© José González

MARÍA SÁNCHEZ SOBRE “FUEGO LA SED”

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Uno de los poemarios que nos acompaña desde hace algunas semanas es Fuego la sed, de María Sánchez (Córdoba, 1989), editado por La Bella Varsovia. No hay manera de no volver a él: ha encontrado un lugar en la mesa, entre la chimenea y el sofá, y no se mueve de ahí. Las manos lo acunan, los ojos lo revisitan, la memoria lo lee. Con la nostalgia de haber bebido de esa agua que ahora no abunda y de haber estado al calor de ese fuego.

Hace pocas semanas, también, Recibí la maravillosa newsletter semanal de Anagrama, una de nuestras favoritas. Y era María la que escribía sobre su poemario. Pensaba en entrevistarla, en hacerle preguntas sobre su libro, en escribir sobre él. Pero pensé que, en ningún caso, podría escribir algo mejor que lo que María ya había escrito sobre las circunstancias y motivos que la llevaron a este libro. Por eso, decidí pedir permiso a Anagrama —y a través de Anagrama, a María—, para publicar esta carta suya (¡gracias!):

No podría definir el momento exacto en el que comenzó a latir Fuego la sed. Si hoy echo la vista atrás, me doy cuenta de que he crecido siempre acompañada por la incertidumbre y la preocupación por la falta de lluvia. Siempre ha estado ahí, colándose en las conversaciones y en el día a día de mi familia, como un ruido blanco. Quizás lo curioso es cómo fue tomando forma a través de ciertos momentos o rituales que me empujaron, por así decirlo, a convertir esas circunstancias y sentires en libro.

Uno de ellos: la costumbre en mi familia paterna de anotar a mano los litros que han caído el día anterior, y de guardar el registro. Primero en cuartillas preparadas para esta tarea, con anotaciones a mano de mi abuelo, y luego en hojas sueltas y libretas de toda clase, por mi padre y por mi tío. Ahora soy yo la que empieza un cuaderno de lluvias lejos de casa. Las hojas de mi familia se encuentran en una mesa vieja y llena de polvo, en el campo, junto a la figura de una virgen. En el mismo lugar en que escribimos esa agua que tanto esperamos, ahí está ella, con las manos en el pecho, sin corona ni puñales, invocando la tormenta, guardiana de veneros y charcas. La convertí también en una especie de amuleto para este librito, quise darle la vuelta al ritual. De la misma manera que hay conjuros contra las tormentas, me gusta pensar que dentro de ella se podría encontrar una canción para amasar un rayo, para hinchar una nube, para preparar musgo y piedras al verdor, para que viniera el agua y lloviera, lloviera bien.

 

maría sánchez

 

Hace unos veranos fotocopié algunos de los registros para tenerlos cerca. El año en el que nací, por ejemplo, mi abuelo escribió que se pudieron segar dos vegas. Con el transcurso de los años hay menos anotaciones, ya no revienta el venero y también comienzan las ausencias, ya no se trabaja la tierra y los animales; también las personas­ comienzan a marcharse. Igual de ahí venga una de sus razones, de querer hacer memoria del agua. Puede que señalar las ausencias o los cambios y desapariciones de cauces y arroyos sea una forma de protegerme contra el olvido, pero también de recordar mi parentesco con la tierra que me vio crecer, y de aprender a convivir con el dolor de decir adiós a esos paisajes que tanto amé y que ya no son, o se han convertido en otra cosa por el cambio climático. Quería que este libro, en cierta forma, fuera un aprendizaje —también una reconciliación—, una manera de quererlos con otras formas y afectos.

Otros momentos, como las conversaciones con mi tío Juan, contándome uno a uno los árboles —que conocemos, sabemos del lugar exacto, que cobijan, que señalan, como alcornoques y encinas— que han muerto por la sequía. O el día en el que hablamos por teléfono y su voz se quebraba por el llanto: había tenido que decir adiós a sus veinte vacas —cada una con nombre, con sus manías y pasiones— porque ya no podían comer ni beber del campo. O la imagen de mi padre, con la que arranca el libro, en esa ribera que ves en la foto donde tantas veces me reí y me bañé, y en la que me calmaba la sed en uno de sus veneros con un recipiente de corcho, haciendo huecos en el barro con una azada en busca de agua para que los pájaros pudiesen beber en una primavera de estos últimos años.

 

maría sánchez

Ya en Cuaderno de campo hay algún poema donde son los animales los que toman la palabra. En este libro quise que tuviesen más espacio, y que no solo hablasen ellos, también los árboles, la misma tierra, el agua que ya no está. Quería probar a romper las jerarquías y los lugares desde donde se escribe. Que cuestionasen los relatos, los sistemas productivos, las enseñanzas desde la academia, la manera en que nos hemos relacionado con ellos y con el territorio, pero que también fuesen portadores de gestos. Quise imaginar cómo nos veían todas esas criaturas que también fueron familia, y cómo serían para ellos —desde el amor hasta el maltrato, la despedida, la muerte y el saqueo— nuestras acciones.

 

maría sánchez

 

Un atisbo a las influencias de María Sánchez

Tuve que irme lejos —a otros nortes, lejos de mi sur— para poder escribir sobre él.

Es curioso. Fuego la sed habla de un lugar muy concreto, pero tuve que irme lejos —a otros nortes, lejos de mi sur— para poder escribir sobre él. Este libro se pensó y se trabajó en dos residencias literarias. Si hoy es posible es gracias a ese tiempo de pausa, fuera de mi trabajo como veterinaria. La primera, en Villa Waldberta, en un otoño alemán a orillas del Starberger See, el lago que aparece en la primera página de La tierra baldía de T.S. Eliot. También desde mi ventana podía ver la casa donde nació el escritor Oskar Maria Graf. Ese otoño releí mucho a Paul Celan, Bertolt Brecht —la ciudad donde nació, a una hora de distancia— y Piotr Kropotkin, pero también a Lynn Margulis, Silvia Rivera Cusicanqui y Maria Gabriela Llansol.

La segunda, cerca de donde vivo ahora, tuvo lugar en dos etapas, la primera en el Pazo de Tor y la segunda en la montaña del Courel, en la casa de uno de mis poetas favoritos, Uxío Novoneyra. Fue en su mesa —allí él escribía y leía— donde pude terminar la primera versión.

 

maría sánchez

«Ya no llueve como antiguamente, ay si los antiguos vieran esto…»

Entre los poemas florecen —pero también se esconden— hechos históricos, investigaciones científicas relacionadas con el cambio climático y la sequía, remedios, saberes, amuletos, estampas, ceremonias, comportamientos de animales y de plantas, y letanías que he ido escuchando desde pequeña. Entre ellas, algo que se dice más en mi familia y en mi pueblo: «Ya no llueve como antiguamente, ay si los antiguos vieran esto…». También algunas referencias visuales como este cuadro —probablemente de Anna Barbara Giezendanner— que retrata a varias personas compartiendo hierba con sus vacas, debido a la hambruna de 1816 y 1817 en Suiza:

maría sánchez
O estos preciosos Animales bajo el cielo de Antoine Vérard:

maría sánchez

El momento en el que una flor florece

Me disgustan los discursos y relatos que riñen, que culpabilizan, que aleccionan. No quería hacer un libro que solo fuera oscuro, que no pudiera brotar más allá del colapso. Quizás por eso quise jugar con los estigmas de algunas santas e imaginar que esas flores que brotan de la piel también nos enseñan que siempre habrá luz para una semilla y que nosotros, y las palabras —¿por qué no? —, podemos echar raíces en cualquier parte. De ahí las manos de Santa Margarita de Hungría con sus azucenas para la cubierta. Ahora entiendo por qué no dejé de escuchar estos años, en bucle, esta canción japonesa que me parece un poema precioso acerca del momento en el que una flor florece, y también por fin alcanza la palabra, y habla.

 

 

Sobre María Sánchez

María Sánchez es veterinaria y trabaja con razas autóctonas en peligro de extinción, defendiendo otras formas de producción y de relación con la tierra como la agroecología, el pastoreo y la ganadería extensiva. Colabora habitualmente en radio, medios sobre literatura, feminismo, ganadería extensiva y cultura y medio rural. Coordina el proyecto Las entrañas del texto, desde el que invita a reflexionar sobre el proceso de creación, y Almáciga, un semillero abierto y colectivo de palabras de nuestros medios rurales de las diferentes lenguas de nuestro territorio. Sus poemas han sido traducidos al alemán, portugués, inglés, francés, rumano, eslovaco, italiano y polaco.

Ha obtenido los premios Orgullo Rural del patronato de la Fundación de Estudios Rurales «por ser un puente de divulgación del mundo rural», Premio Nacional de Juventud de Cultura del Instituto de la Juventud de España (INJUVE) por haber contribuido con su poesía «a visibilizar con carácter modélico e innovador la necesidad de mantener la vida en el campo»; premio FADEMUR 2019 de Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (FADEMUR) por su lucha por las mujeres rurales; Córdoba en Igualdad 2020 en la categoría arte y cultura de la Diputación de Córdoba; Premio Artes y Letras 2021 de la Fundación Princesa de Girona por su labor como poeta, escritora y activista en defensa de la cultura rural, y especialmente del papel olvidado de las mujeres en el campo; el Premio M de memoria 2021 de Comer y La Vanguardia, la Medalla de Andalucía 2023 al Mérito Medioambiental. En 2024, ha sido la ganadora del Premio Internacional Afundación de Periodismo Julio Camba en su edición XLIV.

Ha disfrutado de las residencias literarias de Villa Waldberta (Múnich, Alemania, 2021) y Escrita no remoto (Pazo de Tor y Fundación Uxío Novoneyra, 2023).

Fuego la sed (La Bella Varsovia, 2024) es su último libro publicado.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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