Los rastrojos de los despojos
Siemon Scamell-Katz

LOS RASTROJOS DE LOS DESPOJOS

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Recuerdo los primeros enamoramientos, en la adolescencia. Un chico de tu clase te pedía salir, patinabais juntos de la mano, os dabais un par de besos y, al mes, esa tremenda historia de amor, terminaba. Llorabas dos semanas. Continuabas.

La primera vez que lloré mucho por desamor fue en mi primer año de universidad. Comencé a salir con un chico un mes antes de saber que me habían aceptado para estudiar mi carrera en otra ciudad que no era la mía. Esa relación se mantuvo unos meses y, cuando acabó, coincidiendo con unas vacaciones de Semana Santa, mi madre me vio sufrir tanto que me llevó al médico de cabecera, me recetaron ansiolíticos y me mandaron de vuelta a la ciudad donde estudiaba para que me olvidase cuanto antes de mi desamor maño.

De los 20 a los 30 observé que mis amigas y yo sufríamos mucho por amor. Estábamos absolutamente obsesionadas con el amor. Con tener un novio. Con que nos durara. Con que nos llamara. Con que nos quisieran. La de charlas que hemos tenido a este respecto. La de lágrimas derramadas. La de borracheras para olvidar. Para más inri, nos movíamos en un círculo de cantautores, eran nuestros amigos o nuestros novios. Nuestros dramas, además, estaban amenizados con canciones de amor y de desamor. Puro teatro. Carne de guion de serie juvenil.

Pero la desolación que una persona siente cuando se acaba el amor con la persona con la que ha formado una familia… esa desolación… es inconmensurable. En mi caso, fue muy difícil aceptar, a los pocos meses de haber nacido mi primera hija, que la familia que estábamos formando se pudiera disolver. Era algo que no me entraba en la cabeza.  Pensé que todas las peleas en el entorno de la separación eran un ataque personal, que me ametrallaban. Yo me defendía, también a cañonazos, que es otra forma de atacar. Dejé de comer, adelgacé demasiado. Solo tenía las fuerzas justas para cuidar a mi hija. Cuando podía descansar, me sentaba en el sofá y miraba al infinito, en un estado de catatonia que nunca antes había sufrido. Estaba absolutamente desgarrada. Sentí como si alguien me hubiera sacado el corazón del pecho, lo hubiera mordido y me lo hubiera devuelto, de malas maneras e incompleto, a su lugar original.

Rachel Cusk también ha pasado por esa desolación. Y lo cuenta en su magnífico “Despojos”. Rachel no es nueva en esto de contar pasajes de la vida y los sentimientos que la secundan: lo ha hecho en anteriores ocasiones en sus libros Tránsito, Prestigio o A contraluz.

El primer capítulo de Despojos, llamado “Rastrojos”, es absolutamente desgarrador e hipnótico. Si no lo has leído, ten cuidado porque, en cuanto leas la primera palabra, te verás envuelta en una vorágine de vientos fuertes, en un huracán, en un tsunami y en un terremoto del que no serás capaz de salir hasta el final de este capítulo. Pocas veces el capítulo de un libro me ha agarrado del cuello tanto como lo ha hecho este primer capítulo de “Despojos”. Porque en este libro, Rachel no se limita a contar el naufragio de su matrimonio, se atreve a ir mucho más allá: critica con ferocidad la institución, está descontenta con el rol que nos toca jugar a las mujeres —especialmente el que le tocó jugar a ella y cómo querer desarrollar su carrera le supuso demasiados contratiempos a la hora de su separación—. Y es que a una mujer no se le perdona lo que se aplaude a un hombre. Bucea hasta las profundidades, hasta sus raíces, en una aguda reflexión sobre el matrimonio de sus padres. Desvela sus temores, por desgracia no infundados: es una intrusa buscando el hueco que sabe que le pertenece y no entiende por qué el precio a pagar, por ser ella, es tan alto. Ninguna de nosotras lo entendemos.

Algunas frases para el encogimiento del corazón:

“…alguna vez me he preguntado si una de las dificultades de la vida familiar moderna, con su alegría continua, su optimismo totalmente infundado, su dependencia no De Dios o de la economía, sino del principio del amor, no reside quizá en la incapacidad de reconocer —y tomar precauciones para protegerse— la necesidad humana de entrar en guerra.

“Un plato se cae al suelo: la nueva realidad es que está roto. (…) Sin, embargo, la nueva realidad, hasta donde yo era capaz de ver, sencillamente estaba rota. El plato había existido y cumplido su función durante años, pero hecho añicos —a menos que fuera posible pegarlo— no servía de nada en absoluto”.

“Mis hijas hace eso: obligan a mi marido a que me coja de la mano cuando estamos juntos. Intentan que el relato vuelva a ser verdad, o que la verdad sea mentira”.

“Mi madre aspiraba al matrimonio y a la maternidad, a que un hombre la deseara y poseyera para legitimarla”.

“Mi padre, hombre, inculcó valores masculinos a sus hijas. Y mi madre, mujer, hizo lo mismo. Por eso era mi madre la que no concordaba, la que no tenía sentido”.

“Por eso creo que una feminista no debería casarse. No debería tener una cuenta conjunta o una casa escriturada a nombre de dos. Puede que tampoco debiera tener hijos, hijas que no llevarán el apellido de su madre, sino el de su padre (…). No, no debería haberme llamado feminista, porque lo que decía no se correspondía con lo que era: soy igual que mi madre, solo que al revés”.

«Recuerdo que, cuando nacieron mis hijas, la primera vez que las cogí en brazos, las alimenté y hablé con ellas, sentí una conciencia muy profunda de este aspecto nuevo y desconocido de mí misma que estaba dentro de mí y al mismo tiempo no parecía ser mío. Fue como si hubiera aprendido a hablar ruso de golpe: lo que podía hacer —este trabajo de las mujeres— tenía una forma propia, y, al mismo tiempo, no sabía de dónde me venía ese conocimiento”.

Y todo esto, solo en el primer capítulo*.

*Puedes comenzar a leer las primeras páginas de Despojos aquí.

DESPOJOS, RACHEL CUSK

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DESPOJOS. Sobre el matrimonio y la separación.

En 2009, el matrimonio de Rachel Cusk llegó a su fin y su mundo se fracturó: «la vida que habíamos construido juntos se desarmó, como un puzle convertido en un montón de piezas con los bordes recortados». Despojos es el relato de esa ruptura, en el que una escritora y madre de dos niñas observa sus propias reacciones ante la destrucción de la vida tal y como la había entendido hasta entonces. Una mujer que, mientras crea una nueva individualidad para ella y un nuevo modelo de familia para sus hijas –en una sociedad que sitúa el amor conyugal como centro sagrado e inquebrantable de una familia–, descubre una inesperada vulnerabilidad, pero también libertades y fortalezas desconocidas.

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