Imagen: Annie Spratt

DECIDIR ABORTAR MÁS ALLÁ DE LOS 40

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¿Qué pasa cuando el predictor se pinta de rosa, tienes 44 años y no entraba en tus planes tener un tercer hijo?

A veces, la vida te enfrenta a situaciones en las que todo se tambalea.

Desde adolescente has oído que ningún método anticonceptivo es cien por cien fiable. Sí. Pero esto a ti no te iba a pasar, claro. Y mucho menos con más de 40 años, cuando las probabilidades de quedarte embarazada se reducen drásticamente.

Sin embargo, esta vez te ha tocado a ti ser la excepción a esas estadísticas. Estás encerrada en el baño de tu casa haciéndote un test de embarazo, y nada más caer una gota de orina, las dos temidas (o queridas, en otras ocasiones) rayitas rosas se pintan al instante. La cara que se te queda es de incredulidad: esto estará defectuoso, quizás no seguí bien las instrucciones, vamos a esperar un rato más por si desaparece la segunda rayita… Pero no. Tienes un retraso de casi ocho semanas que atribuías a los nervios por haber vivido alguna situación incómoda, al estrés, al inicio de la menopausia, o a cualquier otra razón más propia, digamos, de tu edad. Tampoco tenías ningún síntoma de embarazo. Es más, estabas feliz, radiante… como hacía tiempo que no te sentías (seguramente por efecto de las hormonas). Aunque tú misma lo atribuyeras a unas vacaciones en familia de sol y playa después de meses de confinamiento.

Podrías haberte hecho el test de embarazo durante esos días, como insiste tu pareja y padre de tus dos otros hijos, pero “¿para qué? ¿y si saliera positivo? Entonces sí que se nos fastidiarían estas felices vacaciones”. Además, le repito, es imposible que esté embarazada, las probabilidades son ínfimas, casi inexistentes: por la edad, porque siempre tomamos precauciones… “desde luego, si lo estuviera, sería un caso digno de ser publicado en revistas científicas como Nature”. Me permitía incluso hacer bromas, como ponerle un nombre o decir que esa incipiente barriguita sería efecto del pescaíto frito y las cañitas. Así que, por el momento, nos olvidamos del tema y nos concentramos en disfrutar al máximo de las vacaciones. Y fuimos dejando pasar los días, porque suponía que me acabaría viniendo la regla y el problema se resolvería.

Pero mi pareja seguía inquieta. Quizás yo también. Por eso, ya una vez de vuelta a casa, me hice al fin el test de embarazo. Y, de repente, esa tarde de mediados de agosto cayó una tormenta inesperada sobre nosotros. Yo me hundí. Porque ese no era mi plan en esos momentos. De hecho, mis planes de futuro eran totalmente diferentes. Anhelaba una vida propia. Iba a cambiar de trabajo; mis dos hijos habían crecido (ya tenían 11 y 8 años) y no necesitaban tanta atención como antes, tras años dedicados a ellos sin ninguna ayuda externa y un apoyo más bien escaso de lunes a viernes por parte del padre. Además, seguramente tampoco estábamos viviendo nuestro mejor momento como pareja.

Por todo ello, y mucho más, no quería volver a ser madre. A pesar de que se cruce por tu mente la idea de tener de nuevo a un bebé en brazos (porque esta sí será tu última oportunidad de volver a sentir esa sensación de llevar dentro un pequeño ser vivo, aunque sea por caprichos del destino).

Afortunadamente, en apenas unas horas empiezas a verlo con claridad (aun viviendo rodeada de un mundo de incertidumbres). Una de tus mejores amigas, desde el otro lado del charco, te ofrece un poco de luz: “vives en un país civilizado, donde las mujeres tenéis derechos reconocidos, como el aborto, y podrás  hacerlo con total seguridad. Ni lo pienses. Ahora no es tu momento”.

Y lo cierto es que tanto mi pareja como yo no queríamos volver a entrar en la rueda de la crianza: verse de nuevo pasando las tardes en el parque, las noches sin dormir, los pañales, las reuniones de padres y madres en la guardería, etc. Todo ello con una edad en la que las fuerzas (y la paciencia, las ganas…) ya empiezan a flaquear y teniendo en cuenta que además podría convertirse en un embarazo de riesgo, tanto para mí como para el bebé. Aunque, sin lugar a dudas, la razón principal por la que decidimos que no debíamos seguir adelante no fueran los potenciales riesgos.

Enseguida nos informamos de las posibilidades que ofrece la ley actual para una interrupción voluntaria del embarazo, donde ya no se hace necesario alegar motivos, riesgos e informes, sino que se trata de una decisión libre de las mujeres. Incluso en España un derecho sufragado por los servicios públicos de salud.

La decisión estaba tomada. No tenía ningún sentido seguir adelante, yo no quería ser madre. Sobre todo cuando de nuevo el mundo se abría ante mí, empezaba a recuperar mi propia identidad, ésa que a menudo la maternidad logra arrebatarte: porque acabas convertida en la mamá de A y B y desapareciendo detrás de ese título, y todo lo que fuiste alguna vez, antes de tener hijos, parece ya que sucedió en otra vida.

Pero a pesar de tener una primera cita ya fijada en la clínica elegida para ir a abortar (aquella frente a un parque, donde, paradojas de la vida, has celebrado algunos cumpleaños infantiles), lo cierto es que sigues nerviosa y con sentimientos de culpa por haber tomado esa decisión, tú que por otro lado siempre defendiste el derecho al aborto en cualquier lugar del mundo. Porque abortar no es fácil para ninguna mujer, por muy convencida que esté de que quiere hacerlo.

Hacerlo con más de 40 años, además, te pone frente a la terrible contradicción de que mientras hay miles de mujeres de tu misma edad que están luchando por conseguir un embarazo, tú, en cambio, lo consigues sin ni siquiera pretenderlo y no tienes intención de seguir adelante. Y eso te hace sentir también mal.

Seguramente, la vida no sea del todo justa. Pero, a veces, la naturaleza sí es sabia. A las casi nueve semanas de embarazo, con la cita ya apuntada en mi agenda, tuve un aborto espontáneo. Y yo me alegré muchísimo de que así fuera, aunque suene horrible decirlo. Tras dos visitas a urgencias, comprobamos que todo estaba bien y que se había completado el aborto. Salvo por el fastidio de tener que terminar el verano sin baños en la playa o la piscina, la situación era inmejorable: habíamos evitado el paso por la clínica y también una intervención, aunque ésta fuera de bajo riesgo.

Haber pasado por este episodio me ha hecho ver de frente cómo, en algunas ocasiones, desde la sociedad damos por hecho que todas las mujeres deben sentirse felices por estar embarazadas. La inmensa mayoría de las veces por supuesto que es así. Pero ¿qué pasa cuando no? Tanto al irme a hacer la primera analítica de confirmación del embarazo, como al recibir la llamada del doctor para contarme los resultados, tuve que oír unos cuantos “enhorabuena” que, en mi caso, me dolieron, haciéndome sentir que estaba actuando mal ¿Por qué presuponer que es una buena noticia un embarazo, si desconocemos la situación personal que hay detrás de esa mujer?

Como he dicho, siempre he defendido el derecho al aborto. Lo considero un derecho fundamental para las mujeres y me siento realmente afortunada por vivir en un país donde está reconocido (tal y como me decía mi amiga) y donde podemos interrumpir nuestro embarazo sin correr ningún tipo de riesgo y, en mi caso particular además, con el apoyo de mi pareja.

Cuando fui contando la posibilidad de mi aborto a amigas cercanas, a las que conozco desde hace muchos años, descubrí que varias de ellas habían pasado por esto, en otros momentos de su vida y en otras circunstancias. Nunca me lo habían contado. Todavía a día de hoy les cuesta expresarlo, porque sigue siendo una decisión que parece que deba ocultarse, porque sigue acarreando culpa, y porque muchas veces lo hacemos en soledad.

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