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(c) Olga Ferré

LA VIDA SIN HIJOS DE GLORIA LABAY

Bienestar Maternidad Para leer

Qué difícil lo tenemos las mujeres a la hora de enfrentarnos a la maternidad. Todas.

Unas, porque no quieren ser madres. A estas, la sociedad las tilda de incompletas, del “solteronas”. Abundan las frases típicas: “se te va a pasar el arroz”, “¿pero es que no quieres tener hijos? ¡te vas a perder la mejor experiencia de la vida!”, “¡qué egoísta no querer tener hijos!” 

Unas, porque quieren serlo y no encuentran el momento, ni la persona, ni el lugar, ni la estabilidad, ni nada. Para ellas, la sociedad también tiene las perlas anteriormente escritas y otras más dolorosas: “ya verás: en cuanto dejes de obsesionarte con ello, te quedarás embarazada”, “sigue intentándolo, que quien la sigue, la consigue”, “todos los sueños se hacen realidad”. Qué bien harían en los colegios y en los institutos dando algunas clases sobre cómo no ser un bocazas y guardarse las frases hechas y los lugares comunes bien al fondo.

Muchas mujeres no son madres porque no quieren. Y eso está bien. Algunas mujeres lo son y se arrepienten. Y eso, en verdad, es tristísimo pero real, muchas veces aderezado por una sociedad que abandona a las madres y también a sus criaturas. Muchas mujeres no son madres porque no pueden. Por mucho que lo deseen. Por muy tranquilas que estén. Por mucho que se tomen la temperatura basal, controlen con una rigurosidad científica sus ciclos y sigan todas las recomendaciones que leen, que les cuentan, que ven. Hay mujeres que no son madres porque no pueden. Por mil motivos relacionados con la fisonomía o la salud. O porque no se han dado otros condicionantes ajenos a su cuerpo: un trabajo decente, apoyo familiar, una pareja con quien compartir la idea de una familia. ¿Y sabes lo peor de todo? Que la culpa siempre será de la mujer, cómo no. Ella será la llamada “estéril”, la sometida a mil analíticas, antes que su pareja masculina, si la tiene. Cuando la mujer aborta, carga con la culpa, con qué habrá hecho mal para perder a su criatura. Cuando la mujer no se queda embarazada, será su cuerpo y sus circunstancias lo primero en ponerse delante.

Bastante compleja es esta cuestión como para adornarla con los ecos del cuñadismo. La recomendación, en estos casos, es la de escuchar, apoyar, acompañar.  Y también callar, si no es para servir de ayuda.

Nos hace especial ilusión compartir contigo esta entrevista a la matrona Gloria Labay (Barcelona, 1965), una de las pocas mujeres que, en España, se dedican a acompañar a mujeres que no pueden tener hijos. Y lo hace a través de su plataforma La vida sin hijos, un espacio en el que buscan y encuentran apoyo, consuelo y un abrazo aquellas mujeres que, por tener dificultades reproductivas o sufrir infertilidad social, no pueden hacer realidad su deseo de convertirse en madres.

¿Cuándo supiste que querías ser madre? 

Yo creo que siempre tuve ese deseo. Desde joven me gustaban muchos las criaturas. De hecho, lo primero que estudié al acabar la educación primaria fue Puericultura y estuve trabajando en un Jardín de Infancia durante 4 años. 

¿Cuántas veces intentaste ser madre? ¿Qué sucedió?

Creo que mi principal dificultad fue la infertilidad social. Te explico: No conseguí una relación adecuada con quién cumplir mis deseos de maternidad durante mis mejores años fértiles. Como matrona, sabía que los 35 años marcan un descenso en la fertilidad de las mujeres, así que en esa fecha supe que si quería ser madre, tenía que priorizar ese deseo. Pero la pareja que tenía en ese momento no era adecuada para ese proyecto. Nos separamos. A los 37 inicié una nueva relación y ya fui incapaz de ser yo quien pusiera el método contraceptivo, tenía ya muchas ganas de ser madre. La primera vez que me quedé embarazada tenía 38 años. Ahí tuve mi primera pérdida, después un nuevo embarazo espontáneo a los 39 acabó igual, fue mi segundo aborto espontáneo. La relación se resintió —no solo por eso— y, de nuevo, me separé.  A los 40 años empecé a intentar técnicas de reproducción asistida en solitario, me quedé embarazada en la tercera inseminación y se produjo el tercer aborto. Eso fue devastador. Además, tuve que afrontarlo en solitario. Después de esta situación me hicieron un estudio completo, pero no encontraron nada a tener en cuenta. 

Mi ginecóloga, entonces, me aconsejo hacer una FIV (fecundación in vitro). Fue horrible pincharte cada día más y más hormonas y que la respuesta fuera escasa. Lograron recuperar pocos óvulos y, después de todo, no funcionó. Después de esa FIV, tuve claro que la maternidad biológica había pasado para mí —así lo decían mis óvulos—, así que después de asumir y aceptar ese diagnóstico, me plantee la adopción. 

Inicié el estudio de Idoneidad para Adopción Internacional a los 40 años, como familia monoparental. Elegí Nepal, pero a los pocos meses de estar en lista de espera, el proceso se complicó, cerraron las adopciones y estuve esperando 5 años por una criatura que nunca llegó. La vida iba pasando y a los 41 años inicié una nueva relación de pareja. Lo intenté vía natural, pero pasó más de un año y no me quedé embarazada. Fui de nuevo a mi ginecóloga y me propuso un tratamiento de ovodonación. Me costó aceptar el duelo de que no fuera con mi genética, pero era tan grande el deseo que seguí adelante. Con ese tratamiento volví a quedarme embarazada, pero tuve mi cuarta pérdida. Esta vez, a pesar de estar en pareja, fue muy traumático, pues creía que por fin estaba todo controlado, al ser óvulos de mujer joven. Tardé mucho en recuperarme y no veía el momento de ponerme los últimos embriones que tenía congelados.  Lo hice un año después con 44 años, pero tampoco funcionó. 

¿Hay límites al deseo de ser madre? ¿Hay algún momento en el que descubras que hay que parar? ¿En qué momento supiste cuándo dejar de intentarlo? 

No todas las personas tienen el mismo límite, pero es salud mental, física y emocional poder tener uno.  Mi límite fue la ovodonación y el fracaso de la adopción. Me faltaban 2 meses para cumplir 45 años cuando acabó la búsqueda de la maternidad, llevaba desde los 38. Fueron 7 años de mi vida subida a ese sueño. Ya no tenía ilusión por continuar, veía que había realizado todo en la búsqueda de la maternidad y que todas las puertas se me habían cerrado. 

La maternidad subrogada no era una posibilidad para mí. Lo veo como una mercantilización de los seres humanos y no estaba dispuesta a ser parte de ese mercadeo. A partir de ese momento, pensé: la maternidad solo a nivel profesional. Y ahí empezó un duelo que ni siquiera sabía que existía. 

La sociedad carga toda la responsabilidad en las mujeres, pero comentábamos que a la no maternidad por circunstancias se llega de muchas maneras distintas, siendo la menor en frecuencia la infertilidad física. ¿Qué otros tipos de causas existen? ¿A qué llamamos infertilidad social? 

Como he explicado antes la Infertilidad Social (IS) es no encontrar una pareja adecuada en tus años más fértiles para realizar el proyecto de tener una criatura. Muchas mujeres aparcan su deseo de ser madre esperando a que su pareja se decida o se encuentre preparada. Pero además de la IS, hay muchas otras maneras de acabar no siendo madre, por ejemplo: una enfermedad propia en la que se desaconseja el embarazo, tener una pareja que es estéril por enfermedad, no estar a gusto con tener que recurrir a la Reproducción Asistida. También es posible que encuentres una pareja adecuada que tiene hecha la vasectomía y no quiere más hijos. Porque priorizaste tu carrera profesional y desconocías los tempos de tu fertilidad, por haber nacido con malformación en los órganos reproductores, porque creías que antes debías curarte las heridas de tu infancia, por ambivalencia sobre ser o no ser madre…. En fin, por múltiples razones. 

La feminidad y la maternidad pueden caminar juntas, pero también satisfactoriamente separadas. ¿Qué necesitan las mujeres que no son madres por circunstancias de las demás mujeres? ¿Y del resto de la sociedad? 

Ser una mujer sin hijos es otra manera de ser una mujer adulta, otra manera de estar en el mundo. Pero está tan asumido que ser mujer es ser madre, que en ocasiones se nos ve como mujeres incompletas, o inmaduras. A veces nos sueltan cosas como: ¡qué sabrás tú de la vida si no eres madre!, invalidando todo nuestro bagaje vital, como si solo puntuase la experiencia de ser madre. Algunas hasta nos miran con superioridad moral, y eso hace daño. Necesitamos comprensión del entorno. A veces, nuestro deseo no cumplido de ser madres comporta momentos muy dolorosos relacionados con pérdidas de embarazos, tratamientos fallidos, anuncios de nuevos embarazos … La pérdida del rol de madre que imaginamos para nuestra vida requiere pasar un duelo. La sociedad desconoce cuán doloroso es tener que renunciar a la maternidad deseada. No lo vamos a superar como si fuera la gripe. Necesitamos tiempo para encajar ese revés del destino. Necesitamos tiempo y espacio para explicar lo que nos ha pasado, nuestras historias también merecen ser escuchadas. Nos duele que la gente cambie de tema, que sea tabú hablar de nuestras vivencias. 

Necesitamos que no nos contéis la historia del bebé milagro. Estamos cansadas de escuchar que la prima de la vecina se relajó y se quedó embarazada. Tampoco nos ayuda que digáis: “¿has pensado en adoptar?” Por supuesto: una mujer que desea ser madre piensa en todas las opciones. Necesitamos que se respete nuestra opción de no seguir intentando, y que no nos digáis: si has dejado de intentar es que no lo deseabas demasiado. 

Todo se resume en una palabra: EMPATIA, ponerse en la piel del otro. 

¿Qué precio emocional te ha supuesto esta experiencia? ¿Y para tu pareja? Supongo que ellos también deberían ser preguntados, pero nadie les pregunta… 

Fue un desgaste emocional muy grande, sobre todo seguir en mi profesión trabajando con la maternidad de las demás. No sé cómo lo hice, pero sobreviví y fue un crecimiento personal enorme ser capaz de hablar al mundo sobre lo que me había pasado, sin tapujos. Mi última pareja, con la que hice la ovodonación, vivía otra realidad porque él ya era padre de una relación anterior. Las parejas masculinas sienten igual el duelo por la no paternidad, pero en el universo masculino patriarcal les es más difícil expresar emociones, porque les educan en que “los hombres no lloran”. Quizás tienen más tabú en hablar de sus sentimientos al respecto. 

¿Qué es La vida sin hijos? ¿Cómo surgió y cuáles son las actividades de la asociación? 

La vida sin hijos es un espacio para acompañar el duelo de la no maternidad y una red de amistad y soporte entre mujeres sin hijos. Es un proyecto personal, de momento. Mi web vio la luz el 8 de marzo del 2018, Día de la Mujer, porque quise darle ese matiz feminista al proyecto. Mi primera actividad fue crear un Grupo de Ayuda Mutua (GAM) en Barcelona, mi ciudad. Poco a poco, se fue consolidando un grupo estable. Nos reuníamos un día fijo al mes en una sala que alquilaba y yo traía la merienda. La idea era crear un espacio seguro y de intimidad para que las personas se sintieran seguras de compartir su historia. Todo eso se vio truncado con la pandemia y tuvimos que vernos a través de la pantalla, online. Abrí otro grupo con nuevas mujeres del resto del país, porque es una de las ventajas que permite hacerlo vía videoconferencia. Después creé el taller online Conectando en Tribu, que es un espacio formativo de 10 horas, repartido en 5 semanas y del que se han celebrado varias ediciones. Además de los talleres formativos y el GAM, hacemos salidas culturales al teatro, cine, conferencias, etc. Y también salidas lúdicas de fines de semana, donde se conocen físicamente las mujeres que han trabajado solo online. El objetivo siempre es crear conexión y sentir que perteneces a una tribu. 

En el programa Tabús dedicado a no poder ser madre, el presentador hacía algunos chascarrillos en clave de humor tipo “se te va a pasar el arroz”. Expresiones como “te vas a quedar para vestir santos” o la sempiterna pregunta “¿y tú para cuándo?” están tan arraigadas en la sociedad… ¿qué podemos hacer para ir erradicándolas? 

El programa Tabús va de eso, de hablar desde el humor de cosas que no se suelen hablar. Pero sí, está muy arraigado socialmente meterse en los planes reproductivos de las mujeres y sus parejas. Se suele interrogar, sobre todo a las mujeres, acerca de cuándo van a ser madres con ese tipo de frases que comentas. Todas muy intrusivas. Los planes reproductivos forman parte de la intimidad de la mujer y/o la pareja, son cosas de su esfera privada. Mejor preguntar por planes de viajes, retos laborales o estudios, si lo que quieres es romper el hielo en una conversación. 

No todas las mujeres desean ser madres, no todas las que lo desean lo cumplen, no todas las que lo cumplen lo desean. La maternidad es un feudo e incluso a las madres les está prohibido quejarse, también tienen sus propios tabúes. 

También es habitual escuchar frases que intentan ayudar, pero solo hacen más daño. ¿Qué debemos evitar decir? ¿Qué palabras realmente ayudan? 

Quizás cosas relacionadas con pérdidas recientes: A veces solo se intenta ayudar, pero decir frases como: “mujer legrada, mujer preñada” cuando acabas de sufrir un aborto no sería muy adecuado. Cuando te intentar consolar con frases como “así puedes viajar más, dormir más”, o decirte que la maternidad está sobrevalorada, o cosas como: “llévate uno de los míos y ya verás como se te quitan las ganas…” 

También cuando se intenta minimizar la pérdida con frases: “angelitos al cielo”, o “eran solo unas células” Las personas que pasan por esto solo desean escuchar: siento lo que te ha pasado, si necesitas hablar aquí estoy para lo que haga falta. 

¿Crees que la concepción social de la maternidad ha cambiado algo de un tiempo a esta parte? Parece que socialmente una mujer obtiene cierto valor cuando “cumple con su función” de ser madre. ¿Qué valores crees que se asocian a la maternidad, valores que no pueden ser alcanzados cuando una mujer no es madre? 

España es uno de los países con más baja natalidad del planeta, donde se retrasa demasiado la edad de ser madre. Esto es debido a que el rol de las mujeres ha cambiado en los últimos 50 años debido a cambios sociales como el uso de contraceptivos, la legalización del aborto o la entrada masiva de las mujeres a la universidad y al mundo laboral, entre otros. Las mujeres intentan tener una estabilidad laboral y económica antes de lanzarse a la crianza.  Quizás en toda esa infraestructura tener un hijo es la guinda del pastel, y eso da un cierto estatus de haber triunfado en la vida. Porque, a día de hoy, aunque tengas tres carreras, si no eres madre no se te valora el esfuerzo. Ya se sabe: “tienes todo el tiempo del mundo…” 

Sí, aún hay esa concepción de lo que se valora realmente en una mujer es la función materna. Aunque la sociedad tampoco se conforma con eso: las madres no solo pueden ser madres, deben ser buenas profesionales, buenas parejas, sexys y a la última. Los valores que se asocian suelen ser de amor incondicional, sacrificio, abnegación, coraje… No creo que esos valores sean exclusivos de la maternidad, ni se den en todas las maternidades. No somos madres, pero somos hijas y sabemos lo que pasa en ocasiones en esa relación tan intensa. 

En general, creo que hoy en día hay una sublimación del rol maternal. Lo digo desde mi visión profesional y como ciudadana, obviamente. La sociedad pro-natalista en la que vivimos intenta reclutar a las mujeres hacia la maternidad, pero una vez que son madres se las abandona bastante a su suerte, sin grandes beneficios para la crianza. Eso se debe a las escasas políticas de conciliación y la desvalorización de la cultura del cuidado. 

¿Crees que la sociedad “permite” a una mujer no ser madre de nadie? ¿Somos libres al desear la maternidad realmente? 

Muchas, a pesar de no tener criaturas, ejercemos maternaje en diferentes esferas. A veces en lo profesional como las maestras o las enfermeras, entre otras; a veces, en la familia de origen con nuestros padres o hermanos. Es difícil ser mujer y no topar con la idea de la maternidad, porque es muy transversal en nuestro recorrido vital.  A las mujeres se nos instruye desde niñas en la idea de ser madres, a través de los juguetes, las muñecas, y los juegos. Crecemos viendo el rol de madre en las mujeres de nuestra familia, en las películas, en las novelas. Forma parte de nuestro imaginario pensar en el nombre que pondremos a nuestros futuros hijos, cuantos tendremos… Así que es difícil saber si el deseo de ser madres es genuino nuestro porque tenemos esa vocación, o es un mandato del sistema. Lo que está claro es que las mujeres a lo largo de la historia hemos asumido los cuidados de la familia, los hijos, los padres, los ancianos, los enfermos…, ¡¡Y todo esto de manera gratuita!! Supongo que eso le va bien al sistema. ¿No? 

 

 

 

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