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(c) Tamara García

VIOLENCIA OBSTÉTRICA: EXISTE Y SE SUFRE

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Sara Martín
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Esta semana saltó la noticia de que el Consejo General de Colegios Oficiales de médicos se niega a reconocer el término violencia obstétrica, ya que lo considera ofensivo y alejado de la realidad. No se trata solo de que con tales declaraciones estos señoros pongan en tela de juicio algo que ya reconocido por la OMS, la ONU y la UE, sino que intenten borrar de un plumazo cientos de voces de mujeres que a través de asociaciones, declaraciones, relatos de parto y reclamaciones a los centros hospitalarios y alertan cada día de este tipo de prácticas.

Precisamente esta misma semana en el mail de crianza al que pertenezco, donde centenares de madres y padres compartimos formas y maneras de criar, una mujer preguntaba si teníamos experiencia con la Fundación Jiménez Díaz de Madrid, ya que era su hospital de referencia, donde le corresponde parir. En cosa de un par de días, decenas de mails circularon en respuesta a su pregunta, mujeres que relataban su horrorosa experiencia  de parto en ese hospital, entre ellas yo misma. Presión para inducir en embarazos sin complicaciones desde la semana 40, maniobras Hamilton sin consultar, rotura de bolsa para acelerar un parto que cursaba sin problema alguno, tactos continuos e innecesarios practicados por diferentes profesionales a lo largo de un parto hasta causar infección vaginal, monitorización continua que imposibilita el movimiento sin necesidad, sueros excesivos e injustificados, episiotomías de rutina, obligar a la posición de litotomía (tumbada en la cama) que hace el parto más largo y doloroso cuando la mujer desea moverse y no hay ningún motivo para impedírselo, solo por comodidad de las matronas, saltarse el plan de parto sin consultar, falta de empatía, escucha, abuso de poder. La OMS considera que el porcentaje de cesáreas no debería superar un 15%, pero como nos recuerda Esther Vivas, en España rondamos un 26% y llegan a alcanzar el 50% de los partos.

Gracias a que me informé muchísimo y cuidé como una loba el vínculo con mi hijo desde el embarazo, conseguí que una vez en planta no me separaran de mi bebé cada dos por tres por cualquier excusa, dormir con él en mi cama, hacer piel con piel continuado y superé mis problemas iniciales con la lactancia (pese a que al transmitirle a  la enfermera que me dolía  cuando mi hijo comenzaba a mamar, me echó la bronca por no haber traído la famosa crema de lanolina (que por cierto sirve para poco o nada) en lugar de corregirme el agarre.

Estas prácticas violentas comienzan desde las rutinas de seguimiento al comienzo del embarazo, donde cada vez te atiende un profesional diferente, la mayoría de las veces con cero empatía, poca o ninguna información de lo que te están haciendo, donde sientes que te infantilizan y tus intuiciones y sensaciones no son escuchadas.

Un parto no es una enfermedad, es un proceso fisiológico y sexual donde la mujer es el centro, la que tiene las herramientas, el poder y, como tal, debería ser tratado. Claro que hay partos que se complican y es necesario intervenir, esa es la razón por la que muchas de nosotras decidimos parir en una clínica y no en casa. Pero si un parto cursa con normalidad, la intervención debe ser mínima, se trata de escuchar, apoyar y empoderar a esa mujer que está en un momento tan vulnerable. Por el contrario, la cadena de intervenciones rutinarias, precipitadas y que se hacen por comodidad del personal médico, o para que el proceso sea más rápido, suelen conducir precisamente a que ese parto se complique y sea más medicalizado. Son momentos en que la mujer necesita confiar, relajarse, no hay nada que active más el neocortex y dificulte la secreción de oxitocina (dos elementos fundamentales para parir sin dificultad)  que tener que estar alerta en un paritorio, cuidando de que no violen tus derechos fundamentales, para que el parto se complique. No deberíamos tener que estudiar el hospital con lupa antes de ir a parir, debería tratarse de un lugar amable, donde tú seas la protagonista, todo esté a favor de cuidar tu cuerpo, dejarle hacer y actuar solo cuando haya complicaciones. No deberíamos ir al hospital a parir como cuando caminas sola por la noche, con mil ojos, la mandíbula apretada y acelerando el paso.

Ya que el embarazo, parto y lactancia son experiencias sexuales, la violencia obstétrica es una violación y como tal se vive. Muchas veces no eres consciente de ella hasta pasados unos meses o años. No quieres asociar tu parto a algo violento, sucio, relacionado con el abuso y las malas prácticas, no quieres recordar ese dolor, pero tarde o temprano lo vivido llama a la puerta y es la impotencia y la ira y la necesidad de que otras mujeres no pasen por eso, lo que te incita a denunciar.

En partos que cursan con normalidad, prácticas como atenuar las luces de la sala, permitir a la mujer el movimiento libre, que la mujer  tenga acceso a comida y bebida y sobre todo preservar la intimidad, palabras de aliento y comunicar con palabras claras si se presenten las dificultades y hay necesidad de intervención.

Estamos hablando de ética, profesionales actualizados, empáticos y que hagan su trabajo. Y por favor, no se trata de hacer ahora un «not all men»: claro que hay centros estupendos con protocolos actualizados, hay profesionales maravillosos que aman lo que hacen. El tema es que esa debería ser la norma y no la excepción. Y cuando no es así es necesario denunciar, igual que denuncias a un profesor o un jefe que abusa, sabiendo que hay otros muchos que no lo hacen.

Urge revisarse y es tarea de todos, no podemos mirar para otro lado, porque esto es un problema social, si cuidamos  nuestros embarazos, partos y lactancias,  la salud mental y física de la madre y el bebé, estamos cuidando la base del tejido social que hemos construido, la piedra angular.

¿Será que interesacolonizar nuestro territorio-cuerpo?¿Desproveer a las mujeres de su instinto y fortaleza, debilitar el vínculo con la criatura, para en definitiva traer al mundo seres frágiles, vulnerables, que viven desde la herida, ya que así es mucho más fácil la manipulación y la inmersión en el sistema adultocéntrico, machista, xenófobo, capitalista y patriarcal? ¿Será que maternar es político? ¿Que maternar es activismo y revolución y, como tal, molesta?

Quiero pensar que en un futuro nadie pondrá en duda el relato de una mujer que denuncia violencias obstétricas, que sea una práctica altamente perseguida  como lo es una violación o cualquier otro tipo de abuso. Quiero pensar que nuestras criaturas se llevarán las manos a la cabeza cuando escuchen lo que en sus tiempos era algo habitual.

La violencia obstétrica existe y debe ser reconocida y perseguida. El Colegio de Médicos puede decir misa, pero nosotras no vamos a parar.

 

SARA MARTÍN
Es escritora, actriz y madre. Forma parte del grupo de arte sonoro OVERture junto al músico y compositor José Pablo Polo. Ha sido recientemente galardonada con el XXI Premio Nicolás del Hierro de Poesía y sus poemas aparecen en diversas publicaciones con frecuencia. Esperamos su primer poemario en 2021.

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