Elisa Díaz Castelo (Ciudad de México, 1986) estudió Letras Modernas en la UNAM y ha construido su obra entre la poesía y la traducción. Es autora de Principia (Tierra Adentro, 2018), El reino de lo no lineal (FCE, 2020), Proyecto Manhattan (Antílope, 2021), Planetas habitables (Almadía, 2023), El libro de las costumbres rojas (Elefanta, 2023) y, en colaboración con Adalber Salas Hernández, de Las fuerzas débiles (Vaso Roto, 2024). Su trabajo ha sido reconocido con el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2020, el Premio Bellas Artes de Traducción Literaria Margarita Michelena 2019, el Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal 2017 y el Premio Poetry International 2016.
Malacría, su primera novela, publicada en Sexto Piso, parte de una pregunta que atraviesa su trabajo desde hace años: cómo una herida no se queda en el lugar donde duele. Cómo pasa de un cuerpo a otro, cómo se transmite, cómo se instala. La desaparición de una madre activa el relato, pero el movimiento es otro: el de una hija que intenta situarse dentro de esa cadena, entender qué le pertenece y qué le ha sido dado sin elección.
Madre reciente de un hijo de dos años, comienza su novela poniendo en escena a tres generaciones de mujeres pertenecientes a la misma familia y ,desde ahí, construye una visión caleidoscópica y fragmentaria que dibuja el trauma, el cuerpo y la herencia familiar con maestría (y también con poesía).
¿Qué es, para ti, lo mejor y lo peor de la maternidad?
Lo mejor de la maternidad es vivir constantemente en la orilla del asombro. Lo peor de la maternidad es que la orilla del asombro suele tener las manos pegajosas, se enferma con frecuencia, parece que dura para siempre, pero no dura nada, te encierra en sus horarios y sus repeticiones, no quiere tomarte de la mano. Y no es posible dormir en ese sitio.

¿Cómo era tu trabajo antes de ser madre? ¿Y después? ¿Sufrió cambios significativos?
Antes, mi día tomaba forma alrededor del trabajo. Estaba en el centro de mis horas; podía quedarme ahí el tiempo que quisiera. Ahora, empiezo a trabajar cansada, con culpa y los minutos contados, mirando siempre sobre mi hombro. Trabajo en el tiempo robado a la crianza. Como de contrabando, en los momentos escasos que se abren entre las rutinas de mi hijo. Siempre estoy atrasada. Nunca cumplo mis expectativas.
¿Cuál es el germen de esta intensa historia sobre herencias, memorias y mujeres?
El vínculo con la madre siempre me ha parecido fascinante. Es la persona que más cerca nos queda, tanto que, durante un tiempo, compartimos un mismo cuerpo y nos alimentamos de su sangre. Paradójicamente, es a quien menos conocemos en la vida. Como si el vínculo quedara adulterado por esa cercanía primeriza, esa cicatriz concéntrica de la maternidad. Como si, justo al tenerla tan cerca, fuera imposible mirarla de frente. En este sentido, ese primer amor, el que sentimos por la figura materna, me parece una poderosa metáfora de nuestra relación con el otro. Me intriga y vence ese costado incognoscible de las personas que amamos y pienso que, paradójicamente, justo esa carencia, esa oscuridad ardiente, vuelve posible el amor.
Lo poético de tu trayectoria se plasma visiblemente en esta novela. ¿Cómo ha sido cambiar la forma del lenguaje?
Me interesan los géneros híbridos, contaminados, las novelas que parecen poemas o los poemas que incluyen elementos narrativos o ensayísticos. Sin embargo, las primeras veces que intenté escribir una novela, me dejé colonizar por lo que una novela debe, supuestamente, contener, por su forma clásica, su estructura y sus condiciones. La única razón por la que pude terminar esta novela fue porque me permití desobedecer esas nociones preconcebidas de lo que debería ser y confié en otros registros, tonos y formas de narrar. Quise escribir un texto fragmentario, en el que participaran varias voces, y que cada una contara su historia desde un tono distinto. En algunas de esas voces, permití que se filtrara un registro onírico o extraño que solemos vincular con lo poético.
¿En qué momento supiste que este material necesitaba la duración de la novela y no la condensación del poema?
Comencé a escribir sobre Ele y la desaparición de su madre a comienzos de la pandemia. No tardé muchos días en darme cuenta de que la historia me pedía una forma más extensa que la de un poema: quería desarrollar personajes, escribir con distintos tonos y tiempos, enfocarme en evocar atmósferas precisas.
Malacría está escrita con una precisión sensorial destacable.
¿Trabajas la memoria desde el lenguaje o el lenguaje desde la memoria corporal?
Los poetas pasamos la vida aprendiendo cosas que los niños hacen de forma instintiva: a mirar el mundo con asombro, a habitar el cuerpo de nuevo. Cuando escribo, me gusta que las ideas atraviesen el crisol incierto del cuerpo. Me gustan las ideas así, enraizadas en lo sensorial. Por eso me dilato en los sentidos, porque nos hablan de ese punto de encuentro entre nosotros y el mundo, esa frontera fértil y a veces avasallante.
¿Qué crees que puede hacer la literatura frente a la desaparición: reparar, conservar o, simplemente, dejar constancia de la pérdida?
No me dedicaría a lo que me dedico si no creyera que toda palabra custodia un poder somero. Sin embargo, el poder del lenguaje, como el de una magia menor o un conjuro cojo, no es unívoco. Su naturaleza es ambigua, ambivalente, tiene un envés oscuro. Una usa el lenguaje como quien blande un arma a ciegas, sin saber si a quien hiere es a una misma. Y, sin embargo, su poder está ahí. Nombrar la falta nunca es suficiente, pero a veces es lo único que podemos hacer. Quizá escribir es dejar constancia de lo que no puede ser reparado.

¿Cómo inciden en el presente los pasados que nos habitan, incluso aquellos de los que no tenemos conocimiento? Malacría, la estupenda primera novela de Elisa Díaz Castelo, indaga en este terreno a través de la historia intergeneracional de tres mujeres y el hilo de violencia que la atraviesa.
Una mañana, después de dar de comer a los perros, Perla sale de casa y no vuelve. Horas más tarde, su hija Ele emprende su búsqueda, a la que se sumarán Jeni, la pareja de Perla, y Valeriana, una entrañable perra que se convierte en un personaje fundamental de la historia. Conforme siguen el rastro de las pistas que la desaparecida va dejando como piezas de un rompecabezas incompleto, el pasado de la familia aparece y reaparece a través de los textos fragmentarios de un cuaderno de contabilidad usado como diario, mensajes de voz, listas, etcétera. Gracias a estas rendijas a la realidad y al mundo interior de las protagonistas, Malacría funciona también como un fresco íntimo de la experiencia femenina en la sociedad mexicana del siglo XX y los albores del XXI.
A la manera de las tragedias clásicas, en esta novela se plantea un interrogante: ¿no es aquello que parece protegernos de revivir el trauma lo que termina por alojarnos precisamente en él?






