© Carol Renaux

UNA CONVERSACIÓN CON ROSA MONTERO (LA MEJOR DEL MUNDO ENTERO)

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Desde que supe que iba a entrevistar a Rosa Montero (Madrid, 1951), todo el rato suena en mi cabeza un versito que dice «Rosa Montero, la mejor del mundo entero». Y es que no puedo dejar de repetirlo, ni evitar escribirlo. Me suena tanto, que al final de nuestra conversación a propósito de la publicación de Cuentos verdaderos (Alfaguara, 2024), hasta se lo he soltado a ella. Y es que no es broma: cuando pienso en una mujer referente, pienso en ella. Será porque es una mujer de letras, porque es una de las periodistas más reconocidas y brillantes de un panorama cada vez más gris y paupérrimo. Será porque es una novelista prolífica y porque varios de sus relatos apuntan directamente a nuestras líneas de flotación —cada cual sabe dónde está la suya—. Será, sobre todas las cosas, porque no parece que tenga que rendir cuentas a nadie, y eso es algo que se ha ganado a base toneladas de papeles escritos que. Será porque sobre sus palabras ya solo se sube ella misma, y solo de ellas baja si le da la gana. Porque, o mucho me equivoco, o estoy convencida de que del lugar desde donde escribe y vive, alimentado a base de viajes, de observaciones, de acompañamientos, de escrituras y de incomodidades, es un territorio conquistado, una fortaleza inexpugnable. Cuando hace pocas semanas, en una entrevista, me preguntaron por ejemplos de personas a las que considerase versos libres, el pensamiento automático me disparó la imagen de Patti Smith, primero. Y la de Rosa Montero, a continuación.

Cuando Rosa comenzó a escribir estas crónicas que ahora se recopilan en Cuentos verdaderos, yo no había siquiera nacido. Son una serie de crónicas publicadas en El País entre los años 1978 y 1988. Como estos cuentos, soy hija de la transición, de unos años ochenta tan convulsos como vibrantes. Mientras pasaba pegada al pecho de mi madre el primer verano de mi vida, Rosa se unía a Rock and Ríos, la gira de rock más mítica de la historia de la música en España. Y flipaba con el choriceo y lo contaba, como creo que nadie contaría nada, en estos días —con lo modernos que somos todos—, de la trastienda de cualquier gira. Y mira que hay cosas con contar. Antes de eso, escribió sobre la matanza de los abogados de Atocha, sobre la plaga de la heroína, sobre lo lumpen, sobre el ejercicio del periodismo. Después, llegan relatos sobre el viaje del Papa a España, sobre el informe Warren y la muerte de Kennedy o sobre el juicio por la desaparición del Nani, entre otros.

 

«Estas crónicas nos trasladan a territorios remotos. Hay otros mundos, pero están en éste, como decía Éluard. En ocasiones resultan tan insólitas, tan alucinantes, que me siento un poco como esas presentadoras de las antiguas ferias que se desgañitaban anunciando los gabinetes de curiosidades: el Hombre Serpiente, la Mujer Barbuda… Aquí estoy, en efecto, plantada ante la puerta. Y simplemente digo: pasen y vean»

 

Leo en la solapa de Cuentos verdaderos algo que no recordaba, y es que estudiaste Periodismo y Psicología. ¿Cómo se afectan estas disciplinas, la una a la otra, en el ejercicio de tu profesión?

En Periodismo no estudié nada: lo hice en la Escuela Oficial de Periodismo, que era una catástrofe. Había 14 asignaturas por año, ninguna “maría”. Comencé a trabajar después del primer año y no volví a pisar la escuela. Lo único que aprendí allí fue a jugar al mus, que me ha servido de mucho. En Filosofía y Letras, con especialidad en Psicología, sí aprendí más. Pero al trabajar desde muy pronto, iba en turno nocturno. Hice Psicología porque tenía ataques de pánico desde los 16 hasta los 30 años. En mi época y clase social, nadie te llevaba a un psiquiatra y decidí estudiar Psicología para saber qué me pasaba. Creo que es por lo que el 98% de los psicólogos lo hacen, porque están chiflados, lo cual no está mal, pues te da más empatía con el paciente.

Entre otras cosas, porque ya no me interesaba más y no me gustaba cómo se aplicaba entonces, lo dejé. El periodismo lo he aprendido haciendo periodismo y en psicología lo que aprendí fue el desarrollo de la empatía. Me interesa mucho más, por ejemplo, la neurociencia, que la psicología psicoanalítica.

Cuentos verdaderos recoge crónicas tuyas desde 1978 hasta 1988. ¿Cómo es volver a leerse después de varias décadas?

Es alucinante: son textos que tienen entre 35 y 45 años, y que están escritos desde mis 27 a mis 37 años. Tengo una memoria horrible, se me olvida todo, y ha sido para mí como asomarme a un mundo que se me había olvidado —se nos ha olvidado—: una España muy precaria, con muchísimas amenazas de todo tipo, sin un sistema social desarrollado con garantías: la plena escolarización, por ejemplo, no llegó hasta los ochenta. Pasamos la epidemia de la heroína, teníamos decenas de muertos al año por parte de ETA, un golpe de Estado, los asesinatos de los Abogados de Atocha. El reportaje de la gira de Miguel Ríos en el 82, que fue la gira rockera más importante que nunca se había hecho en España, refleja el nivel de choricería que había en este país. No una corrupción concreta: eran chorizos a pie de calle, a mansalva. Esto también ha cambiado, hemos evolucionado para bien. Pienso en las alcantarillas de las fuerzas de seguridad del Estado, que daban miedo, que venían de la anomalía del franquismo, algo que también ha cambiado muchísimo. Ahora, cuando se hacen estas encuestas que preguntan sobre la credibilidad de las instituciones, la Guardia Civil y la Policía copan los primeros puestos, y con razón. Yo, que me paso la vida viajando, te aseguro que nuestras fuerzas de seguridad son de las más seguras. Otras, por ahí, dan mucho miedo: aquí no. Terminas de leer esto y te deja una sensación de orgullo. Primero, es un viaje alucinante. Después, te enorgulleces por todo lo que se ha hecho, lo que se ha conseguido y lo mucho que ha costado.  Y también sabes que todos esos logros son siempre frágiles y que hay que esforzarse por mantenerlos cada día.

Casi todas mis crónicas parecen cuentos, tienen una forma narrativa. Ahora, no se hace un periodismo así porque cuesta mucho tiempo. Hacer este periodismo cuesta el doble o el triple de tiempo y de trabajo de documentación. Para escribir una línea corta, como «cruzó al bar Brillante y pidió un carajillo», has tenido que ir al bar Brillante y que te hayan dicho que se tomó un carajillo. Y eso solo llena media línea. La precariedad actual en los medios es brutal: no se da ese tiempo a la gente.

Ni siquiera lo extenso de la crónica se da ahora mismo, por lo general.

Pero podría ser, porque el digital tienes toda la extensión disponible.

Una de las cosas por las que el formato físico, el periódico o el papel importan, es porque no estás bombardeada, como en los formatos digitales, por publicidad digital. No puedes leer dos párrafos seguidos.

Es cierto: no te concentras igual. Y todo es debido a la precariedad económica, porque ese modelo de mercado digital no funciona. Pero está mejorando: hemos estado haciendo una travesía en el desierto brutal. Creo que se han perdido, en los últimos veinte años, el 95% de los periódicos del mundo, ¡un empobrecimiento espeluznante! Pero creo que estamos saliendo, porque las plataformas están enseñando a la gente a pagar por contenidos y eso alienta las suscripciones, que son el único futuro. Creo que hay cierta esperanza, pero todavía no está asentada.

¿Cuál es el lugar más lejano de los que has visitado en tu trabajo?

Dependiendo de lo que entiendas por lejano, físicamente fue Australia, las antípodas. Allí estuve un mes para hacer varios reportajes sobre el bicentenario de Australia. En un sentido conceptual, el más lejano fue el Polo Norte, cuando fui al norte de Canadá, en Nunavut, donde crearon una autonomía inmensa, dos o tres veces más grande que Europa, donde solo vivían 17.000 personas. Allí hice un reportaje de los inuits que me encantó, fue precioso.

¿De dónde viene esa costumbre tuya de hacer fotos desde las ventanas de tus habitaciones de hotel y colgarlas en tus redes?

Es algo que solo hago en viajes de trabajo a los que voy sola, no lo hago en viajes personales. Creo que llevo como una docena de años ya haciéndolo. Cuando empecé a tener Facebook y supongo que, por la propia soledad y por aburrimiento, te da por mirar por la ventana. Un día, hice una foto y dije «esto es lo que veo», y la colgué. Ahora hay gran afición por saber lo que veo por las ventanas —risas—. La gracia es hacer la foto de verdad, que no sea perfecta ni bonita, que sea lo que ves desde la ventana de verdad.

Hablas de lo lumpen y de lo canalla como un interés propio: la catástrofe de la heroína, el Campo del Gas, Manolita Chen… Parece que lo lumpen es un terreno acotado a los hombres, y tú eras una mujer contándolo.

Es algo que me ha interesado siempre y me sigue interesando. Quiero, en mis artículos, mirar hacia esa zona de penumbra en la frontera de lo social que casi nadie mira. Te trataré como una reina, por ejemplo, es una novela centrada en eso. Es un interés presente en todas mis novelas. Y no es por el morbo, sino al contrario: creo que en esa zona se ve la vida sin aceites, palpita la vida de otra manera. En nuestra clase media, todo esto está más maquillado. Hay piezas muchísimo más espectaculares, como la matanza de Atocha o el relato del 23 F, pero los dos que más me han conmovido al leerlos, a los que guardo más cariño, son justo estos dos: el de Manolita Chen y el de los luchadores del Campo del Gas. Además, es que dices: qué gente tan maravillosa. Me conmueven, me emocionan, los admiro en esa vida tan difícil, tan precaria, y siendo tan buena gente.

En la introducción de Lobos solitarios del periodismo hablas de la prensa rosa y su evolución. La denominas «venta de casquería al por mayor». ¿En qué momento el medio se ha convertido en espectáculo?

Las empresas han perdido mucho el norte. Han hecho cualquier cosa ante la pérdida de lectores. Periódicos supuestamente serios comenzaron a publicar noticieros rosas, a crear un sensacionalismo brutal. El otro día, sin darme cuenta, puse a mediodía cualquier telediario, mientras hablaban de las víctimas del incendio en Valencia y enseñaban imágenes de la mujer que gritaba desde su balcón, atrapada. Me puse muy nerviosa y apagué rápidamente. Me atormentó de tal manera que no podía ni dormir, ¿y nadie pensó o se imaginó lo que sentiría la familia de estas personas? No hay derecho, es una maldita vergüenza. Es pura violencia.

 

© Carol Renaux

 

¿Crees que alguna vez termina el desencanto político?

Me he dado cuenta, ordenando estos cuentos que están colocados cronológicamente, que el primero —Se acabaron los paraísos, 1978—habla del desencanto de los jóvenes, pero no era desencanto: era desconcierto y desclasamiento brutal. Aquellos chavales —marginales, de los suburbios— estaban viviendo en una sociedad que no tenía, ni siquiera, plena escolarización. No existían becas, ni ayudas sociales, en una epidemia brutal de droga y una subida vertiginosa del paro, que subió 15 puntos en pocos años. Era desesperación, no desencanto. Era una situación de abandono social insufrible.

Cuentas una anécdota sobre la gira en la que acompañas a Miguel Ríos: una chica te escribió preguntándote qué tenía que hacer para ser una grupi. Y tú pensaste qué habías hecho mal al escribirlo, si había despertado esa ilusión en alguien. Desde la mirada “grupi”, pensé que, en realidad, no había nada en tu artículo que hiciera pensar que serlo, pudiera ser divertido.

¡Tenía 15 años! Me la encontré muchos años más tarde y nos partimos de risa.

 

Tranquilidad, tranquilidad para vivir, es lo que quieren, es lo difícil. Tranquilidad para reunirse en la disco y recontarse, para reconocerse en el reflejo de las chapas y saber que no se está solo, para pasear, y oír música o hacerla, y escribir, y leer. Porque Lupe escribe todo el día, cartas personales o su diario. Porque Loles devora libros, de Pérez Galdós a Bukowski, Bukowski sobre todo. Porque Mamen se quedó colgada a los quince años de Lovecraft y ahora está entusiasmada con Apollinaire y sus once mil vergas: «Eso es lo que ahora me gusta, los libros con morbo»

El mundo subterráneo del grupo punki Las vulpes (04/05/83)

 

También hablas en otra crónica de Las Vulpes, de ese momento en el que cantan Me gusta ser una zorra en el televisivo programa Caja de Ritmos y el posterior acoso sufrido.

Ahí también se nota cómo ha cambiado la sociedad. En aquel entonces, con su juventud, les destrozaron la vida. Las amenazaron, un juez admitió la querella, echaron a Carlos Tena, acabaron con el programa… Realmente, qué indefensión. Hoy, pienso en el supuesto escandalillo de Zorra, que es nada. Para mí, la de ahora, es antiquísima: no hay nada más que leer esto para saber que es una antigualla.

No sabíamos nada de la evolución de una historia tremenda: la del niño Lama de Las Alpujarras. Tú sabes lo que ha sido de su vida, a posteriori: un señor de 38 años, padre, que vivió en Ibiza, que estudió en Suiza…

Tuvo una vida agitada, como era previsible.

¿Qué es lo que viene a partir de ahora?

He hecho mucho periodismo, he escrito toneladas de papel desde muy joven, y ahora solo hago algunos artículos. Lo que me interesa, sobre todo, es escribir mis propios libros: mis libros de ficción, mis artefactos literarios, como El peligro de estar cuerda. Acabo de terminar el primer borrador de la última Bruna Husky y estoy encantada: creo que es el mejor libro. Lo terminaré con tranquilidad y saldrá a inicios del próximo años. Eso es lo que me interesa, además de leer, pasear por el monte y disfrutar de la vida —si puedo, que disfruto poco y trabajo demasiado—.

 

 

rosa montero la mejor

 

La matanza de los abogados de Atocha, el intento de golpe de Estado, las vísperas del éxodo en Riaño, la gira del papa por España, la de Miguel Ríos con su exitosísimo Rock and Ríos, el juicio por la desaparición del Nani, los estragos de la droga, los del terrorismo… En la década de los ochenta, España vivió una época apasionante: la Transición. Como muestra este libro, los años del mayor intento colectivo de democratización y modernización del país fueron turbulentos, caleidoscópicos, llenos de violencia y de esperanza al mismo tiempo.

Cuentos verdaderos reúne las crónicas y los reportajes que Rosa Montero, una de las voces más importantes del periodismo y la literatura de las últimas décadas, publicó en El País durante el periodo 1978-1988. Escritos la mayoría de ellos con las técnicas de la mejor ficción y alejada ya en el tiempo la urgencia por contar la actualidad, se leen hoy como si fueran relatos. Es la literatura abriéndose paso impetuosamente.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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