UNA CONVERSACIÓN CON MARÍA NEGRONI

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Cuando la vida se luce poniendo ante ti un caramelo, tienes la obligación de degustarlo. Así lo sentí cuando la semana pasada me encontré con la escritora argentina María Negroni en el hall de un hotel en Madrid. María estaba de visita promocional presentando su último libro, El corazón del daño (Random House, 2023). Desde su editorial, me dan la instrucción de preguntar por María en recepción. Hay dos recepcionistas: a una estoy preguntando mientras la otra atiende a María. Ahí nos encontramos. La sala de reuniones está ocupada por un grupo de hombres y no hay otra disponible. Bueno, hay una: el gimnasio, pero no es apetecible. Nos sentamos en los sofás de una recepción de luz blanca y espacio frío y desangelado, deseando que la sala de reuniones se desocupe pronto. Así ocurre, a los siete minutos de comenzar nuestra conversación. Los hombres se van, entramos nosotras. El espacio es blanco y frío y desangelado igual, pero nuestra charla se va animando.

La lectura de El corazón del daño es una de las más emotivas que he disfrutado en los últimos meses. Tenía muchas ganas de leer a Negroni: no lo había hecho nunca. Esta fue mi primera aproximación a su escritura y la emoción que me causó fue grande. Quise leer el libro, a bote pronto, por dos razones: la primera, por su definición de “ajuste de cuentas con la madre”; la segunda, por la portada —cuántos discos y libros compré por la portada—. La artista argentina afincada en Nueva York, Liliana Porter, creó para ella esta miniatura preciosa en la que una mujer rubia, con zapatos rojos y en posición fetal se aprieta el vientre, o eso veo yo. Lo hace en un fondo que parece el de la arena de una playa por la que acaba de pasar una ola y se ven esos huequecitos, esas burbujas, que demuestran que la tierra respira. Comencé a leer este libro como si fuera un poema y lo es en cierto modo, pero es eso y mucho más. Es una amalgama de sentimientos, de escenas, de anécdotas y de silencios. Una invitación a la reflexión, a cuestionar quién es la madre y por qué ocupa tanto, para lo bueno y para lo malo. Es, también, una biografía camuflada entre la complicidad de las citas de otros autores y autoras. Es un viaje al corazón de la ambivalencia de lo materno.

Cuando comenzamos a hablar, María me cuenta que tiene una hija, un hijo y un nieto, que viven en Estados Unidos. Ella reside en Buenos Aires. Yo le cuento que, además de hablar sobre su libro, me interesa hablar sobre ella como autora, como mujer y madre escritora. También como hija que escribe. La sala ya no es blanca ni fría ni desangelada. Y María se desnuda en sus respuestas como lo hizo en este libro. Empiezo a preguntar.

¿Qué es lo mejor y lo peor de tu experiencia materna?

La maternidad es una experiencia que tiene muchas aristas. Estoy muy feliz de haber podido tener hijos, algo que no es tan común entre las escritoras. Hay muchas escritoras y artistas que no pasan por esta experiencia, no sé si por decisión propia o por otros motivos. Nunca sentí que mis hijos fueran un impedimento para escribir, jamás. Al tener una hija y un hijo, conozco las diferencias entre los dos, con uno y otro tengo una relación distinta.

Cuando dices que tener hijos no fue un impedimento para tu escritura, pienso en Ursula K. Le Guin, cuando dijo «por supuesto que puedo criar tres hijos con una mano y escribir libros con la otra. ¿Por qué no? Mira cómo lo hago». He entendido que la escritura es inevitable. Puedes escribir en tu cabeza, en la cocina, en una servilleta, en todas partes…

Pero es difícil, sobre todo para nosotras, que abarcamos tantas facetas en nuestra vida. Una mujer artista, digamos, además de su trabajo, va al supermercado, hace gimnasia, tiene una vida sexual… son tantos roles a la vez que, a veces, es difícil integrarlas. Me sucedía que estaba en el gimnasio y pensaba: “esto no es la imagen de una escritora”, ¿entendés? Una tiene ciertos modelos. Yo, por ejemplo, quería ser como Baudelaire: un tipo solo, que vivía de noche… En fin. Mi vida no fue así.

Volvamos a la pregunta anterior, a qué es lo mejor y lo peor de tu maternidad.

La maternidad es un regalo de la vida y también una relación compleja. De hecho no creo que haya una relación más compleja que la relación entre una madre y una hija. La relación con el hijo varón, por lo menos en mi caso, es diferente. Lo he visto en amigas, también. Con las hijas mujeres está la relación espejo: la hija es una especie de continuación de la madre y ahí se ponen en juego muchas cosas. Por un lado, te identificas bien. Por otro, hay un momento en la vida, cuando la hija se vuelve adolescente y una, pongamos, está entrando en la menopausia, que se siente como una especie de amenaza, casi como que la hija te pone en la cara el paso del tiempo. Además, están todas las expectativas que tenemos como madre: queremos lo mejor para ellas. A la vez, hablo de mi caso, he tratado siempre de aceptar las decisiones de mi hija. Las decisiones que ella toma no necesariamente son las que yo hubiera tomado o tomaría. Sin embargo, tengo que confiar en su ser, en lo que le está pidiendo su ser.

Me traes a la cabeza la relación que yo tenía con mi madre, esos momentos en los que me decía: «estoy aquí para respetar tu decisión, aun cuando yo no la comparto. Sé que no me harás caso y que posiblemente te caigas. También sé que yo estaré ahí la primera para levantarte». Mi madre veía que yo me la iba a pegar, ella lo sabía. Sabía que no iba a poder evitarlo y quedaba a la espera para levantarme. Vuelvo a las preguntas. Tu libro tiene un lenguaje muy poético, sin ser solo poesía. Ya el inicio promete, pues comienzas con una cita de Clarice Lispector: “voy a crear lo que me sucedió”. Cuando vamos creciendo, creemos que la verdad es una sola y lo real es lo real, y punto. Pero luego la vida nos demuestra que no es así. ¿Cómo fue para ti ese momento en el que te diste cuenta de que la realidad se encontraba tamizada por tus recuerdos y experiencias?

Esa frase es extraordinaria, porque obviamente ella podría haber dicho “voy a contar lo que me sucedió”, pero usó el verbo “crear”, que es un sinónimo de inventar. Es una frase brillante porque el presupuesto de esa frase es que la memoria también es una ficción. De hecho, en el libro, hay muchas veces en que la narradora recuerda cosas y la madre le dice que no es así, claro que sí había libros en la casa de la infancia, que nunca existieron dos perros negros, que nunca la dejó sola en casa con la hermanita… Hay varios episodios dentro de la memoria: hay versiones que tiene la hija y versiones que tiene la madre, por no hablar de las miles de otras versiones que podrían haber existido si se hubiese consultado a otros personas como el padre o la hermana. Esa frase de Lispector me sirve para apartarme de la interpretación de que esto es “literatura del yo”. Es cierto que hay una intimidad muy fuerte en este libro, casi te diría muy desnuda y muy cruda, pero al mismo tiempo, cito y mezclo muchas cosas, hay momentos más de escenas… Me parece que hay un intento de construir debajo de esta excusa narrativa una especie de filosofía del lenguaje.

Ahí echas el guante a Lispector, cuando dices que “no existe más fidelidad a los hechos que equivocar el rumbo o divagar”.

Exacto. ¿Qué son los hechos? Los que nos reconstruimos, los que nos contamos. Eso es el libro: un intento de decir que esto es una versión posible de mi vida, de mi vida como autora también.

Escribes: “Mi madre: la ocupación más ferviente y más dañina de mi vida. Nunca amaré a nadie como a ella”. ¿Cómo es esa madre que has construido en El corazón del daño

Es una madre demasiado exigente, severa, pero que, a la vez, cuida mucho a su hija. No es una niña abandonada, casi lo contrario: es una niña híper-mirada. Esa mirada puede ser compleja para la niña: la madre es la primera mujer que una ve, es el primer cuerpo, el cuerpo del que salimos. Yo me acuerdo de mi mamá maquillándose. No la recuerdo de viejita: la recuerdo en su esplendor, de joven, era una mujer bellísima. Esa idealización se mezcla con un deseo de complacerla, también. Porque el amor es un deseo de complacer, también. La hija quiere hacer a su madre feliz. Ahí viene un problema, porque si la madre es muy exigente, el deseo de complacer es agotador: nunca acaba y nunca alcanza, siempre hay un déficit. En mi vida, y te hablo desde lo personal, cuando hay demasiada exigencia también se sufre mucho. Es imposible llenar ese hueco, no tienes la certeza de que te puedes ir tranquila, como tú dijiste, a caer y a golpearte y esperar a que tu mamá te levante. Ese es otro tipo de madre. A cada una le toca lo que le toca y yo le estoy muy agradecida igual, porque hay muchas cosas que mi madre me dio que fueron fundamentales en mi vida, que me ayudaron muchísimo. Cosas como que fuera autónoma, que tuviera una profesión, que me ganara la vida, que supiera cosas… todo eso fue muy positivo para mí. Me ha hecho quien soy.

Leo: “Quien escribe calla. Quien lee no rompe el silencio. El resto es vicio”. ¿Hay cosas que solo se pueden escribir?

Exacto. Y no se pueden hablar. Por eso, las entrevistas siempre tienen patas cortas: en parte, lo que se hace en cualquier entrevista es tratar de glosar el libro. Eso no es exactamente lo mismo que leer un libro. Cualquier entrevista o reseña son frases o ideas sobre el libro, alrededor del libro. Pero el libro sigue siendo una experiencia que solamente la lectura en silencio puede dar. Cuando tú lees sola, cuando te encuentras con esa frase, te quedas en silencio y piensas sobre ello. Es algo que, si yo te tuviera que decir, no me saldría explicarte con mis palabras. O te lo podría explicar, pero no causaría en ti el mismo efecto.

Hay mucha tesis sobre la madre, pero no solo sobre ella. No solo es la madre exigente, sino que también la narradora es la primera hija. Es otro matiz importante.

Cuando nació mi hermana yo ya tenía seis años. Cuando leyó el libro decía que no se acordaba de algunas cosas. Claro, ¡tenía dos meses cuando pasaron! Hay una parte de mi infancia que ella no presenció. Incluso cuando me fui de la casa familiar, a los 18 años, ella tenía 12, ni estaba todavía en la adolescencia. Esas diferencias se notan mucho, al margen de que los padres también van cambiando.

Avanzando por el libro, creí leer esta frase: “La rabia me salva la vida”. Pero la había leído mal. Lo que estaba escrito era: “La rabia me salva de la vida”. 

La rabia nos protege de la vida. En la construcción de la niña hay sucesivas estrategias de defensa. Los niños aprenden rápidamente a defenderse de las cosas que duelen: desde no escuchar hasta no ver o ser crueles. La vida es como la entrega, es “acá estoy”. Venga lo que venga. Pase lo que pase. Si tú te proteges, si construyes estas capas, una de estas corazas es la rabia. El enojo es una protección. Uno cree que no, pero es protegerte de algo que te hace sufrir. No te estás entregando al sufrimiento, es que tienes miedo, entonces, te enojás. La rabia me salva del dolor de la vida. Estoy aquí acorazada, peleando con este fantasma, que es real y no es real, que se construyó en mi memoria, y me estoy perdiendo la vida.

La clandestinidad también es una parte importante de tu libro.

Es la parte política. Ahí relato un proceso de rebeldía: pasé de una infancia muy dócil, deseosa de complacer, a darme cuenta de que empezaba a no estar de acuerdo con nada, con los mandatos a todos los niveles. De ahí, por lógica, comencé a cuestionarme todo. Una de las cosas que empecé a cuestionarme fue la posición política de mis padres, que eran muy conservadores. Curiosamente, era en lo único en lo que estaban totalmente de acuerdo. Yo empecé a buscar la posición política que más estuviera en desacuerdo con ellos: ahí se armó la guerra en mi casa y me tuve que ir, no se podía estar. Tenía 18 años. Me metí a la militancia política y eso acabó muy pronto en una represión enorme que hubo en Argentina, con la desaparición de 30.000 jóvenes y allegados de esos grupos políticos. Yo me salvé de milagro. Me fui a vivir a un exilio eterno, fui madre…

El detonante fue la masacre de Trenew, un hecho que todo el mundo en Argentina conoce. Sucedió antes de que yo me fuese, tendría 17 años. El gobierno militar en Argentina tomó prisioneros a 16 militantes de izquierdas en el sur de la Argentina. Los tomaron prisioneros y los fusilaron. Fue un escándalo, se escuchaba en la televisión y a mis padres les parecía perfecto. ¡Yo no entendía por qué les parecía perfecto, si ni siquiera habían tenido derecho a un juicio!

Hablas de una relación con la escritura, para los estándares del momento, tardía. Empiezas a escribir a partir de los 30.

Durante mi militancia política escribía, pero no estaba legitimada. Escribía y lo tiraba. Cuando me di cuenta de que o hacía algo o me mataba, ahí empecé a escribir.

Encuentro otras dos preguntas en el libro: “¿Cómo se concilian escritura y pulsión sexual, maternidad y ambición, talento y hogar? ¿Por qué no hay épicas femeninas?”

No es tan fácil. ¿Cómo haces para ser madre y ambiciosa? Porque a los hombres nunca se les juzga por ser padres y ambiciosos. A nadie se le ocurre que la paternidad pueda ser un obstáculo para nada. ¿Cómo haces para poner todas estas cosas juntas? ¿Cómo puedes ser una súper amante y una súper buena escritora? ¡Es difícil! Es una pelea vigente a día de hoy.

Me parece que, cuando incluyes citas de otras escritoras, buscas cómplices de tu relato. De todas, la que más me llamó la atención la frase de Susana Thénon: “Quien no tenga una madre, tendrá libros”

Es tremendo. Es una idea interesante y tiene razón. Y no solo aplicada a la madre. Los libros son un reemplazo de la realidad. Un escritor argentino, maestro de Borges, que se llamaba Macedonio Fernández, decía: “muchas veces estuve a punto de entregarme al estudio de la metafísica, pero la felicidad me distrajo”. Si vos revertís la frase, si vos sos feliz, no tenés necesidad de ponerte a estudiar metafísica. Podríamos decir si sos feliz, no tenés necesidad de escribir.

O si estás enamorado, no tienes necesidad de hablar del amor. Por eso, el desamor es un motor mucho más potente.

¿Cómo se hace un poema sobre la plenitud? En general, la escritura está vinculada a la carencia, a la pérdida, en cualquiera de sus manifestaciones. Fijate que los niños comienzan a hablar, a decir “mamá”, en el momento en que se dan cuenta de que ya no forman parte del cuerpo materno. Solo en el momento en el que se dan cuenta de que han sido expulsados, es decir, que han perdido a la mamá es cuando empiezan a nombrarla. Es tremendo eso. La palabra es también un reemplazo.

Yo tengo una pregunta para ti: ¿cómo es que llegaste a este libro?

Al recibir las novedades editoriales, intento elegir mis lecturas sin leer sinopsis. Me interesan un tema, una autora. Intento llegar lo más virgen posible a cada lectura. Llegué a tu libro porque leí esta frase: “un ensayo autobiográfico donde el amor y el odio maternofilial confecciona su propia literatura y articula una despedida perfecta”. Al final, lo que busco en los libros es a mi madre. A veces busco ese amor, a veces es desamor. A veces es deconstrucción, es darme cuenta de que éramos dos mujeres distintas. Es vivir a través de sus objetos, leer sus cartas, observar su letra… También me llamó mucho la atención la portada: me vi en ella y vi mi ansiedad. Me vi encogida, en posición fetal, sujetándome el estómago, que es donde se me agarra la ansiedad. 

 

 

maría negroni

 

Recopilación privada; ajuste de cuentas con una madre desesperada y desesperante; desmontaje de una vida que va de la simbiosis al enfrentamiento, de la huida de la casa familiar a la clandestinidad revolucionaria, de la migración al descubrimiento de sí a través de la escritura, El corazón del daño es un dispositivo literario abierto y complejo que busca, en palabras de su autora, ser fielmente «un censo de escenas ilegibles».

Con una narrativa directa y voluptuosa a la vez, Negroni recurre a la nota íntima, la observación sagaz, la apostilla urbana, la crónica política, la balada del exilio y al canto lúgubre del duelo para escribir «un pequeño libro de mi puño y cuerpo, seguramente errado en su tristeza».

 

 

 

 

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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