas. En cuanto a ventajas, muchísimas. Tenemos infinitas posibilidades de acceder a todo tipo de experiencias, personas o actividades sin que influyan como antes las barreras geográficas. Gracias a la tecnología podemos aprender, entretenernos, comprar, informarnos, conocer sitios o conceptos, buscar referentes… Lo que no podemos olvidar es que todo eso podemos también seguir haciéndolo sin tecnología y de lo que se trata es de mirar todo como un conjunto. Se puede ser muy digital y también disfrutar de la Naturaleza; se puede estar en redes sociales y también tener amigos con los que salir a cenar; se puede leer en papel y en eBook; se puede comprar online y también en comercio local. Podemos querer a nuestros hijos con un abrazo y con un like.

¿Cómo podemos las madres y los padres acompañar a nuestros hijos en el descubrimiento de las redes sociales?

Quizá un primer paso es la reflexión, entender la época en la que están creciendo nuestros hijos, identificando lo que de verdad nos preocupa, aproximándonos a su realidad de vez en cuando, para no educar solo desde la nuestra. Por otra parte, responsabilidad; tenemos que asumir el papel que nos toca, que es el de adultos que educan a niños y adolescentes. Dando ejemplo proactivo y real, compartiendo experiencias, tomando decisiones coherentes, preparando a nuestros hijos para el mundo. Para eso, más que buscar recetas mágicas, tenemos que estar dispuestos a aprender sobre el mundo de hoy, cómo funciona, qué representa, cuáles son los riesgos y cuáles las oportunidades. Empezando por mejorar nosotros como usuarios de tecnología para poder ser la referencia en la que se miren nuestros hijos. Sin duda, comunicarnos, construir una familia en la que se hable y se escuche, en la que la tecnología forme parte de la conversación, para lo malo y para lo bueno. Tocando temas incómodos, reconociendo nuestras carencias, buscando el humor si es sea posible. Poniendo el foco no en lo que la tecnología hace con nosotros o nuestros hijos, sino en lo que nosotros podemos hacer con ella. Y con todo ello, normalización, aplicar una nueva actitud en la que lo digital se incorpore al resto de la educación. Con valores, buenos hábitos, ejemplo, información, conversación y convivencia. Entendiendo que nuestra sociedad se nutre de la interacción entre personas, aunque sea también a través de pantallas.

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SER PADRES EN LA ERA DIGITAL, MARÍA ZABALA

Hoy más de la mitad de la población mundial se comunica, aprende, trabaja, compra, se informa, se organiza, escucha, lee o se entretiene con Internet y todo lo digital. Como en otros ámbitos de la educación, las familias ya no pueden desentenderse de la educación digital de sus hijos. Aunque tampoco conviene alarmarse. Para ello hay que tener unos criterios claros de buen comportamiento digital que se puedan transmitir a los hijos. Como sostiene la autora, «este libro es una invitación a preocuparnos un poco menos y ocuparnos un bastante más en todo lo que tiene que ver con nosotros, nuestros hijos, la tecnología y la conectividad. No es un manual sobre cómo educar en la era digital, sino sobre qué es importante tener en cuenta si te ha tocado, como a mí, ser madre o padre en este cambio de era».

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