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Gabriela Consuegra
(c) Andrés Rodríguez Morado

GABRIELA CONSUEGRA: «ME INTERESABA MUY POCO EL MUNDO TRAS LA PÉRDIDA DE MI PADRE»

Bienestar La realidad Padres Para leer

Dice Gabriela Consuegra en su libro Ha pasado un minuto y queda una vida:

Mi papá era el mejor del mundo.

¿Cómo podía ser el mundo mejor después del mejor papá del mundo? No podía ser.

No hay un mundo en el que no llegue a abrazarte o a escuchar tus historias. No hay un mundo en el que no te llame para decirte cualquier cosa. No hay un mundo en el que no me llames para contarme algún chiste malo. No hay un mundo…

Y es que el mundo, tal y como lo conocemos, se acaba cuando pasamos, de alguna manera, a convertirnos en madres (o padres) de nuestros padres (o madres). Cuando ellos ya no pueden cuidarnos, cuando nosotras los cuidamos a ellos. Máxime cuando una enfermedad como el cáncer los alcanza. Perdí a mi padre hace dos años y pocos días, por leucemia. Se desmoronó el mundo ante mis pies. Caminaba y sentía cómo me zancadilleaban constantemente. Me levantaba y me volvía a caer. Miraba y me sentía perdida. No reconocía el camino. Falló mi centro de gravedad.

Comencé a leer sobre el duelo compulsivamente. Necesitaba entender lo que estaba sucediendo, cómo me estaba sintiendo. Y quería que alguien me lo contara a través de las letras de los libros. Pensé que si ya cojeaba de un pie sin mi padre, me sentiría inválida sin mi madre. Mi mayor miedo era que le sucediese algo. Algo que no tardó en suceder: ella también se fue, un año y medio después de mi padre. Me quedé sin red, sin muletas y casi sin respiración con 38 años.

Gabriela Consuegra tiene 28 años y varios viajes transoceánicos a cuestas. Nacida en Caracas, reside en A Coruña, donde sigue trabajando con las letras, que son su súper poder. Ella perdió a su padre, Alvarito, en 2016, tras dos años de terrible enfermedad. Ella también se quedó coja en un mundo que no le valía la pena que guardaba. Ella también leyó sobre el duelo y fue más allá: se lo escribió a sí misma, a su querido Alvarito y a todas las que necesitamos bebernos este tipo de testimonios como agua de mayo.

En Ha pasado un minuto y queda una vida, Gabriela habla de la enfermedad, de la muerte, del dolor y de la superación en un relato con el que es difícil no mimetizarse. Hayas pasado o no por el trance de la pérdida de un ser querido, entiendes todo, abrazas todo, lo lloras todo. Cuando has pasado por ahí, te lo bebes, lo absorbes, vas de la mano con ese relato. Te reconoces en algunos pasajes aunque medien océanos entre un hospital y otro. Aunque uno se llame Alvarito y sea venezolano y el otro se llame Ernesto y sea un señor de Cuenca.

Alvarito, el sol de Gabriela, enfermó en 2014. Ella comenzó a escribir este libro cuando irrumpió la enfermedad: «Fue muy violenta la manera en la que nos llegó su enfermedad. Cuando pasaron los primeros momentos, yo estaba llena de confusión. Sabía que tenía el riesgo de optar por la evasión, que es lo que te pide el cuerpo, porque no estás preparada para lo que está pasando pero, al mismo tiempo, no quería desperdiciar ese último momento con él. Yo no sabía cuánto iba a durar y opté por la reflexión a riesgo de lo que eso supone también. Me obligó a hacerme muchas preguntas y a cuestionarme muchas cosas. Yo estaba en un taller de crónica y tenía que hacer una tarea que no había hecho porque había estado en el hospital. No quería quedar mal, comencé a escribir y de ahí surgió el primer texto. Cuando lo escribí, descubrí lo mucho que me ayudaba a entender y poner un poco de orden a lo que estaba sufriendo. A partir de entonces, cada vez que me pasaba algo muy potente, lo escribía. Por eso, el libro está construido a partir de escenas que considero difíciles de digerir. Fue mi manera de canalizar lo que me estaba sucediendo«.

Hemos conversado con Gabriela sobre su libro, sobre el proceso de creación, sobre la oscuridad, sobre la soledad, sobre cómo seguir viviendo cuando se te apaga la luz que te guía. Sobre cómo te levantas y comprendes que la vida no ha acabado para ti ni para ellos, que viven a través de ti. Y eso es algo que podrán contarte y podrás creerte o no. Yo lo entendí cuando perdí a mi madre, entendí eso que tantas veces me decía: «no sabes lo feliz que soy a través de ti, viendo lo que ves, sabiendo lo que vives».

Participaste en un taller de crónica que te condujo hasta eta novela, a una forma de escritura terapéutica. No sé si escribir sobre el dolor cura, pero sí parece una vía de escape. ¿Qué ha supuesto para ti la literatura? ¿Cómo te ayuda lo que lees y lo que escribes a vivir este duelo?

Lo que notaba era que me golpeó muy rápido la orfandad, incluso antes de que sucediera. Esa soledad, ese entender que la red que te sostenía, de repente, se desarma. Fue eso lo que encontré en la literatura: compañía. Viví la muerte de mi padre como un proceso muy solitario a pesar de que tenía mucha gente alrededor. El resguardo, el refugio que encontré estaba primero en los libros que leí y más tarde escribiendo algo que deseaba desde lo más profundo que conectara con otras personas que habían pasado o iban a pasar por la pérdida. Siempre tuve muy presente la idea de que había alguien más al otro lado. Eso me ayudaba a sobreponerme aunque en ese momento no hubiera nadie. Pero esa esperanza de estar apelando a alguien y estar, de alguna forma, viviéndolo con otra persona en unos tiempos que no concordaban pero que yo quería que llegasen me ayudó y, en ese sentido, escribir sí era terapéutico para mí, me hacía sentir que no estaba pasando por ese dolor sola. Escribí el libro que me hubiese gustado leer en ese momento. Lo que más rescato, además del tema de lidiar con el duelo y entender el proceso, es la gran compañía que yo sentí escribiendo el libro.

¿Qué libros te ayudaron a sobrellevar tu pérdida?

Para mí fue clave un clásico de Joan Didion, El año del pensamiento mágico. Fue una tabla de salvación, como una epifanía. Me hizo mucho bien y es un libro del que hablo y me emociono porque recuerdo que fue el primer resguardo que encontré en ese momento. También me emociona El enterrador de Thomas Lynch porque abordaba la situación desde todas las perspectivas posibles pero ya dejaba entreabierta la puerta de la vida seguía y que uno se convertía en sus padres y en sus muertos, y ellos empezaban a habitar en ti de alguna forma, una reencarnación casi.  También esto pasará, de Milena Busquets, me reconcilió todavía más con la idea de que había una vida después.

Cuando estuve escribiendo, hubo un momento en que dejé de leer libros de duelo porque  yo quería contar mi propio proceso sin alimentarme de otras fuentes para tratar de que fuese lo más honesto posible. Cuando conseguí editorial y ya el libro fue a galeradas, retomé todas las lecturas pendientes que tenía, a llorar mares y a reafirmarme en que, por suerte, no leí más libros porque no hubiera tenido fuerzas para publicar el mío.

En tu libro hablas de la percepción de la belleza. En los momentos más oscuros o dolorosos del duelo, cuando piensas que no vas a poder con ello, la belleza aparece ante ti de una manera muy obvia y destacada, o la percepción que tenemos de ella es mayor. ¿Qué relación has experimentado con la belleza a través del duelo?

Es una de las cosas que más me sorprendieron y yo ahora lo atribuyo a que estaba tan mal y tan hundida y tenía tanto dolor que me salvó un poco el cuerpo. Te regresa del mundo en el que no quieres estar porque aparece ante ti como incompleto, pierde toda su gracia. Me interesaba muy poco el mundo tras la pérdida de mi padre, pensaba que se había quedado vacío y a mí me daba igual. Era tan brutal lo que estaba sucediendo a mi cuerpo, la belleza no hacía sino atarme mucho al mundo y obligarme casi a estar aquí con todos mis sentidos alerta y abrumados por tanto. Siento que es un mecanismo de defensa del cuerpo, cuando la mente está tan perdida: ahora lo interpreto de esa forma.

Al mismo tiempo sí pensaba mucho: «mi padre ya no puede ver esto» y la primera vez que vi a mi hermana reírse, que nos reímos de un chiste, pensé que era el primer momento, el primer chiste que mi padre se perdía. Tenía esa idea siempre muy presente y se convirtió casi en una responsabilidad el hecho de percibir todo lo que él no estaba viendo más, porque siempre nos dijo, mucho antes de enfermar, que tanto mi hermana como yo seríamos sus ojos en el futuro. Eso me cobró una fuerza que me obligó, en cierto punto, a vivir, y luego me enseñó a hacerlo. Al principio por obligación, luego por gusto.

Al leer tu bio en la solapa del libro, me gustó leer esta frase: «aunque con el paso del tiempo empieza a reconocer que, a veces , en círculos también se avanza»… 

Una vida llena de círculos es la que me ha traído hasta aquí. Primero, porque soy muy reflexiva y eso, en mi caso, implica pensar mucho las cosas hasta poder estar segura. Busco diferentes vías y perspectivas distintas de todo. Pero el ejemplo clásico que creo que inspira esa frase es que, cuando sucede todo lo de mi padre padre, una vez que ya no está, yo continúo viviendo casi en inercia. En algún momento, me planteo qué decisiones estoy tomando, hacia dónde estoy yendo, qué quiero hacer y suspendo un poco mi vida sin tanto temor y me quedo quieta, me quedo observando todo y reconfigurando mi vida. Me voy un año a Buenos Aires a reflexionar, a estar allí, a trabajar. Pero quería estar sola y me estaba alejando del camino nuevamente. Ya había estado, con el tema de la enfermedad de mi padre, alejada de lo que me tocaba en ese momento que era la universidad, con algunos trabajos… pero sin todo eso, sin haberme ido a Buenos Aires ese año, no creo que hubiese podido vivir mis procesos a mi manera, porque yo entendí que tenía una forma mía, ni mejor ni peor pero mía, de atravesar las cosas y que mi forma era en círculos, repasando todo muchas veces, dibujando otros lados. Sabía que eso me llevaba a algún lugar. A veces, parece que no te estás moviendo, que no avanzas, pero es que la vida tiene muchas dimensiones y a veces avanzas incluso por dentro y eso es algo que nadie puede ver ni medir. Lo mismo pasa con el duelo: la idea de que hay que superar el duelo me parece que te empuja al movimiento, a que tienes que seguir viviendo de una forma que todo el mundo tiene que percibir que tú has continuado con tu vida. Mucha gente me decía que tenía que superarlo pero yo no era capaz, porque seguía inmersa en ese proceso.

Tu madre aparece en un par de momentos en el libro, de manera muy breve, quizá es la persona de la que menos se habla y, de alguna manera, me sorprende.

La esencia, en parte, de este libro es que yo no tenía ojos para nada más. Cuando mi padre se fue, solo podía verle a él y eso desdibujó un poco todo lo que había alrededor. Injustamente, también, porque había mucha gente conmigo —la familia de mi padre, mi hermana, mi madre…— y todos fueron eclipsados por mi padre y eso se refleja en el libro con la honestidad con la que yo lo viví. Puede que sea también porque mi madre estaba conmigo y tenía tiempo de recuperar todo, de volver a conectar con todo el mundo, pero hubo un momento en que, para mí, no existía nada más.

Yo expliqué a mi madre que no tenía nada que ver con ella. Y ella me dijo: «en ese sentido, el amor de tu padre fue muy egoísta porque no dejaba espacio para nadie más». Ahora, lo lleva mejor (risas). Este proceso mío nos perjudicó un poco también, porque yo sentía que nadie me parecía tan especial como mi padre y mi familia tuvo que cargar con esa responsabilidad, con sentir que no eran suficientes. Pero era un tema absolutamente mío.

¿Cómo te encuentras ahora mismo, pasado el tiempo?

Ahora que se ha cerrado esa plataforma de conversación activa que tenía con mi padre, que era este libro que también era una forma de seguir hablando con él, sobre todo cuando ya no estaba, estoy muy concentrada en buscar y seguir encontrando, en realidad, todas las formas en las que sigo manteniendo conversaciones con mi padre, incluso discutiendo con él… estoy bien porque ya lo siento conmigo y he entendido que es una realidad que tus muertos te habitan. Mi padre no es que viva conmigo, es que vive a través de mí y a través de mí continúa su vida. Me duele mucho, por ejemplo, que no esté aquí, viendo todo lo que está pasando con el libro pero sé y escucho perfectamente lo que me diría, los chistes que haría al respecto, y eso me da mucha tranquilidad. Siento que lo voy llevando cada vez mejor porque encuentro más vías de mantenerme en contacto con él y con toda mi familia. Al final, es muy importante que el duelo no te arrebate la vida entera, sino lo justo solamente. 

¿Qué viene después?

Mi escritura es una forma de relacionarme con la cotidianidad, lo entendí con este libro. Yo pongo muy en valor la cotidianidad, aunque a veces parece que es algo que no interesa a nadie, pero es que vamos a tumbos y muy rápido avanzando por nuestra vida. Yo no quiero eso y escribir es mi forma de no pasar indiferente por mi propia vida, que no es poco. Hay proyectos nuevos que irán en la línea de lo cotidiano.

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gabriela consuegra

HA PASADO UN MINUTO Y QUEDA UNA VIDA, GABRIELA CONSUEGRA

Todo empieza por la célula. Una célula de Álvaro se transforma, muta, se reprograma, se niega a morir. Pronto vienen más, se rebelan ante el organismo, se reproducen, forman masas, bultos. Con ellas llegan los síntomas y con los síntomas, el diagnóstico. Pero Álvaro no lo escucha solo, porque quien está allí, junto a él, es Gabriela, su hija. Será ella quien narre esos días y por tanto esta historia, la de una familia que se enfrenta a un destino feroz y a la rabia y desolación de un futuro que se convierte en amenaza.

Gabriela escribe aquí un testimonio poéticoun reconocimiento de lo poco preparados que estamos para cuidar a quien nos ha cuidado. Un relato hecho de retazos rescatados al recuerdo para narrar el difícil camino de una hija que empieza a asumir que existirá un mundo incapaz de imaginar. Un mundo sin su padre.

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