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¿DE QUÉ SOMOS ESCLAVAS? POR SARA MARTÍN

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Sara Martín
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Mi abuela Teodora fue una mujer con mucho carácter, inteligente  y pasional. Tenía una increíble capacidad para las matemáticas y todo lo que tuviera que ver con organizar y poner orden. De origen humilde, sin apenas estudios,  amaba su trabajo como contable en una firma de moda al que tuvo que renunciar cuando, inesperadamente, a los cuarenta años se quedó embarazada de mi madre. El implacable discurso que Teodora le inscribió a fuego a su hija Paloma, apenas comenzó a hablar y dar señales de entendimiento, podía resumirse en que tenía que ser independiente económicamente, que el trabajo era vital y la crianza un sacrificio que te inutilizaba como mujer y de la que había que huir como fuera.   Así que Paloma comenzó a trabajar  como secretaria en un banco con apenas catorce años en pos de su independencia  y, pese a que tuvo tres hijos, para ella resultaba cristalino que cocinar, limpiar la casa y llevarlos al parque no formaría parte de su rutina diaria. Llevaba pantalones y el pelo corto, fumaba Malboro light, nos daba biberón para huir de la tiranía de la teta y eran sus padres los que se encargaban de nosotrxs mientras mi padre y ella cumplían con su jornada laboral. Recuerdo a mi madre llegar a casa cansada y sin ganas de jugar, deseando que el baño y la cena fueran un proceso lo más corto posible para que nos fuéramos a dormir y ella pudiera ver una película de culto en la tele o leer a Simone de Beauvoir en la cama.  Esa falta de ganas e ilusión se me quedó marcada y para mí, desde muy niña, era el trabajo aquello que resultaba esclavizante y restaba brillo a la vida. 

A mis 38 años  y como occidental y blanca, pertenezco a una generación criada en el «todo es posible»: estudiar lo que deseas, tener un trabajo que te guste, elegir la maternidad o no elegirla, cambiar de vida, de casa, cuestionarse los roles familiares, las relaciones de pareja, incluso la propia identidad. Entonces, ¿de qué somos esclavas? Evidentemente, seguimos siéndolo de la sociedad machista, xenófoba y patriarcal en la que se criaron mi abuela y mi bisabuela, además se añade  el capitalismo beligerante de la generación de mi madre, pero las esclavitudes intrínsecas a nuestra época resultan quizá menos evidentes.

Puedes llamarlo libertad de conocer mundo, tener una sexualidad completa, trabajos vocacionales sin renunciar a la maternidad, relacionarse con gente que está en la otra punta del planeta, expresar tus ideas alto y claro, llevar a tus hijxs a la guardería, contratar a una empleada de hogar , estudiar y trabajar a la vez, tener el despacho en el salón de tu casa…o puedes nombrarlo como la exigencia de la hiperconectividad, atender al Messenger, los mails, Telegram, Wechat, salir a cenar, a emborracharte, ligar y tener sexo placentero, cuantas más relaciones mejor, aunque por otro lado no demasiadas, hasta encontrar a la pareja ideal y trabajar a destajo para que sean otrxs los que cuiden de tus hijxs y limpien tu casa hipotecada o alquilada por un precio salvaje, tomar el mayor número de vuelos a lugares lejanos como sea posible y narrarlo fotográficamente con cierta efectividad para que tu cuenta de Instagram sea lo suficientemente digna como para que tú misma te la creas y olvides la tiranía del cuerpo perfecto, de la efectividad a prueba de bombas, de tener que ser la mujer hermosa que cuida de sus crías y a la vez está laboralmente realizada y no se le nota la falta de sueño, ni la fiebre de su hijo, ni la discusión con su pareja, ni el dolor menstrual de esta mañana, ni el miedo, ni la contractura, ni la fisura, ni la falta.

Ni siquiera tenemos ya la libertad de perdernos gracias a Google Maps, ni la liviandad de la falta de conocimiento porque allá donde vayamos estará también nuestra amiga Wikipedia. No soy una retrógrada que huye de las tecnologías, vivo en una ciudad europea por elección y soy consciente de que no son ellas el problema. El problema es que no sepamos distinguir lo que nos da alas de lo que nos las corta.

Es la sociedad quien te susurra al oído: «tranquila, no seas tan exigente contigo misma, disfruta un poco, cómprate algo bonito, necesitas un canal de pago para ver series, te estás perdiendo demasiadas series, relájate, contrata a un masajista o a un psicoanalista, o a un asesor de pareja,  o a un gurú del sexo, todo puede solucionarse a golpe de talonario, no seas tan dura, aprende a quererte». Es la misma sociedad que te aprieta el cuello la que te ofrece el masaje y nos termina por parecer bien, hasta sentir que es nuestro el problema de no saber disfrutar ahora que somos mucho más libres de dicha esclavitud que nuestras ancestras, que el camino es más liviano.

Si  deseamos transmitir a nuestrxs hijxs un discurso menos pesado y asfixiante, quizá debamos comenzar por escucharles y ver como son ellxs lxs que tienen la llave (como la tuvimos cada una de nosotras en su momento) para la liberación.

Es a a través de mi hijo que he sido consciente de todos los esquemas rígidos a los que estoy sometida, los calendarios, las envidias, las comparaciones, la sensación de carencia y falta de poder.  La maternidad se transita con ese cuerpo vulnerable del que acaba de perder las llaves de casa, o le ha robado el celular, ese cuerpo que necesita de lxs otrxs  y a la vez tiene la increíble fortaleza de quien ha aprendido a caminar sin llaves y a vivir sin teléfono. La crianza es un asunto de todxs, no solo de las madres, o al menos debería empezar a serlo, porque esa es la puerta para ablandar nuestras corazas y para sembrar flores cada vez más salvajes que comiencen a crecer entre las piedras, donde nadie ya las esperaba.

 

SARA MARTÍN
Escritora, actriz y madre. Forma parte del grupo de arte sonoro OVERture junto al músico y compositor José Pablo Polo. Ha sido recientemente galardonada con el XXI Premio Nicolás del Hierro de Poesía y sus poemas aparecen en diversas publicaciones con frecuencia. Esperamos su primer poemario en 2021.

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