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EL VIAJE INTERIOR DE CRISTINA AVELLO

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Si te gusta el arte, si crees en él, si disfrutas, audioguía en mano, de una exposición como si fueras un niño en una piscina de bolas, si encuentras ese momento de admiración de la belleza sanador para el alma… imagina lo precioso que es poder ver una exposición y que la propia autora te cuente sus motivaciones, sus procesos, sus porqués y sus intenciones de viva voz, delante de sus obras.

Esto me sucedió la semana pasada en la galería Lucía Mendoza de Madrid. Me gusta tanto acudir a exposiciones que, hasta la noche anterior, soñé con lo que iba a encontrar allí. Obviamente, mi sueño y la realidad no tenían nada que ver. Pero qué más da. Soñé y disfruté algo de noche y viví y disfruté algo de día. Es mi suerte. Esa mañana me encontré con la artista madrileña Cristina Avello que, hasta el 22 de mayo, presenta Whimsical, su primera exposición individual, a través de esculturas e instalaciones que revelan su mundo interior, sus intereses y sus percepciones.

Cristina, para ser creadora, dejó atrás una carrera exitosa como abogada especializada en Derecho Bancario, que la llevó a ejercer y a vivir durante varios años en las ciudades de Londres y Nueva York. Fue en la ciudad que nunca duerme cuando, aprovechando la baja por maternidad de su primer hijo, Ignacio (16 años), encontró en una cena a una anfitriona que le habló de una academia de Arte donde Cristina encontró el caldo de cultivo necesario para entregarse a su pasión.

Ahora, madre de Ignacio y de las gemelas Cristina y Gadea (14 años), está de vuelta en Madrid, reencontrándose con sus raíces. Pero lo que se ha traído consigo es una faceta artística luminosa, optimista y llena de matices que, revela su inspiración: la mujer y la búsqueda constante de equilibrio en la que vivimos inmersas.

Cristina me guio por la exposición, explicándome el por qué de cada obra, de sus colores e intenciones, a la vez que pudimos charlar sobre cómo la maternidad ha sido determinante, en su caso, para romper con un camino que ya tenía muy bien asfaltado para comenzar a trazar su propio sendero, rodeado este de maderas de tilo, de abedul asturiano y de las flores que ella misma crea, aunque admita que las que no son de madera no se le dan demasiado bien…

¿Cómo era tu trabajo antes de ser madre?

A mí no me dejaron estudiar Arte, que es para lo que me había preparado. Estudié Derecho. Antes de tener a Ignacio yo trabajaba en un despacho de abogados en Madrid. Cuando me casé y me fui a vivir a Londres, trabajé en su sucursal allí. Al tener a Ignacio, estando de baja de maternidad, ya no volví porque nos mudamos a Nueva York y pude estudiar, por fin, Arte.

Irme a Nueva York me ayudó a dedicarme al arte. Trabajaba en un despacho internacional y, al irme a Nueva York, podría haber trabajado en la oficina de allí. Pero al llegar con un niño de tres meses, mi marido que había vivido en Londres 13 años antes de que yo llegara, era una ciudad conocida para él. Pero Nueva York era nuevo para ambos y yo dediqué mis esfuerzos a establecernos. Me tomé un periodo de tiempo, de baja por maternidad, para encontrar casa e infraestructuras para nuestra vida allí. A veces, hay ángeles que se cruzan en tu vida. En la segunda cita que tuvimos con amigos de amigos, una artista me dijo que iba a una academia y yo le pregunté si podría ir con ella al día siguiente a visitarla. Cuando entré, vi que era mi lugar. Nueva York significó cortar el cordón umbilical y poder hacer lo que realmente deseaba. Antes de ese momento, no me vi con fuerzas para ello. No había luchado por ello. ¡Me tuve que ir muy lejos!

¡Y dejaste tu trabajo para dedicarte a tu pasión!

No quería defraudar. En mi casa tenías que estudiar Arquitectura, Ingeniería, Derecho, Empresariales, hasta prepararte para ser monja, me decía mi padre… Como era buena estudiante, elegí Derecho y lo hice. Al terminar, tenía un buen trabajo. En ese momento, pensé que no se puede ser arrogante y rechazar esa oportunidad. Te metes en una rueda de la que es muy difícil salir, porque en el fondo tienes el trabajo que la gente que ha estudiado contigo la carrera desearía tener. Yo hacía Derecho Bancario y dormía muchas noches en la oficina, trabajaba los fines de semana… no existía tiempo que pudiese dedicar a nada más.

Tener a Ignacio, tener ese tiempo de baja por maternidad, permitió que me plantease hacer Arte. Mi marido me preguntó: «¿tú quieres ser tu jefe?». Y yo le dije que no: mi jefe era una persona encantadora, un ejemplo a seguir, pero no me veía en veinte años teniendo la vida que tenía. Él estaba conmigo trabajando a las 5 de la mañana. Si eres joven y estás trabajando duro porque puedes, bien. Pero si tu jefe está haciendo tantas horas como estás haciendo tú en ese momento, perdiendo sueño… no me vi ahí. Creo que esa pregunta fue el detonador. Mi marido siempre ha creído en mí, me ha apoyado. Me animó a no volver de nuevo al trabajo y a ahondar en mis estudios de Arte.

¿Cuál es la huella de tus hijos en tu trabajo?

Siempre la ha habido. Mis hijos, obviamente, hicieron que todavía la influencia fuera mayor, pero a mí siempre me ha emocionado el mundo de los niños: las películas, los juegos… me inspira un montón porque insisto mucho en conservar la mirada infantil. Muchas de mis obras las hago con sus juegos: he utilizado muchas de sus cosas (imanes, legos…) para imaginar. Ellos están muy involucrados en mi obra.

¿Qué es, para ti, lo mejor y lo peor de la maternidad?

Lo mejor es verles todos los días y pensar que tengo algo que es mío, mío. Ver cómo se refleja en ellos tu actitud, la de tu familia… me encanta observarlos. Lo más difícil es la duda de no saber si lo estoy haciendo bien, porque yo creo que hay una ventana en las que les puedes influir, pero esa ventana se cierra. Justo con Ignacio, con 16 años, me da miedo no haber llegado a transmitirle lo que quería transmitir… porque no sé si a una edad ya dejan de escucharte… Tengo tres hijos en plena pubertad y es muy momento muy complicado. Las niñas han empezado este periodo mucho antes. Es el día de la marmota… repito las mismas cosas todos los días con la duda de si cala en ellos.

Madrid, Londres, Nueva York, de vuelta a Madrid… ¿qué significó, para ti, volver?

En general, volver significó la vuelta a la familia. Yo crie a mis hijos sola: volví cuando tenían 10 y 8 años. En mi familia somos muy piña. Volvíamos en cada periodo vacacional para que los niños se sintieran unidos a nuestras familias. Volver, para ellos, significó encontrar a su familia, encontrar sus raíces.

Pagas un peaje muy alto cuando te mudas: cuando vives tanto tiempo fuera, realmente dejas a mucha gente querida en el otro lado. Ahora, con la pandemia, poder viajar es lo que más echo de menos: antes viajaba con frecuencia a Nueva York y ahora echo en falta esa parte. Nueva York es mi inspiración, es brutal.

Aquí vivimos mucho pensando en el futuro. Allí, un día es agotador, cunde mucho. Te despiertas antes, es otro ritmo de vida. Cuando voy allí es como si recargase mi batería. De Nueva York también tienes que huir a menudo. Cuando vivía allí, intentaba salir de la ciudad y conectar con la naturaleza lo máximo posible. Vivir allí es muy intenso, es como una relación de amor-odio. Tienes que salir y ver verde, paz. Sobre todo, cuando los niños son pequeños, no estar todo el rato diciendo a los niños «¡cuidado!», «¡por ahí, no!». Vives con el miedo a que los atropellen, a que se caigan con el monopatín por esas aceras destrozadas…

¿Qué caracteriza, principalmente, a tu obra?

Todas mis obras son momentos que vivimos pero que no son míos, los comparto con todos porque tengo la suerte, de alguna manera, de sacarlos. Hablo de experiencias humanas, de nuestro día a día.

Cuando haces una obra hay cosas que se descartan. Yo siempre pido que no se tire ningún descarte: todo lo que salga de la obra tendrá una utilidad posterior en mi obra. Cuando trabajo la madera, siempre que hago cortes, para mí es un poco como cicatrices. Las cicatrices, para mí, muchas veces son más importantes que la propia historia. Intentamos taparlas, olvidarlas, pero realmente cuentan más de nosotros mismos que lo que intentamos enseñar. Con esa idea, nunca tiro los materiales sobrantes. 

 

 

Puedes ver Whimsical, la exposición de Cristina Avello, en la galería Lucía Mendoza de Madrid hasta el próximo 22 de mayo.

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DESEMPOLVANDO MOMENTOS, 2019

Cada vez que tallo guardo en bolsas las virutas. Es como cuando entras en un sitio y hueles algo, y te lleva a algo. El color, el momento, me transporta al momento en el que estaba tallando. Esta es la primera escultura que tallé. Al ponerle los hilos, sentí que estaba cosiendo. Trabajo con madera, con gubia y a mano, de manera lenta. Respetando el material, sin forzar. Me recuerda al coser.

El azul es uno de los colores, con el rosa, que quizá más he utilizado, en referencia a la mar, mi gran inspiración junto a la mujer. Tengo un grupo de amigas, mujeres a las que considero muy fuertes. Tengo la sensación de que la misma conversación se repite continuamente: Todas buscamos equilibrio, aunque desde fuera se nos vea fuertes. Cuando te sientas delante de la mar, de repente coges perspectiva, sientes que te mece. Empecé a traducir en el movimiento de la madera al tallarla ese movimiento de la mar, de una mujer, de una madre que te abraza.

LOOKING FOR SILENCE, 2017

Empecé trabajando la madera en Nueva York. En la academia teníamos un espacio limitado para guardar nuestras piezas y yo comencé a apilar la madera que utilizaba. Tenías la libertad de hacerlo crecer o no. Este fue el ejercicio que yo hice: cómo encuentro yo el equilibrio para poder transmitirlo. Hice una obra cóncava en la que observar cómo se mueve la mar. Paso muchas horas en silencio tallando. El color rosa me encanta, tenía que estar aquí porque es el código para entender cómo llegué hasta aquí.

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FLUIR, VER FLUIR, DEJAR FLUIR, 2021

Estaba intentando ver que había un montón de cosas que sucedían y que yo no podía controlar. Son flechas, cosas que pasan en la vida que van y vienen. Surgió la idea esperando a que mi avión despegara en el aeropuerto, me sentí en medio de una especie de avispero y quería arrancar. Debemos tomar un poco de perspectiva y dejar que las cosas ocurran.

LO QUE OCURRE EN EL INTERIOR, 2021

Nace cuando empiezo a tallar madera. Esas piezas se quedan conmigo durante varios años.  Hay piezas que traje de Nueva York, guardadas en una caja. Las sacaba de vez en cuando, hasta que encontrasen su camino. Las originales de madera se mezclan con las que están con pigmentos de escayola. Seguían creciendo y, de pronto, cuando empecé a pensar en otra de mis obras, Ventanas al alma, vi todas en la mesa y lo vi claro: lo que ocurre en el interior, cuando miramos hacia adentro, es que estamos bombardeados por tal cantidad de imágenes que hemos terminado convirtiéndonos en una. Pero puede que no estemos de acuerdo con la imagen que proyectamos, sin siquiera haberlo pensado. En estas pequeñas mirillas encuentras el corazón, el latido de cada una de esas personas, hacia su interior, huyendo de sus fachadas.

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FLORES DE CRECIMIENTO, 2020

Antes del confinamiento estaba trabajando estas flores del crecimiento, utilizando el negro como color. Cuando nos confinaron, me llevé del taller piezas pequeñas de madera para seguir con mi trabajo.

Una íntima amiga me dijo «Cristina, no van a ser 15 días… van a ser más. No te metas en el negro». Le hice caso y salté del negro al color. Comencé a tallar estas flores, era primavera. Yo no tengo mano con las flores: mi hermano y mi madre me mandaban ramos para animar mi casa. Les dije que iba a hacer un jardín con madera. Volví al mundo de los niños, a leer de nuevo Alicia en el País de las Maravillas… pensé que si ella era capaz de pintar flores a brochazos, yo podría tallarlas.

Empecé a pedir madera a mi proveedor en Asturias, que es una persona que conozco desde pequeña y creo que llega a mí con alma, con carácter. Mis flores empezaron a crecer, las puse en el salón… ensambladas o sin ensamblar, guardan el equilibrio.

Durante el confinamiento, intentábamos, a diario, sacar algo positivo de nuestras experiencias para contárnoslas durante las cenas. Yo aprendí dos palabras y quería compartirlas: Satori, que es cuando un crecimiento por revelación que no te duele. Kensho, por el contrario, hace referencia a un crecimiento con dolor. Era el primer momento en mi vida en el que sentí que estábamos creciendo todos de ambas maneras: con mucho dolor y mucha revelación. Así se convirtieron en flores de crecimiento, talladas en madera de abedul asturiano.

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