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MARÍA HERREROS DIBUJA LA HISTORIA DE UN BARBERO EN LA GUERRA

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En ocasiones, es inevitable que te vuelvan los asuntos pendientes. En ocasiones, aunque no tengas especial interés en algo, aunque de hecho repudies ciertos temas, es posible que se te pongan delante y no puedas evitarlos. Uno de esos temas a los que doy la espalda en sus versiones literaria, artística o cinematográfica suele ser la Guerra Civil española. Pero era inevitable acercarse esta vez: la propuesta partía de la ilustradora María Herreros (Valencia, 1983) y es una novela gráfica basada en un diario que su abuelo escribió contando sus experiencias y anhelos durante el periodo de guerra. Su nombre: Un barbero en la guerra (Lumen, 2024).

Dos semanas antes se me cruzó en el camino Mañana tal vez el futuro. Escritoras y outsiders en la Guerra Civil española (Taurus, 2024), escrito por Sarah Watling y que sigue las andanzas de un puñado de extraordinarias figuras extranjeras, esencialmente mujeres, decididas a vivir con valor y convicción. Un libro que, como Un barbero en la guerra, pone el foco en las historias personales detrás de las épicas bélicas que han impregnado la narrativa tradicional sobre la Guerra Civil.

Mi primer acercamiento a la obra de María Herreros fue a través de Historia de una niña con pánico a ser mujer, una historia muy personal, diarística, con la que me sentí fuertemente identificada: es el perfecto retrato generacional de las nacidas a principios de los años ochenta. De la misma manera, Domingo Evangelio Guaita, el abuelo de María, podría ser mi abuelo o el tuyo: el abuelo de esa generación. Un hombre sencillo cuya ilusión era disfrutar de las fiestas de su pueblo, y cuyos planes, como los de tantos otros, se vieron truncados por el estallido de una guerra inexplicable.

La madre de María descubrió, tras la muerte de su abuelo, un diario en el que Domingo cuenta la «Historia de la guerra y después de la guerra. Conforme había pasado». Domingo ingresó en el servicio militar con 18 años, en 1945. En el verano de 1936, pidió un permiso para ir a su pueblo en fiestas, en agosto y pedir matrimonio a su novia, pero nunca lo pudo disfrutar: el 18 de julio estalló la guerra. Lo que siguen son páginas que relatan episodios dramáticos de sus vivencias intercaladas con entrañables recuerdos de la infancia de María junto a su abuelo.

A María, la nieta de Domingo, licenciada en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia, se la menciona en el catálogo Taschen de 2019  como una de las cien ilustradoras más influyentes del mundo. Autora de Marilyn tenía once dedos en los pies (2016), la biografía ilustrada Georgia O’Keeffe (2021), entre otros libros, ha ilustrado Nosotras. Historias de mujeres y algo más, de Rosa Montero (2018), y Mi vida es un poema, de Javier García (2018), y ha sido incluida en las antologías de Taschen Illustration Now! 5 (2014) y The Illustrator. 100 Best from Around the World (2019). Además de todo esto, María es madre de dos criaturas de seis y dos años. Con ella hablamos sobre su trabajo, su maternidad, su activismo y sus recuerdos.

¿Cómo era tu trabajo antes de ser madre? ¿Y después? ¿Sufrió cambios significativos?

Mi obra y la manera en la que la genero no cambió. Sí cambió mi rutina de trabajo y una obligación de disciplina que antes no tenía. Cuando tienes hijos, tu tiempo es muy limitado, así que tuve que cambiar la manera en la que producía. La estética, el estilo y los temas de mi obra no cambiaron, pero sí me di cuenta de que, al ser madre, se multiplicó mi empatía y descubrí el amor universal. Sabes cómo se puede amar a un desconocido porque ves el niño en esa persona. Dejas de creer en la maldad y crees en cosas que le han pasado a la gente. Ya has conocido lo puro que es un niño y piensas, cuando ves a alguien haciendo algo tóxico o que no aporta que, en algún momento, algo se torció. Y sabes que todavía tiene que estar ahí la parte salvable. Es lo que aportó la maternidad a mi trabajo.

Supe pintar niños, algo que no hacía anteriormente. Descubrí lo extenso del mundo interior de los niños. Recuerdo cuando nació mi primer hijo: había mucha frustración en mí, pensaba que en esa fase tan primitiva no sabría comunicarme con él. Y me di cuenta de que, en verdad, sí sabía, pero como solo me había relacionado con adultos, no lo imaginaba. Ahora, los niños están muy aislados, solo se ocupan de ellos sus padres. Creo que mi primer hijo fue el primer bebé que toqué en mi vida, ¡esto es muy fuerte!

¿Qué es, para ti, lo mejor y lo peor de la maternidad?

Ya sé que es un cliché, pero lo mejor de la maternidad es que te expande el corazón y que te permite tener empatía por todos los seres humanos. A mí me ha descubierto el concepto de amor universal, me he atrevido a ser más vulnerable. Lo peor, es la pérdida de autonomía. Mis hijos están obsesionados conmigo —y a mí, en el fondo, me encanta—, hay veces que no puedo ni andar. Llevo muy mal la desigualdad entre madres y padres, hasta cuando los padres no tienen la culpa.

Mi situación no es perfecta, pero sí privilegiada. En mi pareja hablamos todo y no solo eso: lo revisitamos todo. Mi novio no solo está dispuesto a que todo sea igualitario, sino que, además, si algo no lo está siendo y yo lo observo, él no lo pone en duda. No todo es perfecto, pero nunca he tenido que insistir de más en ese sentido.

 

maría herreros un barbero
Interior de “Un barbero en la guerra”

 

Un barbero en la guerra comienza con una anécdota. Era verano en Víllora, un pueblo de Cuenca, en 1990. Cuando a María le preguntó una vecina quién era y ella le contestó que era «de la María Jesús de Domingo», la vecina abrió los ojos mucho y comenzó a gritar «¡Los rojos!». Algo que, quizá, una niña de tu edad no entendía.

Es surrealista, para una niña de ocho años, que le griten “¡roja!”, y que ese sea su primer acercamiento a la política. En ese momento, no teníamos ni idea de lo que significaba. Es un choque generacional tremendo: en los años noventa, ser roja, para mí, era el rojo de los Power Rangers, de los Osos Amorosos o de Mi Pequeño Pony. Quería contar esta anécdota para que se viese cómo van permeando las cosas. Como sociedad, todos los españoles tenemos cosas en común y, al final, somos muchas personas formando un país, un organismo vivo, un colectivo. Los traumas son intergeneracionales y esto nos afecta a todos, sin importar los bandos. A la gente a pie de calle le tocó un bando u otro, cayeron en un sitio o en otro. Lo que me gusta mucho del diario de mi abuelo es que él, al final del mismo, señaló que había dejado de escribir ciertas cosas para no aumentar los rencores. Mi abuelo escribió su diario sin rencores y sin culpas, entendiendo las situaciones extremas que vivieron todos y entendiendo, claramente, que los bandos fueron muy abstractos. El verdadero culpable no era tu vecino, que estaba en el otro bando, sino gente poderosa con intereses que involucró a una sociedad en una pelea sin bandos reales, en conflictos que hubieran podido resolverse de otra manera.

¿Qué supuso para ti recibir el diario de tu abuelo?

Encontrar este diario, para mí, fue un choque muy fuerte. Cuando mi madre lo encontró y me lo dio, mi abuelo ya había muerto. Para ti, tu abuelo es un señor mayor al que tienes mucho cariño, que pertenece a una generación muy diferente a la tuya, con su boina y su garrote. De repente, leer el diario de un chaval de 19 años me permitió completar todas las piezas y tener la oportunidad de saber quién era realmente mi abuelo. Todo lo que él quería era ir al pueblo, bailar pasodobles con su novia; se lamentaba de no poder disfrutar de las fiestas de su pueblo, sentía que le habían parado la vida de manera inútil. Mi abuelo no habla de épicas de la guerra ni de batallas, para nada: este diario es una oda a la vida sencilla. Pensaba en las cosechas que se estaban perdiendo, en las mulas que murieron, en esa gallina a la que pusieron nombre… ¡Es tan tierno!

También es una oda a la amistad: es entrañable leer sobre los vínculos entre esos soldados jóvenes, las amistades que forjaban, cómo se cuidaban entre ellos.

Tenemos el privilegio de no haber vivido una guerra, al menos no de manera política, aunque luego tengamos nuestras batallas personales. En esas situaciones de supervivencia, los vínculos que se creaban eran muy intensos. Cuando miro esas fotos suyas, de un chaval de apenas veinte años, hago el esfuerzo de ver a mi abuelo y de reconocer su mirada.

 

maría herreros un barbero
Interior de “Un barbero en la guerra”

 

Además de la historia entrañable de tu abuelo, de su profesión “titular” de barbero, puede decirse, también, que Domingo era escritor. El diario tiene mucha calidad narrativa.

No sabes qué gusto le habría dado saber esto. Él no tuvo acceso a la educación o a la cultura. En el pueblo, en esos tiempos, ibas al colegio los días que podías, porque otros días tenías que ir a labrar. Mi abuelo tenía mucha ansia por el conocimiento: hemos encontrado montañas ingentes de papeles, de apuntes de cosas que le interesaban. Armó el diario años después de la guerra con los apuntes que había podido guardar y sus recuerdos. Cuando me puse a comprobar recorridos, pueblos, coroneles… todo coincidía. Pensé que tendría recuerdos vagos, pero no.

Lo he pasado mal haciendo este libro, la verdad. Entiendo el dolor y el no querer acercarse a estos temas. Cuando era pequeña y soplaba las velas de la tarta de cumpleaños, el deseo que pedía era no ver una guerra. De hecho, tardé muchos años en hacer este libro: sabía que iba a acabar haciéndolo, pero a mí me cuesta mucho abordar un tema como la violencia. No es que no entienda por qué se ejerce: es que no lo quiero aceptar. La primera vez que abrí el diario y leí la primera agresión sexual, lo cerré y tardé meses en volver a él. Después, cuando empecé a leer y descubrí todo lo que hemos hablado antes —la amistad, la vida sencilla que anhelaba, el campo, la visión bonita del mundo de un barbero—, me reconcilié con el diario. Lo pasé mal por las violencias que se relatan.

Otra cosa que hizo que me decidiese a sacarlo fue que, hasta ahora, las narrativas sobre la guerra han sido firmadas por hombres, hechas desde la épica y la grandeza, casi como un género de entretenimiento. No se puede banalizar esto, es un horror. Quise enseñar las vidas pequeñas de la gente, rotas por la guerra. Quise mostrar a personas con ambiciones, con ilusiones, con anhelos de tranquilidad y paz. No quería enseñar grandezas, ni batallas, ni cosas bélicas icónicas. El rechazo a la Guerra Civil deriva también de ese tratamiento de los hechos, de no haber contado cómo fue la guerra para la gente de a pie.

 

maría herreros un barbero

Mi abuelo tenía diecinueve años cuando estalló la Guerra Civil. Se encontraba haciendo el servicio militar y le faltaban unas pocas semanas para regresar al pueblo y casarse con su novia, pero en su lugar, tuvo que marchar al frente y luchar con el bando republicano. Yo siempre me había hecho la pregunta de por qué era tan reservado. Hasta que un día encontré una caja: en ella guardaba el diario de su paso por la guerra, donde contaba sus vivencias como miembro de un ejército formado por cientos de adolescentes que tuvieron que enfrentarse a las experiencias más aterradoras. También describía las escenas de compañerismo y la vida de campaña: comer ratones, afeitar a los compañeros, cuidar de las gallinas Libertad y Pasionaria, celebrar bailes al llegar a los pueblos y escribir cartas de amor a Rosa, mi abuela.

Él siempre me cantaba María de la O y todavía hoy, al recordar la letra, oigo su débil voz, una voz que no quisiera que se perdiera en el olvido.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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