PATERNAR DE FORMA ASCENDENTE, POR DAVID RODRÍGUEZ LORENTE

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Desde que supe que MaMagazine tomaba su forma en papel no tuve ninguna duda en querer adoptarla y alojarla en mi hogar. Siendo Victoria Gabaldón Aparicio su mamá biológica, sabía que sus entrañas no me iban a dejar inerte. Ella llegó a su nuevo hogar, mi casa, durante los primeros días de febrero y, como le explicaba a una muy buena amiga esa misma mañana, MaMagazine es niña. Niña porque alberga en su interior una ternura especial. Apenas llevo media revista leída y me ha hecho retroceder de un solo golpe a mis orígenes.

Yo, que soy camionero de profesión y el pequeño de cuatro hijos, entendí que MaMagazine es un ser femenino: nunca he leído algo tan tierno y desgarrador al mismo tiempo. Y eso que a mí el tema maternidad, evidentemente, me pilla muy lejano. Me ha hecho entender que maternar es madre, es miedo, son dudas, es amor, es dolor, es paz, es dar vida. Es dar la vida por las criaturas. A mis cuarenta y tres años y sin ser padre, me estoy dando cuenta de lo difícil, bonito y duro a partes iguales que es paternar de forma ascendente. Explicaré este concepto más adelante.

Soy hijo de agricultores, nacidos en los años 30 del siglo pasado, personas humildes criadas en familias rurales. Mi madre nació en 1933 en casa, con comadrona, como se paría antaño, con la ayuda de las vecinas. Eso sucedió en un pequeño pueblo de la provincia de Zaragoza, donde todavía se conocen casos donde la hija pequeña, por tradición o por lo que se las inculcaba antiguamente, se está haciendo cargo sus mayores. Entonces, las mujeres estaban al servicio de los hombres. No fue el caso de mi madre, Rosario, la segunda de cuatro hijos y la mayor de las tres mujeres. Mi madre migró para servir en una casa de una céntrica calle de la capital aragonesa. Yo, que soy una criatura que adoró a su madre, albergo en mi cerebro todos estos recuerdos que evidentemente no son míos, sino suyos. Ella me los relató cuando todavía podía y yo todavía era un niño. Esas historias entran y forman parte del proceso de maternar.

Rosario, mi madre, que sufrió el desgarro en sus propias carnes para darme vida a mí, a sus cuarenta y cuatro años y por cesárea, era una señora de armas tomar, grande, fuerte de físico y espíritu. Mujer que llevó su trabajo y su casa, con dos criaturas. Ella, que por edad pudo ser mi abuela, fue muy moderna para la época. Ama y amante de su casa, con sus retoños y con su marido que, en aquel entonces, era muy buen hombre pero machista y dominante, como la mayoría de los patriarcas, ya que era lo habitual en ese tiempo. El vínculo inexplicable que se crea con la madre desde el primer instante en el que ese ser tiene contacto con ella mediante el cordón umbilical y después a través de  la lactancia. El ser vulnerable y la madre se van desarrollando en un instinto de protección. Mi madre, a mis tempranos quince años, empezó a vivir temporadas de depresión y, con los años, sufrió un mal diagnosticado alzheimer. Fue en el año 2000, cuando yo estaba inmerso en un momento personal maravilloso, cuando empecé a paternar de forma ascendente con ella, sin siquiera ser consciente de que esa experiencia, como los años, se convirtió en una paternidad brutal.

En pleno 2022, aparentemente superando una pandemia mundial, estando tan de actualidad la salud mental tras las secuelas de la Covid-19, creo que las enfermedades mentales en personas mayores hacen que decrezcan. Muy lenta y dolorosamente, se van convirtiendo en seres vulnerables, llegando a ser incapaces de salir solos a la calle o llevarse a la boca un vaso de leche. Es inmenso el dolor cuando, mañana tras mañana, alimentas a ese ser sabiendo que está condenado a morir. Es muy duro como padre o madre ver que tu bebé está enfermo, cuando tiene un cólico, o cualquier otra dolencia: una madre o un padre lo pasan terriblemente mal. Pero es más duro paternar con una madre, vivir sus enfermedades, sus dolores y, en alguna de las curas o atenciones que como hijo haces, darte cuenta de su dolor e incluso su vergüenza al ver y ser consciente en algún momento de lucidez, que depende de alguien.

Esa consciencia en los bebés no la sufrimos, los bebés no son tan irracionales, no nos hacen tan partícipes de sus males. Es muy doloroso y brutal ver que un ser que te ha dado la vida y te ha enriquecido, educado y forjado para llegar a ser quien eres, llegue a degenerar hasta el punto de volver a convertirse en un ser totalmente dependiente, igual que un recién nacido. Es inevitable como hijo sacar el instinto protector, pero hay un choque de sentimientos, sensaciones encontradas entre el amor que tienes a esa madre o padre y el deseo de que descansen.

 

 

Un texto de David Rodríguez Lorente.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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