© Rodrigo Valero

ANDRÉS NEUMAN: NUEVAS CONVERSACIONES (Y POEMAS) SOBRE LA PATERNIDAD

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Abre Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) su Pequeño hablante (Alfaguara, 2024) con una cita de José Martí que clama «¡Hijo soy de mi hijo! ¡Él me rehace!», y quizá no haya mejor definición para un hijo, para una hija, que la de ser responsable del renacimiento de su padre, de su madre. De su romperse en mil pedazos ante la llegada de la criatura para construirse de nuevo. Sobre todo, para mirar al mundo desde un punto inédito, en lo más alto de un faro antes nunca visto desde el que observar, con entusiasmo, lo que acontece con la carne de su carne. Continuación natural de Umbilical (Alfaguara, 2022), en el que Neuman (d)escribía su asombro y emoción ante la llegada y primeros meses de su hijo Telmo, con Pequeño hablante el escritor comparte las sensaciones y anécdotas de un padre que, además, es estudiante de las ideas y de las palabras, ante las primeras destrezas lingüísticas de su pequeño vástago.

 

Ya no puedo escribir lo que escribía. Interrumpiste todo y lo empezaste de nuevo. 
No encuentro las razones ni la antigua gramática, porque ahora
eres tú quien balbucea entre estas frases. 
Porque ahora sos vos lo que habla en brazos.
Ya no puedo escribir lo mismo de antes, pero
no se ha borrado ni una sola palabra: todo lo dicho desemboca aquí,
alimenta el lenguaje en que nacimos.

 

¿Cuánto da de sí la inspiración que te regala tu paternidad?

El asombro, el amor, la emoción no tienen fin. En cuanto al acto de escritura, en este momento he hecho una pausa: sentía que este libro era necesario escribirlo para mí. Con Umbilical afrontaba la parte preverbal del vínculo y, aparte de padre enamorado, soy filólogo y escritor, por lo que tenía que abordar ahora la verbalización de ese vínculo y el aprendizaje. Mi hijo tuvo la ocurrencia antropológica de comenzar a hablar y el padre, el escritor y el filólogo se quedaron, nunca mejor dicho, boquiabiertos. Cuando todo el lenguaje es posible, cuando la lengua es un misterio, todo eso, es una especie de sueño para alguien que trabaja con las palabras. Ojalá poder vivir en ese estado de interrogación acerca del lenguaje y, al mismo tiempo, solamente ahora, la gramática que yo estudié durante toda mi juventud, adquiere el sentido afectivo que yo intuía que podía tener. Siempre me interesó la relación entre el desarrollo físico y el lingüístico: vemos cómo alguien aprende a hablar, pero también un cuerpo que se desarrolla. El lenguaje verbal y el no verbal van de la mano siempre. De hecho, al final de nuestra vida vemos que, en muchas personas ancianas, el cuerpo se apaga a la vez que el lenguaje. Al principio y al final de la vida, lo verbal y lo no verbal van caminando juntos.

Como cuestión teórica, es algo que siempre me ha interesado. Ahora, de pronto, vuelve con una intensidad muy conmovedora la pregunta de qué es un sustantivo o para qué sirve un verbo. Recuerdo el primer día en que Telmo conjugó en pretérito, dijo una frase muy sencilla: «pasó coche». A mí se me llenaron los ojos de lágrimas y, en ese momento, no supe por qué me había afectado tanto. Pronto me di cuenta de que había terminado el bebé y empezado el hablante. Un bebé es todo presente, todo es presencia o necesidad de presencia y, de pronto, nombrar lo ausente, decir lo que ya no está, es el comienzo de una etapa de la que no salimos ya nunca. Pensé: «pasó coche, pasó bebé, pasará papá y pasaremos todos». Ese pretérito se me volvió una elegía.

En Pequeño hablante, de nuevo, está muy presente la ausencia de tu madre. ¿Cómo es esta relación entre un nieto sin su abuela, pero con ella?

Uno de mis poetas favoritos, Roberto Juarroz, decía que el oficio de la palabra es un acto de amor porque crea presencia. Crear presencia quiere decir negociar con la ausencia y poder inventar otros modos de presencia. Entre esos modos está el nombrar, está la memoria. Por un lado, nunca me he sentido más huérfano que desde que soy padre. Creía haber tramitado el duelo por mi madre, pero ahora entro en otra fase del duelo, que es no poder presentar a mi hijo a su abuela. Que yo esté registrando la experiencia del aprendizaje de la lengua materna de mi hijo mientras mi madre no existe para él es una paradoja difícil de asimilar. Un día fui a cuidar los violines de mi madre —los violines requieren “cuidados póstumos”—, y me lo llevé. Era un momento que deseaba y temía, ya que un violín es un ente delicado y un instrumento valioso. Telmo pellizcó las cuerdas y produjo un acorde —desafinadísimo— y pensé que eso era lo más cerca que iba a estar de tocar a su abuela, en todos los sentidos de “tocar”. Ese pequeño gesto me pareció un milagro. Esa disonancia del pasado y del presente se parecía mucho a la dificultad de inventar para él un personaje sin el cual, él no existiría. ¡Qué hermosa tarea la misión de tener que narrarle un personaje tan fundamental!

Estoy seguro de que mi paternidad me empujó a completar mi poemario Isla con madre (La Bella Varsovia, 2023), un trabajo que había comenzado quince años atrás. Al mismo tiempo, hay gente que queda viva con la cual se puede reescribir el vínculo, y ahí entra mi padre. Un día, mi padre me preguntó si le enseñaba a cambiar el pañal a Telmo. Yo ahí sentí cosas muy contrapuestas: la gratitud y la emoción de que un hombre de 70 años quiera aprender a cambiar un pañal, y también un reproche por no ser él quien me cambiase los pañales a mí. Yo soy un pesimista preventivo: todo lo bueno que sucede, lo considero un regalo. Para mí, todo puede salir mal siempre, y por esto soy una persona alegre: no espero mucho de casi nada. Entro en un frágil optimismo antropológico si pienso que, si un hombre educado por un padre ausente, en una fase muy ruda del patriarcado, quiere cambiar pañales con 70 años, no está todo perdido. 

Hay una anécdota crucial en mi infancia que me pregunto cómo no supe antes, que propició el nacimiento de Telmo y la llegada de los pañales a la parte masculina de mi familia: Un día, caminando con mi madre por la calle, con la edad que tiene mi hijo ahora, me detuve frente a una juguetería y le señalé con mucho deseo el juguete que más quería, que era una cocinita. Mi madre, que fue una mujer que rompió unos cuantos moldes de su generación, que tuvo que luchar contra muchos techos de cristal —y rompió varios de ellos—, como no era inmune a su tiempo —como nadie lo es—, a pesar de no ser una mujer convencional, me disuadió y me convenció de coger otra cosa presuntamente más adecuada para un varoncito. Eso hice, y continué con mi infancia de mierda hasta que lo olvidé. Cuarenta años después, mi padre me cuenta esto y también que mi madre le dijo que temía haber cometido un terrible error. Se quedó obsesionada con ese recuerdo, pero nunca me lo dijo, ni siquiera a modo gracioso. Mi madre se murió sin contarme esto. Cuando mi hijo cumplió dos años, mi padre le y me regaló una cocinita que es el objeto más importante que hay ahora entre los varones de mi familia.

 

Ya no son sustantivos en cadena, algunos
adjetivos sensoriales, adverbios como brújulas.
Hablamos de otro asunto, damas y caballeros de la
Real Academia del Asombro. Ahora tiene sintaxis.
La red que mide el mar. El molde de sus puzles.
El tablero que acoge cada pieza. Se acabó el balbuceo:
en su discurso no hay bebé que valga.
¿No es una maravilla? Queda todo el infierno
por decir.

 

Es un libro breve, pero que toca muchos palos. Uno de los temas que toca es cómo cae como una bomba sobre la pareja una criatura.

Absolutamente: se te caen ciertos tópicos y se erigen unas perplejidades con respecto a tu propio comportamiento. Si te interesa el psicoanálisis, una típica presión masculina es pensar que el padre es alguien que se interpone fatalmente en el vínculo entre el hijo varón y la madre. A mí me aterraba esa narrativa, pero pensaba que era un destino fatal del que no podía escapar. Para mi sorpresa, disfruto muchísimo con la lactancia de mi hijo, siento que es la lactancia que yo no he tenido y no solo no siento que interrumpa, sino que siento gratitud cuando veo a mi hijo mamar. Creí que iba a sentir que invadía nuestra cama y ahora me da pena pensar que se vaya de nuestro dormitorio. Y pensé, también, que iba a interrumpir una vida de pareja muy plena, pero no esperaba que, en los escasos momentos en los que te quedas a solas y el varón que yo era creía que, por fin, para recuperar el bastión, yo soy el primero que no puede dejar de hablar del niño. Yo soy el que no sabe qué hacer con esa intimidad conyugal. Yo soy el que, cuando se queda a solas por la noche y se pone a escribir una importante novela, enciendo la cámara y me pongo a ver a mi hijo dormir. ¿Pero no eran estos momentos los que iba a recuperar? Yo me quedo fascinado intentando entender quién es ese niño al que llamo hijo. Nadie me dijo que me iba a pasar esto.

Si nos quedamos apegados a esta fascinación, la maquinaria productiva se resiente. Todo conspira para que esto, si dura demasiado, no sea adecuado. Escucho mucho los debates entre las amigas de nuestra generación y sus madres con respecto a la lactancia, por ejemplo. Las abuelas del feminismo de aquella ola dicen a sus hijas que, con todo lo que lucharon por emanciparnos de la esclavitud de la maternidad y vosotras ahora, estáis con la teta afuera todo el día, autoalienadas, renunciando a muchas de las cosas que nos costó mucho conseguir, y encima, señalándonos con el dedo y culpándonos porque nosotras no lo hicimos. Cuanto más espacio ocupa el feminismo, más normal es que se generen discrepancias en el movimiento. Habrá contradicciones políticas y luchas internas, como cualquier condición humana: solo faltaría ahora pedir la perfección y la coherencia cuando no existió nunca en ningún movimiento. Esto no lo invalida: lo certifica como movimiento político y humano. Asisto con mucho interés a estos debates sobre las complejidades y contradicciones de querer quedarnos a vivir lo más posible en esta experiencia tan intensa, pero creo que también el lugar y la experiencia histórica de los padres y las madres es muy diferente.

Siento que hay una tarea importante, sumamente colectiva, que es crear referentes de voz del paternar.

¿Cuál es el mandato histórico de la mayoría de las mujeres respecto a la maternidad? Primero, deber ser madre y después, serlo de una determinada manera para no convertirte en una mala madre. Te tiene que encantar, tienes que estar preparada y saber hacerlo. ¿Cuál es el mandato que recibimos los varones? Que nos digan que no vas a saber ni vas a poder, que no sueñes ni por un momento que entenderás lo que es un bebé. En el mejor de los casos, se te pide que no molestes demasiado y, cuando te llegue el turno, ya veas lo que puedes hacer. Más allá del límite de nuestro cuerpo, hay un equipamiento cultural que se asegura de que, o no llegues, o llegues tarde, o te dé pánico llegar. Yo tenía miedo de ser padre: es alucinante el miedo que me daba esto que ahora gozo tanto. Estaba muy influido por el imaginario de paternidades tóxicas o truncadas.

Agradezco que muchas compañeras mías, escritoras, se hayan puesto a pensar en el lado siniestro de la maternidad, en la resistencia frente a la maternidad. Como a nosotros nos han educado en otros discursos, a mí me hubiera venido genial que me contaran que ser padre es, además de extenuante, divertido, emocionante… Cuánto temor innecesario, cuánto retorcimiento a la hora de acercarme a ser padre, cuánta energía perdida.

En diciembre de 2022, en pleno mundial de fútbol, yo estaba en Argentina. Justo la noche en que Argentina pasó a la final en un partido caliente  —esa victoria se convirtió en un asunto nacional—. En ese clima de desquite nacional, quedé a cenar con unos amigos en una terraza. Estábamos rodeados de tambores, cánticos, camisetas… Los tres hombres éramos padres de tres criaturas pequeñas y muy futboleros. Los mensajes previos anunciaban que no hablaríamos de otra cosa que del partido. Nos juntamos con la certeza macha de que cada uno iba a dar su opinión sobre las jugadas. Tres o cuatro horas después, cuando pedimos la cuenta, fuimos conscientes de que llevábamos todo ese rato hablando de nuestros hijos, de nuestras parejas, de cómo hacer para escribir criando, de cómo conciliar… de todo eso de lo que nuestras compañeras llevan tanto tiempo hablando. No se nos había ocurrido hablar del partido, siendo que los tres éramos futboleros. Nos miramos con gratitud y emoción, nos abrazamos como si hubiéramos asistido a un ritual de algo y, hasta el día de hoy, con Hernán y Damián, nos mandamos mensajes recordando esta cena en la que aprendimos que, si el mundial de Messi estaba históricamente demorado, mucho más larga era la espera de esos varones teniendo ese tipo de conversaciones.

 

 

andrés neuman

Las emociones de un padre ante la iniciación verbal de su hijo impulsan este libro repleto de hallazgos. Sus páginas exploran el enigma de los aprendizajes esenciales que jamás recordaremos: empezar a caminar, hablar, formar la identidad y organizar nuestra memoria. Construyendo un luminoso relato lírico, su voz rinde tributo a la primera infancia y a la lengua misma, fruto de un raro equilibrio entre enamoramiento y reflexión.

Pequeño hablante pertenece a un género de literatura amorosa poco frecuente: la que un padre asombrado escribe para su hijo. Profundizando en el camino abierto por Umbilical, Neuman recrea con delicado humor los vértigos del tiempo, los vínculos entre generaciones o los conflictos íntimos, dialogando con las actuales transformaciones en los roles familiares y en nuestra sensibilidad cotidiana.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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