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DE COLEGIOS, PREJUICIOS Y FAMILIAS

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Victoria Gabaldón
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«Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste, todavía y como siempre, al invasor. Y la vida no es fácil para las guarniciones de legionarios romanos en los reducidos campamentos de Babaorum, Aquarium, Laudanum y Petibonum…»

Este es el inicio de los cómics de Astérix y Obelix, clásicos de nuestras infancias. Y esta es la cantinela que me surge, inevitablemente, cuando me preguntan cómo es el colegio de mis hijos: «Es la aldea de los galos», afirmo siempre.

Esta que voy a contar es una historia inesperada para mí. Es una de esas cosas que te suceden pero que no tienes planeadas. De hecho, es que no entraba en mis planes. En ninguno de ellos. Es una historia sobre colegios, sobre prejuicios, sobre familias y sobre esperanzas.

Empecemos.

Capítulo 1: mi colegio.

Hola, soy Victoria. Nací en Zaragoza. Mis padres eligieron, para mi educación y la de mi hermano menor, un colegio que no estaba en nuestro barrio: El Sagrado Corazón de Jesús. Antes de estar ubicado en el barrio del Actur, ocupaba unos magníficos terrenos en pleno centro de Zaragoza, donde ahora está El Corte Inglés de Sagasta. Mi madre siempre decía que, de haber seguido allí el colegio, con el modus operandi antiguo, no nos hubiera llevado allí: ella recordaba que, en las misas, las niñas ricas se ponían en la nave central y las pobres a los lados. Y eso no le gustó. Cuando el colegio se trasladó a este barrio de familias trabajadoras, enfrente de los Maristas, supongo que las formas cambiaron. De hecho, un par de años antes de mi llegada el colegio se convirtió en mixto, aunque, hasta mi salida, la mayoría siempre fuimos mujeres. Ese porcentaje ha cambiado también. Tuve una infancia envidiable, en un centro escolar con unas instalaciones maravillosas, con pistas donde podíamos practicar todo tipo de deportes. Las monjas, profesores y demás trabajadores del centro nos cuidaban y atendían con mucho cariño.

Mi colegio era un colegio concertado y religioso. Fui feliz, tengo un recuerdo buenísimo de mi paso por el SACO (así llamábamos al colegio). Mis padres pagaban una cuota y lo hacían encantados. Aun teniendo un colegio a doscientos metros de casa, mis padres eligieron este colegio. Mis recuerdos, que son míos, son magníficos. Y siempre pensé que mis hijos tendrían una educación como la mía. Y que irían a un colegio con el mío: multitudinario, con grandes instalaciones, «erasmus» escolares, viajes a esquiar y todo tipo de extras más, pero familiar al mismo tiempo. Familiar.

No fue así.

Capítulo 2: Mis prejuicios.

Cuando nació mi hija Julieta, que tiene ahora 10 años, vivíamos en Rivas Vaciamadrid. Cerca de nuestra casa estaban construyendo un centro educativo concertado, con buenas instalaciones. Yo no tenía ojos para otro centro: me daba pánico que mi hija acabase la educación primaria y tuviera que ir a un instituto. La palabra «instituto» hacía que la piel se me erizase, me daba pánico. Claro: nunca había estado dentro de uno.

Estaba cargada de prejuicios: «no quiero un cole público, tiene instalaciones deficientes». «No quiero que mi hija cambie de centro en plena pubertad, me parece terrible». «Con lo feliz que fui yo pasando de los 3 a los 17 años mi vida en el mismo lugar». «No entiendo…», «no quiero…», «no».

La cosa es que dejé de vivir en Rivas. Volví al centro de Madrid, a Chueca, y comencé a buscar plazas en una guardería pública. No porque confiase especialmente en la educación pública (de hecho, desconocía su valor) sino porque andaba bastante justa de dinero. Mi mudanza coincidió con la búsqueda de centro. Llegué tarde, por un día, a los plazos legales. Llamé a la puerta de los dos centros de Educación Infantil cercanos a mi casa y no me abrieron las puertas. Me las abrieron, sin embargo, en el Colegio Santa Isabel, en la calle Hortaleza. Otro colegio religioso. Me ofrecieron mil facilidades. Mi hija acudió a ese centro desde los 2 años hasta 2º de Primaria.

La cosa es que dejé de vivir en  Chueca cuando me quedé embarazada de mi segundo hijo, Darío. Necesitábamos una casa más grande y era misión imposible encontrar algo decente y asequible en el centro. Y entonces empezamos a plantearnos un colegio más cerca de nuestra nueva ubicación vital: Chamberí. Yo era reticente: me gustaba mucho cómo trabajaban en el Santa Isabel. Cómo un colegio, con tan poquitos medios, podía cuidar tanto de los niños. El profesorado era excelente. La calidad humana y el amor con el que tratan a los niños, digno de destacarse. Este cole no era un cole de barrio: era un colegio donde se acogía a todas las familias que lo necesitaban. Las funciones escolares parecían, como alguna vez se bromeaba, «funciones escolares de la ONU»: niños de muchísimas nacionalidades distintas, quizá la española fuera la menos abundante de todas. A todos los niños, a todas las familias, sin discriminaciones, se les cuidaba y ayudaba. No era un colegio de barrio, porque los habitantes de barrios como Chueca eligen colegios privados con más caché para sus hijos, muchos de ellos a las afueras de Madrid. Pero era un colegio en el que no se negaba la educación a ningún niño ni se utilizaban ratios de nacionalidad absurdas. Me gustó mucho que mis hijos pasasen por ese colegio: asumieron, desde muy pronto, que todos los niños son iguales en derechos, aunque no se parezcan físicamente y sus culturas sean distintas. Hay gente que no aprende esto en una vida entera.

Yo no quería sacar a los niños de allí, valoraba mucho el trabajo que hacía este colegio por los niños. Y mi pareja me explicaba que él también lo valoraba, pero que era importante que los niños hiciesen amigos en un entorno de barrio. Yo no lo entendía, claro: nunca había desarrollado amistades en mi barrio y desconocía el valor de esos círculos. A regañadientes por mi parte, fuimos a ver varios centros educativos. Algunos concertados, para los que yo estaba más predispuesta, a priori, por eso de que los niños no tuvieran que cambiar de centro a los 12 años. Algunos públicos, con muy buena fama en el barrio de Chamberí. Unos amigos nuestros hicieron el mismo ejercicio, de una manera más analítica. Y nos hablaron de un colegio público muy singular: el colegio San Cristóbal.

Como muchas de las familias que acabamos ahí, el colegio San Cristóbal no fue nuestra primera opción. Pero bendita sea la fama del Rufino Blanco, que hace que todos no quepamos ahí. Total, que nuestros hijos tuvieron plaza en el San Cristóbal (el Sankris para los amigos).

Capítulo 3: Las familias. 

El primer día de cole no fue fácil, la verdad. Julieta lloraba, echaba de menos a sus antiguas compañeras y le daba miedo comenzar esta nueva aventura. El segundo día de cole, descubrimos que conocíamos a más padres de los que imaginábamos en un principio, que también llevaban a sus hijos a ese colegio: compañeros de trabajo, antiguos compañeros de otros coles (incluida otra ex alumna de mi colegio de Zaragoza, buena amiga mía: ahora, su hija y mi hijo son compañeros de clase en el Sankris), vecinos, amigos de hermanos… En fin.

Este cole, el Sankris, era todo lo contrario a lo que imaginaba: un cole pequeñito (eso me gustó), tan pequeñito que tiene un patio donde no caben todos los alumnos. Forma parte de la Mancomunidad San Cristóbal, una colonia de viviendas de titularidad privada pero de uso público donde, además, se ubican la parroquia del mismo nombre, la Casa de Cultura cuyo uso caduca, por decisión del Ayuntamiento de Madrid (otro de los espacios públicos que desaparecen, con el bien que hacen a los vecinos y a la cultura —esas armas de destrucción masiva—) y el colegio, el Sankris, que lleva usando la plaza de la mancomunidad como patio de recreo de los niños desde que se construyó en 1955.

Al poco tiempo de llegar al colegio, entendí lo que mi pareja quería decirme con lo de hacer amigos «del barrio». Nuestro desembarco allí tiró por la borda todos mis prejuicios anteriores. Llegamos a un lugar al que pertenecimos de inmediato, al que pertenecemos con todo nuestro orgullo y nuestras ganas.

El Sankris no es un colegio: es una forma de vida. Las deficientes instalaciones se suplen con la creatividad de sus profesores. La Asociación de Madres y Padres no puede ser más activa: en este colegio se lucha cada día por la calidad de la enseñanza, por una alimentación mejor, por la solidaridad, por la desaparición de las desigualdades, por ayudar a las familias en peores condiciones, por ofrecer a nuestros hijos las mejores experiencias de educación y civismo. Por alentarles a dar valor a los cuidados. Por el feminismo, también. Somos los últimos pobladores de una aldea gala luchando contra los grandes: contra una parte de vecinos, cuyos hijos estudiaron allí, pero a los que ahora molestan los juegos y las risas de los nuestros. Contra la ineficiente financiación de las escuelas públicas. El activismo de los padres, el amor por la educación de sus hijos en este centro suple, con creces, todas las carencias provocadas por el abandono del sistema público de enseñanza en esta nuestra Comunidad.

En el Sankris los profes molan, en general. Pero quizá uno de los tesoros mejor guardados de este cole y del que poco se habla es del personal de apoyo, de las mujeres que cuidan a nuestros hijos en los recreos. De las cocineras (el cole tiene cocina propia). De las y los profesores de extraescolares. Wow, qué seres. Algunas de ellas son instituciones, directamente. Cuidarán a tus hijos como si fueran suyos, o mejor aún, como si fueran sus nietos. Les limpiarán si se hacen pis, les cambiarán la ropa. Les harán miles de juguetes con cartón. Otra vez más, la falta de medios se suple, con creces, con creatividad y cariño.

El Sankris es una forma de vida, pero no todo el mundo encaja en ella. No eduques a tus hijos en este colegio si no tienes ganas de «tribu», ganas de formar una red de soporte, ayudas y cuidados con las familias de los niños que se educan junto a los tuyos. Si te molestan las peticiones del AMPA, que se relaciona, a su vez, con las AMPAS de los otros centros escolares cercanos, para pedirte ayuda en la batalla por hacer del barrio, un barrio mejor. Si no quieres luchar por la supervivencia de la Casa de la Cultura, un espacio con multitud de actividades gratuitas, entre ellas, clases de apoyo a niños. Si no quieres acudir a los cumpleaños comunales con picnic en los parques y tomarte unas latas con otros padres mientras los niños juegan. Si no quieres pelearte dos veces al año con la facción dura de la Mancomunidad que intenta expulsar a los niños de la plaza. Si no quieres presentarte con bandejas de horno, botas de esquí y palas a retirar nieve en la próxima Filomena por llegar, para que los niños puedan acceder al colegio, ante la inacción de los servicios públicos. Si no quieres hacer amigos, si no tienes tiempo para cuidar a los demás, quizá este no sea tu lugar.

Esa plaza, que es el patio del colegio, es la plaza de nuestro pueblo. La plaza de un pueblo en mitad de la gran ciudad. Es el lugar donde los padres charlamos por las tardes, mientras nuestros niños juegan. No es un parque: aquí no hay toboganes ni columpios: hay espacios para inventar juegos, para esconderse, para dar patadas a una pelota de espuma, para charlar, para ensayar los bailes de Tik Tok. Es el sitio donde compartimos nuestras inquietudes, nuestras experiencias de crianza, donde debatimos sobre si los deberes son muchos o muy pocos. Donde ponemos en común nuestras frustraciones. Donde sentimos que pertenecemos. Donde nos miramos y nos comprendemos eso de «eres una de las nuestras». Donde convivimos padres e hijos.

Aquí podrás verlo con tus propios ojos:

 

Pero sin duda, lo mejor, es que te pases una tarde por la plaza.

 

 

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