RAQUEL HUERTA: “LA MATERNIDAD Y LA CULPA PARECEN UN PACK INDISOLUBLE”

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Raquel Huerta (Madrid, 1988) es diputada de Más Madrid desde  2019, madre de una niña de 2 años y de otra criatura en camino —de hecho, en el momento en el que hacemos esta entrevista, está a pocas semanas de dar a luz—. Pese a su juventud, su carrera política está más que afianzada y su labor reivindicativa en cuanto a los derechos de jóvenes y mujeres en particular se venía arraigando desde que formaba parte de las filas de Podemos. Sus intervenciones en el pleno siempre son contundentes y ponen sobre la mesa temas que no estamos acostumbradas a escuchar alto y claro en el ámbito parlamentario. El eufemismo de la conciliación laboral, la precaria situación de la mayoría de las mujeres que desean ser madres o el papel más que secundario de las criaturas en esta sociedad son temas recurrentes en sus reivindicaciones. Para ella, como para nosotras, resulta irrisorio poner el foco en que la natalidad en nuestro país está bajando de forma escandalosa si no se profundiza en los motivos reales que nos han llevado a esta situación, como si se tratara de una maldición, una epidemia o, lo que es peor, un error del que las mujeres tenemos que hacernos cargo. Hace unas semanas exponía en el pleno un tema que nos preocupa a todas las familias que escolarizamos a nuestras hijas e hijos este año por primera vez. Una práctica más que habitual en la mayoría de los colegios (no todos, afortunadamente): la imposición de comenzar el ciclo de infantil sin pañal, obviando que el control de esfínteres es un proceso madurativo y fisiológico, y no algo que tenga que ver con el aprendizaje. Y nos vemos obligadas a asumir que nuestras criaturas se verán forzadas a aprender a hacer sus necesidades en el váter a fuerza de orinarse encima las veces que haga falta porque la política de los centros es que el profesorado no cambia pañales. Y esto es solo la punta del iceberg de una montaña de situaciones que demuestran el fragrante adultocentrismo de esta sociedad. Temas que nos han enseñado a solucionar en casa, cuestiones que no se airean en público, que deben hablar las madres entre ellas en los parques, temas menores que no importan a nadie. Que una mujer no pueda plantearse ser madre porque con 35 años apenas le llega para pagar el alquiler. Porque sabe que su preciado trabajo precario peligra en cuanto su embarazo sale a la luz. Porque, si tiene la suerte de poder continuar, apenas cuenta con una ridícula baja de 16 semanas para cuidar de su criatura, de la que no se quiere separar tan pronto. Porque esa separación, la mayoría de las veces, viene de la mano de la culpa e implica un gasto en cuidados inasumible. Esa culpa que tiñe de gris cualquier iniciativa por parte de las madres, a las que nos han enseñado que somos nosotras las que tenemos el problema, por no ser suficientemente fuertes y capaces, suficientemente buenas. Porque nadie le pide cuentas al sistema, ver a mujeres como Raquel reclamando nuestros derechos y haciendo responsables a las instituciones de nuestro malestar es profundamente liberador y relevante: la culpa no es nuestra, sino de esta sociedad que da la espalda a lo materno. Hablamos con Raquel sobre estas y otras cuestiones, tratando de ahondar en lo profundamente político que es maternar y las muchas implicaciones económicas y sociales de la crianza y los cuidados.

¿Qué es, para ti, lo mejor y lo peor de la maternidad?

Es probable que suene cursi, pero para mí lo más increíble de la maternidad ha sido descubrir una dimensión del amor y la felicidad completamente diferente a lo que había experimentado hasta ahora. Me asombra la facilidad que tiene mi peque para arreglar con una sonrisa y un abrazo un día de mierda en el trabajo. También le agradezco haberme abierto los ojos ante realidades que no eran tan relevantes para mí hasta el momento. Por ejemplo, cómo se han estructurado las ciudades y cómo de vital puede ser para la vida de las familias tener zonas verdes u otro tipo de servicios públicos enfocados a la infancia cerca de sus casas. Son cosas que, en teoría, sabes que son importantes, pero hasta que no las vives no eres capaz de dimensionarlas.

Y lo peor quizá haya sido ser consciente de que la maternidad es algo que la sociedad espera que no se nos note y que no debe cambiar un solo aspecto de tu vida, de tu realidad, de tu día a día porque seas madre. En los planes, las reuniones laborales, pocas veces tienen en cuenta que tienes una hija pequeña, con unas necesidades y horarios que son incompatibles con una reunión a las 19h de la tarde. Sentir que te estás perdiendo cosas solamente por ser madre, a veces se hace muy cuesta arriba.

¿Cómo era tu trabajo antes de ser madre? ¿Y después? ¿Sufrió cambios significativos?

Si hay un ámbito de la vida que te dé menos estabilidad en cuanto a horarios, ese es la política. Es verdad que tienes el privilegio de poder, más o menos, organizarte los días, pero sin duda has de ser flexible y adaptarte a lo que va surgiendo, lo cual no es lo más sencillo cuando tienes hijas/os. En mi caso, antes de ser madre también conciliaba, porque cuando se habla de conciliar no podemos pensar solamente en las personas que tenemos criaturas, sino que todo el mundo tiene que tener derecho a compaginar su vida laboral con sus parejas, sus mascotas, sus amistades, el tiempo de ocio y descanso. Pero es verdad que antes me era más fácil asistir a un mayor número de reuniones y actos; cosa que ahora he visto también limitada, no solo por logística, sino también por una cuestión de prioridades. Después de ser madre me he dado cuenta de que cosas a las que antes eran de vital importancia quizá ya no lo son tanto, y pongo por delante en mi lista de prioridades pasar una tarde con mi hija en el parque.

Creo que en mi ámbito laboral, que es muy absorbente, la maternidad me ha dado cierta perspectiva y también me ha abierto un campo de actuación que ahora me resulta esencial. Ahora soy consciente de lo poco que, desde la política, se piensa en la infancia como sujeto de derechos y ahí nosotras estamos intentando dar la batalla y ponerlos en el centro. Se habla mucho de las familias y sus necesidades, pero no podemos perder de vista que los niños y las niñas son ellos mismos sujetos de derechos, que tienen derecho a recibir una buena educación, a recibir cuidados, a recibir una alimentación saludable, a jugar, a ser felices. Hace poco llevé al Pleno de la Asamblea de Madrid la reivindicación de que dejasen a los niños y niñas que entran al cole en Infantil 3 años, empezar el cole con pañal. Hay muchas criaturas, sobre todo las que empiezan el cole sin haber cumplido los 3 años todavía, que no están preparadas para ir sin pañal, porque es un proceso madurativo y fisiológico que no se puede entrenar o forzar. La prohibición de llevar el pañal provoca que pasen horas meados o con caca esperando que sus familias o un desconocido vaya a cambiarles de ropa. Esto no puede seguir sucediendo porque es humillante y nadie se pone en la piel de ese niño o esa niña, cómo se debe estar sintiendo y el impacto que tiene para su desarrollo. Y creo que este es un buen ejemplo de qué cosas han cambiado en mi trabajo tras la maternidad. Sin ser madre, es probable que nunca me hubiera parado a pensar en la importancia vital que tienen este tipo de cuestiones.

¿Qué factores serían necesarios para poder hablar de maternidad deseada en las circunstancias actuales política y económicamente hablando?

Esto es, sin duda, el meollo de la cuestión. Vivimos en un país en el que tener hijos supone un factor de riesgo de pobreza y así es imposible hablar de maternidad deseada. La derecha en este país está preocupadísima porque cada vez se tienen menos criaturas y culpan de ello al feminismo y al avance de los derechos de las mujeres. Y, en parte, es maravilloso que el feminismo se haya encargado de abrir la puerta a las mujeres y de decirnos que el fin último de nuestra existencia no es reproducirnos; que somos mujeres perfectamente completas tengamos o no tengamos descendencia, que no tenerla es una elección posible y maravillosa y eso jamás debería suponerle un problema a nadie. El problema es qué pasa con todas aquellas mujeres y hombres que sí quieren formar una familia y no pueden porque económica o vitalmente no se lo pueden permitir.

Por un lado, hay que ocuparse de que existan las condiciones que permitan poder plantearse tener una familia. Eso pasa porque la gente joven pueda emanciparse y aspirar a algo más que precariedad a la hora de encontrar un trabajo, porque es imposible poder plantearte tener hijos cuando solo consigues encadenar contratos de un mes o te gastas el 70-80% de tu sueldo en pagar el alquiler. Urge generar las condiciones adecuadas para que quien lo desee se lo pueda plantear. Y, por el otro lado, no vale de nada preocuparse solo de que nazcan bebés y desentenderse una vez que nacen. Los niños y las niñas no deberían ser un asunto solo de sus madres y/o padres, sino algo de lo que la sociedad en su conjunto debe preocuparse, igual que lo hacemos con las personas mayores. Desde la política tenemos que poner el foco en prestaciones para la crianza, que van desde ayudas universales por hijos/as al cargo, como permisos laborales remunerados que faciliten la conciliación. No se trata de dejar a las criaturas más horas en el cole, sino de generar políticas de derecho al tiempo, facilidades laborales como entradas y salidas flexibles del trabajo y reducción de la jornada laboral. Es necesario repartir los cuidados, no solo con mayor corresponsabilidad entre hombres y mujeres, sino compartirlos entre las familias y las instituciones. No es justo tener que esperar diez días para una cita con tu pediatra, o que no haya plazas suficientes en escuelas infantiles: necesitamos una mayor oferta de campamentos escolares, extraescolares gratuitas para que acceder a ellas no sea una cuestión de renta disponible y un largo etcétera.

Raquel en una intervención en el Pleno de la Asamblea de Madrid.

 

Las madres tenemos la sensación de perder siempre. Si priorizamos la crianza, o si le damos la prioridad a lo laboral, la culpa y la sensación de fracaso nos acompañan sin excepción. ¿Cómo podemos salir de este pensamiento binario y limitado? ¿Qué cosas tendrían que cambiar?

Es verdad que la maternidad y la culpa a veces parecen un pack indisoluble, pero creo que todas las decisiones que tomamos en la vida implican algún tipo de renuncia, y no es necesariamente malo. En mi opinión, hay que desterrar de una vez por todas la imagen de madre super heroína que es una triunfadora en su ámbito laboral, da solo comida sana a sus hijxs y hace las mejores manualidades para los trabajos del cole, porque eso solo puede generarnos frustración. Encontrar los equilibrios no es fácil, y por eso hay que seguir peleando porque ser madre no reste en el ámbito laboral, por seguir reduciendo la brecha salarial entre hombres y mujeres, por seguir avanzando en corresponsabilidad o ampliando permisos retribuidos para el cuidado. Los cuidados no pueden depender solamente de las familias y la conciliación, de los abuelos y abuelas; los espacios colectivos de cuidados o las ayudas por hijx a cargo son herramientas fundamentales para ayudarnos en esta tarea.

¿Qué papel tiene el feminismo en todo esto? ¿Continúa su deuda pendiente con la maternidad?

Yo no sé si lo llamaría “deuda”, porque el feminismo lleva décadas pensando en la maternidad. Lo que yo creo que hay es una relación compleja, problemática y no del todo bien resuelta. El feminismo nos ha ayudado a pensarnos como mujeres más allá del papel que la sociedad tenía para nosotras, más allá del rol de esposas y madres; eso es muy positivo. El feminismo nos pone en alerta y nos obliga a repensarnos todo el tiempo. Cómo se come eso de ser madre y una buena feminista, qué se supone que tienes que hacer y hasta qué punto puedes permitirte “renunciar” a tu yo de antes de ser madre para cuidar de tus criaturas.

Mi hija nació a las 12 de la noche. Una vez que nos subieron a planta, recuerdo perfectamente mi debate interno sobre si dormiría conmigo en la cama, que era lo que yo quería hacer o si debía dejarla en la cuna, que en mi cabeza era lo que una buena feminista haría. Finalmente, me guié por mi deseo: la niña durmió encima de mí esa noche y el resto de las que pasamos en el hospital, pero recuerdo cómo sentí la necesidad de justificar muy mucho esa decisión ante mis amigas. Lo pienso ahora y me siento totalmente ridícula, pero creo que aquello fue precisamente consecuencia de la relación no muy bien resuelta de la que hablo.

Para mí, el feminismo no va de discursos impuestos, sino de pensar modelos de vida que nos hagan más libres, que nos permitan elegir cómo queremos vivir nuestra maternidad. Tenemos que reivindicar espacios conjuntos y colectivos que nos abran nuevas vías para poder vivir la crianza y la maternidad en plenitud. Creo que hoy debemos sentirnos orgullosas porque hablar de familia no es ese concepto chiquitito que reivindica la derecha en nuestro país, sino que es mucho más amplio, más diverso y más rico, y esto sin la pelea de las feministas no habría sido posible.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Escritora, actriz y madre. Forma parte del grupo de arte sonoro OVERture junto al músico y compositor José Pablo Polo. Ha sido recientemente galardonada con el XXI Premio Nicolás del Hierro de Poesía y sus poemas aparecen en diversas publicaciones con frecuencia. Esperamos su primer poemario en 2021.

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