aurora freijo corbeira
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AURORA FREIJO CORBEIRA: LA SOLEDAD DE LA CARNE

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Tengo miedo a muchas cosas: me da miedo la muerte, me da miedo la enfermedad, me dan miedo un montón de cosas a lo largo del día. Me dan miedo algunas noches. Una cosa que me aterroriza es pensar que alguno de mis hijos pueda haber sido o ser víctima de abusos sexuales y que yo no sepa detectarlos. Porque ese crimen cometido sobre los niños es una mochila llena de piedras que nunca podrán quitarse de encima. Nunca. La vía directa para romper en pedacitos la vida de una persona. Para siempre.

De un tiempo a esta parte, creo que desde que soy madre, no soy capaz de ver escenas violentas. No, ya no puedo ver esas cosas. No puedo ver batallas, no puedo ver palizas, no puedo ver peleas. Pero, curiosamente, puedo leer historias de violencia. No sé muy bien por qué, pero solo leyendo estos relatos es capaz mi cuerpo de asimilarlos y digerirlos. Y claro que no me gusta, pero lo encuentro imprescindible y angustiosamente necesario. Por eso me interesé en La ternera, obra de la escritora y filósofa Aurora Freijo Corbeira: a priori, una historia de abusos a una niña de cinco años por parte de un vecino, narrada en breves capítulos por la víctima.

Llega La ternera como lectura desgarradora e inevitable en un momento en el que las víctimas ya no se callan: estamos viendo, en estos días y meses, el estallido del #metooincesto surgió en Francia a raíz de la publicación del libro escrito por Camille Kouchner, La casa grande, en el que denuncia a su padrastro, Olivier Duhamel, de abusar sexualmente de su propio hijastro, hermano de Camille. El niño tenía solo 14 años. Venimos también de leer la historia de Vanessa Springora en El consentimiento y Por qué volvías cada verano de la argentina Belén López Peiró.

La diferencia principal de La ternera con las obras citadas anteriormente es que no es un hecho acontecido a la autora, sino una ficción que, por desgracia, es tremendamente creíble. Para mí, La ternera no es una historia de abusos, sino una historia de soledades. Que sea real o no, en verdad, es lo de menos, porque aunque no sea real, es terriblemente posible.

Charlamos con Aurora Freijo Corbeira sobre cómo surgió La ternera, sobre su recién estrenada faceta de editora y las lecturas que la acompañan en una entrevista deliciosamente barnizada por la manera tan exquisitamente literaria que tiene Aurora de responder a las preguntas que le planteamos.

¿Cuál es el germen de La ternera?

Si hubo una semilla, no soy consciente de cuál es. La ternera fue apareciéndose a mí muy callada, tal y como ella es en el libro. Una ternera de labios cosidos; todos los labios. Parece que se sentó a mi lado con la presencia de su gran silencio. Estaba quieta, manifestando su terrible rutina, su boca cerrada que se negaba a hablar y a comer carne. La ternera es un libro de carne, de carne de primera vez, de carne de virgen, de carne despellejada y troceada. Y así, sentada a mi lado, desde sus cinco años, me fue contando quién era su madre,  la del corazón cosido en quirófano, su padre, de manos como cuencos de leche, el círculo de que no podía salir, el cordón umbilical que echaba de menos y que la unió a su madre, y el frío que pasaba en sus noches de monte pelado. Es así como me contó su secreto. Y nos pusimos de acuerdo en que en el relato de su vida tenían que aparecer nucas de visón y ranas peladas, y liebres sobadas y vacas gallegas que lloran por sus terneros arrancados, y astrágalos de tobillos de cordero y perros de siluetas de culpa y vergüenza.

¿Qué objetivo perseguiste cuando lo escribiste?

Ninguno. Ni siquiera tenía conciencia de que estaba escribiendo algo que tendría cierta coherencia y en absoluto pensé que aquello llegaría a publicarse. Era un ejercicio propio e intimo. Si ha llegado hasta aquí ha sido por las manos lectoras y generosas de Juan Barja, ex director del CBA, para mí referencia de escritura y saber y por supuesto por las manos elegantes de Silvia Sesé. Anteriormente había escrito ensayo, filosofía -que es mi formación-  y en eso si había una necesidad y una intencionalidad: trabajé sobre Pier Paolo Pasolini con verdadera pasión,  acompañada por mis profesores Ángel Gabilondo y Jose Luis Pardo, guiada en las lecturas de Ricoeur, Aristóteles y Deleuze, en una conversación entre filosofía y literatura. Pero la ternera sin embargo apareció sin yo pedírselo. Poco a poco, en un verano madrileño, con mucha calma. La ternera no tiene intención, no pretende aleccionar, no pretende ajustar cuentas, solo trae su corazón mechado. Es porque sí, un porque sin porqué, como la rosa de Ángelus Silesius. Podría tener como subtítulo “La soledad era esto”.  Es una mostración, no un testimonio. En la escritura que es La ternera no hay ira y sí un profundo amor: el de  sus padres, que está lleno de calostros.  El cazador he querido que fuera alguien desdibujado, sin intención manifiesta de herir, alguien inexperto que no sabe vérselas consigo mismo y su deseo,  y tantea con sus manos los sitios que no debe, sin saber del todo, quizá, el profundo daño que inflige.

¿Cuánto hay de ti en La ternera?

En La ternera hay de mí una experiencia de soledad, que supongo es muy común, muy humana, aunque en algunos se erige de modo aplastante. En mí fue muy marcada. Nunca entendía cómo un cuerpo pequeño puede sostener tanta inmensidad de soledad. El contenido desborda el continente. Por otro lado siempre me ha sorprendido como los más pequeños pueden soportar estados y situaciones que seguramente los adultos no podríamos. Quizá la clave está en que no saben lo que les corresponde, no saben cómo deben ser tratados, y aceptan del adulto todo lo que les viene. El desconocimiento permite todo abuso. No obstante en la ternera también están gestos familiares, ambientes propios. Cómo no. No creo que sea posible escribir desde fuera de uno mismo, al menos para mí, que no tengo oficio de escritora. Me cuesta imaginar, no sé despegar del todo de la realidad, no tengo facilidad para contar historias.

Lo primero que pensé cuando leí un pequeño resumen de La ternera es que, grosso modo, era una historia de abusos a una niña. Pero, al acabar el libro, mi impresión, no sé si errada o no, es que este libro trata más sobre la soledad y la falta de herramientas para expresar, por parte de una niña, cosas que no sabe explicarse ni explicar a los demás, porque lo que le está pasando no es asumible para ella, por su edad y por la violencia que no debería existir en su vida. ¿Es la soledad el tema principal y el abuso el hilo conductor, quizás?

Gracias por esa observación. Es fácil ver en la ternera una situación de abusos exclusivamente, pero eso no es lo realmente importante. Claro que es terrible y claro que para mí fue necesario que todo discurriese a través de esos episodios que le adjudiqué a la ternera, pero como decía antes, el libro trata de una aislamiento tan poderoso que parece que ha quedado fuera del mundo, que una campana de cristal la tuviese atrapada. La ternera es la historia de una intemperie. Por eso su escritura es tan escueta: la escritura está en los huesos. Mi tarea fue ser correspondiente con lo que suponía ser una ternera, atrapada el agujero de la soledad. Tuve que trabajar en una escritura muy depurada, que conectase la belleza y lo terrible. Me gusta pensar que hay algo de austriaco y japonés el ella, dos de mis geografía literarias preferidas, precisamente por el modo peculiar de cada una de ellas de aunar esto tan paradójico.

Este libro es tu debut en la ficción. ¿Qué viene después?

He dejado un poco de leer filosofía. A veces me parece que le estoy siendo infiel a toda una vida por ello, pero quiero pensar que todas la lecturas van haciendo un suelo que luego nos permite escribir a cada uno como lo hacemos.  Y he empezado un nuevo texto. No sé que será de él. A la vez estoy traduciendo un texto de Pasolini (traducir es apasionante. Es un modo de reescritura. Ya antes lo hice con los Ensayos de Teodicea de Leibniz para la editorial Abada, una de mis predilectas). Y sigo leyendo. Es nutricio. No será un texto largo, como no lo es La ternera. Sí condensado. No sé hacerlo de otro modo.

¿Cuál es la historia detrás de tu editorial Las migas también son pan?

Es un deseo hecho realidad. Aparece en una feria del libro de hace ya tiempo, en la que yo firmaba ejemplares y tras ello, celebrándolo entre amigos, propuse esta idea que siempre había querido llevar a cabo. Y así poco a poco, con el trabajo de todas, se han ido gestando y fortaleciendo estas migas que también son pan. Trabajamos con mimo, con un exquisito cuidado hacia el texto y su presentación, a la vez que elegimos notables prologuistas y traductores. Tenemos algunas reediciones que nos parecían necesarias, como Botho Strauss, a punto de salir ahora, o próximamente Pasolini, y hemos publicado un inédito de Christa Wolf, (August) que para nuestra alegría está funcionando muy bien. El nombre de la editorial, Las migas también son pan, se lo pedimos prestado al artista cubano Wilfredo Prieto, que generosamente nos lo cedió. Siempre imaginé que ese sería el nombre de mi editorial, si algún la tuviese.

Hay una frase en la novela que dice Cuarenta años más tarde lleva siempre algún libro en el bolso. Como una estampa, como un santo. Por si acaso». ¿Qué estás leyendo y qué libros tienes en la cuenta de pendientes?

Leo muchas cosas a la vez. Ahora tengo comenzados Sobre los huesos de  los muertos, de Olga Tokarczuk, La tribu Einaudi  que me ha hecho recordar a Elsa Morante, de quien acabo de encargar La historia– y El poder cambia de manos, de Milosz.  Por aquí andan también, en mi mesilla, Los diarios de Moscú, de Walter Benjamin y El honor de los filósofos, de Gómez Pin. He recibido hace unos días Un día en la vida de un editor, de Herralde. Me gusta leer a fragmentos, del mismo modo que me gusta también las escrituras fragmentarias. Por otro lado creo que a todos los lectores nos produce un poco de ansiedad ese abismo de publicaciones constante que nos recuerda que no vamos a tener el tiempo de leer todo lo que queremos. Y leo  siempre antes de dormir. Para poder dormir.

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LA TERNERA, AURORA FREIJO CORBEIRA

Un solo gesto bastó para hacer de ella una ternera. Pequeña, tanto que no sabe que ha sido colocada en un lugar que no le corresponde. Abismo en sus ojos de mar y la mirada llena de estupor. Su casa se ha convertido  en un sin lugar. La casa vecina −la casa amiga− ha hecho de ella una carne de primera vez, sin tener edad para ello. Ahora ya todo es soledad.

La ternera hace de la contención un recurso afilado para narrar una realidad que nadie quiere ver, la de un abuso. Habla del dolor y la vergüenza, de la culpa impuesta y del silencio como forma de resistencia. Un libro de una altura literaria que ineludiblemente nos toca. Un libro incómodo, duro y al mismo tiempo lleno de ternura.

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