LO QUE HACES NO ES UNA MIERDA
Foto: Brett Sayles

LO QUE HACES NO ES UNA MIERDA. LO QUE HACES ES EXTRAORDINARIO

La realidad Maternidad Salud emocional

Lo que haces no es una mierda. Lo que haces es extraordinario. No sé si a te ha pasado alguna vez, pero a mí me ha pasado frecuentemente desde que soy madre. Y es que siento que he perdido el swing, que la magia de la vida ha desaparecido. Algunos actos de mi día a día: Dejo a los niños en el colegio, vuelvo a casa y enciendo el ordenador (porque trabajo en casa. Sí, trabajar en casa también es trabajar). Voy a la cocina a preparar una taza de té. Y veo el fregadero lleno. Y ropa tendida desde hace días. Y nada, que no hay manera de que los platos se frieguen solos y las pinzas bailen con los calcetines hasta el tendedor. Pero tengo que trabajar. Dejo esos menesteres para otro rato. Trabajo.

Recojo a los niños en el colegio y, en vez de ir al parque, volvemos a casa, ponemos una película y, mientras ellos la ven, yo vuelvo a sentarme delante del ordenador.  Y como mi trabajo es escribir, hay veces que me enfrento al papel (o a la pantalla en blanco) y no sale de mí ni una letra.  Y dejo de ir a natación, con lo bien que me viene para el cuerpo y el alma, porque tengo que terminar un tema, buscar un colaborador, presentar mi trabajo o revisar imágenes. Y me gusta mi trabajo. Me súper encanta. Pero. Hay días en los no tengo más remedio que pasarme por el arco del triunfo eso de “5 piezas de fruta o verdura al día” y las fuerzas sólo me llegan para meter una pizza en el horno. Días en los que mi uniforme consiste en el pantalón de pijama. Que es muy mono, sí. Pero pantalón de pijama al fin y al cabo, porque aunque la mona se vista de seda…

Esta no es la vida que enseño en Instagram. Estos no son los momentos de los que presumo tomando una caña con los amigos. Esto me hace sentir que mi vida es ordinaria, poco interesante. Con lo que molaba antes.

Hay mucha presión sobre las mujeres, y esta presión crece cuando somos madres. Porque estamos acostumbradas a que podemos con todo.

Podemos dar a luz y recuperar la figura en dos meses. Esto no es ciencia ficción: al parecer, según muchas revistas, es lo que consiguen muchas actrices y modelos.

Además, podemos tener un salón de casa a punto de ser fotografiado para una revista de decoración, sin juguetes, calcetines o mochilas por medio. ¡Ah! ¿Tú no? ¿Que todavía no has publicado una foto del salón de tu casa en Pinterest? Shame on you…

Tenemos tiempo de preparar a diario para nuestros hijos comida orgánica, ecológica, hecha en casa y no dejar ni que huelan un alimento procesado.

Podemos, además, trabajar. Mucho. Porque hasta que las cosas cambien, se nos exigirá que hagamos el doble para que se nos valore la mitad de lo que se valora a un hombre. Tendremos, seguramente, que plantearnos una reducción de jornada para no tener que dejar a nuestros bebés en una guardería a los 4 meses de vida. Y lo haremos porque, seguramente, nuestras parejas (en el caso de que sean hombres) tendrán una nómina más abultada que la nuestra. Y tendremos que aguantar comentarios (perdón por el sesgo, pero solo he escuchado esto de boca de hombres) acerca de lo bien que le viene a una mujer ser madre para dejar de trabajar y dedicarse a cuidar a sus hijos. Debe ser este un deseo muy extendido. Eso de querer abandonarnos a la maternidad, de usar la maternidad como excusa para no trabajar.

Después de dedicar un tiempo a la crianza de nuestros recién nacidos, máxime si hemos dejado nuestros trabajos para ello, podremos hacer muchas entrevistas para conseguir otro. Y en todas y cada una de ellas nos preguntarán, de una manera u otra, si tenemos pareja o hijos. Hay tipos tan sibilinos que te deslizan la pregunta en inglés, con la excusa de comprobar cuál es tu nivel.

Podremos aguantar el estar continuamente ocupadas, porque nos han impuesto como objetivos una casa de revista, unos hijos súper bien alimentados, un cuerpo para el deseo, un grupo de amigas con las que tomar cócteles en los sitios más top de la ciudad y, además, un trabajo maravilloso con el que ganar mucho dinero.

Pero en esta vorágine, intentando tener la vida más instagrameable posible, algo dejamos atrás. Porque a veces, eso no pasa. Y sientes que has has perdido el swing. Porque nos obligamos a cargar nuestros días de responsabilidades y es entonces cuando no dejamos sitio para que lo inesperado, la magia, entre y nos sorprenda.

Y puede que pienses que no estás haciendo nada. Pero estás haciendo algo extraordinario con tu vida, hermana. Y eso es criar a tus hijos lo mejor que puedes. Y ellos no van a recordarte por tu moño mal hecho, ni por tus pantalones de pijama. Ni siquiera van a recordar tus gritos cuando han trepado por tu espalda y tú estabas pegada al ordenador pagando facturas online. Van a recordar que, cuando puedes, vas a recogerlos a la puerta del colegio. Que habéis leído juntos Doña Pito Piturra de Gloria Fuertes. Que hicieron bolitas contigo con la carne para las albóndigas.

Porque para tus hijos, los actos más desprovistos de glamour que puedas imaginar, mientras son contigo, no son mundanos sino extraordinarios.

Así que si no has ordenado tus prioridades todavía, te aconsejo que lo hagas. Yo las tengo claras. Quiero ser la mejor madre para mis hijos y la mejor persona para mí misma. Y quiero aprender a priorizar. Porque teniendo claras las prioridades, seré capaz de llegar a lo que necesito. No a lo que los demás quieran forzarme a llegar.

Hace pocos meses, una mujer excepcional me dio un consejo que no ceso de repetir en mi cabeza, y es que la perfección no es de este mundo. Ni falta que hace.

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