LA AMBIVALENCIA DE LA DECISIÓN DE SER MADRE
(C) Artem Maltsev (Unsplash)

LA AMBIVALENCIA DE LA DECISIÓN DE SER MADRE

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No recuerdo en qué momento exacto de mi vida sentí que la maternidad no formaría parte de mi realidad. No sé cuándo, pero de lo que sí estoy segura es de que es un pensamiento que me acompañó durante mucho años. Me recuerdo en el colegio pensando que no quería ser madre. Quería tener una vida exitosa y reconocida, quería brillar en el ámbito laboral. Quería tener libertad de viajar, hacer y deshacer. Me agobiaba la idea de firmar un compromiso de por vida con un ser humano (o dos, o tres…) que ya siempre ocuparía parte de mi realidad, mis preocupaciones y mis ocupaciones. Me mantuve firme durante mucho tiempo en ese “yo no seré madre porque mi objetivo es el éxito profesional”, tan firme que es algo bastante público en mi entorno próximo. Mis padres, mi hermana, mis amigos y amigas dan por supuesto que no seré madre. Y esto, que en aquellos años fue una ventaja al no sentirme presionada hacia la maternidad, hoy es un gran peso, impacta en cómo me siento ante mis dudas y la soledad con la que he vivido este proceso durante mucho tiempo. El miedo al juicio, el miedo al cambio.

La vida, el conocimiento, las gafas violetas, la edad y vete tú a saber qué más empezaron a hacerme dudar de cuáles eran mis objetivos vitales. Con el tiempo, me he dado cuenta de que la maternidad no es la responsable de la ausencia de éxito. El único responsable es el sistema que no solo no da espacio a las mujeres, sino que, además, se empeña en definir el éxito desde la mirada productiva. Casualmente, esa mirada coincide con el terreno puramente conquistado por los hombres. Cada día soy más consciente de que ni se entienden ni se respetan los cuidados y de que las mujeres seguimos teniendo muchas más dificultades —y cargas— a la hora de perseguir nuestros sueños, sean los que sean. También pienso en lo difícil que es compaginar lo productivo y lo reproductivo en la sociedad actual, y en la situación de empobrecimiento financiero a la que somos empujadas las mujeres. Mientras, seguimos criando en soledad y viéndonos obligadas a renunciar a un ámbito si queremos gozar del otro.

Me pregunto si los hombres, cuando piensan en la paternidad, reflexionan sobre este tipo de cosas. ¿Ellos también sienten que tienen que elegir entre dos caminos, el productivo o el reproductivo? ¿Hasta dónde llega la influencia del sistema, si siendo niña llegué a la conclusión de tener que rechazar ser madre para poder tener éxito? ¿Por qué el éxito está definido de la mano de lo profesional? ¿Es casualidad que este sea el ámbito más conquistado por los hombres, ámbito en el que muchas luchamos por abrir el espacio que merecemos? ¿Quiénes nos dicen qué y cómo debemos vivir? ¿Qué es el éxito? ¿Quién decide si soy o no una persona de éxito? ¿Es la maternidad el problema o es el sistema? Sabiendo que la maternidad limita, ¿Es maternar la única situación que ejerce esa presión, es lo único que genera dependencias? Las demás mujeres, ¿tienen claro si quieren o no ser madres? ¿Tener dudas me convierte automáticamente en “no madre”? ¿Y si también las tengo de la “no maternidad”? ¿Estoy obligada a vivir la maternidad de la manera que espera la sociedad? ¿Tengo la capacidad de poder investigar qué tipo de madre me gustaría ser? ¿Cuánto impacta mi experiencia como hija en mi deseo (o no) de tener hijos? Si soy madre teniendo dudas, ¿querré menos a mis hijos? ¿Es más probable que me arrepienta? ¿Por qué nadie me insiste sobre arrepentirme de no ser madre? ¿De dónde nacen esas dudas? ¿Son mías? ¿Son de otros? Estas preguntas y muchas, muchísimas más, me bombardean la cabeza.

Cuando llevaba ya algún tiempo dándole vueltas, recuerdo ir a la revisión anual ginecológica y que me hicieran LA PREGUNTA: “¿Estás planteándote ser madre? Estás en la edad óptima y pronto empezará a bajar la reserva ovárica”. Vaya jarra de agua fría. Yo me veía joven. Me veo joven, pero la verdad es que esa juventud es social porque, biológicamente, el cuerpo es el cuerpo y lo objetivo es lo objetivo. Así que no sé ni por qué ni cómo, pero en agosto del 2021, en México, cenando una pizza —con piña, porque soy de esas— en un sitio maravilloso en la Laguna de Bacalar, abrí el melón con mi pareja. Recuerdo decir “estoy empezando a tener dudas sobre la maternidad”. Tuvimos una conversación preciosa en la que, por fin, pude decir en alto todas las preguntas y pensamientos cruzados que tenía en mi cabeza, perdiendo el miedo a sentirme juzgada. Algo me decía por dentro que, si no era capaz de compartirlo con mi pareja, esto sería una dificultad que tarde o temprano se convertiría en un problema en la relación.

Desde ese mismo momento me sentí liberada y empecé poco a poco a buscar información en internet, otros testimonios, a hablar con mujeres de mi familia, amigas, a tratar de descubrir cómo se decide si quieres o no ser madre. Y lo que me encontré fue una absoluta sorpresa: no se habla, no se sabe, solo se cree. Las creencias populares siguen muy arraigadas y eso, a las mujeres que tenemos dudas, nos hace sentir muy mal. Inferiores, incapaces. Yo ya me siento peor madre por el simple hecho de tener dudas. Ni siquiera soy madre y ya siento que si lo fuera, sería peor madre. He recibido desde “si dudas no lo tengas”, “si no lo tienes claro significa que no quieres serlo”, “es algo que se sabe”, “siempre has dicho que no, será por algo”, “es mejor arrepentirse de no serlo que de serlo” hasta “con lo bien que estás así”. Entre cada una de esas frases lapidarias que me asaltan y me remueven, pocas han sido las personas que me han preguntado “¿cuáles son tus dudas?”,“¿qué es lo que te pasa?”. Quizá hay mujeres que son madres (o no) de una forma más impulsiva o emocional, pero ¿es peor tratar de tomar la decisión de una manera más racional? ¿Por qué no hablamos de esto?

Sé que ninguna persona es realmente libre de decidir —ni sobre la maternidad, ni sobre nada—. Básicamente, porque estamos socializadas y formamos parte de una cultura que trata de empujarnos a unas creencias, unos valores y unos patrones. Pero quiero reivindicar, y reivindico, que igual que no es necesario ser madre, no es necesario que todas las mujeres sientan ese deseo o tomen esa decisión de manera puramente emocional. Si te estás preguntando qué me hace dudar, la respuesta es todo. Dudo de mi capacidad, de si quiero ser madre en este sistema que no acompaña. Dudo de las renuncias tanto de serlo como de no serlo. De qué rol quiero tener como madre; dudo porque me parece una decisión trascendental que trato de tomar desde el yo y no desde los demás, y eso me resulta sumamente difícil. Separar lo que se espera de mí de lo que yo deseo nunca me ha resultado tan complejo como cuando empecé a pensar en mi maternidad. Puedo asegurar que no es la primera vez que trato de contactar con mi deseos al margen de lo que el sistema espera de mí.

Este proceso me ha hecho dudar de mí como persona, como mujer, como psicóloga, como madre. Y fueron las mismas dudas las que me llevaron a querer saber más, a querer conocer cómo otras mujeres deciden si quieren (o no) ser mamás. Por eso, hoy me encuentro con una investigación entre manos a la que ya han respondido más de 2500 mujeres de manera anónima y que pronto empezaré a analizar. Una investigación que me ha servido para fustigarme un poco menos y darme cuenta de que la duda es humana. Las mujeres que dudamos somos más de las que yo creía, pero no lo decimos en alto porque tenemos miedo. Miedo al juicio, miedo a los “te lo dije” y miedo a ser menos válidas por dudar.

No sé dónde llevaré mi decisión o cuándo podré tomarla, pero sé que gracias a mi proceso y mi dolor he podido ayudar a otras mujeres a hacerse una serie de preguntas que les han empujado a identificar cuáles son sus bloqueos y sus motivaciones. Y, sobre todo, a sentirse menos raras ante este mundo que parece indicar que solo hay una manera correcta de decidir ser madre. Esta investigación me ha abierto las puertas a poder acompañar a otras mujeres que también sienten ambivalencia ante su (no) maternidad y necesitaban sentirse comprendidas y escuchadas e indagar en saber de dónde vienen las dudas. Esto me hace sentir plenamente realizada.

Si has llegado hasta aquí y eres madre o te ha interesado alguna vez el mundo perinatal, sabrás de sobra que la ambivalencia forma parte de la maternidad. Se sabe que se despierta en el embarazo con esa sensación de sí, pero no, de ilusión, pero miedo, de qué bien, pero madre mía y que acompaña durante toda la vida de crianza y sostén a nuestros hijos, con una dualidad que se mueve entre qué pasada de experiencia y qué agotada me siento. Pero lo que me gustaría hacer visible hoy, es que esa ambivalencia forma parte también del proceso de decisión sobre maternar o no, y eso, hay que hablarlo. Si has sido mamá y tenías dudas; si no querías serlo y la vida te llevó a serlo; si pensabas que querías serlo, pero a veces te preguntas por qué lo fuiste; si no lo has sido y ahora sientes que te arrepientes, quiero decirte que la duda es humana. Que eres válida sientas lo que sientas y que naturalicemos la ambivalencia cuando, como bien apunta Diana Oliver en su libro Maternidades Precarias, “tener hijos en el mundo actual (está) entre el privilegio y la incertidumbre”.

 

Andrea Rueda

Psicóloga y Fundadora de De Dolores y Gloria

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2 comentarios

  1. Me gusta todo lo que dices y me gustaría añadir otro tipo de dudas a la hora de ser madre que a mi me pasaba y no me atrevía a compartir con por si parecía “frívola”.
    Yo tenía pánico a la transformación de mi cuerpo y a sentir un ser vivo creciendo dentro de mí como un alien.
    Recuero de mirar aterrada como mi ombligo sobresalía en la cima de una inmensa barriga.
    Cada patada de mi bebé era un suplicio.
    Y qué decir del parto?. Para casi todas las madres es una experiencia preciosa. No voy a decir lo que recuerdo yo porque no quiero ni acordarme y, ya han pasado 27 años.
    Es complicado ser mujer, sin duda.
    Encantada de haberte leído Andrea

  2. Que maravilla poder leerte. Esa ambivalencia la sentí durante años, a veces aparece a día de hoy ya siendo madre.
    Este sistema capitalista y el patriarcado que pesa como un yugo no hace que la maternidad sea fácil, al contrario, a veces es como una sentencia de “tú ya estás fuera del mercado” cómo si criar a un hijo no fuera tarea suficiente, como si criar a un hijo me quitara de repente toda la formación que llevo a mis espaldas con la cual he ido generando ingresos, como si educar a un hijo en valores no supusiese nada para un sistema al cual se va a unir (a veces muy a mi pesar).
    Así que sí la ambivalencia existe, las dudas existen y somos humanas que dudamos hasta estando seguras. Aquí estamos en 1º de la vida.
    Gracias por tus palabras y por sumar.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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