© Pedro Anguila

ALOMA RODRÍGUEZ: “ESCRIBO PORQUE NO PUEDO NO ESCRIBIR, PARA ESTAR BIEN”

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Antes del confinamiento por coronavirus solía coincidir en la puerta del colegio de mis hijos en Madrid con una mujer menuda que llevaba una criatura de cada mano y otra porteada. Con grandes ojos azules y sonrisa, me preguntaba cómo lo hacía. Esa mujer era —es— la escritora Aloma Rodríguez (Zaragoza, 1983). Creo recordar que alguna de esas mañanas nos dimos cuenta de que nos sonábamos de algo y coincidimos en que ambas éramos de Zaragoza, pero no dimos con la conexión. No fue hasta meses más tarde cuando atamos cabos, pero eso es otra historia que viene a cuento de la publicación de su anterior libro Siempre quiero ser lo que no soy (Milenio, 2021) y que ya abordamos en una entrevista anterior. Pasados dos años, nos encontramos en la librería Tipos Infames para tomar un café por la mañana y charlar sobre su recién publicado Puro glamour (La navaja suiza, 2023), horas antes de su puesta de largo en el mismo sitio acompañada por la editora Elena Medel y por un montón de amigas, amigos, admiradores, familia y demás allegados.

Comencé a leer Puro glamour y me sugirió un sinfín de imágenes, comenzando por el ángelus que escucha Aloma desde su casa —«Vivimos tan cerca del Pilar que desde casa se oye el ángelus. Suena tres veces al día: puntual a las nueve, a las doce del mediodía y a las ocho de la tarde»—. Ese ángelus que yo, como zaragozana, he escuchado infinidad de veces —que hasta me arranca lágrimas en mis visitas a mi ciudad natal desde que habito este voluntarísimo exilio mío madrileño—, ese ángelus que es mi abuela y que es mi madre y que, en el caso de Aloma, marca los ritmos domésticos de su vida familiar: si se llega tarde al cole, si se llega tarde a la cena. «Nunca suena la canción cuando debería: por la mañana la oímos siempre demasiado cerca de nuestra casa, o sea, que llegamos tarde. A veces la canción nos sorprende antes de llegar al puente. Otras, empieza cuando estamos en medio. Entonces, mi hija mayor, que lleva gafas desde hace dos meses, se alegra de lo bien que lo hemos hecho y nos felicita». Así arranca Puro glamour y yo me emociono al pensar en esos leones con los que empieza y termina ese zaragozano Puente de Piedra que Aloma cruza, acompañada de sus hijos, en la titánica y cotidiana tarea de llevarlos al colegio a tiempo. Veo a Aloma, también, en bicicleta por la ribera del Ebro. La veo rodeada de cajas de mudanza y en ese Garrapinillos-sur-mer que es la casa con piscina de sus padres. Así arranca este conjunto de relatos cosidos y trenzados para convertirse en libro. Estas andanzas se mezclan con lecturas, fantasmas, escatologías y demás vivencias domésticas que podrían ser las tuyas y las mías, relatadas en un tono hilarante, irónico y certero.

La veo con tanta claridad, salen tantas imágenes y tan fieles a la realidad de sus letras, que la plasticidad de esta lectura hace difícil saber qué preguntas hacer a Aloma. Tengo que ponerme el traje de periodista y quitarme, por lo menos un poquito, el de maña exiliada y dolorida, pero creo que, esta vez, no he encontrado la talla. Ella ha vuelto a su Zaragoza natal, que es la suya y la de Barreiros —su novio—, pero no la de sus hijos, que nacieron en Madrid. «De Madrid trajimos, además del contenido de una casa, un recipiente hermético de cristal que guardaba masa madre. Estuve a punto de tirarla o dejársela a una amiga que habría acabado tirándola. Cómo la vas a tirar, me dijo mi amiga Esther, es tu masa madre, la alimentas. Tienes que llevártela, insistió, es el secreto de la civilización, y me recordó a lo que decía siempre Félix Romeo: “La fermentación es la civilización”. Queso, pan, alcohol. Y me traje la masa madre». 

Los entrecomillados del texto anterior son parte de su libro, pero también son anécdotas que podría estar contando, perfectamente, durante una conversación o una entrevista. Porque son trozos de vida que son verdad y si no lo son, podrían serlo perfectamente, pasados por el tamiz de lo literario y contenidos en estas 140 páginas de Puro glamour. Es un pedazo de historia marcado por la vuelta de Aloma, Barreiros y sus tres hijos a la ciudad natal después de nueve años en Madrid, esa ciudad impía que te acoge y te escupe a su voluntad.

El origen de este libro parte de una serie de artículos que publicaste en Letras Libres.

Pensé esa serie de artículos porque no podía escribir un libro. Pensé en hacerme trampas al solitario y que el libro se escribiera solo. Pero no se escribió solo, claro. Esa serie de artículos estaba escrita pensando en que, quizá, podrían formar parte de algo más grande. Quería tener el material, obligarme un viernes sin otro a sentarme y a escribir. Después hice el trabajo de orfebre para convertirlo en un libro. Decisiones que parecen chorradas, para mí fueron muy importantes, como quitar los títulos, por ejemplo. Lo que se publicaba era medio autoconclusivo y así conseguí darle unidad. Me agobiaba mucho el final: no hay apenas arco dramático, por lo que te preguntas cuándo cierras. Podría seguir y seguir… Eso me tenía agobiada.

Eres narradora de este relato, pero da la impresión de que estás situada en algún punto por encima de la historia. Narras, pero como si observaras que es otra persona la que está transitando por tu vida. Pareces elevada, distante sobre el relato.

Es que si no, no lo ves todo. Debe existir esa distancia para tener el plano completo de lo que sucede. Esta era una serie de artículos por lo que, muchas cosas, cuando me pasaban, ya las estaba escribiendo en mi cabeza, pensando “aquí tengo un capítulo”. Es una cosa que puede parecer perversa, porque estás viviendo y pensando en lo que vas a escribir, pero también es algo que te obliga a estar más presente. La propia idea del proyecto te obliga a estar más atenta.

«No deberías dedicarle más de una hora a un libro si luego no vas a hablar de él más que quince minutos, me dicen varias voces». Entre tu trabajo escribiendo y tu trabajo recomendando en tu Barra Libre de Hoy empieza todo en Radio 3, ¿cómo lo haces con tantas lecturas como llevas encima?

Yo no sé leer en diagonal. Los periodistas de verdad leen muchas cosas en diagonal y hacen bien, porque si tienen que entrevistar a tres escritores en tres días no se pueden leer los tres libros. Entiendo que mi trabajo no es exactamente ese y parte del valor es que me lo he leído entero. También es una cuestión de inseguridad: creo que me van a pillar.

¿Cómo filtras las lecturas que eliges?

Por intuición, sobre todo. A veces, un libro no te encanta, pero entiendes que es una editorial o un escritor a los que quieres mimar. Intento no hacer lo mainstream, pues ya está hecho. En los libros hay que poner el foco, que los demás sepan que existe.

Cuando las “gentes de provincias” nos vamos a vivir a Madrid, parece que hemos escalado en lo social. Se ve la gran ciudad como un triunfo. Madrid es una ciudad maravillosa cuando eres joven, cuando no tienes criaturas, sobre todo, porque todo el rato suceden cosas. Después de más de veinte años en Madrid, es muy probable que te des cuenta de que esta ciudad no es la tierra prometida, que la vida no es más fácil aquí. Muchas veces, la calidad de vida no se encuentra en los grandes centros urbanos. 

Cuando volvimos a Zaragoza teníamos cierta sensación de fracaso. Lo viví así, sentí que había abandonado, que me había quitado del medio. La vuelta fue muy dura, porque estábamos todavía en pandemia.  Desde la pasada primavera ya es otra cosa: la vida cultural de Zaragoza es intensa. Lo que más echo de menos, en realidad, son los cines en V.O. y también a los amigos.

También haces referencia a los amigos perdidos.

Este es, también, como un libro de fantasmas de la parte de Zaragoza: Félix Romea no está, Sergio Algora no está… Son fantasmas. Pero no solo eso, sino también a los lugares a los que yo iba, los amigos que tenía… A los amigos de antes de venir a Madrid apenas los veo. Tienes que empezar de nuevo a encajar piezas.

Al final siempre buscas a los que no están en las palabras. Lo que lees, lo que escribes, son maneras de que la conversación siga.

La escritura llena ese anhelo. Escribo porque no puedo no escribir, para estar bien.

«La verdad es que creo que nadie sabe muy bien cómo se convierten sus vidas en lo que son y que por eso leemos novelas y vemos películas», escribes. Existe esa necesidad de contarse a través de otras historias.

Y de ver cómo han vivido otros y cómo han contado otros lo que tú estás viviendo. Tú crees que tu vida es muy especial porque es tuya y la estás viviendo tú, para ti es única. Pero al final todas las vidas pasan, más o menos, por los mismos hitos.

Si no pensásemos que nuestra vida, en un punto, tiene algo muy especial… nos tiraríamos al Ebro.

¿Sí? Yo no pienso que mi vida sea especial, para nada. Creo que hay que intentar ser activista de la alegría, pero no me gusta pensar que todos, a la vez, hacemos lo mismo. Pienso que algo que me esté pasando a mí quizá también le haya pasado a mi madre y poder preguntarle. De eso va: de saber quién tienes al lado y de estar todos bien.

 

 

Aloma Rodríguez

Puro glamour construye una suerte de biografía, hilarante y profunda al mismo tiempo, nunca convencional. La protagonista debe lidiar con el voraz sector inmobiliario, el regreso a Zaragoza —su ciudad natal— después de casi una década de vida en Madrid y hacer frente al trabajo creativo y el prosaico, encajar las actividades extraescolares de sus hijos y cumplir con su papel como autora-esclava de cuentos infantiles para ellos. Puro glamour se lee como una serie de televisión de la que uno desea consumir un capítulo tras otro, de manera compulsiva. La prosa mordaz e insultantemente viva de Aloma Rodríguez examina lo cotidiano y lo esencial de su vida y transforma la de sus lectores.

 

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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