tic tac inaudible

EL TIC TAC INAUDIBLE, POR MIRIAM HERNÁNDEZ CALERO

La realidad Maternidad

Miriam y yo compartimos redacción en otro tiempo. Bueno, compartimos oficina: ella estaba en redacción y yo en publicidad. Un día, charlando con ella, le pedí que dedicase una reflexión a la posibilidad de la maternidad cuando vives lejos de tus padres con un salario mileurista, en una ciudad que no es la tuya. Y ella, mujer generosa, se miró hacia adentro y me trajo estas palabras que comparto con todo mi agradecimiento:

 

EL TIC TAC INAUDIBLE

Siempre me ha parecido que vivir a 400 kilómetros del sitio en el que me crié, lejos de ser un obstáculo para mí, me ayuda a sentirme completa. Madrid tiene la curiosa habilidad de hacer que las hojas del calendario pasen rápidamente, como en una película de animación, a 30 frames por segundo.

Entre trenes de cercanías, vagones de metro y horas extra casi no me he dado cuenta del paso de los días y las estaciones. La prisa de Madrid me sumerge en un extraña paradoja: cuánto más rápido se mueve mi alrededor, más despacio voy; como en uno de esos virales time lapse que tantas veces compartimos en Facebook, en el que el elemento fijo soy yo.

Villafranca y Madrid son mi yin y mi yang. Mi lentitud y mi velocidad. Mi vida imaginaria y mi vida real. Mi locura y mi cordura. Y sumida en estos pensamientos casi no me doy cuenta de que hay un tic tac sonando dentro de mí. Un ritmo repetitivo e incansable que parecen escuchar todos los vecinos del pueblo en cuanto pongo un pie en una de sus calles. “Niña, ¿y vosotros para cuándo?”, me repiten las vecinas en la plaza de abastos. “Es normal, hija, son cosas de los viejos”, le resta importancia mi madre.

Pero la pregunta también llega de aquellos que a pesar de la distancia, siempre están contigo: los amigos de la infancia. “No deberían preguntártelo, pero quizá sea el momento de que tú te lo plantees. Ya no somos unas crías”. Tras unos breves segundos de estupefacción, dos minutos de risa y uno de incredulidad, me asaltó una duda aún mayor: ¿Por qué ni siquiera nos lo hemos planteado?

Ocho años como pareja estable, cinco conviviendo, uno de casados y aún no se nos había ocurrido.

Quizás es que mi tic tac aún era inaudible… ¿O era inaudible porque hay demasiado ruido? El ruido que Sabina decía, “ruido de frenazos, ruido sin sentido, ruido de arañazos…”. Ruido de tráfico, ruido de reuniones, ruido de opiniones, ruido de noticias, ruido de oficina, ruido de teléfono, ruido de facturas, ruido de lejanía…

Ahora que comienzo a respirar, por fin puedo escuchar lo que mi yo interior me tiene que decir. Sin prisas, pero con perspectivas de futuro. A lo película americana me dispongo a hacer una lista de pros y contras en la que hay muchos elementos en la segunda columna:

¿Qué vamos a hacer aquí los dos solos con una criatura? Si no nos llega ni para cubrir gastos. Tendríamos que mudarnos, en esta casa no cabemos.

¿Qué haríamos para compaginar el trabajo con la vida familiar? Nos mudaríamos al pueblo si hubiera trabajo. Viviendo en Madrid, nuestros padres no van a poder disfrutar del bebé apenas, estando tan lejos.

¿Y qué hago si enferma? Mi madre sabría seguro lo que le pasa con solo mirarlo.

¿Cuánto costará una guardería? 

Y, cuando crezca, ¿cómo vamos a poder mantenerlo?

¿Y si nos despiden?

¿Y si…?

Y en estos pensamientos se queda una, hasta que llega el día en el que el ruido del reloj se hace insoportable. Y te lanzas a la aventura con el único pro que hay en la lista: ser felices. Y que le den al ruido.

 

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