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(c) Gastón Bailo

TAMARA TENENBAUM: “LAS MUJERES, PARA MÍ, SON LO PROPIO, LO OBVIO Y, A LA VEZ, ALGO QUE NUNCA TERMINO DE DESCUBRIR”

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Los libros son, incuestionablemente, de quien los escribe. Pero también son de quien los lee. Es el caso de Tamara Tenenbaum (Buenos Aires, 1989) y es, también, mi caso particular. Tamara es una escritora a la que conocimos por su brillantísimo ensayo El fin del amor. Amar y follar en el siglo XXI. Cuánto necesitábamos ese libro y no lo sabíamos. Cuánto necesitábamos que alguien pusiera negro sobre blanco lo que intuíamos, lo que imaginábamos. Es algo parecido a escuchar las canciones de Rigoberta Bandini y vibrar con ellas y gritarlas y bailarlas como si fuera el último vals de la noche. Encontramos libros, encontramos imágenes, encontramos canciones y nos las apropiamos un poco. Y, en ocasiones, esas lecturas, esas películas, esas canciones, provocan un efecto tan potente en nuestras entrañas que las hacemos nuestras y nos construimos, también, a base de ellas.

El inicio de Todas nuestras maldiciones se cumplieron, la primera novela de Tamara Tenenbaum, hizo que me sintiera inmediatamente identificada no con ella, sino con su madre. Y eso que Tamara y yo nacimos en la misma década. Pero yo soy esa madre que usa con sus hijos la lendrera casi a diario.

Sacarnos los piojos a mí y a mis hermanas fue de las pocas tareas que mi mamá jamás delegó ni en las empleadas, ni en mi tía, ni en mis abuelos. Algunas madres les cuentan cuentos a sus hijos todas las noches, o piensan que cocinarles es sagrado, pero no tiene que ver con eso: hace más de veinte años, desde que se murió mi papá, que mi mamá no tiene tiempo para asuntos sagrados. Nos despiojaba personalmente porque cree —igual que yo— que la única manera de asegurarte de que algo se haga bien es hacerlo una misma.

Igual que aquí me pongo al lado de su mamá, en otros pasajes me siento en la misma habitación que Tamara. En el restaurante caro en el que cena con un hombre misterioso, del que sabemos que sale en la tele y que es bastante mayor que ella. Y qué ganas de preguntarle por el hombre misterioso, qué curiosidad nos entra. Pero no, no preguntaremos. Todo el mundo tiene derecho a guardarse los secretos. Pobre de quien no lo haga. Pero pobre de verdad.

Esta noche él va a ir a un programa periodístico en horario central y a mí lo único que me importa es si me mencionará en el backstage, aunque sea de forma anónima, si contará que después se va a ver a una chica.

De los libros, nos quedamos lo que nos late, lo que nos interpela, lo que nos gusta y lo que nos disgusta, también, a veces.

Lo que sí me he atrevido a preguntar, en el pool de prensa con otras periodistas españolas celebrado por Seix Barral para la presentación de este libro es qué ha pasado en la vida profesional de Tamara desde El fin del amor hasta ahora: “al ensayo, por suerte, le fue muy bien y eso me ha permitido tener mucha libertad para escribir. Es una novela fragmentaria, difícil, caprichosa y estos son los lujos que una puede darse cuando un libro le ha ido bien. Estamos terminando de montar la adaptación de El fin del amor a serie de televisión, ya escrita y filmada. Esto me ha abierto muchas puertas, he aprendido a escribir guiones y me divierte mucho. También me familiaricé con el lenguaje del teatro y estoy escribiendo teatro”.

Diez episodios componen esta novela cosida a retazos: “Sentí que el material me pedía eso. Me gustó mirar muchas cosas de muy cerca y ver cuál es el mosaico que se arma con todo eso. Sentí que lo otro era tratar de imponer a la vida una textura que no es de la vida, sino de otra cosa. Parte de lo quería contar es que contar una vida es un montón de fragmentos. Los eventos más importantes, a veces, están en la sombra: las muertes, las peleas familiares grandes… a veces son sombras que se proyectan sobre una cotidianeidad más chiquitita donde todo eso se ve, pero no tienen que estar necesariamente en el centro de la escena para ser importantes”.

Tamara ha escrito una primera novela en la que su vida es protagonista. Siempre que hay literatura de una misma, me pregunto qué opinan los demás personajes. Porque cuando una escribe sobre una misma, puede suscitar diferentes reacciones al incorporar, a la trama, a personajes que son personas de su entorno: “mi familia está profundamente resignada. Saben que yo tengo algo terrible, que es que no me importa pelearme con ellos. Mucha gente me preguntaba si les había mostrado antes a ellos lo que había escrito y les decía: “por supuesto que no”. Están todos muy acostumbrados. Mi mamá me dijo un par de cosas como: “esta historia no sé si estuvo bien que la contaras”, o me preguntaba: “¿y este es tal…?”… Un tío mío se ofendió por algo que no sé bien qué es y mis hermanas se quejan de que aparecen poco. Una piensa que la gente no quiere aparecer y sí quiere… de todo pasa”.

El padre de Tamara murió en un atentado cuando ella contaba 5 años de edad y ha crecido rodeada de mujeres: su madre, sus hermanas, sus amigas, las amigas de su madre. La suya es una vida llena de mujeres: “es difícil porque es lo que formó mi carácter. Una no sabe de dónde sale su carácter. Lo que puedo decir es que ser mujer y criarse entre mujeres, para mí, es estar en una permanente investigación y comparación de todas las formas en las que una podría ser y no es. Eso me ha pasado mucho con mi mamá, mis hermanas… me parece impresionante que sean tan distintas de mí. Me pasa con mis amigas, también. Me interesa mucho ver cuántas formas posibles de ser mujer hay, que son tan distintas de las mías y, por otro lado, lo que configura sobre todo eso también es que lo masculino es para mí algo muy ajeno, que fue parte de lo que encontré en el mundo exterior, fuera de mi casa. Por eso siento cierta fascinación con ese mundo. Las mujeres, para mí, son lo propio, lo obvio, lo que está cerca y, a la vez, algo que nunca termino de descubrir”.

Además de por la ausencia de referentes masculinos, la infancia y adolescencia de Tamara están marcadas por el abandono de la fe. O, mejor dicho, por la vida sin fe dentro de una comunidad judía: “yo me fui del mundo judío a los 12 años, cuando empecé a estudiar en un colegio laico. A partir de ahí, me contacté con otro universo y no volví más. Mi madre me ayudó mucho: sin ella, no podría haberlo hecho de otra manera. Ya de pequeña supe que no quería vivir ahí. Yo nunca creí en Dios, no tengo ninguna memoria de tener ningún afecto por la religión. Entiendo que otra gente tiene otras historias de ruptura. Yo nunca lo sentí como una ruptura, me sentí atrapada en esa vida y ni bien pude, me fui y no sentí ningún tipo de duelo, remordimiento o nostalgia, nunca. Ahora me divierte revisitar ese mundo y encontrar cosas, pero nada me interesa para volver o siquiera pensarlo”.

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TODAS NUESTRAS MALDICIONES SE CUMPLIERON, TAMARA TENENBAUM

Esta novela narra el tránsito a la madurez de una chica que creció en una comunidad judía ortodoxa hasta que una mañana de invierno, en el barrio porteño de Once, una bomba hizo estallar todas sus certezas. Desde el padre muerto en el atentado en adelante, los hombres en esta novela aparecen en segundo plano, como afantasmados. Las mujeres, en cambio, poseen la fuerza y la determinación de quienes tienen que salir adelante solas, con las limitaciones impuestas a su género por el medio en que se mueven. Pero la protagonista no está dispuesta a aceptar mandatos que, a medida que crece, se le vuelven cada vez más absurdos. Cree, como su madre, que la única manera de asegurarse de que algo se haga bien es hacerlo ella misma y esa es su única religión. Tamara Tenenbaum narra una historia personal que es también generacional, atravesada por una tensión latente que moldea todos los vínculos. Mediante un estilo seco, irónico, con ramalazos de humor negro, la autora describe el clima de su infancia y su adolescencia dentro de la ortodoxia, y su ruptura simbólica y real con ese origen en busca de horizontes menos asfixiantes. Esa búsqueda traerá la promesa de la libertad sexual y del amor, pero también el desconcierto, la inadecuación a un mundo que ya no viene diseñado de antemano.

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