rosa montero sobre la suerte y la no maternidad
Imagen: © Ivan Giménez

ROSA MONTERO: SOBRE LA SUERTE Y LA NO MATERNIDAD

La realidad Maternidad Para leer

Rosa Montero (Madrid, 1951) sabe mucho de las cosas que nos pasan a los humanos por dentro. Y, además, sabe contarlas. Sin duda, su formación académica ha influido en ello -estudió Psicología y Periodismo-. O quizá sea al revés: es posible que sus habilidades para describir el alma humana, los comportamientos y los sentimientos, su facilidad para explicar con letras lo que muchos nos preguntamos, le llevaran a elegir estos caminos para su formación. Es un «¿qué fue antes? ¿el huevo o la gallina?».

Rosa no deja de escribir -guiones de televisión, artículos periodísticos, novelas- y se ha convertido en una de las plumas más prolíficas de nuestros medios y bibliotecas. Como entrevistadora -volvemos a la habilidad para explicar el alma- cuenta en su haber con más de 2.000 entrevistas y su técnica se ha convertido en objeto de estudio en universidades dentro y fuera de nuestro país.

Su extenso currículo, por fortuna, no tiene fin. Acaba de incorporar a su haber una nueva novela, La buena suerte, una historia que aglutina sentimientos diversos y entrelazados: la pasión, el amor, el odio, la culpa, los anhelos. Lo que controlamos. Lo que no controlaremos nunca. Un hombre -Pablo- que baja del AVE en Córdoba para volver, en autobús, a la parada anterior -Pozonegro-. Un lugar, a priori, feo como un dolor. Una mujer, Raluca, impredecible, un callejón lleno de esquinas. Una historia de amor. Una historia de suerte. Porque la buena suerte hay que creérsela, al igual que las buenas historias de amor.

Preguntamos también a Rosa sobre la no maternidad. Un tema complejo, difícil de abordar, del que se habla poco, pero con demasiados juicios. Una personalísima postura, la de la no maternidad, que a día de hoy sigue levantando, a su paso, miradas por encima de los hombros y caras de extrañeza. Pero si alguien tiene palabras apropiadas para abordarlo, como ha hecho en anteriores ocasiones, es ella.

Acaba de publicar su nueva novela, La buena suerte. Cuenta que esta es una historia de amor, que, tras una derrota  puede haber un nuevo comienzo y que la suerte sólo es buena si decidimos que lo sea. ¿Le acompaña la buena suerte?  ¿La suerte es buena o mala según el cristal con el que se mire?

Yo creo en la mala suerte. Tú puedes hacer todo lo posible para ser feliz y salir a la calle y que te atropelle un camión. Pero la buena suerte es más bien un producto de nuestra voluntad, del empeño, de la mirada sobre el mundo. No controlamos lo que no sucede pero sí controlamos la respuesta a lo que nos sucede, y a eso le llamamos suerte, precisamente.

¿Cómo se cultiva el hábito de la alegría?

De entrada la alegría es una virtud innata y animal, un regocijo de todas nuestras células por el mero hecho de estar vivas. Yo, por ejemplo, tengo la suerte de conocer la alegría. Debo de tener una sopa química muy buena, porque enseguida disfruto de la vida. Pero también puede ejercitarse esa disposición con cierto voluntarismo, no encerrándonos en nuestros pequeños nidos de dolor e intentando no mirarnos constantemente el ombligo.

¿Qué necesita usted para ser feliz?

Con el tiempo he ido aprendiendo que la felicidad se parece mucho a la ausencia de dolor. Eso y tener gente querida alrededor y sentirme serena y consciente de estar viva.

Hay muy pocas mujeres que hablen de la no maternidad, por lo que la suya me parece una voz muy interesante. En realidad, creo que una mujer que se dedica a las letras cuenta con una ventaja no siendo madre y pudiendo dedicar toda su alma y sus esfuerzos a la literatura. Mujeres que tienen una «habitación propia”. Algo que yo, siendo madre, honestamente admiro y deseo.

Pues yo creo que no. Que no es una ventaja, vaya. Hay muchísimas enormes escritoras con hijos; por no salirnos de la España contemporánea, Carme Riera, Elvira Lindo, Montserrat Roig…

La renuncia a la maternidad parece, más que nunca, una transgresión. 

La maternidad es algo tan importante que todavía sigue siendo la realidad más manchado o deformada por la ideología patriarcal. No sólo es una transgresión no ser madre; ser madre pero no adaptarse a las normas sexistas creo que es visto como una transgresión aún mayor.

¿Qué le gustaría que te preguntasen sobre la maternidad? ¿O quizá no cabe la pregunta? 

No es cuestión de que te pregunten: lo importante es que todas las mujeres nos preguntemos, reflexionemos de verdad, profunda y libremente, sobre las muchas maneras que hay para relacionarse con la maternidad. Porque la cosa no se reduce a ser madre o no. Hay miles de opciones: desde mujeres militantes contra la maternidad que se sienten invadidas o madres que odian ser madres hasta las madres más felices y las mujeres que simplemente no se lo plantearon. Tenemos que sacar a la luz, con normalidad, todos esos matices, esa complejidad.

¿Le afecta la presión social, si es que la ha sufrido?

Bueno, la presión sin duda existe pero en mi caso ha sido poco evidente. Pertenezco a una generación de españolas entre las que hubo muchísimas que no hemos sido madres (la tasa de natalidad se colapsó a cifras negativas durante años, llegamos a ser el país con menos natalidad del mundo), y además siempre me he movido en un ambiente más bohemio y permisivo.

¿Cómo se puede normalizar la no maternidad? ¿Cuáles son, para usted, las principales ventajas de no tener descendencia?

No creo que haya ventajas o desventajas. Son opciones de vida. Priorizas unas cosas sobre otras. Personalmente no decidí nunca no tener hijos, simplemente no estaba entre mis prioridades y se fue pasando el tiempo. Creo que tener hijos normalmente te proporciona una percepción del desprendimiento personal (es la única vez que darías tu vida por otro) que debe de ser una experiencia muy interesante.

¿Le han hecho preguntas impertinentes a este respecto? 

Lo más irritante es cuando en una reunión social te preguntan si tienes hijos y al contestar que no como que se paran todos a mirarte a ver si explicas el por qué, jajaja. Pasa todo el tiempo.

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LA BUENA SUERTE

«La alegría es un hábito.»

¿Qué impulsa a un hombre a bajarse anticipadamente de un tren y ocultarse en un pueblo de mala muerte? ¿Quiere recomenzar su vida o pretende acabar con ella? Tal vez esté huyendo de alguien, o de algo, o incluso de sí mismo, y el destino le ha traído a Pozonegro, un antiguo centro hullero que ahora agoniza. Por delante de su casa pasan trenes que pueden ser salvación o condena, mientras los perseguidores estrechan el cerco. La perdición parece estar más próxima cada día.

Pero este hombre, Pablo, también conoce gente en aquel lugar maldito, como la luminosa, incompleta y algo chiflada Raluca, que pinta cuadros de caballos y tiene un secreto. Allí todos arrastran algún secreto, algunos más oscuros y peligrosos que otros. Y algunos simplemente ridículos. También hay humor en ese pueblo triste, porque la vida tiene mucho de comedia. Y gente que finge ser quien no es, o que oculta lo que planea. Es el gran juego de las falsedades.

Un mecanismo de intriga hipnotizante desvela poco a poco el misterio de ese hombre, y al hacerlo nos muestra el interior de lo que somos, una radiografía de los anhelos humanos: el miedo y la serenidad, la culpa y la redención, el odio y el deseo. Esta novela habla del Bien y del Mal, y de cómo, pese a todo, el Bien predomina. Es una historia de amor, de amor tierno y febril entre Raluca y el protagonista, pero también de amor por la vida. Porque después de cada derrota puede haber un nuevo comienzo, y porque la suerte sólo es buena si decidimos que lo sea.

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