El arte de disculparse con los hijos
Imagen: Janko Ferlic (Unsplash)

EL ARTE DE DISCULPARSE CON LOS HIJOS

Bienestar Salud emocional

Antes de marzo, antes de que el coronavirus llegase a nuestros pueblos y ciudades para quedarse un buen rato con nosotros, ya era difícil para mí, como madre, mantener la calma. El estrés diario, la falta de sueño, las exigencias sociales, los humores de los niños -que gritan, que tiran juguetes, que no quieren hacer las tareas del cole- ya llevaban tiempo haciendo mella en mi paciencia. Ahora, todavía es más difícil. Mucho más difícil. Ahora todavía estoy más enfadada, mis niveles de calma están bajo mínimos, se me escapan más gritos.

Lo que me consuela (mal de muchos…) es que no he sido la única. Todos los padres a mi alrededor -familiares, amigos, conocidos- han soltado más gritos de lo habitual. Y con esto no quiero justificar los gritos. Solo exhibo una realidad, la que no verás en Instagram. Lo que realmente importa es cómo manejamos las consecuencias de esta tensión. La manera en la que consolamos a nuestros hijos. Cómo les explicamos nuestros cambios de humor. Sobre todo, cómo nos disculpamos con ellos. Reconocer nuestros errores y tratar de ser mejores día a día son, quizá, dos de las cualidades más reseñables como madres/padres. 

Como madres/padres, TODOS perdemos los papeles en algún momento. Lo malo llega cuando esto se convierte en la normalidad de nuestras relaciones con nuestros hijos, pues el estrés y el estar expuestos al enfado pueden afectar a sus patrones de sociabilidad, a su manera de manejar las emociones y a su autoestima. Aunque lo ideal sería que fuésemos capaces de mantener la calma nosotros, lo que está ciertamente en nuestras manos es aprender a calmar a nuestros hijos. Porque el conflicto es inevitable, pero saber gestionar sus consecuencias nos ayudará a crear relaciones más sanas, basadas en la confianza y la seguridad que nuestros hijos necesitan depositar en nosotros.

En estos tiempos de confinamiento, plagado de malas noticias, de teletrabajos, de pérdidas de trabajos, de ponernos la bata de profesoras, de cuidadoras, de cocineras, de limpiadoras y de animadoras socioculturales… lo que he observado en mí misma es que lo que me funciona, tras un momento de enfado, es esto:

Calmarme. Antes de consolar a mis hijos, debo ser capaz de controlar mis propias emociones. A veces he necesitado pocos segundos, a veces más minutos. A veces he tenido que apoyarme detrás de una puerta cerrada y respirar hondo varias veces. En este caso, expliqué a mis hijos que necesitaba calmarme, respirar y que pronto iba a volver a estar con ellos más tranquila.

Hacer un esfuerzo por reconectar. Me opongo a que mis hijos no me vean rota, o triste. He aprendido que mis hijos deben ver mis emociones. Ante la pérdida (por desgracia nos ha tocado perder a seres queridos durante esta pandemia), no me escondo. Les explico mi tristeza, mi impotencia y la causa de las mismas. Mi corriente es totalmente opuesta a «que no te vean así, son solo niños»; no. Son niños y deben ver que no somos infalibles, aunque sí confiables. Los niños son sensibles, son creativos y pueden darnos grandes soluciones y consuelo si les damos la oportunidad de hacerlo. Cuando hemos podido, hemos salido a la calle, hemos hecho un puzzle, hemos dado un paseo o simplemente nos hemos sentado juntos a ver una película. No es una compensación sino una muestra de que nuestro lazo sigue siendo fuerte pese a las inconveniencias.

Disculparme con los niños. Creo enormemente en el poder del perdón. Para nada pienso que pedir perdón o mostrar que me he equivocado o no he estado a la altura vaya a ser contraproducente para mis hijos. Además, creo que el mejor ejemplo somos nosotros mismos y lo que hacemos: estoy convencida de que si me ven pedir perdón, ellos desarrollarán la compasión y no les costará disculparse cuando deban hacerlo. Perdamos el miedo a pedir perdón a nuestros hijos: si no lo hacemos, es probable que, en el futuro, ellos tampoco lo hagan. Las disculpas son importantes. Y son buenas. Y cuanto antes lo aprendan nuestros hijos, mejor.

Los padres nos equivocamos todos los días. Toooodos. Y quizá no sea necesario pedir disculpas constantemente pero, si es necesario, no es tan difícil, solo son dos palabras: «lo siento». Debemos convertir la disculpa en una cortesía generalizada. En el reconocimiento de que algo no ha salido como nos hubiera gustado y que tampoco es tan grave, porque las personas no somos perfectas. Adorar a nuestros hijos, amarlos, no está en las antípodas del conflicto. El amor también provoca conflictos.

Perdamos el miedo a disculparnos con nuestros hijos. Ahorrémosles la frustración. Enseñémosles cuanto antes que la perfección no es de este mundo. Que aprendan más pronto que tarde que la disculpa no es una debilidad, sino un acto de amor.

 

 

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