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NOELIA ADÁNEZ: “SIEMPRE HA HABIDO CONFLICTOS DENTRO DE LOS FEMINISMOS”

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Noelia Adánez (Madrid, 1973) es Doctora en Ciencias Políticas y Sociología por la UCM y MBA en Gestión de Instituciones y Empresas Culturales por la Universidad de Salamanca. Fue durante catorce años docente e investigadora en centros de enseñanza superior (Universidad Complutense de Madrid y Universidad Autónoma de Madrid) en los ámbitos de la historia intelectual y cultural, la memoria histórica y la teoría política desde una perspectiva feminista y de género. Comunicadora y divulgadora radiofónica, ha publicado recientemente Parentesco animal (Galaxia Gutenberg, 2023), un ensayo que es una pregunta abierta —¿es posible vivir una vida feminista para las mujeres que escriben, que leen, que crean?— y una invitación a abrazar todas las contradicciones que implica el deseo de deshacerse de las estructuras patriarcales. Desde 2016 trabaja como comunicadora y divulgadora en radio (Onda Cero) y en talleres sobre epistemología, crítica y narrativas feministas, y es madre de un hijo de 17 años.

Haciendo hincapié en las vidas y obras de dos autoras de la segunda ola feminista tan influyentes y complejas como Doris Lessing y Kate Millet, Adánez no solo hace un repaso histórico a sus aportaciones a la lucha y a los pensamientos feministas —también en qué condiciones y contexto desarrollan sus trabajos—, sino que se rodea de sus cómplices —Verity Bargate o Penelope Mortiner, entre otras— para ofrecer un panorama rico en visiones y reflexionar sobre cómo, en muchas ocasiones, volvemos a batallar desde puntos distantes en el tiempo, pero no en el fondo ni en la forma. Presenta este texto Adánez remitiéndose a «Parentesco animal con lo imaginario», un texto de la poeta argentina Olga Orozco que versa: «¿qué oculto en mí, como no sea una maraña de sombras y esa legión orgánica y sin rostro que oficina en mis entrañas?». Y es que las mujeres, cuenta, hemos sido implacables con nosotras mismas, pero también grandes ocultadoras «en la búsqueda de una identidad que casi nunca encajaba con el molde». De ahí nacen los prejuicios, los estigmas y las incomodidades.

Elige la autora componer este ensayo profundizando en dos intelectuales ciertamente incómodas para el feminismo: la Premio Nobel de Literatura Doris Lessing, autora de El cuaderno dorado (publicado en 1962) o El quinto hijo (1988), y la también escritora y activista Kate Millett, autora de Política sexual (1970) o Viaje al manicomio (1990). Ellas han sido la coartada perfecta para hablar de temas que preocupan a los feminismos como la maternidad, la política, el activismo o la creación. Con ella charlamos sobre estos temas.

¿Qué es, para ti, lo mejor y lo peor de la maternidad?

No me lo había planteado. Estoy en un momento en el que, a lo mejor, me toca empezar a hacer ese balance, porque va a haber un día, dentro de no tanto, en que mi hijo se marche. Y no es que yo vaya a dejar de ser madre, pero creo que seré otra madre diferente. Recuerdo los primeros años de la crianza como un verdadero infierno: tuve un solo hijo, con poca ayuda por parte de mi pareja que, en esos momentos, pasaba mucho tiempo fuera de España debido a su trabajo. Mi hijo llegó en un momento de reubicación mía profesional. Trabajaba en la universidad, salí de mala manera de la Complutense para irme a la Autónoma, comenzó la crisis, empezaron a amortizar plazas… Pasé una temporada de gran angustia laboral, de incertidumbre sobre mi futuro profesional y sola en casa con un niño pequeño. Recuerdo esos años como muy duros y, al mismo tiempo, de una emoción descontrolada: estuve muy enamorada de mi hijo, lo crie con mucho apego —durmió conmigo, tuvo una lactancia muy larga—, estábamos muy presentes el uno en la vida de la otra. Hay una ambivalencia que, diría, por las conversaciones que he tenido con otras mujeres, que es muy común. Quizá lo peor sería esa ambivalencia y también cómo te culpas por no estar disfrutándolo lo suficiente cuando ahora, con la perspectiva de los años, creo que demasiado disfruté para la situación que yo tenía de tanta soledad y tanta angustia con mi trabajo.

Lo mejor es verlos crecer: el acompañamiento en la vida cuando son un poco más mayores, cuando ya no es crianza y es otro maternaje diferente, es muy hermoso. Esa conexión de tanto amor con una persona que ves crecer y que, en una medida importante, evoluciona gracias a ti, que has estado soportando, sosteniendo, decidiendo… es una responsabilidad muy bonita. Me gusta mucho la maternidad. Ahora tengo amigas jóvenes a las que animo mucho: les digo que esto es todo bueno, que lo único es que van a estar muy cansadas —risas—. Pero sé que no.

¿Cómo era tu trabajo antes de ser madre? ¿Y después? ¿Sufrió cambios significativos?

Totalmente. Coincidió con esta época de salida de la universidad y de encontrarme en una España en crisis, sin trabajo y como sin identidad. Me había doctorado para quedarme en la universidad, mi trayectoria era la de una académica. No era solo perder un trabajo, sino una vida, con un niño muy pequeño. ¿Cuántos elementos de mi maternidad jugaron en mi contra en ese momento? Muchos. Estamos hablando de hace quince años, quizá no sea lo mismo que ahora, que sigue siendo terrible, pero en mi época era todavía peor. No se consideraba la conciliación ni yo tuve jamás ningún tipo de compensación en los trabajos por los que pasé.

En el prólogo, Edurne Portela plantea la intención de tu libro: ¿Has encontrado la respuesta a qué significa vivir una vida feminista?

Sí: aceptar las contradicciones. Los mandatos contra los que te rebelaste, los mandatos que asumiste, la bronca feminista, los contenciosos con la pareja, las concesiones que hiciste, cuando fuiste inflexible… hay que integrar todo eso en la vida.

La autopercepción de nosotras mismas como sujetos huidos de un destino que se nos intenta imponer. ¿No es esta la clave de la vida de las mujeres? ¿Seguimos huyendo o, de repente, es este un buen momento para ser mujeres?

No es un mal momento, yo también pienso eso. Diría que las mujeres somos bastante más libres ahora que en la época de Doris Lessing o Kate Millett, pero creo que el género nos sigue atravesando y, en la medida en que nos atraviesa el género, esos mandatos siguen presentes. Quizá sean otros o estén matizados, pero seguimos sintiendo, casi siempre, que hay una insatisfacción, una marea de fondo que los hombres no sienten. Sienten otras cosas, tienen otro tipo de conflictos, pero no estos.

 

[Las mujeres de la generación beat] estaban allí para cuidar de ellos. Eran compañeras en la exploración de una sexualidad distinta, del consumo de drogas, del viaje, de un mundo enteramente nuevo de sensaciones y experiencias, pero eran subalternas. Y lo eran de tal manera que ni siquiera se planteaban que lo eran; lo eran de forma «natural».

 

Pienso en estas mujeres “subalternas” de la Generación Beat, una generación que presumía de libertad, tolerancia y experimentación. Y creo que estamos en mejor situación ahora, pero me cuesta entender por qué realmente todavía no hemos conseguido lo que buscamos desde hace tantos años. ¿Va a ser ahora el momento?

No lo sé. Ahora mismo, el feminismo es una lluvia fina, que cala. Ha habido chaparrones: el Ministerio de Igualdad, por ejemplo, ha lanzado chaparrones. En algunos casos, con mayor nivel de acierto. En otros, con menos. La sociedad no se cambia con el BOE: ayuda, es un instrumento, pero así no se cambia la sociedad. Hay que ver si esta lluvia fina sigue calando, si puede introducir nuevas modificaciones en las relaciones sociales que están atravesadas o tienen que ver con el género, hay que ver si las mujeres vamos a ocupar espacios de libertad cada vez mayores, algunos que incluso ni imaginamos. Por traer a Millett, si vamos a seguir descolonizando nuestras mentes porque, muchas veces, somos nuestras peores enemigas porque estamos insertas en una estructura y en una forma de relación que nosotras incorporamos y hacemos también nuestra.

No sé lo que va a pasar, pero es un momento interesante. También estamos en un momento de ofensiva de la ultraderecha y de los machismos que también afectan a sectores muy amplios de la sociedad que no ven las cosas como las vemos nosotras. Hay una gran presencia de los feminismos en el debate público. Iremos viendo el balance de todo esto de aquí a un lustro, cuando se produzca, también, un recambio generacional. Veremos en qué queda este momento de tanta efervescencia.

Me encanta que hables de feminismos en plural. Si solo hablamos del feminismo como ente, es probable que no nos encontremos en ese espacio.

Hay una pluralidad y una diversidad muy grandes. Y confrontación ha habido siempre: esto es lo que mucha gente parece no entender. Siempre ha habido conflictos dentro de los feminismos. Incluso Millett, que es un icono feminista, sufre el rechazo de un sector muy importante en su época porque consideran que su manera de definirse como lesbiana la excluye del feminismo que ha militado. Esa bronca acompaña a los movimientos feministas y hace parte de nuestra genealogía, así que tampoco hay que tener miedo.

Es difícil comprender por qué ser lesbiana se consideraba excluyente.

Por el sujeto que eras, porque para ser feminista tenías que ser mujer-mujer y a una mujer-mujer, en la época, se le presuponía una orientación sexual heterosexual porque, además, eso era lo que te capacitaba como potencial madre. Si te fijas, no es muy diferente de lo que pasa ahora con las mujeres trans. No son mujeres-mujeres porque la biología, supuestamente, no las acompaña. En los debates en torno a Millett y las feministas lesbianas de finales de los 60, por ejemplo, Betty Friedan fue muy crítica con ellas y las llamó “la amenaza lavanda”. Ahora estamos hablando de “la amenaza arcoíris”, para que veas la recurrencia de determinados debates. El problema es que una lesbiana nunca iba a ser una mujer-mujer capaz de encarnar, digamos, el discurso feminista y de llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Iba a estar implicada, además, en relaciones con otras mujeres, y eso te sacaba del heteropatriarcado, te hacía ser un sujeto no apto como feminista. Ahora, estamos en lo mismo con las mujeres trans. Por eso digo que no debemos alarmarnos ni extrañarnos cuando hay conflicto, porque hay conflicto siempre, incluso por razones muy parecidas.

 

Hay separaciones que, aunque dolorosas, dan a quienes las viven una oportunidad de llevar una vida buena; así como hay madres cuya presencia destruye cualquier opción de bienestar para sus hijos. Presuponer que la presencia de una madre es condición indispensable para la vida de sus hijos tiene muchos riesgos; el primer y más evidente tiene que ver con la pregunta ¿qué significa estar presente?

 

Doris Lessing sigue causando fascinación por ser una mujer que, en su momento, dejó de ejercer su papel de madre en una familia con dos hijos en Sudáfrica para vivir en Reino Unido. ¿Crees que alguna vez perdonaremos a Lessing que se separase de sus hijos?

Necesitamos a las “malas madres” para nosotras presentarnos como buenas. En el caso de Doris Lessing, lo que me sorprendió, y no quise meter mucho el dedo en la llaga ahí, generalmente quienes le preguntaban por esta cuestión eran periodistas mujeres. Hay algo inconcebible en la separación de una madre de sus hijos, y necesitamos indagar en eso porque nosotras sentimos la separación de los hijos como una transgresión intolerable. ¿Se lo vamos a perdonar? Cuando concibamos la maternidad de otra manera, a lo mejor sí.

La maternidad está bien como está: hay suficientes puntos de vista acerca de cómo ejercer la maternidad para que, si quieres una maternidad con apego, puedas defenderla —otra cosa es que luego las condiciones materiales te lo permiten. Si quieres tener una maternidad un poco más airada, también te lo puedes permitir. En la época de Lessing solo había una forma de maternidad y su abandono se ha totemizado, se ha congelado en el tiempo. No se le va a perdonar porque se ha totemizado, no por el acto en sí. Se habla de abandono, aunque yo en el libro insisto en que es una separación: ella no deja a sus hijos tirados, no se los “coloca” a nadie. Ella se va de casa y cuando intenta retomar el contacto con ellos, pocas semanas después, el marido se lo niega. Lo que va habiendo es una brecha progresiva entre esa madre y sus hijos, ya que el padre le niega la posibilidad de volver a verlos casi dos años. Ella, más tarde, tiene otro hijo y esos hijos primeros no tienen encaje en esa otra vida.

Todas las madres, en algún momento, hemos querido dimitir de nuestros cargos. En el fondo, existe en nosotras esa fantasía de desaparecer. 

Si alguna vez no has fantaseado con ello, algo no va bien —risas—. Claramente, la maternidad es extenuante y tiene momentos de muchísima oscuridad.

En tu libro también hablas de lo fácil que resulta abandonarse a la maternidad. Es muy fácil ser solamente esa madre abnegada y que tiende a la perfección, olvidándose de sí misma para ejercer esta función con tantas cargas.

No hablamos de “abandonar” a los hijos, volviendo de nuevo al caso de Lessing, pero abandonarte a la maternidad es otro abandono mucho más frecuente y disponible. Es, también, como una derrota. No solo por la carga, es que casi, al final, es casi lo que te piden que hagas. El cansancio, la extenuación, esa oscuridad de la que hablamos parece que te absorbe y es muy fácil sentirse derrotada. También, en muchas ocasiones, hay algo de amor tóxico. Cuando son pequeños, los quieres tanto, tienes tanta devoción por ellos y sientes que te necesitan tanto que vas dejándote llevar y te abandonas.

Lo perverso del sistema es que crees que estás haciendo eso genial, pero luego nadie te va a reconocer ese trabajo.

Jamás. Y si te quiebras, nadie lo va a entender. No van a entender que el resultado de esa entrega, de ese trabajo —son dos cosas en paralelo— tenga como consecuencia que tú enfermes, que tengas un gran sufrimiento psíquico, que te encuentres sola, perdida, sin propósito… Por fortuna, cada vez hay mayor sensibilidad con esto, pero aun con todo, cuesta.

 

La histeria (…) fue el nombre que se le dio a aquellas actitudes y comportamientos que muchas mujeres mantuvieron contra imposiciones y restricciones de las que fueron víctimas por el hecho de ser mujeres y que resultaban insostenibles al alumbrar el nuevo siglo.

 

Hablando de Kate Millet y conectando con la idea de las sujetos huidos, es muy curioso ver cómo se sigue intentando luchar contra el feminismo desde la psiquiatría. 

Hay una ambivalencia muy fuerte en la relación entre psiquiatría y feminismo. Por un lado, el feminismo encontró en las narrativas terapéuticas un aliado, porque es verdad que las mujeres en espacios seguros hacían terapia cuando iban con planteamientos feministas, y sigue siendo así: hay un reconocimiento a la necesidad de emocionalizar las relaciones personales, de llevar lo personal al trabajo en el sentido de que la gente se haga cargo de que tú tienes una situación como madre, etc. Esa alianza existe, pero al mismo tiempo ha habido, por parte de la psiquiatría, una necesidad de marcar los límites, de qué es la normalidad y qué no. Vale que emocialicemos, pero siempre con límites. Y si transgredes la norma, hay un diagnóstico. A Millet se le impuso un diagnóstico, como ella decía, «como a un reo una condena». Con un diagnóstico psiquiátrico viene un estigma y si tú puedes atravesar el estigma, te va a condicionar y va a decir por ti qué eres tú el resto de tu vida. Serás una persona que fue psiquiatrizada, que está en tratamiento, que ha sido diagnosticada. Es terrible.

Antes estaba la Iglesia para marcar los límites de un comportamiento femenino tolerable y, en ese papel, la institución psiquiátrica y la medicina han venido a sustituirla.

«El legado efectivo del feminismo es la incomodidad». No he sentido la incomodidad en ningún punto de la lectura, ¿Qué he hecho mal?

Nada. Solo hay que tomar conciencia de los conceptos. A mí también me serena darme cuenta de las dudas que tengo. En las mujeres más jóvenes, quizá, hay una necesidad de autoafirmación, de claridad, de que las cosas se tienen que interpretar de una determinada manera conforme a un paradigma. Por edad, por mi propia trayectoria, porque mi feminismo no es tardío, por haberme criado en un entorno de izquierdas y con una madre bastante feminista para la época, como no tengo esa visión normativa de feminismo, sino más bien como una experiencia, una vivencia, un espacio de reflexión y también de conflicto. La conciencia de incomodidad te serena. No has hecho nada mal: será que tú también lo vives así.

 

noelia adánez

 

Parentesco animal nos invita a celebrar la incomodidad como forma de acercarnos al feminismo, es una inmersión en la vida y la literatura.

La autora analiza las condiciones en las que escriben dos grandes autoras durante la segunda ola feminista. Una conversación entre Doris Lessing y Kate Millett que hace emerger tanto preocupaciones comunes como formas contrapuestas de aproximarse a ellas, aportando así ideas muy atractivas sobre la escritura memorialística de las dos. Noelia plantea en este ensayo qué significa vivir una vida feminista, y abre ventanas y sugiere interpretaciones. Habla también de otras autoras que escriben al mismo tiempo que ellas y sobre las mismas preocupaciones como Penelope Mortimer, Verity Bargate o Mary Jane Ward. Tratan los temas de su época, a veces de manera contraria al feminismo, otras remando a favor: la maternidad, la psiquitarización y patologización de la rebeldía femenina, el sexo y el amor. Los corsés que imponen las estructuras patriarcales.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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