SILVIA HIDALGO: «HE QUERIDO CONSTRUIR EL DESEO DESDE DENTRO»

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Hay libros que empiezan como bengalas, que se encienden escandalosamente y cuyo fulgor y calor se mantienen un buen rato. Otros, se prenden a la mitad. Otros, tienen finales explosivos. Yo, mentira, la segunda novela de la escritora Silvia Hidalgo (Sevilla, 1978), empieza con un chispazo que tiene forma de dedicatoria: «A mi padre, que odiaría esta novela». 

Lo que continúa es una historia sin nombres propios, con etiquetas que definen identidades. Los primeros compases de la novela se sitúan en un coche, que tiene tanto de escenario como de personaje, que contiene pensamientos, que es sala de espera y es habitación propia.  La protagonista de esta mentira tan real está casada con un escritor (el Escritor), es madre de un niño y asegura que nunca se sintió más de verdad que cuando era cajera en un supermercado: «Yo me enamoré del Escritor cuando trabajaba de cajera. Me contrataron en un supermercado a media jornada mientras estudiaba en la universidad. Nunca he sido algo del todo, siempre he sido una cosa provisional a la espera de ser otra».

Este libro es un libro en primera persona del singular pero no puede ser más plural. Porque hay una protagonista con la que es más que fácil empatizar —»¿Y si llega un momento en que una es incapaz de dejar de ser aquello en lo que se ha convertido ni cinco minutos?»—. Porque no nos contaron en las pelis que vimos de pequeñas que es muy fácil ser solo una madre y dejar de ser una misma. Porque hay una masa de mujeres que solo se ven cuando miras detrás de sus bebés, de sus criaturas. Porque parece que a esas mujeres no les pasa nada, cuando les pasa de todo.

La cubierta abraza de forma muy oportuna lo que pasa dentro de este libro. Un color fucsia, que no es el color de la sangre, pero es el color del deseo. Una ilustración, un papel quemado, quizá del chispazo de lo que pasa dentro. Un libro sin nombres propios, con una protagonista a la que habrás visto por la calle y de la que pensarás que no le pasan cosas en la vida. Pero le pasan muchas. O que igual eres tú misma. «Para eso escribo, para compartir estas cosas y que nos sintamos menos solas», dice Silvia en nuestra entrevista. Charlamos con ella sobre maternidades (ella es madre de una niña de 10 años), sobre habitaciones propias, sobre la construcción del deseo y sobre literatura, entre otras cosas. Sobre esas cosas que son las nuestras.

¿Por qué tu padre odiaría esta novela?

Porque, a pesar de que de pequeña él quería que aprovechara la oportunidad que él no tuvo y que estudiara, me profesionalizara y fuera independiente, no contaba con que esta independencia conllevaría una transformación de mi rol en la sociedad muy alejado de su perspectiva para una mujer. Nos fueron separando cuestiones ideológicas y no entendería mi mirada sobre el mundo de esta novela, pero era mi padre y estaría orgulloso y feliz de que la dedicara. Mi padre falleció el año pasado.

¿Cómo era tu trabajo antes de ser madre? ¿Sufrió cambios tras el nacimiento de tu hija?

Yo, en realidad, me gano la vida como ingeniera informática. Tras ser madre, solicité una reducción de jornada y, más tarde, comencé a buscar puestos que se ajustaran mejor a mi nuevo ritmo de vida. Tomé la decisión de ser madre de una manera y me apetecía aprovechar y disfrutar de mi maternidad, no llegar a casa a diario a las 8 de la tarde y este tipo de cosas. He tenido el privilegio, por mi carrera, de disfrutar de un panorama laboral más abierto y he podido reconducir mi carrera para adecuarla a mi vida.

A nivel creativo, yo empecé a escribir más en serio cuando tuve a mi hija. Soy una persona muy sociable, me gusta mucho salir. Antes de ser madre, no tenía esa necesidad de contar historias a través del papel porque siempre estaba rodeada de gente, siempre en la calle… pero a raíz de mi maternidad y estar siempre acompañada de un bebé que no hablaba, a la que no podía contarle las cosas, sentí la necesidad de escribir más. De repente, todo el mundo hablaba, pero sobre el bebé. No tenía manera de comunicar mis cosas, se me iban acumulando y empecé a escribir, a construir historias y a terminarlas. Mi necesidad de escribir nació cuando nació mi hija.

Esta no es tu primera novela.

No: con anterioridad, escribí Dejarse flequillo (Amor de madre, 2016),  una novela con una protagonista joven, de 18 años, que se mueve en el mismo universo que Yo, mentira. Me gusta utilizar el sarcasmo y el humor para contar cosas duras. No me gusta refugiar a los personajes en grandes dramas, porque creo que ya la rutina y el día a día tienen bastante de drama si los vemos con una mirada más profunda. En este caso, la protagonista se encontraba con la problemática de una chica de 18 años que tiene que empezar a tomar decisiones, obligada por la sociedad. Con 18 años, ya parece que debes tener claro a qué vas a dedicar tu vida, si vas a tener pareja, lo que piensas respecto a tu orientación sexual, la maternidad… Sin quererlo, te conviertes en una adulta que sale al mundo y deberías tener claro cómo. Puse a esta joven en esa tesitura y salió este libro. La envié a editoriales independientes y fue editada por Amor de Madre. Fue una experiencia preciosa.

Al cabo de un par de años, escribí Yo, mentira. Al terminar, hice un poco el mismo proceso: pensar en qué catálogo me gustaría verla. Lo intenté y sucedió lo que buscaba: formar parte del catálogo de Tránsito.

Sol Salama, en Tránsito, está creando un catálogo muy coherente. Sabes qué vas a encontrar si eliges uno de sus libros. Y, aun así, sigue sorprendiendo.

Sol tiene un criterio muy claro: sabe lo que quiere, lo que no quiere y cuál es su único interés. Y de ahí sale un buen sello.

Volviendo a la maternidad, en tu libro se refleja que en la experiencia de ser madre, aun estando rodeada de gente, las mujeres solemos sentirnos muy solas, sobre todo, durante los primeros años de nuestras criaturas. Todo el mundo está a tu lado, pero el tema principal es tu hija.

Hay un punto de soledad, sobre todo si tu entorno cercano no está en ese momento teniendo hijos. Y, aunque lo esté, somos como pequeñas islas en el mismo mar. El primer proceso al ser madre es de cambio interno: tus intereses han cambiado, tú has cambiado. En el consciente no ha cambiado tanto, porque sigues siendo quien eres y te gusta lo que te gusta, pero tu subconsciente sí ha cambiado. Intentas seguir un ritmo, pero no eres la misma persona. Volver a reencontrarte con tu entorno, habiendo cambiado algo tan profundo de ti, es complicado. En ese proceso sí te sientes muy sola, es difícil verte acompañada porque tienes que volver a redescubrirte. Para mí al principio fue algo triste, pero también fue bonito verme en ese proceso de evolución. Te conviertes en algo más salvaje, conectas con tu parte más animal al ser madre. Y eso es precioso.

¿Cuánto hay de ti en este libro?

Hay mucho de mí. Todo lo que escrito, siempre que parto de una idea, parte de un sentimiento, de algo íntimo. Al ficcionarla, se adorna mucho porque la vida no es tan literaria nunca. Sí que tiene mucho de mí, de mi mirada, de mis experiencias y de las de todas las mujeres que me rodean. Esas masas anónimas, como «las madres del cole», «las de las clases de inglés», las vecinas… de todas estas masas que, en principio parecen las mismas, he sacado muchas cosas distintas que he puesto en el libro. ¿Y si cogemos a un elemento de esa masa y vemos qué le pasa por la cabeza? ¿Y si se sale un poquito del canon establecido? Todo el mundo se sale, aunque pensemos que no.

Hay un punto en la maternidad en el que tú pierdes tu nombre y te conviertes en «la madre de». Me llama mucho la atención el hecho de que hay muchas mujeres, muchas madres sobre todo, a las que parece que no les pasa nada interesante, pero les pasan un montón de cosas. En la novela hay una cosa tan bonita como peligrosa, que es la deriva de la pasión. El alto precio que pagas por no acallar tu deseo.

Ella va traicionando ciertas cosas: traiciona con la maternidad, traiciona a su marido… y yo he querido construir su deseo desde dentro. La mayoría de mujeres que tengo alrededor, cuando se van sintiendo mejor con su cuerpo, desarrollar una relación más sana con su sexualidad. Quería construir el deseo no visto hacia un oscuro objeto, sino desde el interior.

La infidelidad de la mujer casi siempre se ha tratado de la misma forma: desde el despecho o la insatisfacción. En los personajes masculinos suele ser algo más lúdico, caprichoso. Pero en las mujeres esta parte de qué haces cuando redescubres tu sexualidad y tu deseo y lo alimentas y te empiezas a perdonar el ser un ser que desea, ¿qué ocurre? Esto se puede desbordar. Traicionas tu papel y tienes doble culpa.

Podríamos decir que otro personaje en esta historia es el coche. Es un escenario de gran relevancia. ¿Qué entidad le das a este lugar, a este «coche propio»?

Hay momentos, cuando los niños son más pequeños, en el que parece que nos limitamos a ser chóferes de las actividades de nuestros hijos. Te conviertes en transportista. El momento de soledad que tienes, cuando vas de un lado a otro, es el que pasas en el coche. Ahí te permites pensar, es tu habitación propia. Siempre he tenido esta relación, por lo menos con el mío, marcada por el quedarme dentro cinco minutos más, a gusto, antes de entrar en la oficina si llego pronto, o llevar a una amiga a su casa y quedarnos una hora hablando dentro del coche, ya aparcado… Tengo una bonita relación con mi coche y me apetecía regalárselo a la protagonista de mi libro, que tuviera esta extraña habitación propia. Todo el mundo no tiene la oportunidad de tener una habitación propia en el ala oeste de tu casa y dedicarte a la creación, al pensamiento o a la meditación mientras cuidan de tus hijos…

¿Has escrito algo en el coche?

El proceso de escritura, para mí, no es solo escribir con el ordenador o en un cuaderno. Nace de ideas íntimas, de frases, de imágenes que hacen que el cerebro bulla y empieces a construir una historia en tu cabeza. Muchos trayectos en coche me han permitido dar vuelta a una idea, encontrar una frase de arranque o una frase final que te permitan seguir con la escritura en casa.

 

¿Por qué te recomendamos este libro?

Porque estamos inmersas en el momento de construcción de un mensaje: que el deseo que debe mandar es el nuestro, no el que despertemos en los demás. Las mujeres hemos vivido sometidas al deseo ajeno, al que no es el nuestro.  La construcción del deseo propio, su reconocimiento, es fundamental y muy necesario. Se necesita testimoniar para liberarnos de la eterna culpa. Y este libro es un gran testimonio sobre el deseo.

Porque Silvia es como Rigoberta Bandini: pone negro sobre blanco un montón de pensamientos que aletean dentro de nuestra cabeza, pero que no sabemos sacar fuera. Por lo menos, no de manera tan aguda como lo hacen ellas.

 

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YO, MENTIRA. SILVIA HIDALGO

La narradora de Yo, mentira es una mujer que ronda los cuarenta, está casada con «el Escritor», es madre de un niño pequeño y empleada en el departamento financiero de una empresa. Pero estas definiciones están vacías; ella no sabe quién es o, peor, si es alguien. Una vez se sintió auténtica, pero eso fue hace muchos años, cuando era cajera en un supermercado. En el presente, su sensación de desengaño y de vacío se han vuelto asfixiantes, y las dudas la persiguen del parque al coche, de la oficina a casa. La necesidad brutal de ser otra la lleva a romper su burbuja y estropearlo todo. Ya habrá tiempo después para recoger lo que se salve.

Narrada en una primera persona que destila honestidad, esta novela se adentra con perspicacia en los claroscuros de la intimidad de una mujer. Silvia Hidalgo abraza la ironía y el sarcasmo para interpelarnos  con frases directas y brillantes acerca del fracaso, el engaño, la pareja, el deseo y el cuerpo.

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