ALMUDENA SÁNCHEZ: «ESTAMOS MAL EDUCADOS EN LA TRISTEZA»

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Tengo miedo a la depresión. Tengo miedo a la tristeza y lo que más miedo me da de todo, es el miedo mismo.

He crecido feliz, en un entorno en el que no se hablaba de enfermedades mentales. En un entorno en el que lo normal era estar bien. Por eso, cuando algo se torcía, el drama era asfixiante. Pasa en la vida que, a veces, no ves las cosas. Ni las ves venir, ni las ves irse. No las ves porque hay mucho a donde mirar y la vista no abarca todo, porque no te enseñaron a mirar hacia algunos sitios. Pero están ahí: son reales como el fuego. Y queman si las tocas.

La carencia de educación en salud mental, el pequeño tabú que fue este tema en mi casa, la voy supliendo con conversaciones, con interacciones, con lecturas. La última de ellas ha sido Fármaco, un acto de valentía y generosidad firmado por la periodista y escritora Almudena Sánchez (Mallorca, 1985). Confirmada como pluma necesaria ya en su primera colección de relatos, La acústica de los iglús, acaba de publicar Fármaco, un libro realmente valioso dentro de ese género al que yo llamo «escritura de una misma» y que tan necesario es en estos tiempos de ruido y furia.

Fármaco es el mejor título que podría tener un libro que actúa como una píldora de efecto rápido: te la tomas con un sorbito de agua y, al rato, comienza a hacer efecto. Empiezas a subrayar. A poner notas. A sentirte reconocida en situaciones, en momentos. En ese no querer (ni poder) levantarse de la cama. En esos oídos que se quedan sordos al escuchar «pero mira qué buen día hace, mujer, anímate». Lo que nos pasa a muchas de nosotras es que esos ratitos comienzan y terminan: la nube negra se va y vuelves a ver el sol. Lo que le pasó a Almudena es que ese ratito duró tres años. Tres años de nube negra.

Este libro, si estuviera dibujado, sería como la fotografía del ordenador de un productor musical en plena grabación: varias líneas de distintos colores, que son las pistas, y se llaman pesadillas, o capítulos que tienen nombres propios, como Schulz, Amy Winehouse o Woolf, o retuits, o lo cotidiano. Lo que se ve, lo que no se ve, lo que se lee, lo que no se quiere sentir y todo lo que existe aunque se esconda, está ahí. Juntos todos, forman una melodía ineludible y muy necesaria. Escucha esta canción no para sentirte mejor, que también, sino para entender que buena falta nos hace escuchar cuando hablamos de salud mental.

Almudena Sánchez ha escrito un libro explosivo, hipnótico, despojado de pudores fútiles y realmente bello en su crudeza. Almudena mira atrás y va hacia adelante. Y vuelve. Y analiza. Y habla, también, de madres y de hijas y dice cosas como esta:

«Si a pedir perdón se aprende con el daño y la compasión; si a ser mejor persona se aprende conociendo a otras personas mejores que tú; si a rezar se aprende por imposición; si el frío se asimila poco a poco, a una madre no la enseña nadie. Conozco a todo tipo de madres y mi madre hizo lo que pudo conmigo: me adiestró y me regaló un motor con pilas.

Adelante, hija mía, adelante.

Que el motor se haya oxidado al cabo de los años, que me asalvajara durante la adolescencia, que el miedo no existiera en los márgenes de mi conciencia, que fuera férrea y testaruda y de naturaleza introspectiva y sin límites, no fue parte de su trabajo. La formación de un carácter no es una ecuación, es más bien un misterio universal…»

Este es un testimonio de una depresión ajustado a los cánones literarios. Son páginas escritas con el pecho abierto en canal, expuesto a las flechas y también a los abrazos. Hemos charlado con una Almudena que no borra la sonrisa de su cara. Ojalá esa sonrisa permanezca por muchos años en su cara.

La primera pregunta es: ¿cómo te encuentras?

Una pregunta muy humana, para empezar. ¡Te lo agradezco! Ahora estoy bien. Siempre estoy asustada porque después de vivir algo así, el susto no se te va. He sufrido depresión durante 3 años. Nadie te garantiza nunca que esto acabe. Esto puede volver, tengo tendencia a la depresión y siempre da miedo. Se supone que tengo mucha vida por delante pero siento que la depresión es una amenaza constante. Es una enfermedad tan misteriosa, tan difícil de comprender porque viene de repente, vuelve también de repente… aparece y desaparece de forma muy extraña.

Desde que conozco la depresión, tengo miedo a que vuelva. No hay un control: va un poco en lo que tú sientas. De repente, si empiezas a sentirte tres días mal, cuatro, cinco… puede ser que vuelva, o que no. Esta enfermedad es muy espiritual, muy negra, muy difícil de detectar en una misma. Mi mayor temor, ahora que estoy bien, no es la muerte: temo más a la depresión.

Todos nos hemos sentido durante un rato o durante unos días en situaciones reflejadas en el libro. Atemoriza el pensar que no acaba, que mañana sea igual, y mañana, y mañana… esos micro-momentos son universales: todos hemos sentido esa tristeza profunda. Pero supongo que la depresión es un mal momento que no acaba.

La depresión es desesperante porque, cuando tienes otra enfermedad, tienes periodos en los que te dicen «en dos semanas ven, para ver si te has recuperado o si han remitido tus síntomas». La depresión es: «te voy a dar esta medicación y vas a seguir igual, porque la medicación no hace efecto hasta un mes y medio o dos más tarde. Y luego, ya veremos cómo evoluciona». Pero la evolución no es en línea recta: va dando bandazos y, por eso, hay gente que acaba suicidándose: es la desesperación de la espera. «no voy a fracasar en la paciencia», de Rosa Berbel, citada al principio del libro. Supongo que habrá gente que esté como yo he estado toda la vida, como mi abuela, de la que hablo en el libro. Habrá gente que habrá estado sumida en la depresión durante un año. Carrère estuvo ingresado tres meses por depresión, con terapia de electroshock. Mi depresión ha durado tres años, ha sido larga y espesa.

¿Cuándo supiste que estabas saliendo?

Es uno de los grandes momentos: empecé a encontrarme un poquito mejor. Pensé que podía salir a tomar una caña, pero pensaba qe a la segunda caña me tendría que ir. Empezaba a sentir que no estaba bien, que me costaba todo, que me pesaba el vaso, que no estaba disfrutando la conversación, el ambiente ni nada de lo que me rodeaba. Quería estar en la cama con las luces apagadas. Esa necesidad imperiosa de no estar. Ahí, cuando te encuentras un poquito mejor, empiezas a ver un rayito de luz, aunque no acabes de verte normal, como eras antes. Y piensas que va a ser imposible llegar a estar bien, como estaba antes. Pero llega ese momento y te vas dando cuenta, lo vas notando. Cuando preguntaba: «¿cuándo voy a estar bien?», me decían: «lo vas a ir notando». Y yo no notaba nada. Me sentía insensible y desesperaba: es una constante desesperación.  Es la desesperación más allá de la desesperación. No sabes qué más hacer, si es que puedes hacer algo. En otras enfermedades, puedes hacer cosas. Te rompes un tobillo y puedes hacer rehabilitación. En depresión, solo puedes esperar. La espera eterna… hasta que algo sucede.

¿Escribir este libro ha sido, de alguna manera, una medicina propia, que has generado para ti?

No escribí este libro con fines terapéuticos. Pensé que esta experiencia era brutal y, aunque pudiera escribir sobre cualquier cosa del mundo, solo tenía esto en la cabeza. Todo el rato me cuestionaba el misterio que hay alrededor de la depresión, el por qué no podía hacer nada, ni controlarlo si está en mí misma y siempre he podido controlar, más o menos, todo. Esto se me escapaba de las manos. Escribí este libro con fines analíticos: un psicoanálisis propio sobre esta enfermedad, a modo literario. Si no lo escribía en ese momento —empecé escribiendo pequeñas notas, al principio no podía hacer nada—. En 2020, cuando comencé a sentirme mejor, desarrollé el libro. Todo lo que escribo tiene un fin literario y quería que esto también lo tuviera.

¿En qué momento escogiste la escritura como trayectoria vital?

He tenido una gran suerte en cuanto a la vocación —no en cuanto a las enfermedades, siendo joven he tenido varias muy dañinas—. Desde muy pequeña supe que quería escribir, que me gustaban las palabras, que quería explorar conceptos, construir frases subordinadas… Enseguida las palabras se metían en mí, yo las comprendía, entendía conceptos metafóricos y era capaz de hacer asociaciones. Durante la depresión no perdí la conciencia de que yo era escritura y eso también me ha salvado: pensaba que, si conseguía curarme, podría seguir escribiendo. A pesar de tener esta conciencia tan clara, la depresión me la chafaba.

¿Pudiste ser lectora durante tu depresión?

Leía muy despacio. Ahora puede leer cuatro libros en un mes y en ese periodo quizá leía, al mes, medio libro. Leía muy despacio, pero no dejaba de intentarlo. El problema era que todo me resultaba indiferente y vacío hasta que comencé a leer, de nuevo, con ganas. La depresión te quita las ganas de vivir, de estar, de ser, de disfrutar…

He ido recuperando todo muy despacio. Durante el último año, los fármacos ya hicieron su efecto, yo estaba bastante mejor pese al confinamiento.

El confinamiento ha sido dramático para un montón de personas convalecientes, o que viven en una soledad que no has elegido. Este virus es como una guerra: se cobra más víctimas entre la gente más débil. Esta enfermedad ha arrasado a mucha gente que no estaba en la mejor situación posible para aceptar esta batalla.

Hay una doble pandemia: la del coronavirus y la que no se ve porque está tapada: la de la enfermedad mental. Se ha intentado hablar desde la política pero siempre se acaba con un insulto, una broma, una interrupción. La ciencia está avanzado a pasos gigantes en cuanto a medicación, por ejemplo, la esquizofrenia tiene una medicación bastante efectiva. Con la depresión se ha avanzado mucho: los fármacos tardan en hacer efecto, pero el avance es innegable. En términos humanos, no estamos pudiendo hablar de esto, no estamos poniendo las cartas sobre la mesa. Si te diagnostican depresión, te da vergüenza contarlo. Si te rompes una pierna no pasa lo mismo. Una depresión es asumir tu debilidad.

Parece que una persona que está deprimida es porque ha tomado la decisión de estarlo, que el que está deprimido es porque quiere. Es una idea que sobrevuela esta enfermedad y es terrible porque nadie elige estar enfermo.

La depresión está muy asociada a la culpa. Es una enfermedad de la que tú tienes la culpa. Debemos eliminar ese estigma: las enfermedades no son culpa de nadie, son una desgracia y punto. Ya bastante tiene una persona con estar enferma como para que le caiga la culpa encima. La depresión es una de las enfermedades que menos apoyo tiene porque no sabemos bien cómo actuar, nadie quiere tener al lado personas tristes (los «venga, anímate», «abre las ventanas y mira qué día hace»). Pero es que las personas con depresión no pueden afrontar esas intenciones y tampoco pueden decir por qué no pueden.

Hay una educación sentimental que nos hace tener que ser ganadores, los primeros. Debemos ser fuertes, no doblegarnos nunca, no llorar. Hay que parar todo esto: somos animales, nacemos llorando, somos frágiles y no pasa nada. No quiero decir que haya que ir llorando por las esquinas pero, si en un momento dado te encuentras mal, hay que llorar y no pasa nada. Intentan que la sociedad no se venga abajo, pero hay que asumir lo que somos: seres con sentimientos, frágiles a veces y lo ideal es estar bien, claro que sí. Pero, a veces, no se puede. Muchas personas no están bien ahora mismo o están intentando estar mejor, ser fuertes. En este mundo se esconde la fragilidad, se esconde a los débiles, se esconden los suicidios… y esto son realidades. Existen.

Para afrontar este tipo de duelos, pérdidas, tristezas, salud mental, he encontrado ayuda en los libros, porque no lo encontraba en el entorno. En los libros está todo. ¿Has leído sobre salud mental? ¿Qué nos recomendarías?

En el libro hay algunas. Desde el principio está Virginia Woolf, una gran autora que ha tratado este tema sin miedos, contando lo que pensaba con muchísima valentía, siendo mujer. Styron William y Esa visible oscuridad. Andrew Solomo y El demonio de la depresión. Roger Bartra y La melancolía moderna. Simon Critchley y Apuntes sobre el suicidio. No es que haya leído directamente sobre esto: he leído alrededor de la tristeza. Estamos mal educados en la tristeza, la estamos orientando mal. Desde pequeños te dicen que la alegría es lo máximo. La tristeza está muy mal orientada: desde que somos pequeños nos enseñan que no hay que llorar, que tienes que ser mayor, que los niños mayores no lloran. O escondemos la tristeza o la llevamos al extremo de lo dramático. No se vive la tristeza de forma natural o moderada y creo que ahí reside parte del problema. Todas las enfermedades que conllevan tristeza, en concreto, la depresión, contienen una tristeza desorientada y desestabilizada, mal llevada. Tenemos que abordar estos temas, debemos poder hablar de salud mental.

Has hecho una escritura analítica (más analítica que terapéutica): miras hacia atrás para intentar explicar(te) lo que te está pasando.

Para mí la infancia configura mucho nuestra personalidad. Hay algo que yo no he sabido interpretar bien en mí durante mi infancia: viví esos años de forma desastrosa, muy rápida, creciendo demasiado rápido… Aunque yo he sufrido una depresión endógena, genética, siempre hay algo que está enquistado. Quería hacer historia este quiste, hacerlo literatura. He querido hacerlo libro y hacerlo universal. La infancia te configura. En el libro hablo Schulz, el dibujante de Charlie Brown: el niño deprimido por excelencia. Hay que ser un valiente para atreverte a dibujar a un niño existencialista, deprimido, que ve el mundo negro. Pareciera que todos los niños son, por definión, felices, que no se plantean cuestiones filosóficas y que viven sin pensar. Pero una parte fundamental de la vida, para poder crecer bien, con conceptos abiertos y asimilados es ser consciente de lo que estás viviendo, lo que te pasa y lo que sientes, es muy importante. Es pura educación emocional.

Valoro mucho, aprecio, me gusta y quiero destacar cuando alguien hace «escritura de sí mismo», cuando se escribe. Para mí es un ejercicio de valentía pero entiendo que otra gente estará en contra de exponer sus debilidades. Y creo que no hay nada más valiente que exponer debilidades. Valoro a quien se abre el pecho para darse. ¿Tienes miedo de que haya gente que aproveche la ocasión para meterse donde no le llaman o traspasar alguna línea roja cuando tú te has abierto en canal?

Una vez te has expuesto, puede pasar cualquier cosa. No había otra forma de contar lo que me pasó. Sería una falta de respeto, para mí, contar una depresión ficcionándola o contándola en tercera persona. Si ayuda a otras personas que están pasando por una depresión, creo que es porque solo se podría escribir de esta forma. Este tema necesitaba una cercanía urgente.

Si eres valiente contando la verdad en un libro, eres valiente hasta el final. Es la única forma: exponerse, decir: «sí, esto me ha pasado y es así».

Aparte de valiente, eres generosa. Lo primero que me sale es darte las gracias porque es un acto de generosidad tremendo exponerse así. 

Creo que poner mi puntito de verdad en algo que hay que sacar a la luz y empezar a solucionar ya, puede hacernos mejorar como sociedad.

El miedo, la tristeza, de la sombra, de la penumbra, del miedo, del pavor, del terror… están con nosotros. Hay que hablar de ellas, igual que hablamos del éxtasis y del júbilo.

 

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FÁRMACO, ALMUDENA SÁNCHEZ

Este es el relato de una explosión, del momento en que la tristeza dinamitó todas las certezas de la autora y decidió instalarse en su cuerpo. En Fármaco encontraréis un cerebro que quería desaparecer y una escritora que lo agarró y buscó cómos y porqués entre recuerdos, conductos y cavidades. Aquí hay infancia y hay madre, una niñez en escuelas de Mallorca y en campos de Castilla; hay pastillas naranjas que te ponen en pausa y pastillas rojas que te lanzan a la estratosfera; hay sueños, pesadillas y deseos: «ojalá la depresión se quitara desnudándonos, tímidamente y despacio». Y libros. Hay muchos libros, historias para escapar y otras para entender qué pasaba en su cabeza. Aquí la literatura es bálsamo, esperanza y salvación.

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