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DEJAD QUE NOS HAGAMOS VIEJAS TRANQUILAS

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Mi madre siempre decía que, en su familia, las mujeres no se hacían viejas. Que tenían el corazón muy grande y que solían fallecer por causas relacionadas, curiosamente, con lo que escondemos tras nuestro pecho: cáncer de mama, problemas coronarios, coronavirus. Mi madre nunca será vieja porque murió con 68 años, recién jubilada. Como tampoco se hizo vieja su madre. Ni su prima Consuelo, la monja. No entiendo bien por qué Dios no las cuidó más, con lo que rezaban ellas. Pero esa es otra historia.

Estos días estoy leyendo el libro que me hubiera encantado regalarle a mi madre: Yo, vieja, de Anna Freixas (Barcelona, 1946). Anna es una mujer admirable —feminista y docente ya jubilada—, rodeada de mujeres que la quieren mucho y que la cuidan más. Entre estas mujeres se encuentran las poetas Marisa Calero y Juana Castro, que le regalaron sendos poemas para acompañar este libro suyo que, además, está prologado por la ex-alcaldesa de Madrid Manuela Carmena. Al finalizar el proceso de escritura de este libro, en verano de 2020, Anna perdió a quien fue su compañero durante 40 años, el arquitecto y artista cordobés Juan Serrano. No los conozco, pero me da la impresión de que formaron un equipo envidiable. Me recordó este hecho a los 40 años durante los cuales mis padres hicieron también un equipo sin fisuras. Ojalá yo pueda decir lo mismo cuando me haga vieja, si me hago vieja. Debe ser bonito, ¿verdad?

Como bien explica Anna, este libro habla en tono jovial de cosas serias. Está salpicado de frases y referencias a feministas de todos los tiempos. Porque si las mujeres hemos resultado prácticamente invisibles en cualquier campo que no fuera el del hogar, el de puertas para adentro, imaginaos lo invisibles que han sido las mujeres denominadas «viejas»… ni rastro. Por fortuna, ya hay mujeres preocupadas por estudiar lo que pasa a las mujeres en todas las edades y en todos los campos: sabemos más sobre psicología, sobre hábitos, sobre menopausias. Sobre posibilidades. Pero siguen ignorándose las necesidades de la población de mayor edad: solo forman parte de las agendas políticas para figurar, para aportar una brisa de humanidad al tema. Pero la realidad es que muchas personas mayores son apartadas en residencias. La realidad es que, pasados los 50, somos viejas para el mercado laboral, que mide demasiado a las personas en términos de productividad y demasiado poco en la valoración de la experiencia adquirida.

Mi madre, por los motivos que expliqué anteriormente, no podrá contarme cómo es ser vieja. Y yo que pensaba que sería eterna, que siempre podría preguntarle cualquier cosa. Iba a decir que mi madre era como Google, pero no. Mi madre es, aunque no esté, mi faro y mi diosa. Porque si hay diosa, debe ser una madre, de eso estoy segura. Me hubiera gustado regalarle el libro, leerlo con ella, que me diera su opinión. Que me contase qué narices pasa con la menopausia. Cómo son los viajes del Imserso. Incluso las ventajas de la viudedad. Qué es, por fin, tener tiempo para disfrutar a tus nietos sin ser necesariamente su canguro. O ir a tomar café con sus amigas. Mi madre disfrutó de esto un ratito corto, pero menos es nada.

Nos hubiéramos reído juntas al apuntar en un papel algunos de los consejos que Anna da en el libro. A bote pronto, se me ocurren estos: «Organiza con tus amigas una campaña bajo el eslogan: Ninguna abuela sin sueldo. A ver si entre todas cuestionamos la gratuidad del amor» o «no cuentes batallitas, ni el catálogo de enfermedades». Me hubiera encantado ver la vejez de mi madre. Asistir, desde la barrera, a momentos de júbilo (de ahí viene la palabra «jubilación», ¿no?). A verla viajar con su prima a la playa. A ir a recogerla a la Estación de Atocha para disfrutar, aquí en Madrid, de sus nietos. A tomarse en café en Doña Hipólita, en Zaragoza, con sus buenas amigas.

Mi madre nos crio a mi hermano y a mí, junto a mi padre, en un hogar que era feminista sin etiquetas: ambos trabajaban dentro y fuera de casa. Se ocupaban, si no recuerdo mal, de manera bastante igualitaria de nuestra crianza. Qué palo me llevé al salir al exterior y darme cuenta de que las cosas no eran así cuando me tocó a mí enfrentarme a esas lides… Mi madre trabajó siempre en el mismo sitio, en un hospital, y tuvo un círculo de amigas envidiable hasta el final de sus días.  A mi madre le encantaba ir a exposiciones. Tenía hambre de conocimiento. Mi madre leía mucho. Y, aunque le encantaban las novelas de amor y lujo, no dejaba de leer ninguno de los libros que yo le recomendaba. Por eso sé que le hubiera encantado leer este. Por eso sé que mi madre, de haber sido vieja, hubiera sido una vieja tremenda. Como las viejas de las que Anna Freixas habla en este completísimo libro de apuntes de supervivencia para ser libres.

Pongamos, de una vez por todas, en valor la experiencia. Vivir tantos años no puede ser en balde. Honremos a los viejos no solo por serlo, sino por merecerlo. Los viejos y, sobre todo, las viejas, son nuestro sostén. Lo son en estos tiempos en los que los horarios infernales de trabajo y los sueldos precarios nos obligan a hacerles trabajar al cuidado de nuestras criaturas. Con sus exiguas pensiones, han contribuido a las economías familiares de sus proles en caso de apuro.

Animemos a nuestras viejas a vivir sin ataduras, ahora que pueden. Que lean nuestras viejas, que hablen, que se indignen. Que no se dejen nada dentro. Admiremos a nuestras viejas. Cuidemos de nuestras viejas. Aspiremos a ser viejas orgullosas. Que sean nuestros espejos y que no se nos olvide, nunca, que por donde nosotras pasaremos ellas han pasado ya. De ahí es posible que aprendamos algo si es que tenemos la intención.

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YO, VIEJA, ANNA FREIXAS

Este es un recorrido por los derechos humanos en la vejez y, concretamente, por los derechos de las mujeres, sintetizados en tres principios que a Anna Freixas le parecen fundamentales en la edad mayor: la libertad, la justicia y la dignidad. Por tanto, estos apuntes de supervivencia están pensados para la nueva generación de viejas que van estrenando libertades, para las que mantienen su dignidad, para las ancianas que mientras se desplazan por el calendario son capaces de escudriñar la vida y las relaciones cotidianas con perseverancia y agudeza. Este libro pretende ser una reflexión y un divertimento sobre un surtido de pequeñas cosas que en este momento de la vida nos la pueden amargar o, por el contrario, hacérnosla más fácil. Una especie de foco para iluminar situaciones de la vida cotidiana que creemos tan normales que no las consideramos importantes y que, sin embargo, constituyen el grueso de la discriminación y el rechazo social hacia las personas mayores, únicamente por el hecho de serlo. Freixas también trata de visibilizar determinados factores que consolidan los estereotipos que la sociedad tiene sobre las veteranas. Yo, vieja es un canto a la libertad y al desparpajo; a la vejez confortable y afirmativa. Con la pretensión de que entre todas consigamos vivir una edad mayor elegante, relajada y firme.

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